jueves, 21 de enero de 2016

LO MODERNO TRAS LO ANTIGUO


Curiosamente –aunque no casualmente–, es tal el poder de atracción, asimilación y absorción de lo moderno entre la gente que ha llegado a convertirse en una actitud común el calificar como «moderno» todo aquello que desea elogiarse respecto a una idea, una característica o un comportamiento pasados. De este modo, a no pocos analistas e intérpretes de la actualidad se les antoja afirmar, con neta arrogancia, que un escritor, un artista o un pensador antiguos exhiben una actitud muy «moderna» en el momento en que se advierte en sus trabajos algún rasgo que es juzgado correcto y positivo en el presente, esto es, desde la perspectiva del presente. Lo moderno vendría a representar así el valor y lo antiguo lo pasado.

Semejantes modos delatan, como mínimo, una sospechosa tendencia a la anacronía, cuando no al ávido determinismo, como dando a entender que si un autor clásico se expresa, por ejemplo, en primera persona o emplea la elipsis a modo de formas estilísticas, resulta ser entonces «muy moderno», en la medida en que con ello se anticipa a lo que un periodo posterior será tomado como elemento cultural característico y hasta ejemplar.

En realidad, ocurre justamente lo contrario: aquello juzgado como «moderno» es muchas veces actual y efectivo porque ya los antiguos fueron capaces de vislumbrarlo, poseerlo y mostrarlo en su momento.


Lo justo y razonable sería afirmar, en consecuencia, que a veces los modernos resultan «muy antiguos», al menos cuando recurren a usos y modos empleados antaño de manera provechosa, siendo tan válidos y fructíferos hoy como ayer. No otro sentido posee el concepto «clásico», éste sí tolerado por modernos y postmodernos, aun con inocultable reserva y prevención.

Fragmento del artículo Una ética clásica y muy siglo XXI (1) publicado en la revista El Catoblepas

sábado, 28 de noviembre de 2015

ENTREVISTA 'DOS VECES BUENO' EN REVISTA 'WADI-AS'

Reproduzco a continuación la entrevista realiza por Encarni Pérez al autor del libro Dos veces bueno. Breviario de aforismos y apuntamientos (Evohé, 2015) en el número del 28 de noviembre al 4 de diciembre de la revista WADI-AS.



Descargar imagen aquí.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

CENA CON ADAM SMITH Y ACCIÓN DE GRACIAS


Acerca de a quién dar gracias por la acción de cenar todos los días del año.


«el hombre reclama en la mayor parte de las circunstancias la ayuda de sus semejantes y en vano puede esperarla sólo de su benevolencia. La conseguirá con mayor seguridad interesando en su favor el egoísmo de los otros y haciéndoles ver que es ventajoso para ellos hacer lo que les pide. Quien propone a otro un trato le está haciendo una de esas proposiciones. Dame lo que necesito y tendrás lo que deseas, es el sentido de cualquier clase de oferta, y así obtenemos de los demás la mayor parte de los servicios que necesitamos.

»No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo; ni les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas. Sólo el mendigo depende principalmente de la benevolencia de sus conciudadanos; pero no en absoluto.

»Es cierto que la caridad de gentes bien dispuestas le suministra la subsistencia completa; pero, aunque esta condición altruista le procure todo lo necesario, la caridad no satisface sus deseos en la medida en que la necesidad se presenta: la mayor parte de sus necesidades eventuales se remedian de la misma manera que las de otras personas, por trato, cambio o compra.

»Con el dinero que recibe compra comida, cambia la ropa vieja que se le da por otros vestidos viejos también, pero que le vienen mejor, o los entrega a cambio de albergue, alimentos o moneda, cuando así lo necesita. De la misma manera que recibimos la mayor parte de los servicios mutuos que necesitamos, por convenio, trueque o compra, es esa misma inclinación a la permuta la causa originaria de la división del trabajo.»

Adam Smith, La riqueza de las naciones



domingo, 22 de noviembre de 2015

SOLO NIETZSCHE


— ¡elegid la soledad buena, la soledad libre, traviesa y ligera, la cual os otorga también derecho a continuar buenos en algún sentido!

Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal



«La soledad de uno es la huida propia del enfermo; la soledad de otro, la huida de los enfermos.

 ¡Que me oigan crujir y sollozar, a causa del frío del invierno, todos esos pobres y bizcos bribones que me rodean! Con tales suspiros y crujidos huyo incluso de sus cuartos caldeados.

  Que me compadezcan y sollocen conmigo a causa de mis sabañones: «¡En el hielo del conocimiento él nos helará incluso a nosotros!» así se lamentan.

