domingo, 20 de octubre de 2013

BARACK OBAMA, LA EMPATÍA COMO ARMA POLÍTICA


La empatía, constructo ilusorio concebido con un propósito primariamente promocional —simplificado en el postulado idealizador de ponerse en el lugar del otro—, tenía que entrar, más tarde o más temprano, por la puerta grande o pequeña, en política. Son muchos los atractivos que contiene este imaginario para atrapar a un público, o electorado, propicio y especialmente sensibilizado, previamente macerado por la ideología políticamente correcta y que no contradiga el pensamiento único.

Para empezar se trata de una proposición netamente «buenista»: rebosa buenas intenciones por babor y estribor, de manera que aquel que se atreva a cuestionar, aun tímidamente, las bondades inherentes a la empatía, queda situado inmediatamente en el pelotón de los insensibles y despiadados, y de ahí al pelotón de fusilamiento moral. Por lo demás, la empatía rezuma sociabilidad (también socialización) por todos los poros de su epidermis doctrinal. Va sobrada de solidaridad, de modo que quien es acusado de falta de empatía inmediatamente pasa a engrosar las listas de los seres antisociales y egoístas sin corazón.

De entre los dirigentes políticos a escala mundial, Barack Obama, actual Presidente de los Estados Unidos de América, es quien de manera más explícita ha enarbolado la bandera de la empatía como arma política y partidista. Así lo hace saber en muchas de sus intervenciones públicas y así lo tiene expuesto en su libro de memorias políticas, La audacia de la esperanza. El ascenso que protagonizó en el año 2009 a la cima de poder en Washington se revistió desde el primer momento de un mensaje regeneracionista, casi diríase también, mesiánico. Tanto durante la campaña electoral como en sus primeros acciones presidenciales dejó claro que su programa político era ambicioso: cambiar América.


Señalaré a continuación sólo dos muestras de este proyecto transformador, directamente relacionados con el tema de la empatía. El primero tiene que ver con uno de los pilares de las sociedades abiertas y que ha sido, hasta este momento, una de las garantías de la calidad de la democracia estadounidense: la independencia del poder judicial respecto al poder político y a las cámaras legislativas. Pues bien, he aquí uno de los elementos idiosincrásicos de la vida americana prestos a ser revolucionados por la Administración Obama. En un acto público dirigido al proyecto Planned Parenthood [Planificación familiar], 17 de julio de 2007), declaró el actual Presidente:

«necesitamos a alguien que tenga el corazón necesario para reconocer –la empatía para reconocer– lo que es ser madre adolescente; la empatía para entender lo que significa ser pobre, afroamericano, gay, discapacitado o viejo. Ésos son los criterios por los que me voy a guiar a la hora de elegir a los jueces».

Enumerados quedan aquí los colectivos a los que preferentemente hay que hacer justicia. Un doctrina política que choca frontalmente con el juramento del cargo que deben realizar los jueces de la Corte Suprema en el país:

«Yo, [NOMBRE], juro solemnemente que administraré justicia sin hacer distinción entre las personas y reconoceré los mismos derechos a pobres y ricos, y que cumpliré y desempeñaré todas las obligaciones que me correspondan como [CARGO], de conformidad con la Constitución y las leyes de Estados Unidos, con la ayuda de Dios».
United States Code, Título 28, Capítulo I, Parte 453

El segundo asunto interesa a la primacía de los valores que deben orientar la actividad política, la cual en manos de Obama adquiere inevitablemente un sesgo partidista. El prontuario que define sus actuaciones en la acción de gobierno se ha esforzado en todo momento en distanciarse de las políticas anteriores a su llegada a la Casa Blanca, en concreto, las puestas en marcha por el demonizado George W. Bush (por ejemplo, en materia de lucha contraterrorista), pero también por Bill Clinton, miembro del Partido Demócrata, pero de raza blanca. 


La política patrocinada por el Partido Republicano durante las legislaturas comandadas por Bush recibió el apelativo de «conservadurismo compasivo». He aquí el valor moral —la compasión— que debe compensar o suavizar la frialdad de la acción política y el estricto respeto a las leyes. Según Obama, el grupo dirigente que le arropa y la corriente hoy vigente en el Partido Demócrata, puestos a alterar tajantemente las cosas también en este punto, el valor tradicional de la compasión debe ceder el paso a una nueva, moderna y progresista virtud: la empatía.


Para muchos medios, políticos y periodísticos, afines a las políticas de Barack Obama, el actual presidente de los Estados Unidos de América es sencillamente, simplemente, el Presidente de la empatía. Y en esa ilusión de la empatía viven millones de personas, dentro y fuera del país.


Me siento en deuda con Clifford Orwin y su artículo «¿Qué haría Obama si fuera profesor de empatía?» (Cuadernos de Pensamiento Político, nº 29, Enero / Marzo 2011, págs. 51-74), de donde he extraído las citas del libro de Barack Obama, así como algunas ideas inspiradoras para componer el presente texto.


No hay comentarios:

Publicar un comentario