domingo, 27 de noviembre de 2016

EL HOMBRE RAZONABLE Y OTROS ENSAYOS


Joaquina Pires-O’Brien, El hombre razonable y otros ensayos (Port-Vitoria, 2016)

El título del libro que tengo el gusto de reseñar en las líneas que siguen, en su aparente y genérica convencionalidad, denota una gran precisión. Según leemos en la misma portada, se trata de una colección de ensayos. Y ensayos contiene, en efecto, en su sentido más estricto. ¿Normal? Sí, mas no habitual. Se dirá caso de esta acotación que es una obviedad más. Obvio sí, mas no usual. He aquí la cuestión.

Ocurre que el pensamiento concentrado en el ensayo se caracteriza, según tradición, por reparar (en) aquellos usos erróneos y creencias ordinarias que suelen aceptarse como evidentes —y aun repetirse, una y otra vez—, sin pasar por la prueba del examen crítico y la reflexión ponderada. Sucede que la opinión común (la vox populi) da por hecho aquello que, antes de ser deglutido, necesita ser intelectualmente triturado. Nos hallamos, en fin, en un contexto dominado por el relativismo ramplón y la mixtura de géneros literarios, la intertextualidad de salón y el multiculturalismo de callejón, en el cual una narración en prosa vertida en un papel o en un archivo electrónico de textos recibe, sin más, el diploma de «ensayo», sin distinguirlo de un relato, un crónica periodística, una fábula o un cuento. O al contrario…

Rasgo identificador del ensayo es también que afronta y examina asuntos particulares (e incluso personales) y de actualidad para, a continuación, ser elevados a la categoría de universales. ¿Sobre qué trata El hombre razonable y otros ensayos? Léase los primeros párrafos del Prefacio:

«Algunos de los temas atemporales abordados son la “gran conversación”, la utopía, la educación liberal, la libertad, el totalitarismo y el contrato social, mientras que las “dos culturas”, el instinto de la masa, la guerra de las culturas, el postmodernismo, la creencia religiosa, el jihad islámico y el 9/11 son algunos de los temas contemporáneos abordados. Cuatro grandes pensadores del siglo XX fueron objeto de ensayos específicos: Friedrich Hayek, Elias Canetti, Stefan Zweig y George Orwell. El repertorio de los temas abordados ya es bien conocido en los países situados en el centro de la Civilización Occidental pero no en los países de la periferia. La presente recopilación tiene por objetivo contribuir a corregir esa distorsión.»

Atemporalidad, contemporaneidad y propósito de universalidad, empeño por corregir malentendidos y falsas creencias. ¿Puede alguien negarle corrección a la presente empresa intelectual? Y, con todo, si a alguien le quedan dudas acerca de la exploración de ideas que se propone en las páginas siguientes, sólo le invito a recorrerlas.

El hombre razonable y otros ensayos ha sido compuesto según cabal criterio y sagaz selección, como demuestra el listado de la cita previa. Un acierto acreditado en la misma elección del ensayo que lo titula, encabeza y sirve de guía al mismo. El hombre se ve abocado a aventurarse en una selva oscura y tenebrosa en el momento en que desaprovecha o desatiende la llamada civilizadora de la razonabilidad, el principio de actuar como un ser racional y justo, prudente e íntegro, sensato y honesto. He aquí un horizonte de conducta nada extraordinario, excepcional o superlativo; de lo contrario, no hablaríamos de un ser y un quehacer razonables. Sus rasgos son factibles y depende tan sólo de la voluntad y el coraje de cada cual. ¿Cómo es ello posible?: «Dejar de ser rebaño y recuperar nuestra individualidad es un buen comienzo. Después, es vivir el aquí y ahora de la mejor manera posible.»

Joaquina Pires-O’Brien, autora del libro objeto de la presente reseña, acierta al relacionar aspectos de su vida personal y cotidiana con la meditación y análisis a propósito de determinados asuntos tratados. Demuestra así tener bien aprendida la lección sobre el sentido y fin del ensayo, sintetizados en la siguiente declaración del principal inspirador del ensayo moderno, Michel de Montaigne: «Yo soy el tema de mi libro». 

No se confunda esto con un volumen de memorias. Los textos ofrecidos en los ensayos tienen que ver con la vida, porque son vitales, porque no se pierden en especulaciones ni circunloquios (tampoco en meras anécdotas), sino que nos hablan sobre aquellas cuestiones (sean intemporales, sean contemporáneas) que nos ocupan y nos preocupan. Y no para hacer de ellas una crónica, sino una indagación.

