miércoles, 19 de diciembre de 2012

DERECHO DE AUTODEFENSA


En este país, de cuyo nombre todavía quiero acordarme, España, desde hace unos años resulta políticamente incorrecto, casi prohibido, hablar de seguridad y, sobre todo, de libertad. Sucede que nuestra casa común (antaño Nación) ha sufrido un asalto por parte del socialismo realmente existente (sorprendentemente existente a estas alturas de la historia de la humanidad). Desde entonces, los nuevos ocupantes, compañeros, y sin embargo amigos, del Comandante, han mandado callar. No obstante, con la venia de la autoridad reguladora, y sin faltar a la verdad, es preciso seguir hablando de bienestar, de seguridad, de libertad. De lo verdaderamente importante para los hombres.
Hace una semana, la sociedad española quedó impresionada (los medios utilizan la expresión «conmocionada») por un hecho singular a propósito, justamente, de la vida, la propiedad y la tranquilidad de las personas, en particular, cuando se encuentran en el interior de su vivienda. El hecho singular que ha llamado tanto la atención no responde a un nuevo caso de allanamiento de morada, de irrupción en la propiedad privada, de intimidación y violencia contra las personas, de intento de robo y agresión y de otros estragos habituales, que para algunos, desde Departamentos de Ética y Filosofía Política de nuestras Universidades hasta el Ministerio del Interior, representan una forma más, entre otras, de progresar en el objetivo de la redistribución de la riqueza.
El suceso que refiero tuvo lugar en la localidad valenciana de Canals, donde una familia recibió de repente la inesperada visita en su hogar de un grupo armado compuesto por ocho sujetos con muy malos propósitos. Hasta aquí noticia de dominio público y nada de extraordinario. Lo que digo que ha impresionado de este episodio no es, entonces, el asalto mismo, sino el comportamiento del propietario y morador del domicilio violentado, por haberse defendido de los asaltantes con sus propios medios, empleando un arma de fuego con la que abatió a dos de ellos e hizo huir al resto. Las fuerzas de seguridad continúan buscando, sin éxito por el momento, a los que lograron escapar.

No sé si los temas de actualidad exigidos por la agenda primorosa de los políticos —el Estatuto pelma de Cataluña, los otros asaltos a Endesa, al Archivo de Salamanca, etcétera—, pasarán por encima de este suceso y lo solaparán pronto. De momento, el ciudadano que defendió familia y propiedad con sus propios recursos ha sido imputado y está en manos de la Justicia. Como reacción a esto, las alarmas suenan como siempre, tocando la misma vieja milonga: ¡a ver qué hace el Gobierno (ah, y las Comunidades Autónomas, que no se me olvide) para protegernos! ¡Más Policía, más vigilancia, más administraciones y, por ende, más impuestos! Si acaso, para el que pueda pagárselo, más guardas privados con perros adiestrados. ¿Significa esto la prueba superlativa de las políticas sociales de progreso?
Acaso vulnere la indiscutible preeminencia del interés público, la voluntad general y la intocable prioridad de lo social sobre lo particular (que el Pensamiento Único me perdone), pero me atrevo a afirmar que ya es hora de que en España empecemos a ocuparnos de asuntos serios y provechosos, como, por ejemplo, del derecho de los individuos a la autodefensa y, por qué no, a la posesión de armas de fuego. Ciertamente, con las reservas y puntualizaciones que exige la naturaleza delicada y aun riesgosa del tema, no menor, con todo, que la inherente al Estado y sus aparatos, ¡y tenemos que sufrirlos a diario!

Maestra de un colegio en Israel protegiendo a sus alumnos de ataques terroristas

Saco a relucir un tema tabú entre nosotros. Vale, pero hablo de una medida de protección más económica y en la práctica más segura y efectiva que las vigentes (o, mejor, con escaso vigor), y, ante todo, que propende a cultivar en los individuos la idea y el hábito de que no hay que preguntarse por norma qué puede hacer el Estado por los individuos, sino qué podemos hacer los individuos por nosotros mismos, no para el Estado.

