miércoles, 19 de diciembre de 2012

DERECHO DE AUTODEFENSA


En este país, de cuyo nombre todavía quiero acordarme, España, desde hace unos años resulta políticamente incorrecto, casi prohibido, hablar de seguridad y, sobre todo, de libertad. Sucede que nuestra casa común (antaño Nación) ha sufrido un asalto por parte del socialismo realmente existente (sorprendentemente existente a estas alturas de la historia de la humanidad). Desde entonces, los nuevos ocupantes, compañeros, y sin embargo amigos, del Comandante, han mandado callar. No obstante, con la venia de la autoridad reguladora, y sin faltar a la verdad, es preciso seguir hablando de bienestar, de seguridad, de libertad. De lo verdaderamente importante para los hombres.
Hace una semana, la sociedad española quedó impresionada (los medios utilizan la expresión «conmocionada») por un hecho singular a propósito, justamente, de la vida, la propiedad y la tranquilidad de las personas, en particular, cuando se encuentran en el interior de su vivienda. El hecho singular que ha llamado tanto la atención no responde a un nuevo caso de allanamiento de morada, de irrupción en la propiedad privada, de intimidación y violencia contra las personas, de intento de robo y agresión y de otros estragos habituales, que para algunos, desde Departamentos de Ética y Filosofía Política de nuestras Universidades hasta el Ministerio del Interior, representan una forma más, entre otras, de progresar en el objetivo de la redistribución de la riqueza.
El suceso que refiero tuvo lugar en la localidad valenciana de Canals, donde una familia recibió de repente la inesperada visita en su hogar de un grupo armado compuesto por ocho sujetos con muy malos propósitos. Hasta aquí noticia de dominio público y nada de extraordinario. Lo que digo que ha impresionado de este episodio no es, entonces, el asalto mismo, sino el comportamiento del propietario y morador del domicilio violentado, por haberse defendido de los asaltantes con sus propios medios, empleando un arma de fuego con la que abatió a dos de ellos e hizo huir al resto. Las fuerzas de seguridad continúan buscando, sin éxito por el momento, a los que lograron escapar.

No sé si los temas de actualidad exigidos por la agenda primorosa de los políticos —el Estatuto pelma de Cataluña, los otros asaltos a Endesa, al Archivo de Salamanca, etcétera—, pasarán por encima de este suceso y lo solaparán pronto. De momento, el ciudadano que defendió familia y propiedad con sus propios recursos ha sido imputado y está en manos de la Justicia. Como reacción a esto, las alarmas suenan como siempre, tocando la misma vieja milonga: ¡a ver qué hace el Gobierno (ah, y las Comunidades Autónomas, que no se me olvide) para protegernos! ¡Más Policía, más vigilancia, más administraciones y, por ende, más impuestos! Si acaso, para el que pueda pagárselo, más guardas privados con perros adiestrados. ¿Significa esto la prueba superlativa de las políticas sociales de progreso?
Acaso vulnere la indiscutible preeminencia del interés público, la voluntad general y la intocable prioridad de lo social sobre lo particular (que el Pensamiento Único me perdone), pero me atrevo a afirmar que ya es hora de que en España empecemos a ocuparnos de asuntos serios y provechosos, como, por ejemplo, del derecho de los individuos a la autodefensa y, por qué no, a la posesión de armas de fuego. Ciertamente, con las reservas y puntualizaciones que exige la naturaleza delicada y aun riesgosa del tema, no menor, con todo, que la inherente al Estado y sus aparatos, ¡y tenemos que sufrirlos a diario!

Maestra de un colegio en Israel protegiendo a sus alumnos de ataques terroristas

Saco a relucir un tema tabú entre nosotros. Vale, pero hablo de una medida de protección más económica y en la práctica más segura y efectiva que las vigentes (o, mejor, con escaso vigor), y, ante todo, que propende a cultivar en los individuos la idea y el hábito de que no hay que preguntarse por norma qué puede hacer el Estado por los individuos, sino qué podemos hacer los individuos por nosotros mismos, no para el Estado.

