domingo, 27 de noviembre de 2016

EL HOMBRE RAZONABLE Y OTROS ENSAYOS


Joaquina Pires-O’Brien, El hombre razonable y otros ensayos (Port-Vitoria, 2016)

El título del libro que tengo el gusto de reseñar en las líneas que siguen, en su aparente y genérica convencionalidad, denota una gran precisión. Según leemos en la misma portada, se trata de una colección de ensayos. Y ensayos contiene, en efecto, en su sentido más estricto. ¿Normal? Sí, mas no habitual. Se dirá caso de esta acotación que es una obviedad más. Obvio sí, mas no usual. He aquí la cuestión.

Ocurre que el pensamiento concentrado en el ensayo se caracteriza, según tradición, por reparar (en) aquellos usos erróneos y creencias ordinarias que suelen aceptarse como evidentes —y aun repetirse, una y otra vez—, sin pasar por la prueba del examen crítico y la reflexión ponderada. Sucede que la opinión común (la vox populi) da por hecho aquello que, antes de ser deglutido, necesita ser intelectualmente triturado. Nos hallamos, en fin, en un contexto dominado por el relativismo ramplón y la mixtura de géneros literarios, la intertextualidad de salón y el multiculturalismo de callejón, en el cual una narración en prosa vertida en un papel o en un archivo electrónico de textos recibe, sin más, el diploma de «ensayo», sin distinguirlo de un relato, un crónica periodística, una fábula o un cuento. O al contrario…

Rasgo identificador del ensayo es también que afronta y examina asuntos particulares (e incluso personales) y de actualidad para, a continuación, ser elevados a la categoría de universales. ¿Sobre qué trata El hombre razonable y otros ensayos? Léase los primeros párrafos del Prefacio:

«Algunos de los temas atemporales abordados son la “gran conversación”, la utopía, la educación liberal, la libertad, el totalitarismo y el contrato social, mientras que las “dos culturas”, el instinto de la masa, la guerra de las culturas, el postmodernismo, la creencia religiosa, el jihad islámico y el 9/11 son algunos de los temas contemporáneos abordados. Cuatro grandes pensadores del siglo XX fueron objeto de ensayos específicos: Friedrich Hayek, Elias Canetti, Stefan Zweig y George Orwell. El repertorio de los temas abordados ya es bien conocido en los países situados en el centro de la Civilización Occidental pero no en los países de la periferia. La presente recopilación tiene por objetivo contribuir a corregir esa distorsión.»

Atemporalidad, contemporaneidad y propósito de universalidad, empeño por corregir malentendidos y falsas creencias. ¿Puede alguien negarle corrección a la presente empresa intelectual? Y, con todo, si a alguien le quedan dudas acerca de la exploración de ideas que se propone en las páginas siguientes, sólo le invito a recorrerlas.

El hombre razonable y otros ensayos ha sido compuesto según cabal criterio y sagaz selección, como demuestra el listado de la cita previa. Un acierto acreditado en la misma elección del ensayo que lo titula, encabeza y sirve de guía al mismo. El hombre se ve abocado a aventurarse en una selva oscura y tenebrosa en el momento en que desaprovecha o desatiende la llamada civilizadora de la razonabilidad, el principio de actuar como un ser racional y justo, prudente e íntegro, sensato y honesto. He aquí un horizonte de conducta nada extraordinario, excepcional o superlativo; de lo contrario, no hablaríamos de un ser y un quehacer razonables. Sus rasgos son factibles y depende tan sólo de la voluntad y el coraje de cada cual. ¿Cómo es ello posible?: «Dejar de ser rebaño y recuperar nuestra individualidad es un buen comienzo. Después, es vivir el aquí y ahora de la mejor manera posible.»

Joaquina Pires-O’Brien, autora del libro objeto de la presente reseña, acierta al relacionar aspectos de su vida personal y cotidiana con la meditación y análisis a propósito de determinados asuntos tratados. Demuestra así tener bien aprendida la lección sobre el sentido y fin del ensayo, sintetizados en la siguiente declaración del principal inspirador del ensayo moderno, Michel de Montaigne: «Yo soy el tema de mi libro». 

No se confunda esto con un volumen de memorias. Los textos ofrecidos en los ensayos tienen que ver con la vida, porque son vitales, porque no se pierden en especulaciones ni circunloquios (tampoco en meras anécdotas), sino que nos hablan sobre aquellas cuestiones (sean intemporales, sean contemporáneas) que nos ocupan y nos preocupan. Y no para hacer de ellas una crónica, sino una indagación.