  Entretanto yo corro con pies calientes de un lado para otro en mi monte de los olivos: en el rincón soleado de mi monte de los olivos yo canto y me burlo de toda compasión.»


 Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra


sábado, 10 de octubre de 2015

E-BOOK NON OLET (NI PUEDE MASTICARSE)


Como yo leo bastante, con el e-book me libro de llevar mucho peso y, de paso, organizo mejor mis lecturas. El problema para algunos es que no huele… El hecho de que el libro electrónico resulte además menos caro que el libro en papel no representa un problema para los lectores a una nariz pegados. Será por dinero…, dijo el orgullo al pobre. Y entiéndase esta consideración no sólo aplicable a la novela El perfume de Patrick Süskind.

Relata Suetonio en De Vita Caesarum VIII, 23, 3 que el emperador Vespasiano (69–79 d.C.) tuvo a bien imponer una tasa sobre las letrinas de Roma, cuyos residuos eran recogidos en la Cloaca Máxima, la red urbana de alcantarillado, que, a pesar del nombre, canalizaba no sólo las aguas mayores sino también las menores. Cuando el hijo de Vespasiano, Tito, recriminó a su padre la práctica de sacar dinero de las letrinas, éste le dio a oler una moneda de oro y le preguntó si le molestaba su olor (sciscitans num odore offenderetur). Tito respondió que no (non olet), a cual replicó Vespasiano el célebre aserto: «Y, sin embargo, procede de la orina» (Atqui ex lotio est).


Hay quienes ponen los sentidos y los sentimientos por delante de criterios de racionalidad, utilidad y economía. También la apariencia sobre la realidad. El mundo vegetal prima en ellos sobre el mundo digital. En el reino de Oleo, la petunia gana sobre la pecunia en esta ley inversa de la evolución. Aunque me huelo, que sus habitantes no se tengan, en consecuencia, por contrarios al Progreso, sino todo lo contrario.



Pero hay más. Muchos que proclaman amar los libros emplean una voraz expresión para conocimiento público: yo devoro libros, eso dicen. Semejantes gargantúas del libro cabría denominarlos por su nombre: «bibliofagos». También de «insaciables», mas no de «consumidores», pues esto último les ofendería. Aunque pueda coincidir en un mismo individuo la condición de bibliófago y devoto del liber oloratus, en el primer caso en particular es muy comprensible su preferencia por el libro en papel en detrimento del electrónico, por ser la pulpa de celulosa masticable y el plástico, no; ni siquiera bebible el cristal liquido de las pantallas.

Libros para qué os quiero. Para hacer de la biblioteca una perfumería. Para comerte mejor.


miércoles, 9 de septiembre de 2015

DE HUELLAS Y ESTELAS



La propia insatisfacción lleva a comportarnos de las más curiosas maneras. Somos espectadores de nuestros actos: a veces, como agentes y, en ocasiones, como pacientes. Hacemos y padecemos todos nuestros momentos. Pero, ay, acabamos por sentirnos insatisfechos, porque sentirse satisfechos supone anunciar de alguna manera nuestro acabamiento.

El hombre brota en el mundo, hace su recorrido vital y no termina de hacerse. Termina siendo un ente inacabado entre muchos otros, sin completar del todo, que brilla fugazmente pero que ansía dejar una estela.

Hay huellas y hay estelas.

Las huellas son terrosas, de mayor o menor profundidad, más o menos extensas y de múltiples formas. Todas, no obstante, se hunden en la tierra, penetran el suelo, se estratifican y  pasan definitivamente a formar parte del sueño de la materia.

Las estelas, por el contrario, son sendas luminosas que se proyectan al cielo estrellado, aunque no deba confundirse con las estrellas. No profundizan, se elevan. Estelas hay de mayor o menor longitud y fulgor, pero siempre caminan en dirección astral. Aspiran a ascender hacia la cumbre cenital y disponer allí de la visión celeste. Suben y suben, pero no se borran, sino que van difuminando sus restos con sincopados ocultamientos que anuncian calladamente futuras reapariciones. Tampoco desaparecen del mapa, siembra espacial, esquirlas de desprendimiento corpóreo. Y es que las huellas o estelas son presencias muy terrenales.




Fragmento introductorio (revisado y actualizado) del capítulo VI «El tenue destello de la fama», incluido en mi libro Razones parala ética. Ensayos de ética autónoma y humanismo racional (Edicions Alfons El Magnànim – IVEI, Valencia, 1996).