martes, 12 de octubre de 2010

ADMIRACIÓN Y FAMILIARIDAD (y 2)

«Nuestros allegados son los menos propensos a reconocer nuestros méritos. Los santos siempre han sido “puestos en entredicho” por sus amigos y sus vecinos. […] Sólo contamos para quienes ignoran nuestros antecedentes.» (E. M. Cioran, Cuadernos [1957-1972]).

En plena sociedad de la información, que no del conocimiento, el que más o el que menos está hoy al tanto de casi todo respecto a prácticamente no importa qué o quién. Nunca antes había tenido tanto sentido, como lo tiene hoy, equiparar el estar al corriente de las cosas con estar al cabo de la calle. La familiaridad, al permitir el estrecho contacto entre unos y otros, nos iguala, haciendo de todos nosotros «grandes hermanos». Las fórmulas clásicas de despedida —«Adiós», «Hasta pronto»— han sido sustituidas por un casi amenazador «Estamos en contacto…».
Para los Ministerios de Hacienda e Interior no hay dato personal de nuestras vidas que se les escape, y de ninguna manera ignoran los antecedentes de cada uno. No sólo las Autoridades e Instituciones políticas estrechan el cerco. La misma sociedad civil invade de mil formas los espacios del individuo. El antecedente lleva al consecuente: más Gobierno, más coacción y menos libertad.
Con el teléfono móvil y con Internet estamos, permanentemente, en directo, online. Por medio de Facebook y demás redes sociales cualquiera es capaz de saber del otro, sin que éste se entere: « Yo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar ». Cualquiera tiene un millón de amigos, como mínimo, con sólo inscribirse en una página web. Así de fácil. Todos somos «Queridos amigos» con sólo dar a una tecla. Sin ser personalmente  presentados, siquiera a los desconocidos. Pues ahora todos los amigos son desconocidos. Y viceversa. ¿Cómo hacer amigos? Basta con ser «agregado» a una lista. Un clic es suficiente para obrar la maravilla.
El efecto que toda esta corrupción de la mirada y la admiración produce en la valoración de acciones e individuos es tan determinante como demoledor. Desde hace años, aunque no figure como condición previa en las bases del concurso, para ganar un premio literario tiene uno que haber salido en televisión. Al menos un par de veces. Si es presentador de un programa en antena, las probabilidades aumentan. Si ha protagonizado, además, un escándalo ante la audiencia, la cosa del galardón pasa a ser ya de puro trámite.
Hoy tiene éxito quien se hace ver y quien se hace «notar». He aquí el sujeto admirado de nuestros días.
El hombre contemporáneo es el hombre que sabía demasiado. Lo cual no le convierte en más culto o inteligente. Porque «en este escenario» en el que hemos acabado viviendo (que no «situación», ni siquiera «contexto», ni tampoco sociedad civil en sentido estricto), la admiración ya no es lo que era. La privacidad y la intimidad, tampoco. El lenguaje suele ser la primera instancia que registra los cambios de tendencias en la gente. «Estamos en contacto».
En este «escenario» ya no hay héroes morales. Sólo hay intérpretes y público. El heroísmo moral ha sido destronado por el protagonismo estético. ¿Acaso el pensamiento único y la corrección política en boga, platicando en los centros escolares y en los medios de comunicación, no enseñan y popularizan que ética y estética, en el fondo y en la forma, son lo mismo?

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