La condición profesional de la autora, concentradas en tareas de traducción y edición (está al frente del magazine Port-Vitoria) favorece en gran manera tal empeño. El lector encontrará así un permanente interés por esclarecer al máximo la significación de los conceptos abordados, así como una constante atención por dilucidar las más variadas cuestiones desde una óptica didáctica y un discurso comprensible. Es decir, razonables.

miércoles, 31 de agosto de 2016

LA FILOSOFÍA EN EL AULA ACABA EN FILOSOFÍA ÁULICA


Desde mediados del siglo XIX, la filosofía se ha visto reducida y limitada al ámbito de la Escuela, de la Academia, de la Universidad, de modo que en el momento presente –en especial, en la cultura española– es prácticamente imposible encontrar filósofos que no oficien de profesores y percibir actividad filosófica que no provenga de –o se dirija a– tales destinos, casi con exclusividad. Mientras tanto, gran parte de la sociedad, el gran público, es decir, la esfera pública, se mantiene al margen de estos dominios y de sus particulares jergas y disputas, hasta el punto de que ni siquiera observa con inapetencia dicho escenario, ya que, en verdad, ni se fija en él: no lo entiende y por ello se desentiende.

Hablamos de un escenario –de una circunstancia: el aula– que a muchos se les antojará obvio, como lo más natural del mundo. Según esto, la filosofía se situaría allí en su lugar natural, y, como diría Aristóteles, una vez en él se alcanza la quietud, cesando a continuación el movimiento y el cambio. Puede que no pocos hasta se sientan muy satisfechos de encontrarse en tal situación y estado, y tiemblen o se subleven o se ofendan ante la mínima revisión del caso, su cuestionamiento o simple constatación.

Habría que advertir, empero, que esta circunstancia no siempre ha ofrecido el mismo fondo y la misma forma. La filosofía nació en Occidente en el marco de la ciudad griega y maduró bajo el sol del ágora y del jardín, de los paseos y las alamedas. Es, como ya he dicho, desde el siglo XIX hasta hoy, cuando su actividad ha quedado circunscrita a lugares de encierro y lección aprendida, al aula, en fin, bajo el dictado de la lectio.

Pero también ha sabido la filosofía acomodarse, con resultados muy distintos, a otros espacios. Por ejemplo, a determinadas demarcaciones de la vivienda, como la torre-biblioteca, la habitación, el gabinete, la cama o la buhardilla, desde donde ha tejido primorosos ensayos, profundos pensamientos, razonadas críticas, discursos del método o silogismos de la amargura con un ánimo unas veces sereno, otras, exaltado, pero casi siempre excelso. O bien se ha dedicado a componer una sugestiva filosofía en el tocador..., registros e indicadores todos ellos de un gran refuerzo de subjetividad y de intimidad.


Y todo ello sin menospreciar los ámbitos de la civilidad. De esta manera, se ha paseado por academias renacentistas y salones barrocos, ha frecuentado tertulias, clubes, redacciones de periódico y cafés, recintos todos ellos que derraman gentilidad y promueven la publicidad. Igualmente, se ha vestido de calle –el porte de flâneur y ha conocido así las delicias de la ciudad y sus rincones, desde las avenidas a los pasajes. En ocasiones, se ha calzado las botas para caminar, abandonándose a la ensoñación de un paseante solitario o escalando montañas en busca de aire puro. Pues resulta que no siempre el ámbito filosófico ha quedado delimitado por una circunscripción definida y estricta, sino que en ocasiones se ha extendido y desplegado a través de un itinerario expedito, animado por una cabeza despierta y unos pies inquietos, que nos habla de una estirpe de sabios erráticos y vagamundos, pensadores sin oficio fijo ni patria patrona, a la intemperie, filósofos de un ámbito expandido bajo la sola protección del cielo abierto. […]

El pensamiento se ve así presionado por un dilema dramático que expresaré en términos inconfundiblemente orteguianos: persistir en el estado de ensimismamiento, consagrarse con dedicación exclusiva a la filosofía para filósofos, a la lección, a la cátedra, al manual, a la dependencia de la programación escolar y a la vigilancia angustiosa sobre el número de matrícula y los planes de estudio, lo cual conduce irremisiblemente a la parálisis y a la auto-referencia, o entregarse sin más a la alteración, al territorio de los medios, allí donde la reflexión se muda fácilmente en ruido y en furia, donde el conversar se traduce en chatear, la divulgación se vuelve vulgarización, allí donde el discurso filosófico se tritura y, hecho papilla, se convierte en cuentos con mensaje, «novela filosófica», manual de auto-ayuda o en productos fácilmente digeribles para espíritus juveniles y corazones solitarios. Ensimismamiento o alteración: ¿no cabe otra alternativa?

El filósofo ha pasado a lo largo de la Historia por las fases de sabio, maestro, doctor, intelectual y profesor. ¿Cuál es su estatuto hoy? 



