sábado, 30 de abril de 2011

«SÉNECA EN AUSCHWITZ» de RAÚL FERNÁNDEZ VÍTORES



Raúl Fernández Vítores, Séneca en Auschwitz. La escritura culpable, Páginas de Espuma, Colección Voces / Ensayo, Madrid, 2010, 107 páginas.

Raúl Fernández Vítores (Madrid, 1962), escritor y profesor de Filosofía en la Enseñanza Secundaria, ha publicado recientemente un breve ensayo muy impactante y de gran calado. Como paso previo al propio comentario del libro, justo sería abundar en la ya indicada condición profesional del autor. Decimos esto porque, dado el estado actual de la Enseñanza universitaria en España, buena parte de los ensayos que, en estos últimos tiempos, tienen originalidad e interés —también, algo que decir—, proviene de autores que deben trabajar en unas condiciones verdaderamente heroicas, una circunstancia ésta no siempre reconocida como sería menester. En la Universidad acaso ocurra que la vigilancia del escalafón y la preocupación por el currículo profesional eclipsa —o al menos inhibe— la verdadera «aventura filosófica» y el riesgo intelectual. En este volumen encontramos, sin duda, ambos atributos.

 Tampoco refiero esta circunstancia por casualidad. Fernández Vítores ya ha escrito un libro anterior, Sólo control: panfleto contra la escuela (2002), donde pone en evidencia, y en cuestión, el sistema educativo, en general, y el español, en particular. Señalando allí mismo las causas de las múltiples deficiencias que presenta la escuela, cuando no su neta decadencia. Es autor, asimismo, y entre otros títulos, de Teoría de residuo (1997) y Los espacios bárbaros (2008).


Séneca en Auschwitz supone para el lector un breve, pero intenso viaje hacia el Horror. Y el Horror con mayúsculas tiene un nombre propio: el Holocausto (asimismo, en mayúsculas). Como montándose en uno de los vagones de la destrucción y la muerte en dirección a Auschwitz, o Dachau, o Treblinka…, al lector que abre la primera página del ensayo le espera un trayecto poco confortable hacia ninguna parte, porque al final le espera la Nada. Tras Auschwitz ya no hay posibilidad de esperanza, ni de reparación. De igual forma que el Macbeth de Shakespeare mató el sueño al matar a Duncan, la Humanidad se ha suicidado al consumar el mayor de los delitos jamás conocido: la aniquilación en masa del judío. Una aniquilación fría, calculada, racional, profesional, laboriosa, implacable. Al cortarse uno de sus miembros, la especie humana no ha logrado acabar con la rabia, su rabia. Se ha cortado, sin más, cualquier vía de salida.

Desde el Holocausto, ya nada es posible. Porque la Nada se ha adueñado del mundo, destruyendo su sentido y fin, si es que los ha tenido alguna vez. El Holocausto representa el Pecado Original del Hombre. Pero, en esta ocasión, no hay expiación posible. Tal es la profundidad de la herida: «la herida queda abierta» (pág. 96. Últimas palabras del texto testamento). Incluso cuando se condena el Crimen, cuando se incrimina, no queda uno exculpado de Nada. Tras el Holocausto, toda escritura es culpable. Ha triunfado la «Tanatopolítica». Después de todo, sólo queda la Muerte.

El ensayo —una lucha intelectual sin cuartel, aunque nos conduzca al Campo— no da tregua. Escrito de corrido, sin pausas, ni punto y aparte, sin salida. La salida es el Final.