No, no estoy crispado ni chispado. Sólo afirmo que estamos perdiendo tiempo y mucha energía en tratar sin tregua ni utilidad asuntos mezquinos y artificiales que sólo aprovechan a la cartera y la vanidad de los políticos. Mantengo que tenemos paralizada la discusión sobre los problemas reales, los cuales hay que liberar y concederles más dedicación; por ejemplo: el excesivo gasto público sanitario; el declive del sistema educativo y la miseria investigadora nacional; la abusiva tributación y los impuestos reaccionarios que nos reclaman las autoridades incompetentes; la corrupción política; la guerra actual contra el terrorismo islámico todavía sin concluir; la necesidad de avanzar en liberalización económica y en mayor privacidad de las personas; y, por qué no, una mayor libertad para la posesión de armas de fuego.
Que no echen mano los socialistas al interior de la chaqueta buscando lo que dicen reprobar ni se me ruboricen los populares por lo que digo. Estoy hablando simplemente de los derechos individuales del ser humano, de la seguridad, la autodefensa, el bienestar y la felicidad. Y, sobre todo, de la libertad.


Columna de opinión publicada con el mismo título en el diario Libertad Digital el 11 de enero de 2006

sábado, 15 de diciembre de 2012

'PENSADORES TEMERARIOS. LOS INTELECTUALES EN LA POLÍTICA' de MARK LILLA


Podría hablarse sin exageración de la pujanza en la historia de las ideas, la metafilosofía y la sociología del conocimiento de una especie de género, o subgénero, temático ocupado del controvertido asunto conocido como «compromiso de los intelectuales»: o de por qué los escritores, pensadores y artistas han tenido desde antiguo la funesta manía de pretender cambiar el mundo en lugar de limitarse a comprenderlo, de aspirar a influir poderosa y visiblemente en la siempre voluble opinión pública, de dictaminar sobre aquello que ni sienten verdadera vocación ni demuestran suficiente capacidad. De meterse, en fin, allí donde nadie les ha llamado: en la política.

Sea por exceso o por defecto, la irrupción de los maestros, los oradores y los bardos en la res publica parece no haber encontrado nunca su ejercicio idóneo, y el balance de su reflexión, acción u omisión invitan más a la decepción, cuando no al espanto, que a la satisfacción y a la complacencia.




Julien Benda escribía a finales de los años veinte del siglo XX de la  «trahison des clercs», cuando aún no podía prever plenamente el impacto en Europa de una sección considerable de la intelligentsia a favor de posiciones totalitarias, sea el comunismo, el fascismo y el nazismo, sean las variadas modalidades del nacionalismo. El fenómeno de la influencia de los intelectuales en la sociedad fue ganando en importancia a medida que ésta iba amalgamándose, como consecuencia de su continua transformación en sociedad de masas, y creciendo en vulnerabilidad perceptiva, como efecto de su conversión en sociedad de la comunicación y de la información (a menudo, mal tildada «del conocimiento», como si fuesen conceptos sinónimos).

Más al tanto de la situación y con mayor noticia de cómo avanzaba la función, Robert Nozick, a mediados de los años ochenta, define la casta de los intelectuales en términos de «anomalía», por cuanto constituye una congregación, que a diferencia de la moderación y compensación presentes en los demás grupos socioeconómicos, exhibe una desinhibida oposición al capitalismo, rayana en la obsesión paranoica, desde una sospechosa fraternidad corporativa. 

Para tratarse de un colectivo privilegiado llamado a aportar luz y saber al resto de los mortales, no son pocos los misterios, artificios y estafas que tienden a progresar en su seno, hasta que tarde o temprano salen finalmente a la superficie. A finales de los años noventa, Alan Sokal y Jean Bricmont publican un ensayo ejemplar, Imposturas intelectuales, que pone al descubierto la pícara astucia de la antirazón postmoderna, pero también la blanca palidez de muchas encendidas figuras públicas. Hoy seguimos hablando de otra clase de miserias intelectuales. O acaso de las mismas.

En el libro Pensadores temerarios, el profesor de Pensamiento Social de la Universidad de Chicago, Mark Lilla, ofrece un sugerente trabajo que, en la línea ya señalada del desvelamiento de la auténtica médula de los intelectuales, significa una decidida indagación sobre la tentación política que impulsa a tantos pensadores a abrazar esa perversión moral y mental que denomina «filotiranía», esto es: la fascinación por los despotismos y totalitarismos políticos, así como la seducción por los personajes que los acaudillan y guían. 

