lunes, 2 de agosto de 2010

ESPAÑA, QUERER SER O NO QUERER SER



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«”Los españoles. ¡Los españoles!... Esos hombres quisieron ser demasiado.” Somos, en efecto, el pueblo que más radicalmente ha pasado del querer ser demasiado al demasiado no querer ser.» (José Ortega y Gasset, Prólogo para alemanes).

Es la señora Förster-Nietzsche, la aviesa hermana del filósofo Friedrich Nietzsche, la autora de la exclamación tomada por Ortega como base de su diagnóstico sobre las fluctuaciones del español. Fervorosa alemana, simpatizante del partido nazi, a quién le parece muy natural que la nación germana sea y esté sobre todo y por encima de todos (Deutschland, Deutschland über alles), a Elisabeth le alarmaba la voluntad de ser del español.
Como el resentimiento antiespañol avanza que hasta a los propios alcanza, la hermana de Nietzsche atisba sólo una parte de la realidad del asunto. Tras la puntualización orteguiana, la cuestión queda trágicamente esclarecida. Nuestro problema nacional reside básicamente en los propios españoles. Y es que para hablar mal de España, con el español basta y sobra.
Pueblo radical, el español, ciertamente, que pasa del todo a la nada sin medias tintas, del blanco al negro, del día a la noche. Nación de grandes artistas y escritores, pero deficitario en filósofos y científicos, se deja llevar por las emociones y las pasiones con demasiada facilidad y ligereza, tanto en lo que concierne a la vida personal como a la pública.
Nación poderosa y principal en el pasado, ni siquiera se debate hoy entre el ser y no ser. Simplemente, lo deja estar. Ortega ya lo vio venir en 1934, año feroz, en que escribe el Prólogo para alemanes. Sucede que al español contemporáneo le viene grande España. No sabe si quiere una España, media o cuarto y mitad. Tampoco si le conviene ser libre o estar sometido. He aquí nuestra tragedia nacional.
Ser una España fuerte y unida: lo que implica actuar de modo decidido y determinante con sus enemigos internos y externos, así como disponer de una política de defensa y de seguridad sin ambages. Ocupar un lugar al nivel de las democracias modernas más influyentes del mundo: con las correspondientes responsabilidades en política internacional. Decidirse por el crecimiento y la competitividad en el terreno económico: lo que exige, entre otras cosas, aumentar la productividad. Apostar por la excelencia educativa y la calidad profesional: lo que supone una constante formación y una imprescindible disciplina en la práctica escolar. Reconocerse, en fin, como una nación que se respeta a sí misma en casa y exige ser respetada en el exterior: he aquí los objetivos sustanciales que al español de nuestros días le abruman y fatigan, sólo con planteárselos.
Mejor, entonces, la mediocridad y la penuria que la exigencia y el riesgo, la dormidera de la mentira que la dureza de la verdad, la comodidad y la inercia que la valentía y la dignidad: he aquí la elección de un pueblo al que querer ser le parece demasiado…, excepto convertirse en funcionario con puesto y plaza asegurada, cerca de casa y trabajando lo menos posible.

Este decaimiento nacional, ay, no se cura mirando al futuro sin más, ni con tópicos necios o eslóganes  letárgicos de este jaez. Porque por el camino que va, España no tiene futuro. Es preciso volverse hacia el momento en que España quería ser, y volver a ponerse en marcha. No es preciso querer ser demasiado. Basta sólo con querer ser. He aquí la cuestión.

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