«La visión de lo acontecido nos hace balbucir e inevitablemente trastorna la literatura. Asfixiante como, ¡otro símil lamentable!, esta escritura que impide el resuello, sin pausas, que no da espacio, sin puntos aparte, que marea y casi ahoga e impide la intelección del abominable hecho, reduciendo al modo sectario la cantidad de oxígeno que el corazón bombea al cerebro.» (pág. 75)

Ensayo afilado como un sable, frío como el acero, Séneca en Auschwitz representa un trabajo, no obstante, necesario. Aunque, eso sí, no apto para espíritus pusilánimes ni sentimentales.


sábado, 23 de abril de 2011

AL ESCRITOR NOVEL, CINCO CONSEJOS



EN EL DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO

Los consejos pertenecen a la familia de las ilusiones, pero también a la de las desilusiones. Suele dar consejos el viejo. También quien se tiene por sabio y avezado en la vida, creyendo que sus destinatarios le escucharán, y quizá algún día hasta le hagan caso. Los consejos están condenados, por principio, a no ser atendidos. Y en el supuesto de que sí lo sean, jamás serán reconocidos. He aquí el cariz ilusorio de todo consejo, siempre superfluo y vano.
Quien aconseja, anhela en el fondo que los demás no cometan los errores que, presumiblemente, él cometió, de lo cual poco tendría que presumir. O que otros lleven a cabo lo que no fue capaz de hacer. He aquí la faz desilusionada del consejo, su contrariedad.
El consejo, ese loco propósito, es hijo del engaño y el desengaño. En consecuencia, lo mejor que puede aconsejarse al hombre discreto y cabal es que se ahorre las exhortaciones y las recomendaciones. Y, si le son demandadas, que rehúse darlas bajo cualquier pretexto o evasiva. Y sin embargo…
En fechas de celebración de la escritura y del libro, en estos tiempos en que quien no escribe no es porque no sepa sino porque no quiere, en estos días, digo, regalo al escritor novel, no un volumen, ni siquiera una rosa, sino cinco consejos breves. Especialmente dedicados a quien ignore que ser novel significa «principiante» o que todo verdadero escritor nunca deja de serlo, pues siempre está principiando alguna página o poniendo título a un nuevo proyecto.

Consejos tengo…
1) No soñar con el Premio Nobel sin haber escrito previamente algunos miles de folios. Y, realizada la labor, lo mejor es que siga desistiendo de semejante empeño.
2) No lanzarse a componer una novela sin haber leído previamente unos cuantos cientos de narraciones, relatos, cuentos y ficciones varias (y haber escrito, algunas decenas). Ya sé que «novel» y «novela», arrancando de una misma raíz lingüística, comparten el mismo anhelo y apuntan a mismo horizonte. Mas resérvese la caminata para cuando uno ha aprendido a dar los primeros pasos.
3) Si lo suyo es la poesía, no desear en pocos meses ser Novalis, ni morir joven, ni querer descubrir la noche sin saber aprendido a vivir el día a día. La poesía no se practica ni ensaya. Aparece sin ser llamada. Se posee o no, como la gracia o un don.
4) Si no vale uno para la creación artística, siempre le quedará la recreación y la cogitación, que tampoco son poca cosa. El ensayo significa intento y tanteo perpetuos. Obra sin fin ni desenlace. Es un género literario —aunque, en rigor, no literatura— que precisa del aprendizaje y la resolución, del conocimiento y el estudio. Su reino no es el de la ficción sino el de la convicción. No tiene un argumento, pero sí precisa de argumentos. En España, el ensayo no vende, pero es el género elegante por excelencia.
5) Nulla dies sine linea. No dejes pasar, escritor novel, una jornada sin escribir una línea. O dos. Tampoco es preciso producir y archivar docenas de páginas diarias. Diría que tampoco conveniente. Sin la honradez que exige ver caer al suelo y barridas por el viento muchas hojas brotadas de la propia mente, antes de que crezca el árbol de la escritura, sin esa sencillez, no es posible hacer nada que valga la pena. Este quinto y último consejo proviene en origen de Plinio, quien, viejo y sabio, tampoco pudo precaverse del demonio del consejo.


Ofrezco aquí una versión de la columna que publiqué, bajo el título «Cinco consejos para un escritor novel», en el diario digital Factual.es (hoy desaparecido), justamente hace un año, el 23 de abril de 2010

martes, 12 de abril de 2011

'GUERRA EN LA RED' de RICHARD A. CLARKE & ROBERT K. KNAKE


Richard A. Clarke & Robert K. Knake, Guerra en la Red. Los nuevos campos de batalla, traducción de Luis Alfonso Noriega, Ariel, Barcelona, 2011, 367 páginas.


