lunes, 28 de febrero de 2011

«EL PODER DE LA ESTUPIDEZ» de GIANCARLO LIVRAGHI



Giancarlo Livraghi, El poder de la estupidez, traducción española de Gonzalo García, Crítica, Colección Ares y Mares, Barcelona, 2010, 277 páginas.

Giancarlo Livraghi (Milán, 1927) es publicista, bibliógrafo y escritor italiano. Si bien ha cursado estudios en filosofía, su línea de pensamiento, conocimiento y estudio la viene realizando básicamente en el campo de la empresa y la comunicación. Tanto los libros publicados como los trabajos de investigación  realizados hasta la fecha (ninguno publicado en español, a excepción del aquí reseñado) han experimentado en los últimos años un giro crucial hacia el amplio horizonte de información y negocio que ofrece Internet.
Tanto es así que El poder de la estupidez surge como resultado de un trabajo labrado durante años en diversas intervenciones en la red. Tal y como reconoce en la «Introducción» del libro, Livraghi publicó, hace más de una década, en publicaciones online diversos comentarios relacionados con el poder de la estupidez sobre la experiencia humana, y que provocó un vivo debate al respecto en distintos foros y círculos de la red. Un primer compendio de esta discusión pública fue la publicación en inglés de un texto breve, titulado justamente The Power of Stupidity (1996). Al mismo tiempo, inauguró un sitio web —http://gandalf.it— donde ha ido centralizando y ampliando el coloquio acerca de este asunto. Tras nuevas ediciones, tanto en versión electrónica como en papel, Livraghi ha reunido finalmente toda la documentación y el debate producidos hasta el momento, sobre el asunto de la estupidez y el poder, en un volumen publicado en inglés en 2009 con el mismo rótulo que el de 1996, precisamente el que ha sido tomado como original para la edición española aquí traída a cuento. El tema sigue abierto actualmente en la red.
Aun siendo el autor licenciado en filosofía, y atendiendo en rigor al mismo título del libro, El poder de la estupidez, no estamos ante un ensayo de filosofía. Tampoco de ciencia política o sociología. El año próximo celebramos los quinientos años de la publicación del Elogio de la locura de Erasmo de Rótterdam, donde, como es sabido, por «locura» no hay que entender insania o enajenación mental, sino ni más ni menos, que estulticia, insensatez, o sea, estupidez. Por citar sólo otro referente notable —en esta ocasión, más cercano a nuestro tiempo— de nuestro asunto, en 1985, el filósofo francés André Glucksmann saca al mercado La estupidez (La bêtisse), ensayo netamente filosófico que, además, indaga la política de la idiotez humana.
El campo de investigación de Livraghi va, sin embargo, por otro camino. De antemano, renuncia el autor a cualquier definición o aproximación conceptual relativa a la estupidez. La atención se centra aquí en el terreno de la descripción del fenómeno y en las consecuencias que de él  se derivan. Por contraste y por deducción, logramos descubrir, al fin, que para Livraghi «estupidez» es sinónimo de «necedad» y contrario a «inteligencia». Algo es algo. ¿De qué tratamos, entonces? Según el autor, la estupidez es la fuerza más destructiva de toda la evolución humana. Fuente de grandes limitaciones en cuanto a las potencialidades del hombre, y también de disgusto y quebranto en cuanto afecta negativamente a la búsqueda del bienestar, urge, en consecuencia, conocer los síntomas que presenta la estupidez para así ponerle freno. A tal objeto, el autor sugiere esforzarse en un nuevo saber: «La estupidología consiste, en lo esencial, en intentar comprender por qué las cosas salen mal y cómo la estupidez humana causa la mayoría de nuestros problemas.» (pág. 16).


