lunes, 4 de febrero de 2019

12 REGLAS PARA VIVIR (2018) de Jordan B. Peterson



Jordan B. Peterson: modos y modas de un autor en boga

La reciente lectura del libro de Jordan B. Peterson, 12 reglas para vivir. Un antídoto al caos (12 Rules for Life. An Antidote to Chaos, 2018) ha activado en mi mente una latente reflexión sobre el ser y no ser de los “libros de autoayuda”. En primer lugar, el volumen suele ser catalogado bajo dicha etiqueta. En segundo lugar, desde hace tiempo ha llamado mi atención el uso y el abuso de la mencionada rotulación, muy ambigua y equívoca; inadecuada, en la mayor parte de los casos. ¿Ha escrito Peterson un “libro de autoayuda”?
Jordan B. Peterson es psicólogo clínico y profesor en la Universidad de Toronto (Canadá). Pero, por encima de todo, es un fenómeno mediático de plena actualidad. Según revela en la Introducción al ensayo, el gran éxito que tuvo, en número de visitas y comentarios, el blog personal que mantenía desde hace años, así como el canal que abrió en YouTube, fueron la causa de que una conocida editorial le propusiera escribir un libro donde resumir sus disertaciones y consejos sobre cómo afrontar la vida en estos tiempos; una versión menos académica, más ligera, dirigida al “gran público”, de su anterior trabajo Maps of Meaning (1999).
Autor en boga, no debería ser tomado por un mero divulgador ni un youtuber de ocasión. ¿Quién es Jordan B. Peterson? Un veterano docente y un psicoterapeuta que ofrece, al mismo tiempo, una acusada faceta pública. Alterna sus quehaceres profesionales con labores de conferenciante e interviene en debates públicos, sea en los medios de comunicación sea en el marco académico de colleges y universidades de todo el mundo.
No es éste un caso extraordinario ni insólito. Sí resulta menos habitual que la popularidad y la atención de los media recaigan sobre un personaje no sólo distanciado del pensamiento único, la corrección política y la doctrina oficial realmente existente en el ámbito académico y el “mundo de la cultura”, sino muy crítico con las principales creencias, usanzas y consignas provenientes de esas esferas.
Jordan B. Peterson refuta con determinación y sin ambages enseñas y divisas desempolvadas hoy por el feminismo; el posmodernismo; la pedagogía contracultural de comuna hippie, heredera de Walden dos (1948. B. F. Skinner), de Summerhill (1960. A. S. Neill) y otros cuadernos psicodélicos; el culturalismo sesentayochista; y, en general, por la ideología empeñada en restar influencia a la naturaleza y la biología, a la hora de explicar el orden y el comportamiento humano, en beneficio de doctrinas constructivistas y deconstruccionistas.
Este posicionamiento público ha motivado que Peterson sea marginado por el presídium académico y visto con recelo por los grupos que controlan los espacios culturales y mediáticos. Todo lo cual hacía sospechar que la publicación de 12 reglas para vivir pasase desapercibida, ignorada, ausente en la lista de los libros más vendidos. Ha ocurrido todo lo contrario. El volumen ha alcanzado el rango de bestseller, promocionado en innumerables entrevistas, presentaciones y actos públicos, donde, curiosamente, no suele hablarse mucho del libro. Este hecho, que al escritor español Francisco Umbral hubiese provocado gran disgusto, a Peterson, en cambio, no parece incomodarle. Acaso por algo es psicólogo clínico y sabe controlarse. O tal vez suceda que 12 reglas para vivir no sólo no abunda en las tesis que le identifican y le han proporcionado notoriedad, sino que, por el contrario, apenas son desarrolladas en el libro, y, si acaso, confundidas en un océano de narraciones, merodeos, relatos, confesiones personales y un poco de todo a lo largo de más de quinientas páginas.



¿Es 12 reglas para vivir un “libro de autoayuda”?