Por esta galería de retratos pasan seis estampas representativas, las cuales tras su correspondiente semblanza se tornan casos a tomar en serio: Martin Heidegger, Carl Schmitt, Walter Benjamín, Alexandre Kojève, Michel Foucault y Jacques Derrida. Seis personajes prominentes en sus áreas de saber que han creado, cuando no escuela, sí una destacable corriente de simpatizantes. También ellos tuvieron sus ídolos y fetiches, casi sin excepción alentadores de extremismos de izquierda o de derecha, paladines de la tiranía y la dominación. Bajo su sombra afilaban los lápices, y no es raro verlos oscilar caprichosamente de un lado al otro del arco ideológico, deambulando desde los espectros de Marx a las iluminaciones de cualquier otro faro visionario o quimérico.

Repárese bien en la selección de autores: todos europeos y procuradores del «eje franco-alemán», o, en palabras del autor, «ejemplos de las dos orillas del Rin». Cada uno con sus particulares demonios interiores y obsesiones personales, sus biografías y bibliografías, sus vacilaciones, conversiones y fluctuaciones, pero todos participando de una misma ofuscación esclarecedora de la naturaleza de la filotiranía que los cegó, a saber, un antiliberalismo contumaz forjado en un contexto propenso al desafuero: «La tradición filosófica europea hace difícil pensar en la tolerancia, por ejemplo, salvo en los términos antiliberales de la teoría del espíritu nacional del romanticismo de Herder o el rígido modelo francés de ciudadanía republicana uniforme o, actualmente, el idiosincrásico mesianismo de la deconstrucción de Jacques Derrida».

¿Qué profundo impulso interior excita la atracción de tantos intelectuales por la tiranía? En el epílogo del ensayo, Lilla compone un inteligente esbozo de respuesta a este interrogante definido como «la seducción de Siracusa», en referencia a los tres desplazamientos de Platón a la isla regida por el tirano Dionisio a fin de hacer que entrara en razón y adoptara la perspectiva justa del Filósofo. O sea: el sueño de Platón y de Dión. Es sabido que ambos fracasaron, pero no menos que los filotiránicos europeos del siglo XX. 

A unos más que a otros, a todos les perdió la falta de autoconocimiento, la vanidad, el ansia por realizar la Idea, la pulsión interior de proyectar hacia fuera sus propias miserias, su arrogancia y su irresponsabilidad.

A menudo, el célebre compromiso intelectual, la filantropía y la utopía conducen a estas cosas. Aunque, también existen otros ejemplos de actuación contenida y responsable en política que con demasiada ligereza, cuando no confabulación académica y mediática, son simplemente ignorados u omitidos, y que Enrique Krauze hace bien consignándolos en la introducción del libro. Se trata de la menos ruidosa, pero mucho más fructuosa, trayectoria fijada por creadores de «diseños e ideas» como Bertrand Russell, Ortega y Gasset, George Orwell, Isaiah Berlin, Karl Popper, Octavio Paz.



Este texto corresponde a la reseña, titulada «La seducción de Siracusa», del libro  Pensadores temerarios. Los intelectuales en la política de Mark Lilla. Traducción de Nora Catelli. Prólogo de Enrique Krauze. Debate, Barcelona, 2004, 190 páginas. La escribí para Blanco y Negro Cultural, suplemento cultural del diario ABC. Fue publicada en el nº 671 del mismo (4 de diciembre de 2004).



lunes, 3 de diciembre de 2012

'LA HERMANDAD DE LA NIEVE' de José Vicente Pascual



José Vicente Pascual, La Hermandad de la Nieve, Evohé, Madrid, 2012

El título de un libro es, en pocas palabras, su carta de presentación o tarjeta de visita. Resulta vital que las presentaciones se hagan correctamente, de modo que uno no confunda las identidades, de manera que pueda reparar en los nombres propios (de las personas, entidades y cosas), y así tenerlos presentes, a fin de que el título, digo, atrape y seduzca desde el principio, nada más verlo, al lector, que es el visitante de las páginas del libro. Conozco algunos casos en libros de amor a primera vista. El que ahora centra nuestra atención es uno de ellos.