Fragmento de mi intervención en la presentación del libro Saber del ámbito. Sobre dominios y esferas en el orbe de la filosofía (Síntesis, Madrid) en la ciudad de Valencia, el día 21 de febrero de 2002. La versión completa de la transcripción puede leerse en este página: «Filosofía y ámbito», revista El Catoblepas, número 11, enero 2003, pág. 7 


sábado, 27 de agosto de 2016

EUROPA, UN CONTINENTE ALICAÍDO


¿Qué es un ser libre? Llegar a ser plenamente lo que uno es. Así habló Friedrich Nietzsche, heredero espiritual, eco contemporáneo (ojo, no «moderno»), de la Antigüedad clásica en Europa. Consiste esta disposición en cuidarse y conservarse, en no perder la propia condición de cada cual, aun (o sobre todo) viviendo peligrosamente. Semejante destino de alta cultura no ha sido asumido, como sería menester, por muchos occidentales con inclinación occidua.

Lo que queda es no-ser, negación y nihilismo. Restos del naufragio. Gentes desnortadas nadando hacia la Nada .

¿Qué es Europa? Un continente donde lo antiguo se tornó viejo. Alicaído y decadente, ya sólo aspira a subsistir, a que le perdonen la vida, alabando al Otro y lo extraño. 

Mirándose al espejo cada mañana, no se reconoce ni se estima, ni siquiera se adecenta.


viernes, 15 de julio de 2016

‘CUBRIR’ LA INFORMACIÓN, VIOLENCIA Y TERRORISMO



El asunto es todo un clásico en teoría de la comunicación, ética del periodismo y teoría política, entre otras especialidades, a saber: el debate sobre la conveniencia o no de dar completa y puntual cobertura informativa de los atentados terroristas.
La disputa sobre si cubrir determinada información, especialmente sensible, envolviéndola con un velo de recato y miramiento (que no de ignorancia), o, por el contrario, develándola íntegramente a través de imágenes, informes y reportajes que pongan «al desnudo» la verdad del asunto, vuelve con regularidad una y otra vez, cual nube negra de los estorninos que cubre las alamedas urbanas cada final de verano. A la complejidad, y aun al dramatismo, de la cuestión se suma la ambigüedad del lenguaje. En el idioma español llamamos «cubrir» a la acción de poner un objeto encima de otro a fin de ocultarlo o resguardarlo, pero también de satisfacerlo (o violentarlo). En este segundo caso, se dice de un sujeto que «cubre» a otro (u otra) en el sentido de que lo (o la) monta o acaballa. En el lenguaje de la información, el acto de «cubrir» alude, por lo general —aunque no exclusivamente—, a la tarea del reportero destacado en el frente bélico, que mimetizando su labor a la estrictamente militar, marca un objetivo como primer paso para tomarlo. […]
Mucho ojo, pues, con quienes tienen el gusto de cubrir la información sin freno ni contención. No me refiero ahora sólo a los denominados «reporteros sin fronteras» y sin remilgos, esos profesionales de los medios de comunicación que simbolizan en su oficio, sine ira et studio, la nueva era de la globalización. Llamo la atención sobre el proceder de aquellas cadenas de televisión y radio, agencias de prensa y periódicos, rotativas y tiovivos, que no ponen coto a la persecución de noticias y titulares de impacto. Señalo a aquellos medios que pretendiendo investigar y revelar al público lo que pasa fuera para convertirlo así en noticia y dominio público, remueven, destapan y hasta profanan lo que debiera mantenerse dentro de la integridad, honorabilidad y reserva de los verdaderos propietarios del suceso. Apunto también, en fin, a los inmoderados exhibicionistas en las redes sociales, obsesos con poco seso en el quehacer de mostrar y mostrarse, dar la nota y llamar la atención.

Ocurre que no todo lo que es dado descubrir o destapar puede ni debe ser poseído por el primero que pase. Que no todo lo que puede saberse debe ser sabido por todos. Que no toda pieza en disposición de conquista debe ser ganada en todo momento o a cualquier precio.
En las sociedades abiertas, la libertad de información constituye un bien que hay que proteger, pero también resguardar de quien aspira a someterlas. Una sociedad libre y abierta, pero demasiado expedita, pasa a transformarse fácilmente en un artefacto de descaro y una máquina de producir impudicia. A fin de mantener las formas, conservar las buenas costumbres y asegurar la eficiencia, debe aprenderse a guardar las distancias y salvar las apariencias, de modo que la hospitalidad y la accesibilidad no sean interpretadas como insensata dilapidación y gratuita penetrabilidad. No confundir liberalismo y liberatorio con liberalidad y libelo. No es cuestión de contentarse con lo que hay, pero sí de aprender a contenerse, para que lo que en verdad tenemos no se malogre.

