sábado, 14 de diciembre de 2013

TAMBIÉN ACERCA DE DERECHOS, MENOS ES MÁS


En fechas recientes, se ha hecho pública una iniciativa promovida por la asociación internacional de escritores denominada Writers Against Mass Surveillance (Escritores Contra la Vigilancia de Masas), cuyo contenido reproduzco, resumido, en esta crónica publicada en un periódico español.

«Más de 500 de los principales autores del mundo han condenado la vigilancia estatal denunciada por Edward Snowden y afirman que las agencias de espionaje están socavando la democracia.

“Con unos pocos clics de ratón, el Estado puede tener acceso a su dispositivo móvil, tu correo electrónico, tu red social y tus búsquedas en Internet”, afirman estos escritores que se han unido en la plataforma Writers Against Mass Surveillance (Escritores Contra la Vigilancia de Masas). “Puedes seguir tus inclinaciones y actividades políticas y, en colaboración con las empresas de Internet, que recogen y almacenan los datos, pueden predecir tu consumo y comportamiento”, advierten en su comunicado.

»Éste se produce tan solo un día después de que Microsoft, Google, Apple, Facebook, LinkedIn, Yahoo!, AOL y Twitter pidieran al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que se limiten las prácticas de vigilancia, después de que las revelaciones del exconsultor de la NSA Edward Snowden hayan dañado seriamente la confianza de sus usuarios

»Los escritores, entre los que se encuentran Margaret Atwood, Don DeLillo, Orhan Pamuk, Günter Grass y Arundhati Roy, Juan Goytisolo o Javier Marías, han enviado una carta a las Naciones Unidas pidiendo que estos excesos se frenen a través de una declaración internacional de derechos digitales, para proteger los derechos civiles en la era de Internet.»


Tengo que manifestar al respecto, por mi parte, unos interrogantes y una breve reflexión, incluida, a propósito de este asunto, en mi ensayo La ilusión de la empatía (2013).

Interrogantes:

1.     La preocupación de los firmantes del manifiesto por la intromisión del Estado en la libertad de los individuos, ¿queda limitada al dominio de Internet o se extiende a otros dominios no virtuales, por ejemplo, en contra del intervencionismo político y el proteccionismo económico, las leyes contra el libre movimiento de las personas y bienes o contra el agigantamiento del Estado en sí mismo?
2.     ¿Por qué se dice en el nombre de la cosa «contra la vigilancia de masas» y no, por ejemplo, «contra el control estatal de los individuos»?
3.     ¿Por qué no es suficiente con exigir el cumplimiento de las leyes actualmente vigentes (aunque acaso no suficientemente actuantes ni diligentes) sobre protección de datos y el derecho a la privacidad, en vez de demandar el establecimiento de un derecho más, a saber, el «derecho civil virtual», acaso con efectos más publicistas que efectivos?
4.     ¿La crítica queda reducida a las actuaciones del Gobierno estadounidense o va dirigida también contra los países que utilizan el ciberespionaje de modo «masivo» y sistemático, como, entre otros, Rusia, China y Corea del Norte?

A continuación, mi particular reflexión:

[…] el que promueve una pródiga y creciente extensión de los derechos humanos, debe hacer frente a una innegable certeza: la mano que aspira a asir cada vez más objetos, por necesidad tiene que aflojar la potencia sobre los que ya sostiene y tiene asegurados, con riesgo de ir perdiendo en las sucesivas capturas las piezas que ya poseía, o de que éstas se vean presionadas o aplastadas por la afluencia de lo que adviene y se agrega. Tal vez una minuciosa fragmentación de derechos garantice un fomento de la diversidad, pero es altamente probable que se realice en detrimento de la unidad nuclear y fundamental que la asegura. De ninguna manera, pueden confundirse tampoco aspiraciones políticas con garantías jurídicas.

No es prudente confundir derechos humanos con derechos fundamentales, ni la idoneidad moral y generalista de derechos (¡cuántos más mejor!) con «expresar un mínimo jurídico basado en consideraciones elementales de humanidad», según ha proclamado la Corte Internacional de Justicia, con el fin de exigir a los Estados su cumplimiento explícito y sin reservas. Y, en fin, para evitar dispersiones o reiteraciones que distraigan de lo verdaderamente crucial, acaso resulte más efectivo, en lugar de enunciar derechos específicos o especiales para los grupos especialmente necesitados o más vulnerables, el dedicarles una especial atención, siempre en el marco incuestionable e indivisible de los derechos humanos fundamentales.»