Richard Alan Clarke (Boston, 1950) ha sido alto funcionario de la Administración norteamericana, donde ha ejercido como responsable de seguridad bajo cuatro presidencias de Estados Unidos de América (Ronald Reagan, George Bush, Bill Clinton y George W. Bush), a lo largo de 30 años, de 1973 a 2003. Bajo los respectivos mandatos, ha ocupado diferentes destinos en la Casa Blanca, el Departamento de Estado y el Pentágono, por lo general, relacionados con el ámbito de la inteligencia y la seguridad. Este flamante currículo hace del autor un probado experto en la materia de su especialidad, lo cual no es óbice para que deje a su paso notorias polémicas, tanto por lo se refiere a su gestión cuanto, especialmente, a su labor publicista.

De hecho, fue el encargado de la oficina antiterrorista de los Estados Unidos durante los atentados del 11 de septiembre de 2001. Experiencia tan traumática la verbalizó en el ensayo Contra los enemigos, publicado en España en 2004, texto que provocó un intenso debate. Clarke sostiene allí, a propósito de la lucha antiterrorista, que, por ejemplo, se exageró la participación de Al Qaeda y Osama bin Laden en los atentados del 11-S, razón por la cual se opuso a ciertas iniciativas contraterroristas impulsadas por la Administración de George W. Bush, como la intervención en Afganistán e Irak. Justamente, esta discrepancia provocó su salida del círculo de poder de la Casa Blanca en 2003.

De reciente publicación en EE UU, acaba de editarse en España su último libro, Guerra en red, que promete no menos polémica que la suscitada a raíz del anterior trabajo mencionado. A medio camino entre un volumen de memorias, un ensayo histórico y un relato periodístico, en el presente libro, Clarke hace públicas sus consideraciones sobre los peligros que acechan a la seguridad en Estados Unidos, denunciando la poca preocupación que, a su juicio, han prestado al asunto las respectivas administraciones en el poder. Aunque firmado en colaboración con Robert K. Knake, el libro está escrito en primera persona, lo que da una idea formal del grado de protagonismo del autor. Para algunos de sus críticos, en realidad, un afán de protagonismo, cuando no de exhibicionismo y presuntuosidad.

Internet fue concebida en la década de los 60 del siglo XX como vehículo de comunicación entre universidades, diseñada para ser utilizada por algunas pocas miles de personas, pero no para miles de millones de anónimos usuarios, desconocidos entre sí, y que no tienen por qué confiar unos en otros. Las redes sociales (como Facebook), de gran impacto en nuestros días, surgieron de modo bastante semejante. La actual empresa AT&T fue la primera compañía de telecomunicaciones que sacó fuera de los ámbitos originarios el uso de la nueva tecnología para navegar por la Red, extendiéndola a las corporaciones y el consumo privado en los domicilios. En el momento presente, raro es el uso de información y la gestión de cualquier tipo que no dependa de Internet. El ámbito humano de comunicación es, cada día más, ciberespacio.

El ciberespacio lo conforman todas las redes informáticas del mundo, conectadas y controladas entre sí. Comprende Internet, pero también las redes transaccionales a través de las cuales fluyen datos y dinero, negocios con valores y operaciones con tarjetas de crédito. La conexión conduce, por tanto, casi sin remedio a la interconexión. Hoy, por ejemplo, la mayoría de ascensores y fotocopiadoras de usos convencionales incorporan microordenadores conectados con terminales relacionadas con los servicios de fabricación y mantenimiento de los productos. Muchos de estas prestaciones vienen ya incluidas en las nuevas contrataciones de los mismos. No hay, en principio, mucho problema cuando las cosas funcionan como uno espera o desea. Sencillamente, regalas información a no sabes quién. En ocasiones, información sensible o relevante. Las trituradoras de papel en las oficinas, que destruyen documentos confidenciales o privados, pueden incluir parecidos dispositivos.  De fábrica o añadidos posteriormente por tampoco sabemos quién.

