miércoles, 7 de abril de 2010

Rousseau y Hume: ni espíritus ni doncellas



«El 1 de julio, el senado bernés decidió prohibir la venta del Emilio y expulsar de la República a su autor. Se le daban quince días para marcharse. Detrás de aquel decreto se hallaba la mano del parlement de París, que ya había ejercido su influencia anteriormente: en 1758, el gobierno de Berna había mandado confiscar a petición suya y arrojar a la hoguera todos los ejemplares de Sobre el espíritu de Helvétius y de La doncella de Voltaire. Los ciudadanos de Berna lograron ofrecer una resistencia irónica. El agente de la justicia se presentó con tal motivo ante el ayuntamiento e informó a los concejales: «Señorías, tras haber realizado todas las búsquedas posibles, sólo hemos podido hallar en la ciudad algún que otro espíritu y ninguna doncella.»

Esta última anécdota es bastante conocida y es posible consultarla en variadas fuentes. Hace pocos días, leyendo el libro de David Edmons y John Eidonow, El perro de Rousseau, vuelvo a toparme con ella. Siendo, pues, tan celebrada e instructiva vale la pena retomarla. La anécdota, digo, o acaso la leyenda. No pongo en duda el ingenio del anónimo agente de justicia, responsable de la investigación y agudo informante ante el consistorio de la ciudad suiza. Pero sí tengo mis reservas sobre la disposición humorista de las autoridades municipales de la época (de cualquier época) para recibir informes de tal fuste por parte del funcionario de turno. Unas autoridades aquéllas caracterizadas, además, por su intolerancia, empeñadas en la persecución y quema de todo aquello que les incomodase.
Si, finalmente, la situación ocurrió tal cual se narra, ello fue debido, sin duda, a la envoltura irónica con la que se revistió. La ironía suele pasar desapercibida al tipo poco inteligente y carente de sentido del humor, al fanático. Mas, también puede ocurrir que le encolerice: sea porque, negado para el arte de la chanza, intuye ofensa; sea porque le irrita el humor en sí mismo. Más que nada, que alguien se ría de uno, pero también que ría alguno.
Muy dotado para la escritura y expresión del sentimiento Jean-Jacques Rousseau vivió siempre exiliado del humor, la alegría y la vida buena. Todo lo contrario que David Hume, durante un tiempo su anfitrión y protector en Inglaterra, justamente a raíz del episodio bernés. El libro de donde lo extraigo relata con destreza la imposible relación (y, sin embargo, circunstancialmente real) entre el filósofo de Ginebra que no quería ser philosophe y el filósofo escocés célebre entre el público por su faceta de historiador.
Como muestra, selecciono estos otros momentos del libro que describen «la contraposición polar existente entre ellos tanto en personalidad como en estilo creativo. En cuanto a personalidad, Hume tenía una actitud convencional y moderada, mientras que Rousseau era un rebelde por instinto. Hume era optimista; Rousseau, pesimista. Hume gregario; Rousseau solitario. Hume estaba dispuesto al compromiso; Rousseau al enfrentamiento. Por lo que respecta al estilo, a Rousseau le encantaba la paradoja; Hume reverenciaba la claridad. El lenguaje de Rousseau era pirotécnico y emocional; el de Hume, sencillo y desapasionado. Además, aunque los dos eran filósofos, hambrientos ambos de pensamiento abstracto, dotados para él y capaces de expresar sus ideas, ocupaban universos filosóficos separados. No era tanto que no estuviesen de acuerdo, sino que no tenían ninguna perspectiva de vincularse. […] Así, en economía, Rousseau era proteccionista, y Hume (como Adam Smith) un vigoroso adversario de la imposición de barreras al comercio internacional.
»En política, el programa teórico de Rousseau habría requerido una transformación completa. Los instintos de Hume eran conservadores por esencia: defendía reformas cuidadosas, lentas y por partes, y le preocupaba la injerencia violenta en el intrincado pragmatismo y equilibrio institucional de Gran Bretaña.»

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