No, no estoy crispado ni chispado. Sólo afirmo que estamos perdiendo tiempo y mucha energía en tratar sin tregua ni utilidad asuntos mezquinos y artificiales que sólo aprovechan a la cartera y la vanidad de los políticos. Mantengo que tenemos paralizada la discusión sobre los problemas reales, los cuales hay que liberar y concederles más dedicación; por ejemplo: el excesivo gasto público sanitario; el declive del sistema educativo y la miseria investigadora nacional; la abusiva tributación y los impuestos reaccionarios que nos reclaman las autoridades incompetentes; la corrupción política; la guerra actual contra el terrorismo islámico todavía sin concluir; la necesidad de avanzar en liberalización económica y en mayor privacidad de las personas; y, por qué no, una mayor libertad para la posesión de armas de fuego.
Que no echen mano los socialistas al interior de la chaqueta buscando lo que dicen reprobar ni se me ruboricen los populares por lo que digo. Estoy hablando simplemente de los derechos individuales del ser humano, de la seguridad, la autodefensa, el bienestar y la felicidad. Y, sobre todo, de la libertad.


Columna de opinión publicada con el mismo título en el diario Libertad Digital el 11 de enero de 2006

sábado, 15 de diciembre de 2012

'PENSADORES TEMERARIOS. LOS INTELECTUALES EN LA POLÍTICA' de MARK LILLA


Podría hablarse sin exageración de la pujanza en la historia de las ideas, la metafilosofía y la sociología del conocimiento de una especie de género, o subgénero, temático ocupado del controvertido asunto conocido como «compromiso de los intelectuales»: o de por qué los escritores, pensadores y artistas han tenido desde antiguo la funesta manía de pretender cambiar el mundo en lugar de limitarse a comprenderlo, de aspirar a influir poderosa y visiblemente en la siempre voluble opinión pública, de dictaminar sobre aquello que ni sienten verdadera vocación ni demuestran suficiente capacidad. De meterse, en fin, allí donde nadie les ha llamado: en la política.

Sea por exceso o por defecto, la irrupción de los maestros, los oradores y los bardos en la res publica parece no haber encontrado nunca su ejercicio idóneo, y el balance de su reflexión, acción u omisión invitan más a la decepción, cuando no al espanto, que a la satisfacción y a la complacencia.




Julien Benda escribía a finales de los años veinte del siglo XX de la  «trahison des clercs», cuando aún no podía prever plenamente el impacto en Europa de una sección considerable de la intelligentsia a favor de posiciones totalitarias, sea el comunismo, el fascismo y el nazismo, sean las variadas modalidades del nacionalismo. El fenómeno de la influencia de los intelectuales en la sociedad fue ganando en importancia a medida que ésta iba amalgamándose, como consecuencia de su continua transformación en sociedad de masas, y creciendo en vulnerabilidad perceptiva, como efecto de su conversión en sociedad de la comunicación y de la información (a menudo, mal tildada «del conocimiento», como si fuesen conceptos sinónimos).

Más al tanto de la situación y con mayor noticia de cómo avanzaba la función, Robert Nozick, a mediados de los años ochenta, define la casta de los intelectuales en términos de «anomalía», por cuanto constituye una congregación, que a diferencia de la moderación y compensación presentes en los demás grupos socioeconómicos, exhibe una desinhibida oposición al capitalismo, rayana en la obsesión paranoica, desde una sospechosa fraternidad corporativa. 

Para tratarse de un colectivo privilegiado llamado a aportar luz y saber al resto de los mortales, no son pocos los misterios, artificios y estafas que tienden a progresar en su seno, hasta que tarde o temprano salen finalmente a la superficie. A finales de los años noventa, Alan Sokal y Jean Bricmont publican un ensayo ejemplar, Imposturas intelectuales, que pone al descubierto la pícara astucia de la antirazón postmoderna, pero también la blanca palidez de muchas encendidas figuras públicas. Hoy seguimos hablando de otra clase de miserias intelectuales. O acaso de las mismas.