Tomando como punto de partida conocidos principios —las leyes de Murphy, de Parkinson o Cipolla, el principio de Peter o la «navaja de Hanlon»—, las teorías neurobiológicas, de la inteligencia emocional y del caos, Livraghi propone acercarse a la estupidez como lo que es: una manifestación dañina del hombre que responde a unos motivos y sigue unos patrones de comportamiento determinados... De igual modo que el caos no es caótico, ni loca la locura, pues sigue unas leyes que la razón descubridora es capaz de comprender, es posible también dominar y contrarrestar la estupidez merced a conductas positivas y neutralizantes de la necedad. Así como, en fin, «la complejidad es en realidad sencilla, pero nuestra forma de pensar hace que parezca complicada» (pág. 241), así también la estupidez puede prevenirse y contenerse por medio de los adecuados antídotos. Basta con identificar sus señales y oponerles remedios inteligentes.

viernes, 25 de febrero de 2011

MAS BUENISTA QUE El PP


Apenas se oye hablar ya del buenismo de Zapatero, esa estratagema ideológica que ha teñido de rosa la España de estos últimos años, años de hierro al rojo vivo. ¿Acaso ha dejado de funcionar la fórmula? La treta encabezada por el dirigente socialista ha velado la realidad a millones de españoles, camuflando, primero, el activismo insurreccional que posibilitó su ascenso al poder y, una vez en La Moncloa, su plan de darle a España el finiquito. La violencia y la ruptura cuelan mejor con una sonrisa y una cara de ángel.
Y es que no hay nada como la masilla maleable y una mano de pintura para disimular un muro agrietado y resistente a la piqueta liberadora. O un lifting facial aplicado a sujetos que necesitan ofrecer al público una catadura de rostro humano. O un maquillaje a fondo que retoque las bolsas del paro y evite el descolgamiento de la piel de zapa. Resultado: un lobo con piel de cordero, una facha presentable.
El mito del buenismo, la leyenda del talante y el cuento del zapatero prodigioso no sólo no han pasado de moda, sino que incluso están siendo imitados por la oposición. Si no puedes vencer al adversario político, únete a él; o haz como él y parécete a él, que viene a ser lo mismo. He aquí la estrategia vigente en el Partido Popular desde el giro copernicano experimentado tras el Congreso de Valencia de 2008. Un giro que ha dado la vuelta a España.
En aquel cónclave quedó consumada la defenestración del aznarismo y decidida la reforma en el principal partido de la derecha social y política española, para lo cual militantes y programas de actuación debían pasar por varias sesiones de cirugía estética. A fin de dejar atrás cualquier huella y vello de la era Aznar, apremiaba organizar la purga de su equipo habitual. Rajoy, el Dante de la profana comedia, advertía así a los recalcitrantes liberales y conservadores que abandonasen toda esperanza de tener sitio en el partido reconstituido, si no pasaban antes por el quirófano. Rajoy, el Mefistófeles de la faústica transformación, preparaba el PP para vender su alma al diablo.
Desde entonces, el único liberalismo que vale es el «liberalismo simpático», modelo Lassalle. Y si alguno todavía añora las políticas conservadoras, tendrá que aprender del aggiornamento de Fraga o de Gallardón. Para más dudas, el militante desorientado o atribulado deberá dirigirse al despacho de Arriola.
La obsesión del reverdecido Partido Popular de Mariano Rajoy consiste en no pasar por crispado antagonista político ni por gente de derechas, o sea, por impresentable y «malo». Hasta ese punto ha interiorizado la nueva/vieja cúpula pepera la propaganda socialista. Así de acomplejado y acobardado está, pidiendo perdón por los pecados cometidos (y no cometidos), mostrando un firme propósito de enmienda propia, pero nunca a la totalidad contra el Ejecutivo de Zapatero.


El partido socialista es «bueno» porque no piensa tomar medidas contra la debacle económica en España, pues ello supondría traicionar el socialismo utópico y contrariar a la clientela de la izquierda más extremista. Espera a que la situación sea tan insostenible que, tras Grecia y acaso Portugal, los dirigentes de la UE, del BCE y del FMI, interviniendo en el gobierno de España, realicen, finalmente, las actuaciones urgentes que Zapatero jamás llevará a cabo. Sus principios se lo impiden. El infierno antisocial son los otros. Él, aunque rojo de furia porque el temporal le agua la fiesta de la rosa montada hace seis años, es bueno...
El Partido Popular es, a su vez, «bueno» porque no está dispuesto a hacer oposición y proponer alternativas de emergencia nacional, si con ello se desgasta. Hay que aguantar como sea hasta las próximas elecciones generales y que se queme el de enfrente: he aquí la consigna proveniente de Génova 13. No importa que con ello se incendie España.
Con el partido y el encuentro amañados, aquí hay tongo. Sea por el buenismo socialista o el buenismo del PP.