Imagen promocional del film Nightcrawler (2014. Dan Gilroy)


Fragmento del capítulo 6.1. «Vanidades en la hoguera» (6. Espectáculo y devastación) del libro Cine,espectáculo y 11-S (2012).

martes, 12 de julio de 2016

ERASMO DE ROTTERDAM ENCUENTRA LA PAZ EN BASILEA


A la ciudad de Basilea (Suiza) acudió un día Erasmo de Rotterdam en busca de paz y neutralidad. Aquí fijó su postrera residencia, huyendo de las controversias reformadoras y las querellas universitarias. En ese momento, en este lugar, sentó un precedente, una seña de identidad que consolidó una tradición de largo futuro. Entre estas murallas escribió y editó gran parte de su obra, en un noble gesto que honra a la ciudad. Semejante fidelidad llegó hasta el punto de exhalar su último aliento en este nicho de Europa. Si alcanzar la paz perpetua es el morir, la larga sombra de la muerte de Erasmo marca el sendero más neutral que imaginarse pueda, aquel que todo lo neutraliza e iguala, pues no hace distingos ni defiende banderías.


Erasmo resistió los reclamos de emperadores y reyes de la época, las bravuconadas y desafíos de Martin Lutero. Ignoró, mientras pudo, los mediocres pulsos con los que los académicos le desafiaban. En Basilea, en este Innisfree suizo, buscó paz nuestro hombre tranquilo. Pero, su salud débil y quebradiza no resistió el llamado último, fechado en el día 12 de julio de 1536. Aquí descansan los restos de un cuerpo frágil, necesitado en vida de sólidas pellizas de cuello de armiño para entrar en calor. El cuerpo endeble, como una caña que piensa, acogió un espíritu de gigante, un cuerpo que recorre gran parte de la Europa geográfica levantando la Europa espiritual. Este cuerpo diplomático, de doctrina, hace su última parada en Basilea. Su tumba, con el correspondiente epitafio en la antigua catedral Münster, lo recuerda para la posteridad. Vale la pena visitar el templo, y su amplio entorno con vistas, aunque sólo sea para rendir homenaje al gran humanista que hizo mucho por hacer de esta ciudad la ciudad del humanismo.


Fragmento del capítulo X. 1 «Basilea de las fuentes», incluido en el libro El alma de las ciudades. Relatos de viajes y estancias (Amazon-Kindle, 2015), donde el lector encontrará más detallada noticia sobre este asunto.


viernes, 24 de junio de 2016

ACTUALIDAD DEL «EPÍLOGO PARA INGLESES» (1938) DE JOSÉ ORTEGA Y GASSET


«Durante los últimos tiempos, han fallado tantas cosas, que, por inercia mental, se tiende a dudar de todo, hasta de Inglaterra. […]

»la originalidad extrema del pueblo inglés radica en su manera de tomar el lado social o colectivo de la vida humana, en el modo como sabe ser una sociedad. […]

»Téngase presente que Inglaterra no es un pueblo de escritores, sino de comerciantes, de ingenieros y de hombres piadosos. Por eso supo forjarse una lengua y una elocución en que se trata principalmente de no decir lo que se dice, de insinuarlo más bien y como eludirlo. El inglés no ha venido al mundo para decirse, sino al contrario, para silenciarse. […]

»El hombre del Sur propende a ser gárrulo. Grecia, que nos educó, nos soltó las lenguas y nos hizo indiscretos a nativitate. El aticismo había triunfado sobre el laconismo, y para el ateniense vivir era hablar, decir, desgañitarse dando al viento en formas claras y eufónicas la más arcana intimidad. Por eso divinizaron el decir, el logos, al que atribuían mágica potencia, y la retórica acabó siendo para la civilización antigua lo que ha sido la física para nosotros en estos últimos siglos. Bajo esta disciplina, los pueblos románicos han forjado lenguas complicadas, pero deliciosas, de una sonoridad, una plasticidad y un garbo incomparables; lenguas hechas a fuerza de charlas sin fin — en ágora y plazuela, en estrado, taberna y tertulia. De aquí que nos sintamos azorados cuando, acercándonos a estos espléndidos ingleses, les oímos emitir la serie de leves maullidos displicentes en que su idioma consiste. […]

»Sobre todo esto se razona tranquilamente en las paginas inmediatas, sin excesiva presuntuosidad, pero con el entrañable deseo de colaborar con la reconstitución de Europa. […]»


***

El texto «Epílogo para ingleses», escrito por José Ortega y Gasset en «París y abril, 1938», fue añadido a partir de dicha fecha en las sucesivas ediciones del libro La rebelión de las masas (1930).