En el libro Pensadores temerarios, el profesor de Pensamiento Social de la Universidad de Chicago, Mark Lilla, ofrece un sugerente trabajo que, en la línea ya señalada del desvelamiento de la auténtica médula de los intelectuales, significa una decidida indagación sobre la tentación política que impulsa a tantos pensadores a abrazar esa perversión moral y mental que denomina «filotiranía», esto es: la fascinación por los despotismos y totalitarismos políticos, así como la seducción por los personajes que los acaudillan y guían. 

Por esta galería de retratos pasan seis estampas representativas, las cuales tras su correspondiente semblanza se tornan casos a tomar en serio: Martin Heidegger, Carl Schmitt, Walter Benjamín, Alexandre Kojève, Michel Foucault y Jacques Derrida. Seis personajes prominentes en sus áreas de saber que han creado, cuando no escuela, sí una destacable corriente de simpatizantes. También ellos tuvieron sus ídolos y fetiches, casi sin excepción alentadores de extremismos de izquierda o de derecha, paladines de la tiranía y la dominación. Bajo su sombra afilaban los lápices, y no es raro verlos oscilar caprichosamente de un lado al otro del arco ideológico, deambulando desde los espectros de Marx a las iluminaciones de cualquier otro faro visionario o quimérico.

Repárese bien en la selección de autores: todos europeos y procuradores del «eje franco-alemán», o, en palabras del autor, «ejemplos de las dos orillas del Rin». Cada uno con sus particulares demonios interiores y obsesiones personales, sus biografías y bibliografías, sus vacilaciones, conversiones y fluctuaciones, pero todos participando de una misma ofuscación esclarecedora de la naturaleza de la filotiranía que los cegó, a saber, un antiliberalismo contumaz forjado en un contexto propenso al desafuero: «La tradición filosófica europea hace difícil pensar en la tolerancia, por ejemplo, salvo en los términos antiliberales de la teoría del espíritu nacional del romanticismo de Herder o el rígido modelo francés de ciudadanía republicana uniforme o, actualmente, el idiosincrásico mesianismo de la deconstrucción de Jacques Derrida».

¿Qué profundo impulso interior excita la atracción de tantos intelectuales por la tiranía? En el epílogo del ensayo, Lilla compone un inteligente esbozo de respuesta a este interrogante definido como «la seducción de Siracusa», en referencia a los tres desplazamientos de Platón a la isla regida por el tirano Dionisio a fin de hacer que entrara en razón y adoptara la perspectiva justa del Filósofo. O sea: el sueño de Platón y de Dión. Es sabido que ambos fracasaron, pero no menos que los filotiránicos europeos del siglo XX. 

A unos más que a otros, a todos les perdió la falta de autoconocimiento, la vanidad, el ansia por realizar la Idea, la pulsión interior de proyectar hacia fuera sus propias miserias, su arrogancia y su irresponsabilidad.

A menudo, el célebre compromiso intelectual, la filantropía y la utopía conducen a estas cosas. Aunque, también existen otros ejemplos de actuación contenida y responsable en política que con demasiada ligereza, cuando no confabulación académica y mediática, son simplemente ignorados u omitidos, y que Enrique Krauze hace bien consignándolos en la introducción del libro. Se trata de la menos ruidosa, pero mucho más fructuosa, trayectoria fijada por creadores de «diseños e ideas» como Bertrand Russell, Ortega y Gasset, George Orwell, Isaiah Berlin, Karl Popper, Octavio Paz.