Texto publicado como columna de Opinión en el diario digital Factual.es (hoy desaparecido), bajo el título de «El buenismo del PP», el 2 de mayo de 2010

martes, 22 de febrero de 2011

«BANDERA ROJA» de D. PRIESTLAND: UNA VISIÓN COMPLACIENTE DEL COMUNISMO




David Priestland, Bandera roja. Historia y política cultural del comunismo, Crítica, Barcelona, 2010, 667 páginas

Profesor de Historia Moderna en la Universidad de Oxford y Felow del St. Edmund Hall, David Priestland se ha especializado durante hace años en el estudio del comunismo desde diversos frentes, tanto los más analíticos del asunto —las relaciones entre la teoría política y la ideología—, como los propiamente históricos. A este respecto, ha llevado a cabo varios trabajos de historia comparada de los regímenes comunistas, con especial atención a la Unión Soviética. Ambos acercamientos al tema del comunismo, el analítico y el histórico, convergen en el volumen Bandera roja, editado en primera edición inglesa en 2009.

Tomando como punto de partida la Revolución francesa, donde es posible localizar los principales elementos de la acción revolucionaria moderna, el libro describe la evolución del comunismo en sus principales etapas. Desplazándose desde Occidente hacia Oriente y de Norte a Sur, las incipientes ideas socialistas surgidas en Francia y Alemania, llegan, finalmente, a Rusia, donde queda establecido el status de poder comunista más influyente. Detrás han quedado la I, II y III Internacional y los primeros bosquejos de práctica política comunista en el Partido Socialdemócrata alemán de Rosa Luxemburgo. Los postulados revolucionarios de Marx, Engels y Lenin logran imponerse en Rusia en 1917 y no abandonan el poder hasta los años 80 del siglo XX. Después de la URSS, el comunismo avanzó hacia China y el sureste asiático, y de allí, a partir de los años 60, logró infiltrase enérgicamente en el «Sur global», según expresión del autor, es decir, en distintas partes de Latinoamérica, África y Oriente Medio. El comunismo en Europa, ya desfallecido a mitad del siglo como consecuencia de su dependencia directa del orden imperial estalinista, la denuncia del Gulag y la Guerra Fría, recibe un golpe de muerte con la caída del Muro de Berlín en 1989. Hoy el comunismo sólo sigue en pie en algunos espacios y grupúsculos irreductibles de las sociedades occidentales, así como en reducidos países del Tercer Mundo, donde todavía implanta su orden burocrático y autocrático.

Es hora, pues, de hacer balance: «El comunismo en su forma antigua ha quedado desacreditado y no regresará como un movimiento poderoso; pero ahora que el capitalismo globalizado ha entrado en crisis, es un momento ideal para revisar sus esfuerzos por crear un sistema alternativo y las razones por las que fracasó» (pág. 22). Este fragmento del volumen nos da la pista de la perspectiva analítica y expositiva de Priestland, que no es otra que el intento del autor de«entender» la teoría y la práctica del comunismo. Hay un «forma antigua» de comunismo ya fallecido, pero, como un todo no, puede ser enterrado, pues las causas que lo hicieron nacer todavía persistirían.


Según Priestland, las investigaciones y los ensayos realizados sobre el tema hasta la fecha han adolecido de un excesivo «políticismo», de un análisis viciado de valoración, lo cual habría impedido penetrar en la verdadera «naturaleza» del objeto. Por un lado, están las historias oficiales producidas por las regímenes comunistas y sus intelectuales orgánicos. Por otro lado, encontramos los estudios firmados por críticos del comunismo, cuya interpretación estaría encuadrada dentro de la denominada «teoría de la represión». El libro negro del comunismo (AAVV), recientemente reeditado en España por Ediciones B, sería una clásica muestra de esta perspectiva crítica, de aquella que no puede dejar de lado, ni en un segundo plano, el efecto ineludible de la experiencia comunista, con su  terrible resultado: 100 millones de muertos en todo el mundo.

Priestland adopta en su monografía algo así como una tercera vía interpretativa. No omite el lado oscuro del comunismo, con su estela de crímenes, hambrunas y dominación, aunque sí exhibe una suerte de amabilidad y condescendencia para con la ideología objeto de examen. De hecho, llega a comparar (por otra parte, tal y como hiciese Karl Marx) la creación del comunismo con el mito clásico de Prometeo: enfrentado al orden establecido o dominante, el héroe encadenado pugna por la liberación de la humanidad. Parece sostenerse ahí que, a pesar de los resultados poco provechosos para la humanidad, el comunismo vio la luz como un ideal que tiene su explicación, que hay que «entender», después de todo. Según Priestland, semejante ideal queda plasmado en valores, basados principalmente en el anhelo de igualdad, en el Estado del bienestar y en la regulación del mercado por parte de los Gobiernos, valores que acaso fuesen salvables y aun recuperables.