12 reglas para vivir es un libro desconcertante; en particular, para quien el nombre y el trabajo del autor no le resulten extraños. Sucede que la claridad expositiva y la brillantez demostradas en sus intervenciones públicas están aquí ausentes, o en baja forma. Y lo que todavía es más grave: el libro da la sensación de haber sido escrito con desgana, está descuidadamente estructurado, descompuesto, al que le sobra más de la mitad de páginas, aquellas que cuentan, con sobrada largueza, episodios muy conocidos de la Biblia, famosas obras literarias, anécdotas biográficas (pasadas y presentes) del autor que, dicho sea con todo respeto, poco interesan al lector; al menos, a este lector, quien entiende que para eso están los libros de memorias, las reseñas de libros y demás.
Tengo la impresión de que 12 reglas para vivir tampoco satisfará al lector aficionado a los “libros de autoayuda”, el cual esperaría encontrarse aquí con un título más de ese estilo. Ciertamente, en tal clase de textos halla uno historias de ratas en un laberinto tras la pista de queso (en esta ocasión, de langostas más o menos combativas, de perros de paso y gatos acariciados), fábulas y parábolas, consejos varios. Incluso es habitual que en ellos el lector sea felicitado o regañado, según su comportamiento se ajuste o no a las reglas enunciadas por el manual de turno; el viejo recurso a las afamadas parejas conductistas refuerzo/castigo, recompensa/sanción.
Peterson no se define por una narrativa clara y explícita: pretende ajustarse a un género literario (el “libro de autoayuda”), subiéndose a un vehículo que o bien no sabe conducir o bien se pierde por el camino. Un caso de quiero y no puedo. O viceversa.
El Índice del volumen, según cabe esperar, avanza los contenidos: reglas psicológicas y morales sobre cómo relacionarse con los demás (humanos y animales), cómo trabar amistades,  cómo ordenar la propia vida, cómo hablar y qué decir, etcétera. Los capítulos incluyen sentencias y razonamientos que sugieren acciones apropiadas y convenientes, frente a sus respectivos opuestos. Esto es verdad, aunque se encuentran tras largos rodeos, agotadoras caminatas, lo cual más que facilitar la salida del problema sitúa al lector en un laberinto en el que no es insólito que acabe desorientado.
Las razones y ejemplos que Peterson presenta como actitudes y conductas que llevan al orden, en contraposición a las que promueven el caos, podían haberse reducido a un breviario de unas pocas decenas de páginas o expuesto en un clásico ensayo de pensamiento, que tampoco son recursos o “géneros” literarios desdeñables, aunque sí menos atractivos y lucrativos que un “libro de autoayuda”.

Coda


Formular, en general, reglas para vivir, modelo “libro de autoayuda”, no es que esté bien o mal, sino regular. Acompañan en el sentimiento al otro más que fortalecer el entendimiento propio. Porque en una ética autónoma y racional, la ayuda y el ordenamiento de la vida moral no contemplan la representación ni la coautoría ni la suplencia. En materia tan personal y privativa, uno mismo suele ser su mejor ayudante. Si es que hablamos, en rigor, de ”autoayuda” y no de cosa distinta.
La formación académica e intelectual, así como la experiencia en labores de psicoterapia, de Jordan B. Peterson afianzan su presunción (con los matices que se quiera) de que hay reglas generales que pueden ayudar a todos por igual. La psicología y los estudios clínicos acumulados así lo confirmarían. Mas, pienso que hay que ser prudentes y no embriagarse de optimismo ni de afán de vulgarizar ni de impostado “pensamiento positivo” ni de positivismo. ¿Es esto una regla para vivir? No sé. Sí tengo, en cambio, la certeza de que los equívocamente denominados “libros de autoayuda” no son por norma lo que dicen ser ni ayudan siempre al necesitado. Tampoco lo que indica la etiqueta sobre la talla de una prenda de confección se ajusta indefectiblemente a la complexión y las medidas reales de todos y de cada uno, ni les sienta bien.

lunes, 28 de enero de 2019

VIAJE A CANARIAS Y EL RESTO DE LA PENÍNSULA (2018) de José Vicente Pascual


José Vicente Pascual, Viaje a Canarias y el resto de la península (2018), Alhulia, Granada (España), 2018, pags. 145

Nuevo título en el haber bibliográfico de José Vicente Pascual. No diré, para referirme al ensayo, “el último libro de”, porque, expresión tan usual como equívoca, me evoca —en su interior invoca— un negro presagio, una impresión de acabamiento, de cierre por liquidación, merecedora de ser señalada con los dedos de ambos extremos de la mano, mientras se exclama: “¡Vade retro!” o “¡lagarto, lagarto!”. Henos aquí ante un escritor de raza, incansable, imparable, seguidor de la máxima clásica “Nulla dies sine línea” (Ningún día sin una línea) atribuida a Plinio el Viejo. Dejar de componer, en cualquier parte y momento, partituras literarias es lo último que haría en su vida. El “último libro” será lo último que haga.
Autor inquieto, de escribir juguetón, sutil y hasta pícaro, cual niño revoltoso y travieso, no puede estarse quieto. Como escribe sin parar, puesto que viaja sin descanso y hace mudanza con la frecuencia con que el insomne cambia de postura en la cama, no es de extrañar que, tarde o temprano, nos deleitara con un libro de viajes, si es que todos sus escritos no merecen, en rigor, dicha caracterización, sean novelas o ensayos.
He aquí, en palabras propias, la descripción de la novedad literaria, de la buenaventura, de la nueva aventura libresca:

«Viaje a Canarias y el resto de la Península, por tanto, es un libro de viajes en sentido literal: acerca de lo que el viaje implica de desplazamientos, recorrido y experiencia sobre entornos y lugares por descubrir; también acerca del método —quizás obligación—, de adaptación al nuevo entorno vital. Desde este punto de vista, qué duda cabe, el presente puede catalogarse, igualmente, como libro de viajes y mudanzas. Pues parece cierto —al menos no está desmentido—, que toda vida es viaje y todo viaje conduce al aprendizaje. Y de todo aprendizaje, sale mudanza.»