Este texto corresponde a la reseña, titulada «La seducción de Siracusa», del libro  Pensadores temerarios. Los intelectuales en la política de Mark Lilla. Traducción de Nora Catelli. Prólogo de Enrique Krauze. Debate, Barcelona, 2004, 190 páginas. La escribí para Blanco y Negro Cultural, suplemento cultural del diario ABC. Fue publicada en el nº 671 del mismo (4 de diciembre de 2004).



lunes, 3 de diciembre de 2012

'LA HERMANDAD DE LA NIEVE' de José Vicente Pascual



José Vicente Pascual, La Hermandad de la Nieve, Evohé, Madrid, 2012

El título de un libro es, en pocas palabras, su carta de presentación o tarjeta de visita. Resulta vital que las presentaciones se hagan correctamente, de modo que uno no confunda las identidades, de manera que pueda reparar en los nombres propios (de las personas, entidades y cosas), y así tenerlos presentes, a fin de que el título, digo, atrape y seduzca desde el principio, nada más verlo, al lector, que es el visitante de las páginas del libro. Conozco algunos casos en libros de amor a primera vista. El que ahora centra nuestra atención es uno de ellos.

La Hermandad de la Nieve es credencial y rúbrica a la vez, la memoria viva de una comunidad escrita por el tercer miembro del gremio que lleva tan honroso tratamiento, una congregación fraternal que a lo largo de tres generaciones se gana la vida, la hacienda y la dignidad trajinando con el frío cuajado en las altas cumbres nutridas por la borrasca. Estos hombres audaces suben a la sierra nevada con el bizarro empeño de arrancar a la montaña mágica el blanco manto que la cubre, para a continuación bajarlo a la ciudad. Allí se convierte en mercancía, en el pan nuestro de cada día del laborioso porteador, así como en frío manufacturado que compra el vecino de la villa para conservar alimentos y bebidas, manteniéndose así entero, sano y fresco el cuerpo de la ciudad y sus habitantes.

En la presente obra, el lector encontrará el libro de familia de un linaje de neveros que es también la memoria de una relevante época histórica, como acaso todas lo sean. Siglo XVI. España reconquista su propia materia y forma, tras derrotar y expulsar al moro de Granada, donde los Católicos Reyes dan fe de la victoria. Han sido siglos de contienda y lucha por la existencia, el patrimonio nacional y el honor de unos pueblos que desean reunirse en un mismo y unitario destino. Leyendo esta aventura llega uno a participar de una experiencia intensa y emotiva, aquella en la que la épica y la lírica, la elegía de una mancomunidad de neveros, se hermana con el destino de una nación, España.


Los amores y los desamores, los abrazos y las estocadas, los lances y las lanzadas, las fidelidades y las traiciones, los ocios y los negocios, los tratos y los contratos, los grandes asuntos humanos, en fin, parecen aquí involucrarse de manera nada forzada con los acontecimientos de una nación en marcha. La familia de Bayos, la Hermandad de la Nieve y España forjan al tiempo su ser y existir, empeñados en no sufrir merma en su linaje, ascendencia y futuro, en sus bienes, credos y creencias. 

La historia se hace a base de gestas, pero también de gestos, de acciones cotidianas realizadas por gente corriente, pero no necesariamente—como tanto suele repetirse—anónima. El resto, lo no contado, es silencio, misterio como el que envuelve a la Mujer que no Dice su Nombre, aunque todos lleguemos a comprender, aun sin declararse, cuál es: el arcón que contiene el arcano, la memoria de un pueblo tras la morada. Para que el decurso y el discurso de los hechos no se pierdan en la noche del olvido, para eso está el bardo, el trovador, el narrador, a la sazón, miembro de la familia.

Henos ante un perfecto ejemplo de cómo armar debidamente un libro dentro de un género —poliédrico y vasto, no pocas veces también bastardeado— como es la novela histórica. Porque el caso es que la clave de bóveda de una lograda novela histórica reposa en una circunstancia principal: más que de contarnos la historia, se trata de contarnos, ante todo, una historia. No pocos libros impresos bajo dicho epígrafe son compuestos a modo de ensayos o tratados camuflados de historia, aunque, eso sí, adornados por un ligero y tenue relato, a menudo con una función más de pretexto de que texto principal. En La hermandad de la nieve el bosque (la crónica de los acontecimientos) no impide ver los árboles (la aventura de los personajes), sino que los envuelve y cobija; no los ahoga, sino que, junto a ellos, crea su propio oxígeno.