Recuérdese, en fin, que Mary Shelley, subtituló asimismo su célebre Frankenstein, con la expresión «el moderno Prometeo». Todos recuerdan el argumento: Víctor Frankenstein, doctor de elevados conocimientos e ideales, auténtico héroe moderno, promueve un plan de ingeniería con el que enfrentarse al orden natural de las cosas. Soñando con crear al «hombre nuevo», fabricó, en realidad, un engendro infernal, un monstruo. He aquí, malogrado, el invento. Y, lo que es peor, tras de sí, dejó un terrorífico rastro de destrucción y muerte.



miércoles, 16 de febrero de 2011

CERCAS CERCADO O EL CAZADOR CAZADO


Llevo años discutiendo acerca de la necesidad de distinguir entre géneros literarios en el oficio de la escritura. Entre los otros (géneros) también. En mi libro La escritura elegante (2004) he procurado concentrar distintos y variados trabajos, que hasta el momento llevaba realizados, a propósito de la neta demarcación de la ficción y la realidad, cuando uno se pone a escribir. Sigo sobre el tema, aunque sé que en España (especialmente en España) no tiene mucho éxito ni futuro proclamar la imprescindible determinación del espacio de la poesía, la novela y el ensayo, por ejemplo, como géneros con «jurisdicción» propia.

Entre nosotros, tiene todavía plena vigencia lo que denomino la «Leyenda», esa voz que desde lo arcano anuncia que nuestra filosofía está « líquida y difusa en nuestra literatura, en nuestra vida, en nuestra acción, en nuestra mística» (Unamuno); que pensamiento y narración acaban siendo lo mismo; que entre conocimiento, meditación e imaginación no hay lindes ni linderos; que la poesía es como la historia, que la ciencia es un cuento y que poesía eres tú. Lo que la Leyenda unió, nada ni nadie puede separarlos. Mas, ¿qué pasa en el periodismo?

Leo en estos días, entre perplejo y divertido, el «affaire Javier Cercas», a propósito y a raíz de la reciente entrada en el diario de Arcadi Espada, publicada en el diario El Mundo. 

Ambos escritores llevan debatiendo «dura y briosamente sobre la realidad y la ficción, la literatura y el periodismo, y también sobre la vanidad humana», según declaración de Espada. Ahora, para el periodista catalán, ha llegado el momento justo de asestarle una certera estocada intelectual al confiado Cercas. Y digo confiado, porque Cercas, sintiéndose muy seguro en ese mágico territorio donde habita, cree que las reglas de la lógica rigen, por ejemplo, en países racionalistas, como Francia o Alemania, pero no en España. Y acaso no le falte razón…. Por eso aquí pasa lo que pasa y… esto es lo que nos pasa (José Ortega y Gasset).

Arcadi Espada lleva, sencillamente, al absurdo las tesis relativistas (¿y cínicas?) de Javier Cercas. Como hicieron en su día A. Sokal y J. Bricmont, simplemente, pone en evidencia las «imposturas intelectuales» de quienes se consideran intocables. Y lo hace con profesionalidad e ironía: que en el periodismo, lo diga un rico o lo diga un pobre, puede mezclarse verdad y ficción impunemente…, pues comprobémoslo.

Llegados a este punto, Cercas protesta y, ofendido, se revuelve y contraataca. Cercas está a favor de la «comprensión imaginativa», de la «imaginación creadora» y de lo que sea menester. Menos cuando le afecta a él. O le tocan el honor.

Pero, oiga, A es igual a A, ¿no? Bueno, sí, pero no es lo mismo…

Quienes viven en la leyenda que no tiene nombre, para empezar, no tienen sentido del humor. Y para acabar, amenazan con recurrir a las Autoridades. No necesariamente porque crean que estén de su parte, sino porque son parte del juego.

miércoles, 9 de febrero de 2011

«UN CORAZÓN INTELIGENTE» de ALAIN FINKIELKRAUT



Alain Finkielkraut, Un corazón inteligente, traducido del francés por Elena M. Cano e Iñigo Sánchez-Paños, Alianza Editorial, Madrid, 2010, 206 páginas.