lunes, 6 de junio de 2016

LA GUERRA DE SIR JOHN MOORE de JUAN GRANADOS


En su brevedad y concisión, La guerra de sir John Moore. Historia de la campaña del ejército británico en el noroeste peninsular durante la guerra de la Independencia (1808-1809) (Punto de vista, 2016), último trabajo hasta la fecha del escritor e historiador Juan Granados, es un libro ambicioso. Ambicioso y sólido en cuanto a lo albergado en su interior, cabe puntualizar; de ninguna manera, afanoso ni correoso para la experiencia lectora. Un libro, entonces, que satisfará y colmará las expectativas del lector en distintos frentes: del investigador y el instruido en la materia, por tratarse de una obra bien documentada, acreditada y afianzada por múltiples documentos y testimonios relacionados con los hechos descritos; del aficionado a la novela histórica (en especial, a la historia militar), merced al versado aliento literario de la escritura de Juan Granados, autor fogueado en anteriores incursiones librescas en las que en todo momento ha salido bien librado; y, en fin, de todo aquel que busque en la lectura entrenamiento y entretenimiento, quien persiga la andanza gozosa de las páginas de una historia que contenga historias, y viceversa. Combinar tales propósitos variopintos y complacer a tan amplio abanico lector no resulta tarea fácil.


La guerra de sir John Moore ofrece la crónica de un particular episodio nacional concentrado en un tiempo y un espacio determinados, que el subtítulo anuncia en cabecera, a la vez que propone la aguda reflexión sobre un gran combate, una tremenda tragedia —la invasión napoleónica y la subsiguiente Guerra de la Independencia en España—, de amplio alcance: «fue una guerra nacional y popular, pero también hecha en nombre de la monarquía y de la religión, fue una guerra de independencia pero también territorio de un conflicto internacional en el que los británicos desempeñaron un papel capital.» Una crónica, pues, bien dispuesta a marcar distancias con la Leyenda, ese amplio campo de Agramante donde confluyen las hazañas y las patrañas, las gestas y los gestos, la jácara y la jacarandana; sin olvidar la autocomplacencia y el autoengaño.


Obra pulcra y rigurosa, La guerra de sir John Moore recrea las vicisitudes de la campaña del ejército británico en el noroeste peninsular durante los años 1808 y 1809. Pero, asimismo, propone una penetrante reflexión sobre la disciplina y la lealtad, el sacrificio y el servicio, de unos militares entregados, más que a una causa, al cumplimiento del deber, atemperado por el sentido de la responsabilidad y el calor de la humanidad en una atmósfera destemplada. Este es el caso de sir John Moore, general al mando de tropa británica desplegada en tierra extranjera, en presumible alianza con los españoles, al objeto de frenar la invasión y la ocupación francesa en el suelo hispano, aunque con la sensación de moverse en tierra hostil: «En general, los ingleses achacaban a los españoles su falta de organización, una clara tendencia a exagerar y a despreocuparse del enemigo, sobre todo tras el espejismo de Bailén y su habitual hostilidad y desconfianza a todo lo que sonase a británico.» 

Ni hagiografía ni pretendida biografía, La guerra de sir John Moore constituye una exploración sobre el ser y el no ser, el hacer y el no hacer, de un general que no protagonizó un paseo militar sino un viaje de ida sin vuelta, que no procuró ser un héroe, pero que tampoco merece ser tenido por medroso ni espantadizo.

Acosado por el empuje del experimentado ejército francés, bajo la vigilancia y la presión directa del mismo Napoleón Bonaparte, personado en el escenario de los hechos a fin de espolear a sus huestes, el general Moore se esmera por cumplir su tarea: frenar al francés y unir su fuerza al español. Pero, ¿quién representaba por entonces a la patria española? A falta de un Gobierno efectivo, con un rey felón que ni reina ni quiere gobernar de veras su propio país, a falta de un ejército regular, uniforme y a escala nacional, la resistencia española está atomizada en milicias y guerrillas, presuntamente dirigidas por Juntas locales ciudadanas, que actuaban habitualmente de modo improvisado, amén de mal coordinadas entre sí en toda la península, cuando no enfrentadas o malavenidas, con serias dificultades para movilizar a los esquivos parroquianos, delegando todos en el inglés uniformado las tareas de defensa y contención del enemigo: «la maltrecha Hacienda real explica bien a las claras las dificultades logísticas y económicas que suponía a finales del Antiguo Régimen el mantenimiento de un ejército estante sobre un territorio.»
En este escenario, sir John Moore se ve impelido a aunar el mandado castrense que le obliga a actuar —desplegado a su vez en sucesivas y a menudo en contradictorias órdenes superiores— con un mandato interior, a saber, proteger al máximo la integridad de la tropa que comanda, mientras en penosa retirada procura tenerla bajo control a fin de reducir la indisciplina y los atropellos a la población civil. Porque he aquí la cuestión: «si las cosas siguen así, la ruina de la causa española y la derrota de nuestros ejércitos es inevitable; entonces será mi deber tener en cuenta únicamente la seguridad del ejército británico y tomar las medidas necesarias para sacarlo de una situación en que, sin la posibilidad de hacer nada útil, se expone a una derrota segura.» (Carta de Moore al representante británico en España, sir Hookham Frere, 19 de noviembre de 1809). No añade a esta abatida confidencia el compromiso de cumplir la misión aun al precio de su propia vida. Pero así ocurrió.



