jueves, 2 de diciembre de 2010

PRIMO LEVI, «VIVIR PARA CONTAR. ESCRIBIR TRAS AUSCHWITZ»



Primo Levi, Vivir para contar. Escribir tras Auschwitz, edición de Arnold I. Davidson, traducción Albert Fuentes, revisión y nota final de Piero dal Bon, Alpha Decay, Barcelona, 2010, 167 páginas

Primo Levi (Turín, 1919-1987) es escritor y superviviente. Autor de relatos, memorias, ensayos, artículos y novelas, escribe, preferentemente, en su condición de superviviente de Auschwitz, donde vivió esclavizado desde el mes de febrero de 1944 hasta la liberación del campo en enero de 1945. Perteneciente a una familia judía turinesa, Levi se gradúa en Química en 1941. A principios de año de 1944 se une a un grupo de la resistencia antifascista italiana, con tan mala suerte que es detenido por la milicia de Mussolini al poco tiempo. 

Desde ese momento comienza la mala fortuna; o su «buena suerte», al fin y al cabo. Para no confesarse partisano (lo que conllevaba la ejecución sumaria), Levi declara ser judío, siendo así entregado a las SS nazi y trasladado a Auschwitz. Es de los pocos judíos internados en el Lager alemán que pudo cruzar vivo la puerta del campo (esta vez de salida), presidida por el rótulo (¿irónico?, ¿cínico?, ¿blasfemo?) «Arbeit macht frei» (El trabajo os hace libres). Mala suerte o buena fortuna, al fin.
La existencia de Primo Levi es trágicamente real —soportando sobre sus espaldas los mayores horrores consumados en la humanidad— pero, asimismo, legendaria por el valor simbólico que representan su vida y su testimonio. Una leyenda que impregna la misma vida, pero sin escaparse tampoco a la propia muerte del escritor. Sobre su presunto suicido sigue habiendo hoy discusión. No dejó nota del mismo y ha sido negado por sus amigos íntimos. Con todo, el hombre que salió vivo del tenebroso destino de Auschwitz no pudo escapar a la larga sombra de la leyenda sobre su muerte. Sería, desde luego, un macabro asunto enfrentarse a otro capítulo del «negacionismo», aplicado, en este caso, a la verdad y a la mentira, no sólo de su cautiverio y al exterminio de millones de judíos como él, sino al de su propia y definitiva desaparición.
Sobre estas graves cuestiones ha reflexionado y escrito Levi, entre muchos otros temas relacionados con la Shoá. Su libro más conocido lleva por título Si esto es un hombre (1947), donde narra con detalle su terrible estancia en Auschwitz. Otros textos igualmente célebres del escritor italiano son La tregua (1963) y Los hundidos y los salvados (1986). En 1997 la editorial italiana Einaudi publicó sus obras completas.
El breve volumen que ahora reseñamos es una compilación de textos poco conocidos de Levi, editados por Arnold I. Davidson, profesor de Literatura en la Universidad de Chicago y de Historia de la Filosofía Política en la Universidad de Pisa. Los escritos aquí incluidos (artículos de prensa, reseñas de libros, pequeños ensayos, cartas, intervención en una mesa redonda, etcétera) vienen agrupados en tres secciones «La masacre como fin en sí misma», «Verdad y mentira» y «La huelga moral del fascismo». El libro lleva, por lo demás, un inspirado Prefacio a cargo del editor («Los ejercicios espirituales de Primo Levi») y una nota final firmada por Piero dal Bon. Una edición, pues, como puede comprobarse en este sucinto resumen, muy competente y muy meritoria en todos los aspectos.
Declara el editor del volumen, Arnold I. Davidson que escogió el título para la presente edición española —Vivir para contar— releyendo un fragmento de un ensayo del propio Levi que refiere su firme decisión de relatar la dura realidad y profundo significado de Auschwitz: «no vivir y contar, sino vivir para contar». Primo Levi no se dedica a escribir por ser superviviente, sino que es superviviente porque escribe. La energía que le da fuerzas para sobrevivir en las condiciones del Lager nazi proviene, principalmente, del hecho de hacerse cargo de la circunstancia que le ha llevado hasta el límite. A él, y a millones de personas como él: por ser judío, por pertenecer a un pueblo condenado al exterminio. La mayoría de personas internadas en los campos de trabajo —aquellos que no han sido seleccionados, nada más llegar al Lager, para pasar directamente a la cámara de gas: ancianos, enfermos, mujeres, niños— mueren a las pocas semanas de estancia: el trabajo agotador, las palizas y las humillaciones, la ansiedad y el terror, la alimentación que no merece tal nombre, las enfermedades, les consumen rápidamente.