La condición profesional de la autora, concentradas en tareas de traducción y edición (está al frente del magazine Port-Vitoria) favorece en gran manera tal empeño. El lector encontrará así un permanente interés por esclarecer al máximo la significación de los conceptos abordados, así como una constante atención por dilucidar las más variadas cuestiones desde una óptica didáctica y un discurso comprensible. Es decir, razonables.

miércoles, 31 de agosto de 2016

LA FILOSOFÍA EN EL AULA ACABA EN FILOSOFÍA ÁULICA


Desde mediados del siglo XIX, la filosofía se ha visto reducida y limitada al ámbito de la Escuela, de la Academia, de la Universidad, de modo que en el momento presente –en especial, en la cultura española– es prácticamente imposible encontrar filósofos que no oficien de profesores y percibir actividad filosófica que no provenga de –o se dirija a– tales destinos, casi con exclusividad. Mientras tanto, gran parte de la sociedad, el gran público, es decir, la esfera pública, se mantiene al margen de estos dominios y de sus particulares jergas y disputas, hasta el punto de que ni siquiera observa con inapetencia dicho escenario, ya que, en verdad, ni se fija en él: no lo entiende y por ello se desentiende.

Hablamos de un escenario –de una circunstancia: el aula– que a muchos se les antojará obvio, como lo más natural del mundo. Según esto, la filosofía se situaría allí en su lugar natural, y, como diría Aristóteles, una vez en él se alcanza la quietud, cesando a continuación el movimiento y el cambio. Puede que no pocos hasta se sientan muy satisfechos de encontrarse en tal situación y estado, y tiemblen o se subleven o se ofendan ante la mínima revisión del caso, su cuestionamiento o simple constatación.

Habría que advertir, empero, que esta circunstancia no siempre ha ofrecido el mismo fondo y la misma forma. La filosofía nació en Occidente en el marco de la ciudad griega y maduró bajo el sol del ágora y del jardín, de los paseos y las alamedas. Es, como ya he dicho, desde el siglo XIX hasta hoy, cuando su actividad ha quedado circunscrita a lugares de encierro y lección aprendida, al aula, en fin, bajo el dictado de la lectio.

Pero también ha sabido la filosofía acomodarse, con resultados muy distintos, a otros espacios. Por ejemplo, a determinadas demarcaciones de la vivienda, como la torre-biblioteca, la habitación, el gabinete, la cama o la buhardilla, desde donde ha tejido primorosos ensayos, profundos pensamientos, razonadas críticas, discursos del método o silogismos de la amargura con un ánimo unas veces sereno, otras, exaltado, pero casi siempre excelso. O bien se ha dedicado a componer una sugestiva filosofía en el tocador..., registros e indicadores todos ellos de un gran refuerzo de subjetividad y de intimidad.


Y todo ello sin menospreciar los ámbitos de la civilidad. De esta manera, se ha paseado por academias renacentistas y salones barrocos, ha frecuentado tertulias, clubes, redacciones de periódico y cafés, recintos todos ellos que derraman gentilidad y promueven la publicidad. Igualmente, se ha vestido de calle –el porte de flâneur y ha conocido así las delicias de la ciudad y sus rincones, desde las avenidas a los pasajes. En ocasiones, se ha calzado las botas para caminar, abandonándose a la ensoñación de un paseante solitario o escalando montañas en busca de aire puro. Pues resulta que no siempre el ámbito filosófico ha quedado delimitado por una circunscripción definida y estricta, sino que en ocasiones se ha extendido y desplegado a través de un itinerario expedito, animado por una cabeza despierta y unos pies inquietos, que nos habla de una estirpe de sabios erráticos y vagamundos, pensadores sin oficio fijo ni patria patrona, a la intemperie, filósofos de un ámbito expandido bajo la sola protección del cielo abierto. […]

El pensamiento se ve así presionado por un dilema dramático que expresaré en términos inconfundiblemente orteguianos: persistir en el estado de ensimismamiento, consagrarse con dedicación exclusiva a la filosofía para filósofos, a la lección, a la cátedra, al manual, a la dependencia de la programación escolar y a la vigilancia angustiosa sobre el número de matrícula y los planes de estudio, lo cual conduce irremisiblemente a la parálisis y a la auto-referencia, o entregarse sin más a la alteración, al territorio de los medios, allí donde la reflexión se muda fácilmente en ruido y en furia, donde el conversar se traduce en chatear, la divulgación se vuelve vulgarización, allí donde el discurso filosófico se tritura y, hecho papilla, se convierte en cuentos con mensaje, «novela filosófica», manual de auto-ayuda o en productos fácilmente digeribles para espíritus juveniles y corazones solitarios. Ensimismamiento o alteración: ¿no cabe otra alternativa?

El filósofo ha pasado a lo largo de la Historia por las fases de sabio, maestro, doctor, intelectual y profesor. ¿Cuál es su estatuto hoy? 