Hoy, un monumento consagrado a la memoria del oficial británico preside el Jardín de San Carlos en la ciudad de La Coruña. Juan Granados, por su parte, ofrenda en el presente ensayo un homenaje a este personaje, la semblanza de un militar y de un hombre. ¿Quién fue sir John Moore?: un «escocés paradójico y valiente, demasiado sensato y humano para ser un general perfecto, pero capaz del más generoso sacrificio.»
*
Juan Antonio Granados Loureda (La Coruña, 1961) se licenció en Historia Moderna en la Universidad Compostelana en 1984, ampliando luego estudios de doctorado en Madrid y obteniendo la especialidad en Historia Económica en el Istituto Internazionale Francesco Datini de Prato (Florencia). Su labor investigadora se ha centrado en el estudio de los intendentes españoles del siglo XVIII.
Paralelamente, es catedrático de Historia e inspector de Educación, trabajo que compatibiliza con una constante tarea publicística que desenvuelve en diferentes frentes, tanto en sus frecuentes colaboraciones en obras individuales y colectivas de índole histórica, donde podemos destacar los libros Historia de Ferrol (1998), Historia contemporánea de España o Historia de Galicia (1999) como en colaboraciones en la prensa escrita, en El Correo Gallego (2002-2009) y, desde 2010, en la sección de Galicia del diario ABC, también en la revista digital Anatomía de la Historia (anatomiadelahistoria.com), de la que es miembro de su consejo asesor.
Desde que en 2003 publicara en la editorial EDHASA la novela histórica Sartine y el caballero del punto fijo, centra sus miras en la literatura. En 2006, apareció en la misma editorial El Gran Capitán, su segunda novela. De 2010 es Sartine y la guerra de los guaraníes, segunda parte de las aventuras de Nicolás Sartine, asimismo editada por EDHASA, y de ese año es también Breve historia de los Borbones españoles (Nowtilus). En 2013 salió a la luz su Breve historia de Napoleón, nuevamente con la editorial Nowtilus. Con Punto de Vista, también en 2013, ha publicado España, la crisis del Antiguo Régimen y el siglo XIX. De 2014 es el libro de narrativa breve Entre brumas (Espacio Cultura Editores). Y, de 2016, su reflexión sobre la teocracia jesuítica del Paraguay incluida en la obra colectiva Utopía y poder en Europa y América (Tecnos). Desde julio de 2011, dirige la Revista Galega do Ensino (EDUGA).


domingo, 29 de mayo de 2016

SOBRE PONERSE LA FILOSOFÍA EN SU LUGAR


«Probablemente, hayan sido noches de insomnio las que han inducido a ciertos meditadores a preocuparse por el lado hacia el que se acuesta la filosofía, para encontrar su espacio y objeto, con el fin de acertar triunfalmente en su idónea posición, y procurarse de este modo feliz descanso. Muchos son los animadores gustosos de convocar camas redondas donde celebrar los festejos de las bellas artes y las bellas escrituras, todas unidas en promiscuo abrazo, en una propuesta, sin duda, más excitante que la que proclaman los amantes del ensimismamiento y de las colaciones en mesas separadas.

¿Se acuesta la filosofía más a la ciencia o a la poesía? Si se toma esta insinuante pregunta como una directa proposición, hay que hacer constar que ya se han dado respuestas confirmadoras de tales relaciones, desde las tesis sostenidas por el positivismo lógico —sus epígonos y sus neos correspondientes, que se consuma  tras el enlace de la denominada  filosofía científica— hasta la ordenación de los Románticos de gradual generación pero semejante conversión, que se consumen ante la proclamación de una poesía filosófica (o filosofía poética), garante de una elevación hasta el Absoluto. ¿De dónde procede tan celestino empeño por emparejar a la filosofía?»

Fragmento del artículo «El valor filosófico. Demarcación y géneros en filosofía y literatura», en Claves de razón práctica, Madrid, ISSN 1130-3689, Nº 94, 1999, págs. 73-78


Para un mayor desarrollo de este asunto, véase
(Alfons El Magnànim, Valencia, 2004). 


lunes, 9 de mayo de 2016

JOSÉ ORTEGA Y GASSET, EL FILÓSOFO DE LA ELEGANCIA


«no es éste, en rigor, un ensayo sobre José Ortega y Gasset, sobre su vida y obra, ni siquiera sobre su teoría de la elegancia –empresa aún pendiente y que urge acometer más pronto que tarde, como diría, y de hecho dijo, Ortega–, aunque sí está compuesto intencionalmente desde la perspectiva orteguiana de lo que significa hacer filosofía en la elegancia. Ortega no llegó a escribir nunca un libro consagrado a la elegancia –tampoco a la ética, por otra parte–, y sus referencias al asunto son tan contadas como dispersas. Pero aun así, y como ocurre con otros ejemplos de su producción intelectual, lo que sugiere y premedita en tales huellas patentiza un legado y una promesa de realización muy útiles para posteriores navegaciones.