Alain Finkielkraut, nacido en París en 1949, es hijo de un judío polaco deportado a Auschwitz. Antiguo alumno de la Escuela Normal Superior de St. Cloud ejerce como profesor en la Escuela Politécnica de París, prestigiosa escuela de ingeniería, en la que imparte clases de Historia de las Ideas en el Departamento de Humanidades y Ciencias Sociales. Además de las tareas docentes y de la actividad como consumado ensayista, Finkielkraut participa activamente en los medios de comunicación, tomando posición en los temas de actualidad más candentes. Por todo ello, es conocido y reconocido como uno de los intelectuales más relevantes de la generación de pensadores y filósofos franceses que ha dado la vuelta a las tendencias dominantes en la inteligentsia francesa tras Mayo del 68.
Hablamos de un movimiento intelectual libre y espontáneo —es decir, no organizado ni partidario— que ha logrado desmitificar, no sólo en Francia, el patrón imperante del intelectual entendido como sinónimo de «progresista y de izquierdas», inclinado, además, a un pensamiento epatante y à la mode. Inicialmente identificados con el rótulo de «nuevos filósofos» —pensadores críticos con las «imposturas intelectuales» derivadas de teorías multiculturalistas, deconstruccionistas, post-estructuralistas y demás productos del postmodernismo—, junto a Finkielkraut destacan autores tan reputados como Bernard Henry-Levy, André Comte-Sponville, Luc Ferry, Pascal Bruckner y André Glucksmann.
Intelectual íntegro, de la estirpe de los dreyfusards, Finkielkraut ha llevado a cabo una sólida y fértil obra ensayística en la estela de sus autores más queridos: Alain, Charles Péguy, Hannah Arendt o Albert Camus, sin perder nunca de vista a Jean-Paul Sartre o a Paul Valéry. Uno de sus textos más celebrados lleva por título La derrota del pensamiento (1987), donde ofrece una severa crítica de la deriva experimentada por la noción, ilustrada y racional, de «cultura» en la segunda mitad del siglo XX, al ser trastornada por lo que ha sido dado en llamar, posteriormente, «estudios culturales».
En esa frenética labor de escritura de ensayos filosóficos y artículos periodísticos, junto a las ya mencionadas intervenciones públicas sobre asuntos del presente, Finkielkraut se ha dado un pequeño respiro, dedicando su último libro publicado en España al análisis literario. Leal al espíritu de Pascal, Finkielkraut no sólo atiende a las «razones de la razón», sino también a las «razones del corazón». He aquí el resultado de un paseo personal por los libros más estimados de «un corazón inteligente». Tal y como explica en el Prólogo, la frase —título asimismo del libro— la toma del rey Salomón, cuando suplica a Dios que le sea concedida la gracia de esa maravillosa síntesis de sentimiento y entendimiento.
Sin embargo, Dios calla. Y no sólo Él. Tampoco la Historia o la Razón dan respuesta a la súplica de reyes y villanos. Tiene uno mismo que ir a buscarla. Por ejemplo, en la literatura. Finkielkraut propone en el volumen una «biblioteca ideal» en la que encontrar voces, sensatas y sagaces, que iluminen al lector, no acerca de las leyes de la vida (para eso están la ciencia y la filosofía), sino «su jurisprudencia»: «Me he fiado de mis emociones para elegir nueve títulos: La Broma de Milan Kundera; Todo fluye de Vassili Grossman; Historia de un alemán de Sebastian Haffner; El primer hombre de Albert Camus; La mancha humana de Philip Roth; Lord Jim de Joseph Conrad; Apuntes del subsuelo de Fedor Dostoyevski; Washington Square de Henry James y El festín de Babette de Karen Blixen.» (pág. 12).
¿Por qué nueve títulos y no diez? Finkielkraut habla de «biblioteca ideal» con la que establecer un fructífero diálogo intelectivo y emocional, no de «decálogo», esto es, de un concentrado compendio de la verdad: «En el camino de la verdad, la comprensión literaria de la existencia encuentra y afronta inevitablemente a su doble.» (pág. 205). Muchas son las novelas, cuentos y relatos que han buceado con inteligencia y sensibilidad hasta las profundidades del corazón humano. No nos hallamos, entonces, ante una «exclusiva» ni exhaustiva selección. Pero en las obras escogidas el alma humana escucha, sin duda, un eco delicado y sutil que revela intensos testimonios acerca de la broma pesada que a menudo representa la vida de los hombres, esos «huérfanos del tiempo». También se informa acerca de la «tragedia de la inexactitud», «el infierno del amor propio», «la zafiedad de lo verdadero» o «el escándalo del arte».
Interesa a Finkielkraut examinar la obra del autor penetrante, ese que para «confrontarse a lo esencial no elige la teoría, sino la anécdota. En lugar de proceder por conceptos, cuenta una historia.» (pág. 191).
Es de esperar, con todo, que Alain Finkielkraut, tras este recorrido por el análisis de la literatura más luminosa, no sienta en su corazón inteligente «la derrota del pensamiento» como si de una irreversible condena o maldición se tratase, de un callejón sin salida, para que así pueda seguir adelante en su provechosa obra ensayística, proporcionándonos nuevas reflexiones sobre las «verdades de la razón».