El dominio y la omnipotencia de la informatización en las sociedades conllevan determinados efectos que no pueden ignorarse. Un sencillo colapso o incidente paraliza abruptamente los protocolos básicos de actuación. Ante una ventanilla de las administraciones públicas o en una oficina de la empresa privada, si el sistema informático se bloquea o las interconexiones se colapsan, vuelva usted mañana. Esto por lo que tiene que ver con fallos circunstanciales no provocados intencionalmente. ¿Qué ocurre cuando tras la incidencia está la mano del cibercrimen o el ciberterrorismo? ¿Y qué decir de la «ciberguerra»?

¿Cómo definir la guerra en la red? Respuesta de Clarke: «aquellas acciones realizadas por un Estado-nación con el fin de penetrar los ordenadores o las redes de otra nación y el propósito de causar daños o perturbar su adecuado funcionamiento.» (pág. 23). No hablamos de ciencia-ficción. El primer capítulo del libro refiere casos reales acontecidos en los últimos años: las sospechas de que Israel ejecutara un asalto cibernético en una planta nuclear en Siria; otro, un ataque de Rusia sobre Georgia que bloqueó sus sistemas informáticos; uno más, en fin, proveniente de Corea del Norte que perturbó las operaciones en EE UU y en Corea del Sur. Hay sospechas de más hechos sucedidos, pero la mayoría no han sido hechos públicos.

A resultas de estas circunstancias, los conceptos mismos de «guerra» y «conflicto bélico» han sido trastornados. En nuestros días, el poderío militar de un Estado ya no depende básicamente del número de tropas o del armamento de que se disponga. De poco le serviría a una superpotencia, si Estados-nación pequeños (también, los denominados «canallas») o, simplemente, grupos organizados de «ciberguerreros», interfiriesen, por medio de ataques organizados, servicios básicos, como la red eléctrica del país. Esto es lo que se denomina «guerra asimétrica», que cambiaría radicalmente el actual equilibrio geoestratégico de defensa.

Sobre el diagnóstico del asunto no hay demasiada discusión, al margen de identificar la auténtica o exagerada gravedad del problema. La controversia gira sobre las medidas que deben tomarse a fin de reforzar la seguridad de las democracias. Estamos, en consecuencia, ante el clásico conflicto político e ideológico acerca de la prevalencia de la libertad o la seguridad. Richard Clarke patrocina que lo segundo prime sobre lo primero. Funcionario de profesión y vocación, al fin y a la postre, lamenta que Internet siga sin tener control gubernamental, defiende sin reservas una mayor intervención y regulación del Gobierno sobre las empresas privadas, a las que habría, a su juicio, que imponer protocolos de seguridad y actuación, no importa su dimensión ni su coste. La Administración, por tanto, tendría bajo control no sólo las propias áreas públicas que la Constitución le reconoce, sino hasta las privadas, con derecho a actuar en su gestión. Todo ello, siempre, en nombre de la seguridad nacional.

La propuesta de Clarke de constituir un Cibermando, que regule y coordine el resto de organismos responsables de temas de seguridad, a las órdenes de un «ciber-zar» (¿quién sería el designado para tal plenipotenciario ciberpuesto?) no ha tenido acogida en los gobiernos republicanos norteamericanos. Por lo que parece, incluso la actual administración demócrata, comandada por Barack Obama, advierte demasiadas intromisiones en el ámbito de la libre empresa, los derechos civiles y la privacidad como para admitir las advertencias del veterano de guerra (en la red). La prueba de que el autor no se ha rendido queda patente en el lanzamiento del presente volumen.


viernes, 8 de abril de 2011

«ABSOLUTA-MIENTE»


Cuando un político, para enfatizar su discurso, emplea el término «absolutamente», normalmente está mintiendo. Si usa muy a menudo la palabra «absolutamente», es que miente absolutamente.