Efectivamente, Ortega anunció un libro sobre la ética y una «meditación sobre la elegancia», y ninguna de las dos promisiones llegó a materializarse textualmente. Nos quedamos al fin sin esa prometedora pareja de libros, mas no por ello sería justo colegir que el filósofo incumplió su palabra, pues la práctica totalidad de sus textos acoge el sentido pleno de ambas llamadas, que representan, más que meros llamamientos o invocaciones, la proyección de una genuina vocación. Cierto, aunque Ortega no escribió expresamente muchas páginas dedicadas a la elegancia, si las comparamos con el volumen total de su producción, toda ella sigue el pulso inconfundible de lo elegante.


Reconocemos una demostración matemática como ejemplar elegante, observa Ortega, cuando consigue probar un teorema con el menor número de ideas intermedias. Por esta convicción arribamos al conocimiento del módulo de la elegancia, a saber: «la expresión más sobria de una máxima potencialidad, de un poder activo y funcional.» El dinamismo vital se revela en la sobriedad, pero en la sobriedad bien entendida, no como impostura envuelta en falsa modestia, sino como dechado de discreción, mesura y compostura. De Ortega podríamos afirmar lo que él a su vez enuncia del capitán Alonso de Contreras: que tenía una erudición elegante. En ese sentido preciso y pleno, es en el que advertimos en la escritura de Ortega un movimiento lujoso y exuberante, relumbrante y magnífico, característico de la escritura elegante.

Para el propósito de este libro, entenderemos aquí por escritura elegante, y a cuento de la filosofía, la exquisita y selecta manera de decir, de comunicar, de hacer pública, una penetrante meditación sin tener que mudar por ello de género literario, sin tener, por tanto, que caer en brazos de la Literatura. Se trata, en consecuencia, de una clase de inspiración –pero también de ejercicio– que habilita para pensar con bello estilo sin perder las formas, haciendo con ello posible un pensamiento distinguido, por así decirlo.»




viernes, 6 de mayo de 2016

POR QUÉ NO HAY QUE MOSTRAR HOY IMÁGENES DE LAS TORRES GEMELAS (MANHATTAN, 1973-2001)


La imagen de las Torres Gemelas de Manhattan está grabada en las mentes de millones de personas del mundo entero. Registrada en infinidad de fotografías, documentos y películas, ha pasado por toda clase de pantallas (películas, reportajes) y de  papeles (periódicos, revistas), desde que fue inaugurada la gran obra arquitectónica en el World Trade Center de Manhattan, Nueva York, en el año 1973. Constituían, pues, una presencia poderosa y una significación icónica muy atrayente y señalada por quienes maquinaron los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Por este motivo eligieron ese objetivo como uno de los principales a abatir en el día de la vesania y, desde luego, el de mayor repercusión mundial, en y por todos los medios.

El ataque terrorista fue cruento y sanguinario, pero el impacto que pretendían los que lo perpetraron era esencialmente visual, mediático. El terror global se persigue mediante la transmisión de la muerte en directo, la difusión planetaria del espectáculo de la devastación. Y crece merced a la recreación, haciendo de la devastación un espectáculo o un producto publicitario. El terror pretendido se perpetúa por la vía de la retransmisión y la reposición, convirtiendo el 11-S en un acto repetido, una herida que se abre día a día.

 Desde esta fatídica jornada, cada fotografía, cada plano, cada escena, cada nueva reproducción de las Torres Gemelas, que no ya no están, significa la reiteración del ataque, un desafío renovado, una celebración más.

Cada nueva representación de la fechoría no evoca tanto que el criminal vuelva una y otra vez al lugar del crimen cuanto que las víctimas y sus deudos (todos los espectadores del mundo) vuelvan incontables veces a contemplar lo que les falta.

Cada nuevo pase de la secuencia de los hechos supone literalmente una recaída, un acto provocador de reincidencia, un recuerdo con sabor a amenaza, otro aviso, otra advertencia: para que veas...

Recordar la vesania implica insistir en los efectos de la destrucción, no en la destrucción misma. Al publicar imágenes relacionadas con el terrorismo las víctimas, los caídos, han de ser los protagonistas.

En consecuencia, lo justo y decente es mostrar (con decoro, respeto y patriotismo) el daño producido, no el trofeo colgado en la pantalla.

Mostrar imágenes de las Torres Gemelas de Manhattan (sobre todo, en llamas) es, para los terroristas y sus secuaces, un botón de muestra, la muestra del botín.