lunes, 7 de febrero de 2011

A PROPÓSITO DE UN EGIPTO DESBORDADO



La presencia de las masas y la voz de la opinión pública representan, en efecto, un hecho sociopolítico fenomenal y omnipotente, pero, asimismo, efímero y caprichoso. Las gentes, por lo general, salen a la calle a manifestarse sin razón alguna. Por lo común, movidos por una pasión o un instinto de supervivencia. Asimismo por una suerte de pulsión autoafirmadora (que supone a la vez una fuerza negadora de la individualidad). Pero también por una descarga de tensión, cuando el apremio y el miedo les paraliza, y necesitan sacudírselos de encima buscando la calle y la gente, el amparo del cielo protector y el contacto con los otros (como ocurre, por ejemplo, al producirse una catástrofe, un terremoto, un incendio).
Elias Canetti, quien —junto con Ortega, y en la actualidad también Peter Sloterdijk— mejor ha comprendido el fenómeno y la fenomenología de la masa, denominó justamente «descarga» a su más característico movimiento interior:

«Sólo todos juntos pueden liberarse de sus cargas de distancia. Eso es exactamente lo que ocurre en la masa. En la descarga, se desechan las separaciones y todos se sienten iguales.» (Masa y poder).

Así como ayer sostenían una cosa, las masas, hoy o mañana, pueden mantener exactamente lo contrario. Las prospectivas sociológicas y los sondeos de opinión que registran la intención de voto o la impresión de la gente acerca de un asunto puntual conforman tendencias que no pueden minimizarse, pero tampoco magnificarse, ni ser tomadas por indicios suficientes con los que establecer el rumbo principal de la acción política. Toda conciencia y toda opinión pueden ser manipuladas con suma facilidad, pero las de raíz pública, todavía más.
Como fórmula de compensación ante la presión de la propaganda colectiva, al menos los procesos electorales han previsto una jornada de reflexión (individual) para el día anterior a la celebración del sufragio universal. Pero esto no ocurre ante la convocatoria de manifestaciones callejeras. Escribe Ortega:

«El hombre-masa no afirma el pie sobre la firmeza inconmovible de su sino; antes bien, vegeta suspendiendo ficticiamente en el espacio. De aquí que nunca como ahora estas vidas sin peso y sin raíz —déracinées de su destino— se dejan arrastrar por la más ligera corriente. Es la época de las “corrientes” y del “dejarse arrastrar”» (La rebelión de las masas).

A veces, simplemente, la política y la masa no respetan la reflexión.


Fragmento de mi artículo «Manifestaciones y manifiestos» publicado en la revista El Catoblepas, nº 25, marzo 2004, pág. 7.

sábado, 5 de febrero de 2011

«DIARIO DE UN ESCRITOR», de F. M. DOSTOIEVSKI



Fiódor M. Dostoievski, Diario de un escritor. Crónicas, artículos, crítica y apuntes, edición de Paul Viejo, traducción: Eugenia Bulátova, Elisa de Beaumont y Liudmila Rabdanó, Páginas de Espuma, Colección Voces/Ensayo, Madrid, 2010.