martes, 5 de abril de 2011

«MAL CONSENTIDO» de AURELIO ARTETA




Aurelio Arteta, Mal consentido. La complicidad del espectador indiferente, Alianza Editorial, Madrid, 2010, 319 páginas

El primer juicio que merece ser señalado a propósito del último libro de Aurelio Arteta, Mal consentido, es el que tiene que ver con su valentía, sin paliativos ni excusas de ningún tipo. También con la franqueza de su discurso, sin evasivas ni huidas hacia delante o hacia atrás. Porque valeroso y esforzado supone, para empezar, haberse arriesgado a dar a conocer un ensayo de filosofía al público español, tan poco proclive a estos temas. Un estudio de investigación, para mayor audacia, que entra directamente en materia de moralidad (individual y pública), y que, para mayor abundamiento, no oculta un afán moralizador (más que moralista). Un texto, en fin, que no sólo hace pensar, sino que reprueba y denuncia las conductas acomodaticias y cobardes que afectan a una amplia sección de la población. Si no es esto valor, sigamos leyendo.
Aurelio Arteta, curtido en la batalla de las ideas, no es la primera vez que acomete una empresa intelectual y un desafío moral de este fuste. Catedrático de Filosofía Moral y Política en la Universidad del País Vasco, ha dedicado buena parte de su trabajo investigador y docente a la reflexión sobre la naturaleza y consecuencias del mal, sin desatender las raíces morales y políticas del problema ni tampoco las materias adyacentes o próximas al mismo. A este respecto es esencial recordar que entre sus obras publicadas destacan La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha (1996) y La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral (2002), dos notables trabajos de discernimiento racional y «educación sentimental» que están en la base del libro que ahora nos ocupa.
Preocupa a Aurelio Arteta identificar el mal cometido y el mal padecido, pero no menos que el mal consentido. Sin éste, aquéllos no prosperan. En la fenomenología del mal actúan un agente y un paciente. Pero en la escena del drama humano participa un tercer elemento, sin el cual, la trama tendría otro recorrido y destino. Nos referimos a la figura del espectador indiferente, quien, fundiéndose en la masa, conforma el público, en general (no siempre respetable público). Aquel que contempla el horror, el dolor ajeno, sin inmutarse, sin actuar, es, lo sepa o no, responsable también del mal. Por omisión. Desde un punto de vista moral, social y público, el espectador indiferente es cómplice del padecimiento ajeno en la medida en que llega a convertirse en un requisito necesario, y a menudo hasta suficiente, del daño causado: « ¿O es que sin el consentimiento de tantos iba a tener lugar tanto mal?» (pág. 14).
El mal consentido representa la antítesis de la compasión. La tolerancia abstracta, el relativismo y el «nihilismo ambiental» se han apoderado de las sociedades hasta el punto de ahogar el sentimiento compasivo en los individuos. Mientras tanto, crece el descrédito del heroísmo y el espíritu del sacrificio, valores hoy en desuso. La retirada individual ante la responsabilidad y la dimisión del papel de ciudadano son las necesarias e inmediatas consecuencias de esta situación.
Así pues, cuando la piedad y la admiración moral declinan, el mal encuentra el camino allanado para poder expandirse sin freno alguno. La insensibilidad pública posibilita la práctica impunidad del criminal, quien merece pareja consideración social y moral que una víctima (palabra maldita) o un ser virtuoso (otro término caducado). Aurelio Arteta tenía, pues, perfectamente labrado el terreno para llegar a la consumación del trabajo presente.
 La distracción constituye, en rigor, la negación de la acción. La sociedad, narcotizada por el pan y circo, simplemente, no quiere problemas, quiere que le dejen en paz. Educada para comportarse como ciudadanía reclamante de derechos, es refractaria a los deberes. Resuelta en recibir ayudas, se muestra remisa en darlas a los demás. En este panorama, cuando ruge la marabunta, la gente suele mirar para otro lado y exclamar: «Yo no he hecho nada». Desde el momento en que es persuadida de que la paz y la libertad son gratuitas y negociables, la sociedad civil deja de serlo, para volverse masa, sencillamente asustadiza, consentidamente maleable. 


