miércoles, 15 de junio de 2011

'BELGISTÁN. EL LABORATORIO NACIONALISTA' de JACOBO DE REGOYOS




Jacobo de Regoyos, Belgistán. El laboratorio nacionalista, Ariel, Barcelona, 2010, 297 páginas

«La situación es desesperada... pero no grave», declara Horst Buchholz en la delirante película de Billy Wilder Uno, Dos, Tres (One, Two, Three, 1961). Dejando atrás la acción revolucionaria practicada en el Berlín Este de la posguerra, Otto Ludwig Piffl, el personaje en cuestión, aprende rápidamente las artes de la diplomacia y la política, sin las cuales no es posible cambiar de bando ni prosperar. Cuando se estrena el film, Berlín está a un paso de ser dividida por un Muro infame. El sentido del humor de Wilder convierte, no obstante, la tragedia en comedia, permitiendo que aquélla pueda hacerse más soportable.
Hoy, algo semejante parece estar ocurriendo en Bélgica, ese otro país de nunca jamás. En situación integral inestable prácticamente desde su fundación como Estado, en estas últimas décadas, vive cada día al borde de la escisión. Separada en dos comunidades lingüísticas irreconciliables —la neerlandesa (Flandes) y la francófona/francesa (Valonia)—, las costuras fronterizas que fijan la unidad formal del Estado están cogidas con alfileres. ¿Hasta cuándo resistirán?
Bélgica sobrevive en precario en el corazón de Europa (casi propia decirse que ella misma es el corazón de Europa). Si Bélgica «cae», la Unión Europea seguirá sus pasos sin remedio. Bélgica no es, sin embargo, Kosovo, y una ruptura cruenta parece improbable. En suma, un escenario desesperante, pero todavía no inaguantable. ¿Qué hace que siga Bélgica tanto tiempo de pie en medio de la tempestad?
En Belgistán, Jacobo de Regoyos intenta descifrar el tremendo rompecabezas de Bélgica, el embrollo del origen del «problema belga» y el problema del origen y las etnias, las lenguas y las historias que están en la base de la crisis crónica en este país fracturado, que, sin embargo, se mueve. Aunque, ¿hacia dónde? El sentido del humor de los belgas permite, de momento, que la sangre no llegue al río. Hay, no obstante, otras causas que explican el «fenómeno belga».
Corresponsal en Bruselas para el área europea de la cadena radiofónica Onda Cero desde hace trece años, casado con una belga flamenca y galardonado periodista, Jacobo de Regoyos está en magníficas condiciones para aportar luz a quien penetre en el oscuro túnel belga. Sin rodeos, llama —irónicamente— a las cosas por su nombre. De ahí, y de entrada, el título del libro. Bélgica ya no es, en realidad, un país, no funciona como Estado nación unitario y prácticamente tampoco como una democracia. Tal es el deterioro reinante. En el espacio virtual de Belgistán, la anomalía es la norma.

Veamos algunos ejemplos. En las elecciones de 2010, triunfó la opción política separatista flamenca. Asume así el mandato de gobernar una nación quien niega la propia condición nacional y porfía por quebrarla. Bruselas ya es capital de Bélgica y «de Europa». Pues bien, Flandes se ha puesto a su vez bajo su paraguas, contradiciendo la ordenanza del Consejo de Estado que no contempla que una región tenga la capital en una región distinta a la que pertenece. En este caso, Bruselas/región, ámbito administrativo que no reconoce (la tercera región es la francófona Valonia).
El voto en Bélgica  es ¡obligatorio!; el votante, disciplinado y «programado»: Valonia vota siempre izquierda; Flandes, derecha. Desde hace décadas, resulta «imposible» que haya un primer ministro francófono, aunque sume más votos que su oponente. Las autoridades flamencas impiden tomar posesión de su cargo a varios alcaldes francófonos electos en la periferia bruselense (territorio flamenco) por haber hecho campaña… en francés. Las autoridades de la Unión Europea han exigido a las flamencas que rectifiquen, una imposición que éstas no aceptan.
Bélgica, milagro de la multiplicación de administraciones públicas, tiene más de ochocientos mil funcionarios, en una población total de sólo diez millones y medio de habitantes. En el territorio de Flandes —«La territorialidad es la forma de defender una lengua que no se impone por sí sola ante el francés» (pág. 128)—, está prohibido rotular un comercio en una lengua distinta al neerlandés. Las denuncias anónimas son aceptadas por las autoridades locales. Alquilar un piso a un francófono puede ocasionar al propietario serios problemas. Formalizar plaza en un colegio o guardería (por supuesto, en neerlandés) obliga al solicitante a jurar que el neerlandés es la lengua utilizada regularmente en casa (pág. 135).


Flandes niega, en fin, el estatus de minoría a los francófonos de la periferia de Bruselas. Pero, ¿quién es (o está en) minoría?: «Que el nacionalismo que se siente víctima conserve en realidad el control de la situación puede ocurrir en Bélgica. Los flamencos son el único nacionalismo del mundo que se siente “oprimido” por el Estado en el que son la primera fuerza económica, política, demográfica… e incluso últimamente en el plano cultural.» (pág. 278).
El «caso belga» es oportunamente comparado en el libro con otros países que han soportado conflictos semejantes —Kosovo, Bosnia, Checoslovaquia, Canadá (caso Québec)—, así como con escenarios parejos que los han resuelto de diferentes maneras: Estados Unidos de América, Suiza, los Emiratos Árabes Unidos. El último capítulo del libro, lleva por título «Comparación con los nacionalismos en España».
«¿Pueden evaporarse los países? Otros ya lo han hecho. Pero el Estado belga no es cualquier Estado. Es un Estado central, un Estado fundador, el Estado que ejerce de capital de la Unión Europea. El Estado que tantas veces se ha puesto como ejemplo de que la construcción es posible porque Bélgica es un ensayo general de la Europa federal. 
Y ahora es Bélgica quien muestra una nueva vía a los nacionalismos centrífugos. La globalización podría haber matado al nacionalismo del siglo XIX, pero éste lucha por adaptarse dentro de su supuesto Armagedón, la Unión Europea. La construcción europea es como la tela de Penélope: alguien la teje desde arriba mientras otros las destejen por abajo. Y lo que es más irónico, en nombre de esa misma construcción europea.» (pág. 296).
La experiencia de Bélgica ha consagrado la expresión «compromiso a la belga», queriendo significar con ella el arte de despachar un conflicto recurrente sin satisfacer a las partes beligerantes, pero que sirve para llegar a la próxima reunión negociadora. De hecho, desde 1970, el estado natural de Bélgica no es otro que la negociación. Para bastantes analistas, el independentismo de Flandes es sólo un «farol», una reivindicación permanente que le asegura ampliar el poder sobre la comunidad francófona, mientras mantiene el discurso victimista.
De cualquier forma, sólo queda saber cuánto tiempo aguantará el país con esta mala salud de hierro y con ese peculiar sentido del humor que, hasta el momento presente, frena lo peor.

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