Ya lo ven ustedes. La hermandad de la nieve es el noble y luminoso título de la última novela, hasta la fecha, publicada por José Vicente Pascual, tan curtido en el oficio como los héroes del libro en el suyo, tan contumaz, tan leal a la tradición, como ellos. Empezamos bien, ¿no les parece? La trama de la novela, lo que viene tras el encabezamiento es un cuerpo de texto que el lector tendrá que descubrir por sí mismo. Sin revelar nada del contenido, sí adelanto que encontrará, ciertamente, páginas impresas negro sobre blanco, pero, sobre todo, palabras expertas y hermosas que visten las hojas cubiertas de níveo elemento, huellas sobre el camino de nuestra historia, que dan cuenta de una travesía literaria apasionante y conmovedora, tan blanca y pura como la nieve, tan dura como el hielo, tan real como la vida misma, tan imaginaria como la memoria.


domingo, 25 de noviembre de 2012

ES DIFÍCIL CONLLEVARSE CON QUIENES TODO QUIEREN LLEVARSE



«Me sumerjo estos días en la prosa elegante y clara de Ortega y Gasset —es decir, en su escritura doblemente inteligente— con el fin de comprender mejor qué es lo que nos pasa en España, o mejor, en algunas de sus partes bajas, y que no nos deja vivir ni convivir según conviene y es menester. […]

»Como en 1932, en España tenemos hoy un problema, que no es tanto un vago problema catalán cuanto algo más grave y serio que subyace en el así llamado, a menudo solapándolo, a saber: la presión de aquellos catalanes nacionalistas para quienes más Cataluña significa invariablemente menos España. Nos las vemos ahora con parejo envite soberanista, aunque, lamentablemente, no dispongamos en nuestro Parlamento de un Ortega que sepa cazarlo y desplumarlo con la necesaria firmeza y brillantez. […]


«Es conocida la postura de Ortega. El problema de la melancolía nacionalista, característica de las pequeñas regiones aquejadas por el mal de bajura estatal, esto es, por la conciencia nacional trastornada de los perpetuamente descontentos pero con aspiraciones, no tiene, en verdad, cura. Con suerte y paciencia, sólo puede conllevarse. Consiste esto en “restar del problema total aquella porción de él que es insoluble, y venir a concordia en lo demás”. Lo incuestionable, naturalmente, es la soberanía española, clave de bóveda nacional que ya en la Transición quedó constitucional y socialmente sancionada.  […]

Si Cataluña no se va de España, es España la que deviene Gran Cataluña. Sea como sea, Cataluña “se abre”. He aquí el eterno retorno del Estatuto catalán. He aquí el proyecto estatutario: primero, Cataluña über alles; después, los Países catalanes; el control del mercado de valores, por descontado; luego, la energía; próximamente, el bilingüismo de las lenguas vernáculas en todo el ámbito nacional; más tarde, ya se verá.

Así, francamente, es difícil conllevarse con quienes no paran de moverse, no saben quedarse en su sitio ni en qué siglo viven.»


Algunos fragmentos de mi columna «Conllevarse», publicada en Libertad Digital el 27 de septiembre de 2005.

miércoles, 10 de octubre de 2012

MARCO AURELIO: UN LIBERAL «AVANT LA LETTRE»



Resultaría, sin duda, anacrónico e inexacto hablar de un «Marco Aurelio liberal» o de un «liberalismo marcoaureliano» o emplear sentencias de este tenor. El liberalismo es una corriente de pensamiento, filosófico y económico, que, en puridad, aparece en los tiempos modernos, teniendo su máximo empuje e influencia a partir  del siglo XIX. Marco Aurelio era demasiado «antiguo» para tamaña empresa…

Sin embargo, no se me antoja forzado ni caprichoso advertir en el filósofo- emperador romano un notorio parentesco intelectual (un aire de familia, podríamos decir), una afinidad avant la lettre con los postulados liberales. Y es que, sin duda, Marco Aurelio fue, ante todo, un espíritu libre.