Los prejuicios ordinarios y las excusas al uso —junto a la crisis de valores anteriormente mencionada— arman un prontuario de pretextos que funciona en las comunidades en retirada como un botiquín de emergencia. Con excusas, el espectador aspira a sobrevivir, sin más, protegiéndose al mismo tiempo de la mala conciencia: «Todos habrían hecho lo mismo»; «Si no lo hago (o lo consiento) yo, lo hará (o consentirá) otro»; «Todos lo hacen»; «La vida es corta»; «Mi contribución no sirve de nada»; «Me limito a mi trabajo y lo que es de mi competencia»; «Todo esto es muy complejo». Todo vale, en efecto, para no verse ni sentirse concernido con la «mala suerte» de las víctimas. Si el espectador impasible es señalado con el dedo, acusado de cobardía, la indiferencia, entonces, se torna ira e indignación: «¡y quién eres tú para juzgar a nadie!»
En la abierta y cruda exposición de este asunto tan escabroso, Aurelio Arteta tiene presente Auschwitz, el Gulag y los grandes horrores sufridos a lo largo de la historia. Ahora bien — según reconoce en las primeras páginas del volumen—, es la circunstancia de vivir y trabajar en el País Vasco el principal inspirador de su indagación. No hay en ese punto contradicción ni incompatibilidad, porque la cuestión planteada afecta a la condición humana, no a una comunidad en particular. Sucede que en el centro del huracán, siente uno más intensamente la violencia del viento.
El terrorismo representa hoy en el mundo contemporáneo la máxima expresión del mal, causa de muerte, dolor y horror para millones de personas. Un mal que en España sigue activo, condicionando la vida y la libertad de los ciudadanos, dividiendo a la sociedad y viciando la convivencia política. La rotunda condena del terror y su derrota no concitan unanimidad en la población ni en los poderes públicos. Sobre el particular todavía existen muchas reservas y múltiples matices que hacer. Mas, sólo desde un sectarismo social sin escrúpulos, un derrumbe moral sin remedio y una corrupción política de vocación ultra-schmittiana puede sostenerse que hay un terror «amigo» y un terror «enemigo», un terror «de izquierdas» y un terror «de derechas». Sólo desde una mentalidad cómplice puede justificarse lo injustificable, excusar lo inexcusable y consentir (determinado) mal.
Llegados a este punto, resulta muy oportuno referir la siguiente sentencia de Albert Camus, citada por Arteta, y que resume, con gran precisión, el admirable propósito que guía el último ensayo del filósofo español: «Pues usted acepta silenciar un terror para combatir mejor otro. Y algunos de nosotros no queremos silenciar nada.» (pág. 133).

sábado, 2 de abril de 2011

ZAPATERO AMAGA


Zapatero afirma que no se presentará a la reelección como Presidente de Gobierno en las próximas elecciones generales. Que no, que no me fío.
¿Y si es así? Muerto electoralmente el perro, no se acabó la rabia.
Este asunto me trae a la memoria una columna que publiqué en el diario Libertad Digital el 8 de diciembre de 2005, bajo el título de «ZP y la violencia». Reproduzco a continuación el texto tal y como apareció en su día (sólo he introducido alguna corrección ortográfica y de estilo). Algunas referencias y consideraciones referidas al momento en que fue escrito han caducado. Pero todo lo demás sigue vigente.
 *