Fragmento de mi intervención en la presentación del libro Saber del ámbito. Sobre dominios y esferas en el orbe de la filosofía (Síntesis, Madrid) en la ciudad de Valencia, el día 21 de febrero de 2002. La versión completa de la transcripción puede leerse en este página: «Filosofía y ámbito», revista El Catoblepas, número 11, enero 2003, pág. 7 


sábado, 27 de agosto de 2016

EUROPA, UN CONTINENTE ALICAÍDO


¿Qué es un ser libre? Llegar a ser plenamente lo que uno es. Así habló Friedrich Nietzsche, heredero espiritual, eco contemporáneo (ojo, no «moderno»), de la Antigüedad clásica en Europa. Consiste esta disposición en cuidarse y conservarse, en no perder la propia condición de cada cual, aun (o sobre todo) viviendo peligrosamente. Semejante destino de alta cultura no ha sido asumido, como sería menester, por muchos occidentales con inclinación occidua.

Lo que queda es no-ser, negación y nihilismo. Restos del naufragio. Gentes desnortadas nadando hacia la Nada .

¿Qué es Europa? Un continente donde lo antiguo se tornó viejo. Alicaído y decadente, ya sólo aspira a subsistir, a que le perdonen la vida, alabando al Otro y lo extraño. 

Mirándose al espejo cada mañana, no se reconoce ni se estima, ni siquiera se adecenta.


viernes, 15 de julio de 2016

‘CUBRIR’ LA INFORMACIÓN, VIOLENCIA Y TERRORISMO



El asunto es todo un clásico en teoría de la comunicación, ética del periodismo y teoría política, entre otras especialidades, a saber: el debate sobre la conveniencia o no de dar completa y puntual cobertura informativa de los atentados terroristas.
La disputa sobre si cubrir determinada información, especialmente sensible, envolviéndola con un velo de recato y miramiento (que no de ignorancia), o, por el contrario, develándola íntegramente a través de imágenes, informes y reportajes que pongan «al desnudo» la verdad del asunto, vuelve con regularidad una y otra vez, cual nube negra de los estorninos que cubre las alamedas urbanas cada final de verano. A la complejidad, y aun al dramatismo, de la cuestión se suma la ambigüedad del lenguaje. En el idioma español llamamos «cubrir» a la acción de poner un objeto encima de otro a fin de ocultarlo o resguardarlo, pero también de satisfacerlo (o violentarlo). En este segundo caso, se dice de un sujeto que «cubre» a otro (u otra) en el sentido de que lo (o la) monta o acaballa. En el lenguaje de la información, el acto de «cubrir» alude, por lo general —aunque no exclusivamente—, a la tarea del reportero destacado en el frente bélico, que mimetizando su labor a la estrictamente militar, marca un objetivo como primer paso para tomarlo. […]
Mucho ojo, pues, con quienes tienen el gusto de cubrir la información sin freno ni contención. No me refiero ahora sólo a los denominados «reporteros sin fronteras» y sin remilgos, esos profesionales de los medios de comunicación que simbolizan en su oficio, sine ira et studio, la nueva era de la globalización. Llamo la atención sobre el proceder de aquellas cadenas de televisión y radio, agencias de prensa y periódicos, rotativas y tiovivos, que no ponen coto a la persecución de noticias y titulares de impacto. Señalo a aquellos medios que pretendiendo investigar y revelar al público lo que pasa fuera para convertirlo así en noticia y dominio público, remueven, destapan y hasta profanan lo que debiera mantenerse dentro de la integridad, honorabilidad y reserva de los verdaderos propietarios del suceso. Apunto también, en fin, a los inmoderados exhibicionistas en las redes sociales, obsesos con poco seso en el quehacer de mostrar y mostrarse, dar la nota y llamar la atención.

Ocurre que no todo lo que es dado descubrir o destapar puede ni debe ser poseído por el primero que pase. Que no todo lo que puede saberse debe ser sabido por todos. Que no toda pieza en disposición de conquista debe ser ganada en todo momento o a cualquier precio.
En las sociedades abiertas, la libertad de información constituye un bien que hay que proteger, pero también resguardar de quien aspira a someterlas. Una sociedad libre y abierta, pero demasiado expedita, pasa a transformarse fácilmente en un artefacto de descaro y una máquina de producir impudicia. A fin de mantener las formas, conservar las buenas costumbres y asegurar la eficiencia, debe aprenderse a guardar las distancias y salvar las apariencias, de modo que la hospitalidad y la accesibilidad no sean interpretadas como insensata dilapidación y gratuita penetrabilidad. No confundir liberalismo y liberatorio con liberalidad y libelo. No es cuestión de contentarse con lo que hay, pero sí de aprender a contenerse, para que lo que en verdad tenemos no se malogre.