Fragmento de la “Nota del autor”, entiéndase a modo de introducción del volumen, como presentación —confirmación, para quienes ya están familiarizados con su obra— de la rica escritura que contienen sus páginas. Y es que, en cuanto al arte de escribir, José Vicente Pascual se sirve del lenguaje con maneras y ecos de castellano viejo, estilo pulcro y sobrio de quien ha nacido en Madrid. Desde el centro sale pronto en dirección a los cuatro puntos cardinales de nuestra patria. Ha residido en —y deambulado por— las partes bajas y altas de la ancha Castilla y en buena parte del resto de España, muy especialmente en Granada, donde más años ha vivido, hasta el punto de haberla bebido. En los capítulos del libro, parada y fonda respectivas, cronológicas (desde año 2004 hasta 2014), en este recorrido físico y espiritual, cartográfico, consta San Cristóbal de la Laguna, Barcelona, Sevilla, Carmona, La Coruña, y, finalmente, Tenerife, de nuevo, mas no Granada. No hay aquí olvido ni ausencia. Quizás nunca haya salido de la ciudad de la Alhambra, la cual, por lo demás, ya está muy presente en su producción literaria; sin ir más lejos, en la «Trilogía de Granada» (2000-2003) y La Hermandad de la Nieve (Evohé, Madrid, 2012).  
Reparemos en el título del nuevo libro, llamativo y aun chocante: Viaje a Canarias y el resto de la península. Escritor observador, atento al decir y al hablar circundantes, relata él mismo, en las primeras páginas, la anécdota que desentraña su sentido. Realizando gestiones en el Registro Civil de La Laguna, por razones de mudanza, el gestor administrativo que le atiende, entre papeles y certificados varios, comenta el tiempo en la isla, fresco, afirma, aunque no tanto como el frío que hace “en el resto de la península”. La “espontánea locución” del funcionario lleva al autor, en el recuerdo, a tierras lusitanas. Lo mismo le ocurre a este reseñador. Un escritor portugués, ganador del Premio Nobel de Literatura, fantaseó en una de sus novelas sobre el fabuloso caso de un Portugal desgajado de pronto de la península ibérica, navegando, a continuación, por el océano. La “locución” —espontánea, mas no disparatada— remite a un sentimiento distinto a éste, muy profundo, acaso no consciente, en muchos residentes en Canarias y peninsulares, en general: las islas afortunadas no vagan por el Atlántico, sino que están firmemente amarradas a puerto España. Forman parte de una península extendida. Y no es esta una fabulación, sino una constatación.

Viajero incansable, José Vicente Pascual vive la vida como andanza y mudanza continuas, y, entre medias y enteras, hace incursiones y excursiones, visitas y desplazamientos por motivos de trabajo, por placer, porque sí. Correrías son, en verdad, de acá para allá, transitando con lo justo, ya quisiera este caballero andante que también con lo puesto; “ligero de equipaje”, según dejó dicho el poeta. Los múltiples colores y olores, los diversos acentos y las voces, de España toda han dejado huella en el ser y el escribir de este caballero de la Hispanidad, como lo fue Ramiro de Maeztu.
Escritor errabundo, no es, sin embargo, un exiliado, como se dice de Miguel de Unamuno, quien recaló un día, para permanecer varios meses por fuerza mayor, en Fuerteventura. Ocurre que uno, en rigor, no está exiliado en su propio país, incluso aun apelando a la vaga expresión “exilio interior”, entre otras interioridades metafóricas.
El último capítulo del libro, «Tenerife, enero de 2014» lleva una cita de entrada firmada por Ana María Matute: «Un escritor es una isla en un archipiélago.» Ojo, lector, las tarjetas de presentación de todos los capítulos contienen palabras precisas, oportunas, exactas, en su lugar. Tal vez, entonces, sí pueda hablarse, a propósito de José Vicente Pascual y su nuevo libro, de escritor “desterrado”, porque la salida y la llegada de este viaje literario se sitúan en Tenerife, donde lo cercano y lo lejano se cruzan y confunden entre sí. Su literatura, y creo que también su alma, son tan telúricas como marinas, pero antes pasear por la playa que bracear en alta mar.
Benito Pérez Galdós, escritor español de origen canario, que cambió la residencia insular por la peninsular, afirmó:

«Y es que gozo lo que da Madrid, sólo Madrid. ¡Natural! ¿Quién está triste con esta gloria de cielo y esta bendición de sol?»

José Vicente Pascual, persona y personaje con muchos orígenes y un principal destino, también disfruta del cielo azul y el sol radiante

¿Y el agua bendita del anchuroso océano? Bueno, allí está, no puede dejar de verse, día tras día. Viajero con los pies en la tierra, no ha quemado sus naves.




«Nunca es tarde para darnos cuenta de que los lugares pasan, como pasa el tiempo. Lo único que permanece somos nosotros y los afectos que deseamos para siempre.» (pág. 103).