«Muchos individuos, de dentro y fuera de España, siguen sin formarse una opinión precisa del personaje conocido por las siglas ZP, y que, por el momento, ocupa la presidencia del Ejecutivo en nuestro país. Todo lo cual da cuenta, por una parte, de la naturaleza bien trabada del producto, y, por la otra, del grado de confusión y miedo escénico que invaden el alma de gran parte de la población. Bien es cierto que los barómetros demoscópicos se orientan últimamente hacia el buen tiempo, anunciando vientos templados y que se aleja la borrasca, pero yo, con todos los respetos hacia los profesionales del ramo, me fío poco de las estadísticas; y digo de ellas lo que Guillermo Cabrera Infante, o sea, que no me gustan porque son las matemáticas concebidas como argumento de autoridad.
No es mi intención aguarle las fiestas a nadie, pero, en honor a la verdad debo decir que, a mi juicio, el actual presidente del Ejecutivo tiene las cosas atadas y bien atadas. Sin duda, este personaje no pasará a la Historia. Pero tiene guasa la cosa: un presidente por accidente, cuya máxima aspiración en la vida es lograr el Premio Nobel de la Paz (como  Rigoberta Menchú, Yasir Arafat o Kofi Annan), será recordado sin gracia como un pequeño césar ligado a la violencia. Y hará falta algo más que ilusión para ponerlo en su sitio, donde no haga más daño.
Llega a la Moncloa por medios electorales, en efecto. Aunque añado: “¡pues no faltaba más!”, cuando algunos esgrimen esta circunstancia como un mérito a su favor, que lo excusa de toda culpa, o como un valor añadido. Pero, sin el empujón de la violencia jamás hubiese obtenido la recompensa —o el galardón, vale decir— de la presidencia. Éste sería el aperitivo. Las manifestaciones callejeras (éstas, sí), la intimidación permanente, las caceroladas, los señalamientos, los insultos, las amenazas, los acosos y los asaltos a las sedes y los domicilios del adversario, durante los tiempos del segundo Gobierno de Aznar, prepararon el camino convenientemente para que el big bang significase, por ahora, la última palabra en la vida política española contemporánea. Tras el primer bocado, viene luego el mantenerse, es decir, el tentempié.

Desde ese momento, su actividad principal se ha caracterizado por no condenar por norma la violencia que le beneficia. Por tres veces (número mágico, de resonancias bíblicas), durante su comparencia en la Comisión de Investigación del 11-M en el Parlamento, se negó expresamente a reprobar las acciones controladas que violentaron la jornada de reflexión del 13-M y le dieron paso a La Moncloa. Posteriormente, ha evitado pronunciarse sobre los últimos atentados de ETA, por si acaso. Más recientemente, se niega tres veces más, tres, a reprobar explícitamente, formalmente, la campaña de coacción contra la cadena COPE y contra todo aquel que le critica, apelando a la libertad de expresión…
No puede haber normalidad política en una democracia moderna, en un país que no ha descendido aún al Tercer Mundo, cuyo primer ministro no condena la violencia política, y tapa ésta, para compensarla, con maquillajes, por ejemplo, una ley contra la denominada “violencia machista”. Por eso nos quiere llevar al Tercer Mundo, donde se respeta a las mujeres y a los homosexuales una barbaridad. Quiere transfigurar la Constitución española y eliminar a la oposición política, y, a cambio propone cambiar un título de la Constitución (¿de qué Constitución?) para que en lugar de “disminuidos” diga “discapacitados”. Uno diría que así se blinda, y protege sus derechos, para cuando se quede sin empleo institucional. Se indigna ZP por la guerra de Irak, pero reaviva la guerra civil española. Por lo que se ve, está empeñado en hacerse con el Premio Nobel de la Paz, como sea.
No quiero hacer pronósticos, pero creo que no va a ser la corrupción (“el caso Montilla” y próximos) lo que arrebate el poder a los actuales socialistas, como sucedió en la etapa González, sino el escándalo de la violencia, la marca que define la biografía política de ZP. Esa será la verdadera revelación que a muchas personas cándidas dejará trastornadas y avergonzadas por no haberlo visto venir a tiempo. Los otros, los implicados, con suerte, marcharán camino de Túnez, como Bettino Craxi, pero, ya digo, por la revelación de otros escándalos; o a Marruecos, que está más cerca y donde los quieren tanto. O, en fin, a lo peor, derrotados y humillados, se quedan en España, organizando la resistencia y la insurgencia, o como se llame eso, para volver a la carga