La Hermandad de la Nieve es credencial y rúbrica a la vez, la memoria viva de una comunidad escrita por el tercer miembro del gremio que lleva tan honroso tratamiento, una congregación fraternal que a lo largo de tres generaciones se gana la vida, la hacienda y la dignidad trajinando con el frío cuajado en las altas cumbres nutridas por la borrasca. Estos hombres audaces suben a la sierra nevada con el bizarro empeño de arrancar a la montaña mágica el blanco manto que la cubre, para a continuación bajarlo a la ciudad. Allí se convierte en mercancía, en el pan nuestro de cada día del laborioso porteador, así como en frío manufacturado que compra el vecino de la villa para conservar alimentos y bebidas, manteniéndose así entero, sano y fresco el cuerpo de la ciudad y sus habitantes.

En la presente obra, el lector encontrará el libro de familia de un linaje de neveros que es también la memoria de una relevante época histórica, como acaso todas lo sean. Siglo XVI. España reconquista su propia materia y forma, tras derrotar y expulsar al moro de Granada, donde los Católicos Reyes dan fe de la victoria. Han sido siglos de contienda y lucha por la existencia, el patrimonio nacional y el honor de unos pueblos que desean reunirse en un mismo y unitario destino. Leyendo esta aventura llega uno a participar de una experiencia intensa y emotiva, aquella en la que la épica y la lírica, la elegía de una mancomunidad de neveros, se hermana con el destino de una nación, España.


Los amores y los desamores, los abrazos y las estocadas, los lances y las lanzadas, las fidelidades y las traiciones, los ocios y los negocios, los tratos y los contratos, los grandes asuntos humanos, en fin, parecen aquí involucrarse de manera nada forzada con los acontecimientos de una nación en marcha. La familia de Bayos, la Hermandad de la Nieve y España forjan al tiempo su ser y existir, empeñados en no sufrir merma en su linaje, ascendencia y futuro, en sus bienes, credos y creencias. 

La historia se hace a base de gestas, pero también de gestos, de acciones cotidianas realizadas por gente corriente, pero no necesariamente—como tanto suele repetirse—anónima. El resto, lo no contado, es silencio, misterio como el que envuelve a la Mujer que no Dice su Nombre, aunque todos lleguemos a comprender, aun sin declararse, cuál es: el arcón que contiene el arcano, la memoria de un pueblo tras la morada. Para que el decurso y el discurso de los hechos no se pierdan en la noche del olvido, para eso está el bardo, el trovador, el narrador, a la sazón, miembro de la familia.

Henos ante un perfecto ejemplo de cómo armar debidamente un libro dentro de un género —poliédrico y vasto, no pocas veces también bastardeado— como es la novela histórica. Porque el caso es que la clave de bóveda de una lograda novela histórica reposa en una circunstancia principal: más que de contarnos la historia, se trata de contarnos, ante todo, una historia. No pocos libros impresos bajo dicho epígrafe son compuestos a modo de ensayos o tratados camuflados de historia, aunque, eso sí, adornados por un ligero y tenue relato, a menudo con una función más de pretexto de que texto principal. En La hermandad de la nieve el bosque (la crónica de los acontecimientos) no impide ver los árboles (la aventura de los personajes), sino que los envuelve y cobija; no los ahoga, sino que, junto a ellos, crea su propio oxígeno.

Ya lo ven ustedes. La hermandad de la nieve es el noble y luminoso título de la última novela, hasta la fecha, publicada por José Vicente Pascual, tan curtido en el oficio como los héroes del libro en el suyo, tan contumaz, tan leal a la tradición, como ellos. Empezamos bien, ¿no les parece? La trama de la novela, lo que viene tras el encabezamiento es un cuerpo de texto que el lector tendrá que descubrir por sí mismo. Sin revelar nada del contenido, sí adelanto que encontrará, ciertamente, páginas impresas negro sobre blanco, pero, sobre todo, palabras expertas y hermosas que visten las hojas cubiertas de níveo elemento, huellas sobre el camino de nuestra historia, que dan cuenta de una travesía literaria apasionante y conmovedora, tan blanca y pura como la nieve, tan dura como el hielo, tan real como la vida misma, tan imaginaria como la memoria.