Señalo a continuación algunos mojones de la vida y obra de Marco Aurelio que nos dan algunas pistas para seguir pensando en este asunto tan sugestivo y prometedor.



Un emperador austero y poco dado al aumento del gasto público y a la subida de impuestos

*
«En los gastos con dinero público [Marco Aurelio] fue, por su parte, muy parsimonioso, lo cual debe contarse más bien como alabanza que como crítica. Por otro lado, dio dinero a hombres virtuosos, prestó auxilio a las fortalezas que se desmoronaban y perdonó tributos e impuestos cuando la necesidad apremiaba.» 

HISTORIA AUGUSTAMarco Antonino, 23

*
«[En 169] para que el [reclutamiento militar] no fuera una carga para las provincias, realizó una subasta de propiedades del palacio [imperial] en el Foro del Divino Trajano, según hemos dicho, en el que, aparte de ropas, copas  y vasijas de oro, vendió también estatuas y cuadros de grandes artistas.»

HISTORIA AUGUSTAMarco Antonino
*
«Marco debió de haberse dado cuenta de que una nueva carga fiscal resultaba extremadamente impopular y no muy productiva. Un gesto como el de la subasta de palacio tenía ventajas que iban más allá de lo práctico —demostraba que el emperador estaba dispuesto a sacrificarse—.»

Anthony Birley, Marco Aurelio, págs. 230 y 231

*
Por qué no es condenable per se la obtención de beneficios económicos

«Cuando puede cumplirse una tarea de acuerdo con la razón común a los dioses y a los hombres, nada hay que temer allí. Cuando es posible obtener un beneficio gracias a una actividad bien encauzada y que progresa de acuerdo con su constitución, ningún perjuicio debe sospecharse allí.»

Marco AurelioMeditaciones, Libro VII, 53

*

¿Es la meditación de Marco Aurelio precursora del pensamiento liberal de Adam Smith?

«¿Es deber del hombre anteponer su propia felicidad y contento al bien común? ¿Debemos acaso servir al otro y alejarnos así de nuestros impulsos egoístas? Genovés hace un repaso al modo en que los filósofos, tanto Antiguos como modernos se han enfrentado a esta cuestión. En el pensamiento moderno amarse a uno mismo tiene una connotación “inmoral”; es preciso luchar e imponerse una obligación de servicio para elevarse. Para un estoico, la polémica parece más bien inexistente. Se admite que todo hombre debe amarse a sí mismo sin olvidar el bien y contento de otros, no hay contraposición (o no debe haberla si uno procura conducirse del modo adecuado).

Parecer semejante expresaría, en otro contexto y referido a una cuestión más práctica, Adam Smith quien se esforzó en demostrar que la persecución del beneficio individual no suponía el empobrecimiento ajeno sino el aumento de la riqueza de la nación, fundando así las bases del primer capitalismo.»


Fragmento de la Reseña del ensayo Marco Aurelio. Una vida contenida, publicada en el blog Confieso que he leído, 3 de septiembre de 2012.




jueves, 27 de septiembre de 2012

¿DEMOCRACIA O REVOLUCIÓN?



El radicalismo inunda la arena política en el momento en que las posturas en liza tienden al extremismo, ciegan el pluralismo, tensan la convivencia hasta el límite y recortan las posibilidades de entendimiento y acuerdo entre los adversarios.