Para un mayor desarrollo de este asunto: Cine, espectáculo y 11-S (Amazon-Kindle, 2012)


***
Post Scriptum

En el mes de julio de 2016, he tengo la oportunidad de visionar The Walk (2015), película dirigida por Robert Zemeckis y escrita por Christopher Browne y el propio Zemeckis. La trama del film está a hazaña en hechos reales: la hazaña del funambulista francés Philiphe Petit, quien en1974 cruzó sobre un cable de acero las Torres Gemelas en Manhattan desde una terraza a otra, cuando todavía se encontraba en construcción.

Dedicada expresamente a las víctimas de los atentados terroristas del 11-S, el film (independientemente de su calidad cinematográfica; discreta) representa un encomiable homenaje a las Twin Towers, así como un encomiable esfuerzo artístico de reconstrucción.

Debido a la relevancia de este trabajo fílmico, de alto valor simbólico, la próxima actualización de Cine, espectáculo y 11- S (previsto para septiembre de 2016) se hará eco del mismo, revisará y pondrá al día el propósito básico de este libro en movimiento: las tragedias humanas y su tiempo artístico. 

Próximamente en sus pantallas.



miércoles, 27 de abril de 2016

VIVIR COMO UN BURGUÉS


«A través del dinero [el burgués] es el más odiado: el dinero aglutina contra él los prejuicios de los aristócratas, los celos de los pobres y el desprecio de los intelectuales; el pasado y el presente,  lo expulsan del porvenir. Lo que le da su poder sobre la sociedad explica también su debilidad sobre el imaginario colectivo. Un rey es infinitamente más grande que su simple persona, un aristócrata obtiene su prestigio de un pasado más lejano que él, un socialista predica la lucha por un mundo que él ya no verá. Pero en cambio el rico no es más que eso: rico y nada más. […]

Clase sin categoría, sin tradición fija, sin contornos establecidos, no tiene más que un frágil derecho al dominio: la riqueza. Título frágil, ya que puede pertenecer a todos: el que es rico habría podido no serlo. Y el que no lo es, habría podido serlo.»


Fragmentos del ensayo de François Furet, El pasado de una ilusión. 
Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX (1995)

domingo, 6 de marzo de 2016

LA RIQUEZA DE LA LIBERTAD (2016)


Ser libre para poder ser suficientemente rico. Ser rico para poder ser plenamente libre. He aquí, en síntesis, las líneas maestras que orientan el desarrollo argumental del presente ensayo. Dos ideas que, desde la perspectiva aquí expuesta, están necesariamente unidas. 

En el orden político e ideológico, algunos de los efectos más llamativos de la primera gran crisis económica en la era de la Globalización de principios del siglo XXI, han sido 1) el resurgir rampante de la oposición dialéctica «rico/pobre», a modo de particular remedo de la antigua teoría y práctica de la «lucha de clases», y 2) la virulenta reactivación de los ataques al «libre mercado» en el seno de las mismas democracias (nominalmente) liberales. 

Ser rico y libre no tiene nada de malo, sino todo lo contrario. Porque riqueza y libertad constituyen valores principales de orden económico, político y moral. 

Disponible en Amazon. es y Amazon.com



jueves, 21 de enero de 2016

LO MODERNO TRAS LO ANTIGUO


Curiosamente –aunque no casualmente–, es tal el poder de atracción, asimilación y absorción de lo moderno entre la gente que ha llegado a convertirse en una actitud común el calificar como «moderno» todo aquello que desea elogiarse respecto a una idea, una característica o un comportamiento pasados. De este modo, a no pocos analistas e intérpretes de la actualidad se les antoja afirmar, con neta arrogancia, que un escritor, un artista o un pensador antiguos exhiben una actitud muy «moderna» en el momento en que se advierte en sus trabajos algún rasgo que es juzgado correcto y positivo en el presente, esto es, desde la perspectiva del presente. Lo moderno vendría a representar así el valor y lo antiguo lo pasado.

Semejantes modos delatan, como mínimo, una sospechosa tendencia a la anacronía, cuando no al ávido determinismo, como dando a entender que si un autor clásico se expresa, por ejemplo, en primera persona o emplea la elipsis a modo de formas estilísticas, resulta ser entonces «muy moderno», en la medida en que con ello se anticipa a lo que un periodo posterior será tomado como elemento cultural característico y hasta ejemplar.

En realidad, ocurre justamente lo contrario: aquello juzgado como «moderno» es muchas veces actual y efectivo porque ya los antiguos fueron capaces de vislumbrarlo, poseerlo y mostrarlo en su momento.



Lo justo y razonable sería afirmar, en consecuencia, que a veces los modernos resultan «muy antiguos», al menos cuando recurren a usos y modos empleados antaño de manera provechosa, siendo tan válidos y fructíferos hoy como ayer. No otro sentido posee el concepto «clásico», éste sí tolerado por modernos y postmodernos, aun con inocultable reserva y prevención.

Fragmento del artículo Una ética clásica y muy siglo XXI (1) publicado en la revista El Catoblepas