Fiódor M. Dostoievski, nacido en Moscú el año 1821 y fallecido en San Petersburgo en 1881, es, sin duda, uno de los novelistas más universales de la historia de la literatura. Autor indisolublemente ligado al corazón del alma rusa, la profundidad de su escritura (unos relatos que diríanse escritos con un cincel más que con plumilla) y la ancha perspectiva de la mirada que lanza sobre el ser humano hacen muy justas, sin contradicción alguna con lo anterior, la declaración de Stefan Zweig que retrata al escritor ruso como «el mejor conocedor del alma humana de todos los tiempos». Autor de novelas de gran celebridad —El jugador (1866), Crimen y castigo (1866), Los endemoniados (1871-1872) y Los hermanos Karamázov (1880)— no es, sin embargo, muy conocido por la actividad realizada en calidad de articulista, cronista, ensayista o diarista.
A fin de cubrir esa parcela, la editorial Páginas de Espuma ha emprendido la laboriosa y muy meritoria labor de publicar en un solo volumen la obra de Dostoievski consagrada a las crónicas, los artículos, la crítica literaria y cultural, e incluso a sus apuntes y aforismos. El resultado es Diario de un escritor, «un libro que no existe», según leemos en la primera línea de la «Nota previa a la edición». No se trata de una sentencia inyectada de extravagancia ni de una mera boutade, a pesar de que el lector la reciba como aperitivo en un volumen de más de mil seiscientas páginas. La frase concentra sencillamente, sinceramente, la peripecia editorial de libro tan colosal. Diario de un escritor «no existe» significa que Dostoievski no escribió un libro bajo tal rótulo ni el epígrafe responde a una obra preconcebida.
Bajo el título de «Diario de un escritor», el novelista ruso comenzó a publicar una serie de artículos en la revista El Ciudadano a partir del año 1873. Además de ejercer las funciones de director de la publicación, orientada por la ideología conservadora y rusófila, Dostoievski mantiene la propia sección, en la que da cabida a la crónica cultural y la crítica social, sin olvidar algunos breves textos de creación literaria. La revista cierra poco después. El novelista retoma en 1876 la empresa, editando un cuadernillo mensual, editado y compuesto por él mismo. A finales de 1877 vuelve a interrumpirse el diario del escritor ruso, y no será hasta el verano de 1880 cuando vuelva a reactivarse. Pero la vida del escritor —y con él la del diario— se acerca definitivamente al ocaso. Dostoievski fallece en febrero de 1881.
¿Cuál es el resultado, el legado, del «Diario del escritor»? Cientos de escritos, apuntes y notas, que componen una fenomenal miscelánea, al tiempo que un mosaico de la sociedad rusa contemporánea del novelista: «un documento clave y necesario para la comprensión de la historia más reciente de Rusia, de la evolución de una nación, sus conflictos sociales y políticos, y también en buena manera una buena panorámica de literatura rusa» (pág. 15).
Pero la peripecia y la complejidad editorial del diario no acaban ahí. Obra no reunida ni publicada en vida del novelista, todo parece indicar, sin embargo, que fue entendida por Dostoievski en términos de «obra abierta». Una obra que crecía con nuevas aportaciones, dependiendo de la creatividad del autor (infatigable), pero, sobre todo de las posibilidades de edición (según hemos visto, bastante complicadas), y que sólo la muerte del escritor puso el inapelable punto final. Ocurre, a este respecto, que además del material directamente destinado a la serie del diario, Dostoievski publicó, en otros medios, muchos más textos de temática similar a la de aquél.
¿Debería, entonces, sumarse toda esta producción en un solo corpus o editarse por separado? He aquí un dilema que ha acompañado la historia editorial del diario (en anteriores ediciones en español y en la misma Rusia), resuelto en el presente volumen según aconseja la primera alternativa. Una opción que juzgamos la más juiciosa. La presente edición del «Diario del escritor» (traducida directamente de la edición en ruso de 2005, que sigue similar criterio) incluye, por tanto, obra periodística, artículos y críticas escritas anteriormente al inicio del diario con nombre propio, pero que «podrían haber formado parte de él, o al menos, consideramos que su lugar es junto a esos textos similares, frente a la opción de editarlos de manera separada» (Nota previa a esta edición, pág. 19).
El resultado es, literalmente hablando, un tomo ejemplar. Un monumento a la mayor gloria de Dostoievski, del Dostoievski ensayista, así como de la literatura universal, en una edición muy cuidada que incluye en las páginas finales unos prácticos glosarios de nombres propios y de los términos rusos más citados. Una obra completísima, no para ser leída, obviamente, de corrido, de una tirada. Aunque el criterio del lector con respecto a sus lecturas sea soberano, lo aconsejable en este caso es la lectura dispersa y diversa, y aun antojadiza.
Variedad de asuntos para elegir hay en abundancia. Ahora, una crónica sobre San Petersburgo. Luego, unos escritos sobre George Sand. Más tarde, unos jugosos comentarios a la novela de Tolstoi, Anna Karénina. Para mañana, unos apuntes sobre lo que significa Asia para los rusos. Y, siempre, con la firma y el estilo de Fiódor M. Dostoievski.