Primo Levi siente que no tiene derecho a desfallecer, a abandonarse a la muerte en esas condiciones. Debe sobrevivir para contar al mundo el Holocausto y lanzar al rostro de lo que queda de la humanidad graves preguntas: «Estos son los hechos; funestos, inmundos y sustancialmente incomprensibles. ¿Por qué, cómo llegaron a producirse? ¿Se repetirán?» (pág. 35). Esta misión le da fuerzas para salir con vida del infierno nazi y dedicar el resto de su existencia quebrada y quebrantada a dar testimonio de Auschwitz.
«No es lícito olvidar, no es lícito callar. Si nosotros callamos, ¿quién hablará?» (pág. 30). Levi sabe muy bien que tan descomunal horror de Auschwitz no sería fácil de mostrar —y demostrar— ante el mundo. El régimen nazi actuaba con ese presupuesto, los mandos militares alardeaban de ello en el mismo Lager, borraron huellas y, secuela clásica de toda barbarie y toda atrocidad, dan por descontada la colaboración presente y futura de quienes rebajen —o nieguen, sin más— la veracidad y dimensión de la catástrofe.
Y es que las víctimas del Holocausto (de cualquier crimen, pero sobre todo de este crimen) no sólo deben soportar el cartel acusador e infame de «victimistas» (y vengativos) por el simple hecho de denunciarlo y clamar justicia. También cae sobre ellas la lacra siniestra y repugnante del «negacionismo». A este atroz asunto dedica el libro la segunda sección «Verdad o mentira». Un oscuro profesor francés, un tal Faurisson, o el «Institute for Historical Review» de Los Ángeles, dedicado a revisar la historia oficial de la Segunda Guerra Mundial («sólo se preocupa de negar o minimizar los delitos del nazismo» (pág. 105), representan algunas ignominiosas muestras de esta labor que aspira a no dejar descansar a los muertos o, mancillando su memoria, volver a asesinarlos. Para semejante tarea monstruosa, como la llevada a cabo por los carceleros del campo, siempre habrá sujetos dispuestos llevarla a cabo. Levi, en este punto, protesta y exige un mínimo de sensatez en este océano de perversidad: «Un poco de cordura, ¡diantre!: si la masacre os complace, ¿por qué negar que ha ocurrido? Y si no os gusta, ¿por qué la imitáis y os convertís en sus apologetas?» (pág. 106).
La tercera parte del libro, «La huelga moral del fascismo», reproduce una mesa redonda sobre «La cuestión judía». Hace bien el editor en recoger, junto a la intervención de Levi, las demás intervenciones en el acto. De esta manera, por contraste, puede comprobarse mejor el vibrante estilo del escritor turinés. Su mente, lucida y fría, analiza los hechos con gravedad y sin concesiones, utilizando para expresar sus ideas y sentimientos frases breves, impactantes, esenciales, radicales, porque van al núcleo del asunto. 

He aquí un asunto que no sólo ha sentado ante el tribunal de la Historia al régimen nazi, a sus colaboradores y cómplices, sino a la humanidad en su conjunto. Porque no fueron demonios los culpables de la bestialidad, fueron hombres, después de todo. Una bestialidad, en fin, que puede volver a repetirse mientras la traza del totalitarismo siga nublando el horizonte. ¿Qué ha pasado? ¿Qué puede volver a pasar?: «Es la realización de un sueño demencial, en el que uno manda, nadie piensa, todos caminan siempre en fila, todos obedecen hasta la muerte, todos dicen siempre sí.» (pág. 37).


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