En estrictos términos de filosofía política esta situación conduce al choque teórico y práctico entre dos conceptos cruciales: democracia y/o revolución. El solo hecho de que tengamos ahora que volver sobre este viejo asunto, presumiblemente superado y pasado a mejor vida, ya es indicativo de las profundas anomalías que intoxican nuestro tiempo, desde hace décadas, desde que con la ruina y colapso del socialismo real, y tras unos breves instantes de conmoción, se inició su reconstrucción de la mano de los nostálgicos del antiguo régimen comunista. Hoy algunos les llaman «luchadores» (de la lucha final) y «héroes de la resistencia» (en pie famélica legión), o se autodenominan como tales. Pero yo los encuadro (es difícil centrarlos) dentro de esa rentrée o resurrección en la insurrección de los parias de la Tierra que en otro lugar he identificado con la fórmula «La revancha de Lenin». Sea como fuere, hoy como ayer, debemos afrontar nuevos desafíos a la libertad.

En el año 1952, dicta Raymond Aron su célebre curso sobre teoría política y democracia en la École Nationale d´Administration de París, uno de cuyos episodios más valiosos gira sobre el conflicto entre los conceptos anteriormente confrontados. Porque, en efecto, Aron no duda en recalcar la contraposición sustancial que presentan las categorías de democracia y revolución, dejando en un segundo plano accidental las circunstancias históricas que hayan podido forzar su aproximación, en todo caso siempre puntual y transitoria. 


La democracia moderna se expresa básicamente en dos formulaciones: pluralidad de partidos y procedimiento electoral; es decir, aceptación del otro y admisión de las reglas de juego en un proceso que requiere tiempo y compromisos. La democracia define en este horizonte una nítida vocación pactista y reformista.  

La revolución, en cambio, implica la negativa a aceptar al otro en tanto que piensa distinto de uno (o sencillamente es distinto) y la ruptura de la legalidad para someterse a un proceso de violencia con vistas a la toma del poder.

Los tiempos y las circunstancias cambian, pero las esencias, donde las haya, permanecen. Partidos revolucionarios son hoy (siguen siéndolo) el partido comunista, que dice encarnar al Proletariado, y los nacionalistas, que están empeñados en materializar en cada terruño el espíritu del Pueblo. Y lo es, asimismo, el partido socialista cuando, desde postulados de la nueva/vieja izquierda, se erige en portavoz de la Opinión Pública, de la Calle y la Gente. Un mismo impulso totalitario se oculta, en todos estos casos, aunque a nadie engaña ya en sus manifestaciones presentes (tan poco contemporáneas ellas). 


Afirman representar la «totalidad» o la «voluntad general», aunque pasan por encima (o adelantan por la izquierda) del significado preciso que identifica a la democracia representativa; intentan sacar materialmente del juego político al «otro político»; y se niegan a discutir aquello que consideran innegociable: su derecho a estar al mando de la sociedad, declarada patrimonio nacional (o nacionalizada). La negación fáctica del real pluralismo político y la prisa por tomar el poder los delata sin remedio. […]

Sépase que en España tal cosa —un golpe de Estado civil coincidente con una cita electoral— tuvo lugar en los primeros meses de 2004, y que sus promotores y comparsas no han respondido de ello todavía. Ni se han enmendado. ¿No es esto bastante para un tiempo de radicalismo?


A la CNN + sólo le faltó hablar de concentración «pacífica»

Estos extractos corresponden a un artículo que, bajo el título de «Tiempo de radicalismo», publiqué ¡el 24 de Octubre de 2003! en el diario Libertad Digital. He introducido en la presente edición algunos pequeños cambios de carácter gramatical y de estilo. En cuanto al contenido del mismo, como puede comprobarse, en España alargamos mucho los tiempos…

miércoles, 12 de septiembre de 2012

LA LIBERTAD, LO PRIMERO Y PRINCIPAL


 

La revista digital FronteraD me propuso hace unos meses participar en una sección especial de la publicación títulada «¿Qué hacer?», en la que se pide a los colaboradores una reflexión sobre una inquietante y actual cuestión: Cómo cambiar el curso de las cosas. He aquí mi contribución:

No escribo el título de este breve artículo en inglés por darme importancia. Ni para demostrar dominio en lenguas modernas, que no es caso, ni siquiera en las antiguas, también denominadas «muertas». Tampoco para epatar; de ser así, hubiese recurrido al francés, si tuviese competencia para ello. De hecho, ya ven ustedes, he pasado de inmediato al español, mi lengua propia, porque escribo en España y desde España. ¡Qué valor! Lo que deseo expresar aquí es un ramillete de ideas y creencias vívidas que incumben al mundo entero, global, interconectado. A ver si me entienden desde el principio. A ver si me explico.