miércoles, 2 de febrero de 2011

ALÓ, PRESIDENTE. ¿ES USTED SOLVENTE?


No se inquiete el lector. La pregunta aquí formulada no va dirigida, directa y personalmente, al amable visitante de esta columna, quien de esta manera la sostiene y evita que caiga… en el vacío. Aun así, probablemente, la cuestión no le resulte extraña. Pues, ¡a ver quién no ha sido puesto alguna vez bajo el foco de tan inquisitiva solicitud, con estas mismas palabras u otras similares! 
«Solvente» significa, en puridad, individuo capacitado y responsable. Este sentido lato del término, ha sido eclipsado por otro de alcance muy económico: aquel que, estando en condiciones de solventar una situación dada —o, mejor aún, de resolverla en el futuro—, acaba pagando la deuda o la cuenta. El sujeto que resuelve es, dicho en román paladino, quien afloja la mosca. Sucede, sin embargo, que no siempre quien convoca la solvencia ajena está libre de la propia. 
Según sostienen la mayor parte de los economistas, en España existen serios problemas de solvencia, confianza y credibilidad en el sistema financiero. Aunque no siempre lo puntualizan, deberemos entender que semejante déficit apunta asimismo a la clase política. El problema principal, dicen, es que los bancos y cajas no conceden créditos a particulares, familias y empresas, porque no se fían del cliente, a menos que demuestre ser solvente. En cuyo caso, le son exigidas plenas garantías y prendas de sus bienes, pasando así, si es que da el paso, de propietario con alma solvente a candidato a carne de indigente. 
Ahora bien, con los balances de las entidades financieras como están —en estado crítico—, el empleado del banco o caja que interpele al cliente necesitado de crédito con el «¿es usted solvente?» merece ser replicado con un «¿y ustedes, qué tal están?» El ciudadano responde de su particular solvencia con la bolsa o la vida. Pero, al menos desde que gobiernos y bancos centrales abandonaron el patrón oro, ¿qué o quién avala hoy de verdad a los bancos ante los depositantes?


Aseguran que el Gobierno y el Estado, en su conjunto. O, en particular, el FROB, el Fondo de Garantías de Depósitos y el Banco de España. Y, en último término, siempre nos quedarán el BCE, los países ricos de la UE o el FMI. Con un crédito presuntamente ilimitado, alguno de esos gigantes liquidará la factura...
Este peculiar modelo del pásalo recuerda el viejo truco de entrar gratis en el cine o el teatro consistente en que, sucesivamente, cada miembro de la cola que llega al personal de taquilla señala al que viene detrás para que le cobre. Y así hasta el último de la fila. Sin nadie guardándole las espaldas, a éste le tocaría pagar por todos los demás. Sin ir más lejos, la estafa reciente del caso Madoff y la quiebra creciente del sistema público de pensiones y de la SS evocan tan pícaro esquema piramidal.
En España, entretanto, sigue en activo un presidente del Ejecutivo que presume de patriotismo financiero y alardea de tener bajo control la economía nacional  y la internacional. Mago socialista, saca chequeras de la chistera e invita al público a entrar en una caja de purpurina con trampilla y sin fondo. Pidiendo un voto de confianza, asegura que luego hará que salgan tan ricamente. Alguien podría telefonear a La Moncloa, que le pasen con Zapatero y preguntarle:
— Aló, Presidente ¿Es usted solvente?


El presente texto fue publicado como columna de Opinión en el diario digital Factual.es (hoy desaparecido), el 28 de marzo de 2010, con el título «¿Es usted solvente?»