Imagen promocional del film Nightcrawler (2014. Dan Gilroy)


Fragmento del capítulo 6.1. «Vanidades en la hoguera» (6. Espectáculo y devastación) del libro Cine,espectáculo y 11-S (2012).

martes, 12 de julio de 2016

ERASMO DE ROTTERDAM ENCUENTRA LA PAZ EN BASILEA


A la ciudad de Basilea (Suiza) acudió un día Erasmo de Rotterdam en busca de paz y neutralidad. Aquí fijó su postrera residencia, huyendo de las controversias reformadoras y las querellas universitarias. En ese momento, en este lugar, sentó un precedente, una seña de identidad que consolidó una tradición de largo futuro. Entre estas murallas escribió y editó gran parte de su obra, en un noble gesto que honra a la ciudad. Semejante fidelidad llegó hasta el punto de exhalar su último aliento en este nicho de Europa. Si alcanzar la paz perpetua es el morir, la larga sombra de la muerte de Erasmo marca el sendero más neutral que imaginarse pueda, aquel que todo lo neutraliza e iguala, pues no hace distingos ni defiende banderías.


Erasmo resistió los reclamos de emperadores y reyes de la época, las bravuconadas y desafíos de Martin Lutero. Ignoró, mientras pudo, los mediocres pulsos con los que los académicos le desafiaban. En Basilea, en este Innisfree suizo, buscó paz nuestro hombre tranquilo. Pero, su salud débil y quebradiza no resistió el llamado último, fechado en el día 12 de julio de 1536. Aquí descansan los restos de un cuerpo frágil, necesitado en vida de sólidas pellizas de cuello de armiño para entrar en calor. El cuerpo endeble, como una caña que piensa, acogió un espíritu de gigante, un cuerpo que recorre gran parte de la Europa geográfica levantando la Europa espiritual. Este cuerpo diplomático, de doctrina, hace su última parada en Basilea. Su tumba, con el correspondiente epitafio en la antigua catedral Münster, lo recuerda para la posteridad. Vale la pena visitar el templo, y su amplio entorno con vistas, aunque sólo sea para rendir homenaje al gran humanista que hizo mucho por hacer de esta ciudad la ciudad del humanismo.


Fragmento del capítulo X. 1 «Basilea de las fuentes», incluido en el libro El alma de las ciudades. Relatos de viajes y estancias (Amazon-Kindle, 2015), donde el lector encontrará más detallada noticia sobre este asunto.


viernes, 24 de junio de 2016

ACTUALIDAD DEL «EPÍLOGO PARA INGLESES» (1938) DE JOSÉ ORTEGA Y GASSET


«Durante los últimos tiempos, han fallado tantas cosas, que, por inercia mental, se tiende a dudar de todo, hasta de Inglaterra. […]

»la originalidad extrema del pueblo inglés radica en su manera de tomar el lado social o colectivo de la vida humana, en el modo como sabe ser una sociedad. […]

»Téngase presente que Inglaterra no es un pueblo de escritores, sino de comerciantes, de ingenieros y de hombres piadosos. Por eso supo forjarse una lengua y una elocución en que se trata principalmente de no decir lo que se dice, de insinuarlo más bien y como eludirlo. El inglés no ha venido al mundo para decirse, sino al contrario, para silenciarse. […]

»El hombre del Sur propende a ser gárrulo. Grecia, que nos educó, nos soltó las lenguas y nos hizo indiscretos a nativitate. El aticismo había triunfado sobre el laconismo, y para el ateniense vivir era hablar, decir, desgañitarse dando al viento en formas claras y eufónicas la más arcana intimidad. Por eso divinizaron el decir, el logos, al que atribuían mágica potencia, y la retórica acabó siendo para la civilización antigua lo que ha sido la física para nosotros en estos últimos siglos. Bajo esta disciplina, los pueblos románicos han forjado lenguas complicadas, pero deliciosas, de una sonoridad, una plasticidad y un garbo incomparables; lenguas hechas a fuerza de charlas sin fin — en ágora y plazuela, en estrado, taberna y tertulia. De aquí que nos sintamos azorados cuando, acercándonos a estos espléndidos ingleses, les oímos emitir la serie de leves maullidos displicentes en que su idioma consiste. […]

»Sobre todo esto se razona tranquilamente en las paginas inmediatas, sin excesiva presuntuosidad, pero con el entrañable deseo de colaborar con la reconstitución de Europa. […]»


***

El texto «Epílogo para ingleses», escrito por José Ortega y Gasset en «París y abril, 1938», fue añadido a partir de dicha fecha en las sucesivas ediciones del libro La rebelión de las masas (1930).