Todos necesitan amor, ya lo dice la célebre canción sesentera, música de escarabajo. Lo que hoy no se escucha tanto es que todos, y en todas partes, necesitamos libertad, más libertad. Amor también, claro está, pero no confundamos el ámbito de lo público y lo privado, ni el amor con los amores y otros primores. ¿Ya hemos pasado la fiebre de Mayo del 68? ¿Hemos crecido desde entonces? Dejemos, en consecuencia, de llamar a papá Estado (moderno dios pagano) para que nos asista permanentemente y en todo. ¿Hemos experimentado la metamorfosis como un paso hacia algo mejor, hacia una más plena humanidad, hacia una mayor realización personal? En cualquier caso, ¿qué hacer para conseguirlo? 

Para empezar, no dejemos que el bosque del principio del placer nos impida ver el árbol del principio de la realidad. Porque mucho hay de lo primero y muy poco de lo segundo en la actitud mostrada por una gran parte de la población que se indigna ante cualquier recorte del gasto público y la menor merma en el «Estado del Bienestar» o gratis total. Lo quiero todo y ya, porque me gusta… He aquí el prontuario, básico y elemental, de una sociedad que exige «crecimiento», pero cuyos miembros no maduran.

¿Es eso lo que nos pasa? ¿Libertad, ahora y ya está? No sólo. Libertad, siempre. Ahora todavía más que nunca: cuando vivimos malos tiempos para la economía de libre mercado, cuando crece el miedo a la libertad, cuando el canto de sirena de los Gobiernos (de todos los países, unidos) arrastra a millones de individuos al empobrecimiento y la dependencia del Otro, cuando el fantasma del intervencionismo, el proteccionismo y el estatismo recorre… el planeta. 

La realidad es lo que hay, y nada más. A menos que queramos ir más allá… ¿Qué es la vida? Es todo lo que nos pasa, responde José Ortega y Gasset. ¿Y la libertad? La libertad no consiste en decidir lo que hay o lo que nos pasa. El primer principio de la libertad es poder decidir qué hacer ante lo que hay y nos pasa. Y lo que nos pasa es, en pocas palabras, un suceso. Sucede que al individuo se le está coartando cada día más el poder de decisión. En una situación en la que prima la Política por encima de todo lo demás, tenemos, ciertamente —al menos, en bastantes naciones— la posibilidad de elegir a nuestros gobernantes. Pero, con la opción del voto no acaba todo. Sucede que elegimos políticos para acabar siendo suyos, para que elijan por nosotros en lo realmente importante: la vida de cada cual, la propiedad privada, el despliegue de la libertad.

Es tal la influencia y el peso de la Política sobre la sociedad que las prácticas y usos característicos de aquélla han llegado a contaminar a ésta, sin remedio, con resultados fatales. La gente habla, por lo general, como los políticos, quienes no paran de parlotear. Muchas empresas privadas (valga la redundancia) aprehenden maneras y modos propios de los «aparatos del Estado»; no sólo anhelan vivir de la subvención, sino que imitan directamente los hábitos y las estrategias de actuación estatistas. Crecen por doquier los gestores, pero de propietarios y empresarios hay gran escasez, quienes, por si esto fuera poco, arrastran mala prensa y mala imagen entre la opinión pública. El efecto es inevitable: unos pocos (aunque siempre demasiados) se consideran dueños de los individuos, de sus bienes y propiedades, de sus disposiciones y decisiones, de su libre voluntad.

Mientras tanto, muchos no saben lo que les pasa. Y eso es lo que nos pasa. Acaso no todos quieran libertad ni más libertad. Con todo, hay algo indubitable: lo que todos necesitan es libertad.