 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

ALGUNAS DE MIS RAZONES EN FAVOR DEL E-BOOK Y LA AUTOEDICIÓN DIGITAL


Soy escritor, veterano y con canas, de la generación que cursó el Bachillerato de siete años, y no por tener que repetir ningún curso... He confeccionado con los años un curriculum vitae que no es para tirar de espaldas, pero del que tampoco me avergüenzo y en el que no tengo nada que ocultar. Así pues, a lo hecho, pecho. Lo tengo por un registro vivo y todavía abierto de mis trabajos y mis días. Cruzo los dedos y toco madera. No creo mucho en la suerte, mas sí en el destino.

Tengo publicados, hasta el momento, doce libros; siete por medio de diversas editoriales nacionales y cinco autoeditados en Amazon. No tengo, pues, nada en contra —ni tampoco intereses particulares con— editorial alguna. Tampoco las idolatro. En este capítulo, no soy un esnob... Para mí, una editorial es tan respetable e indispensable como una fábrica de sombreros. Ambos tipos de empresas aprecio, siempre que realicen productos de calidad y a buenos precios. Unas ya casi han desaparecido, con el cambio de gustos y hábitos, lo cual a algunos nos trae de cabeza. Las otras… Sea como fuere, no las considero tan necesarias, ni la una ni la otra, como una panadería o una compañía de aguas potables, por aquello de hacer alguna clase de comparación, que espero no moleste a nadie.

No hablaré ahora de mis artículos, notas críticas, reseñas de libros y demás producción escrita por mí. Porque el caso es que he venido hoy aquí a hablar de mis libros…  Sépase, a quien pueda interesarle, que mi intención es seguir escribiendo libros. De hecho, ya tengo varios compuestos en espera de salir al mercado y otros más, en mente. A continuación, tras el momento de la escritura, llega la hora de la verdad: publicarlos.


A esta altura de mi vida y con los tiempos que corren, he decidido, a este respecto, obrar del siguiente modo:

1. No enviaré más manuscritos a las editoriales en espera de respuesta y posible aceptación de los mismos; no es cuestión de impaciencia, sino de prudencia. A excepción de que me sean expresamente solicitados. De modo que sólo trabajaré con las editoriales por encargo. No se juzgue mi actitud como petulante, sino muestra de una mera cuestión práctica.

2. Cuando ultimo un nuevo texto, y en primera instancia, prefiero autoeditarlo, que vaya haciendo camino y los lectores lo juzguen (o ignoren), a mandar el manuscrito a las editoriales, sin confianza ni seguridad siquiera de tener acuse de recibo. Si un editor, una vez visto, está interesado por mi trabajo, ya sabe dónde encontrarme. Puestos a ponerse teóricos, repárese en este formidable asunto: con el desarrollo de las nuevas tecnologías, ya no son unos pocos (oligopolio, a la postre) quienes deciden y ofrecen al público qué puede y debe leerse, sino que es el público el que dispone (democráticamente y en libertad) con su decisión y acción lo que es razonable publicarse.

3. Adoro los libros. Mi biblioteca consta de varios millares de volúmenes, distribuidos en varias casas; en mi domicilio habitual no caben todos. Empero, creo que el futuro pasa por el libro electrónico, el e-book, nos guste esto más o menos. La mayor parte de libros que adquiero últimamente son, a poder ser, en dicho formato. También lo serán mis próximos libros, estoy casi por asegurarlo.

4. Cada día que pasa encuentro más ventajas en el e-book frente al (no contra el) libro en papel: se publica en horas; se adquiere en segundos; es más económico que el libro en formato tradicional; más cómoda su lectura y no exige comprar (más) estanterías para almacenarlos; permite que el autor controle al máximo la producción, revisión y reedición de sus trabajos; el beneficio por las ventas producidas es recibido puntualmente, etcétera. Los libros no son para sobarlos, olerlos ni para exhibirlos, sino para leerlos. Los libros de colección selecta, las ediciones especiales, los incunables, son los menos y son excepción. Al menos, en mi biblioteca.


5. Por si esto fuera poco, hay otra razón especialmente relevante en este asunto: vivimos en un mundo globalizado, con más de cuatrocientos millones de hispanoparlantes en todo el planeta. Para quienes escribimos en español, el mercado digital es, por tanto, infinitamente más amplio y prometedor que el regido por la (siempre tormentosa) distribución del libro mal denominado «físico», que llega (si llega) a territorios necesariamente muy limitados, con general sufrimiento, largas esperas y grandes costes. Por lo que a mí respecta, debo decir que mis libros, mis blogs, mis escritos, en general, tienen más recepción y repercusión fuera de España que dentro. Muy en particular, en todo América. Incluso un rollo en largo papel no llega tan lejos...


He aquí mis razones. No hay por qué estar de acuerdo con ellas, ni compartirlas, ni seguirlas por todos. Tampoco son de validez universal. Pero, razones son al fin y al cabo. Y son las mías.