miércoles, 30 de julio de 2014

FLORILEGIOS


«Para un extenso y muy ordinario segmento de opinión, un volumen misceláneo, una recopilación, una compilación o una antología no son propiamente un libro. En otras palabras, no serían más que un florilegio, dicho esto en sentido peyorativo, como quien dice floripondio o florón, artefacto rebuscado, objeto artificioso, falso. O lo que viene a ser lo mismo, tales ejercicios de la escritura no superarían el rango de refrito, un plato de lentejas recalentadas con el que algunos autores pretenden vender una mercancía de segunda mano, sin renunciar, no obstante, a tenerla por propia.

Allá ellos, quienes esto piensan o declaran, con sus sueños de paquidérmica totalidad y embelesada originalidad. Sépase, con todo, que "florilegio" es voz que remite, en su significado preciso, a obras escogidas, a selección, a opción selecta, recolectada por quien otro sembró o por uno mismo, en un momento anterior.


En cuanto a mí, estos melindrosos pruritos no desazonan ni escuecen mi sensibilidad ni mi criterio.»

Fragmento de mi artículo «Leer es un placer»,  revista El Catoblepas 
• número 71 • enero 2008 • página 7

domingo, 13 de julio de 2014

BREVE RELATO DEL POSMODERNISMO


¿Quién habla hoy del posmodernismo? ¿Quién toma en serio ese movimiento neo-contracultural de corte y deconstrucción, que logró acaparar la atención de tantos académicos y profesores de Europa y América, animado por numerosos medios de comunicación? ¿Qué ha sido de esta new fashion intelectual de las últimas décadas? El impulso y propósito que los propulsaba, más que fructuosos y constructivos, eran de naturaleza criticona y destructiva, presuntuosamente demoledores de la tradición, no importa cuál fuese. Llegó, no obstante, a adquirir una notable influencia en lo que queda del pensamiento, y tal vez por ello sí quepa reconocerle una hazaña: haber entorpecido, en su medida, la necesaria tarea de reconstrucción de la racionalidad en el ámbito de la filosofía y las ciencias sociales, sin la cual sobreviven como pueden y a duras penas.


El proyecto de deconstrucción contracultural en todos los ámbitos y de demolición de los fundamentos de lo real quedó simbolizado por uno de los buques insignia del posmodernismo: el «pensamiento débil». En el momento actual, ya no muestra apenas vigor y pujanza, lo que hace honor a la presumida «debilidad» de su talante y los objetivos que propugnaba. No hay aquí, pues, contradicción ni desilusión, ni podría haberla, y, de indicarse tal cosa, tampoco preocuparía a sus maestros y discípulos, o lo que queda de ellos. Esto es así por tratarse de un prontuario —el posmoderno— que ha negado precisamente la misma base doctrinal en el pensar. Siendo posmoderno, cualquiera podía ser generoso y dadivoso, altruista y caritativo, tirio y troyano, aunque liberal jamás, tampoco racional, al representar éstas unas actitudes muy mal vistas entre catedráticos innovadores, periodistas de salón, políticos del ramo y público acrítico en general. 


Constituida en una corriente de opinión que impugnaba el principio de realidad, mientras disimulaba la autorreferencia al principio del placer, en el curso del tiempo, se ha topado de pronto con la íntegra realidad. Y, en fin, de erigirse en una filosofía peculiar, desobediente de la lógica tradicional, que no quería oír hablar de principios de identidad, no contradicción y tercio excluso, la «condición posmoderna» ha descubierto, finalmente, por propia experiencia, el sentido del ser y, sobre todo, del no-ser. La sinrazón también crea monstruos que acaban por destruir a su «creador» (Dr. Frankenstein) y a sus propios hijos (Francisco de Goya). 

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Para definirse tan pragmático y tan débil, los posmodernos aspiraban a no dejar piedra sobre piedra en la cultura vigente. A fin de recordar que para este temporal intelectual, irreverente y caduco, nada debía ser tenido por sagrado, propongo en el presente texto rememorar las cavilaciones de Richard Rorty y Gianni Vattimo sobre El futuro de la religión, título de un libro compilado por Santiago Zabala (Paidós, Barcelona, 2006), cuyo subtitulo reza Solidaridad, caridad, ironía. No deja de ser irónico leer cómo pontificaban en este volumen sobre el futuro aquellos que no lo tendrían… 


Interpretación de interpretaciones, todo es Interpretación. Eso decían. El pensamiento «débil» y «posmoderno» constituyó un programa, en el fondo, muy ambicioso (residuo pos-revolucionario), que superaba con bastante habilidad cualquier crítica porque en sus dominios tampoco funcionaba el principio de falsación (Karl Popper), tal era su aversión por los principios en general. Simplemente, tenían explicación para todo, porque todo, según sostenían, es opinable. En la «Era de la Interpretación», que vendría a sustituir la «Era de la Fe» y la «Era de la Razón», la doxa ha substituido a la episteme en orden de legitimidad, quedando así constituida una especie de renovada teoría de los tres estadios (Auguste Comte), pero en versión antipositivista.


El plan general del posmodernismo, a través de sucesivas ediciones, consistía básicamente en promover travestimientos culturales de los modelos bajo sospecha, los cuales eran puestos en el punto de mira como próximas víctimas a desfigurar. El método era de lo más elemental: ponerse en el lugar de los modelos señalados y dejar a éstos en situación de stand by, descolocados, deslocalizados: quítate tú para ponerme yo. Tal proeza se conoce con el nombre de «empatía», una tendencia emocional supuestamente muy solidaria y caritativa, aunque carente por completo de ironía. 

La estrategia mencionada, aunque presumiblemente renovadora y rompedora, es muy antigua. Labora con vistas a introducirse (infiltrarse) en el interior de las estructuras tenidas por «decadentes» a fin de «darles la vuelta», por decirlo en términos marxistas o posmarxistas, y así adaptarlas, con nueva terminología e imagen, a los nuevos fines pretendidos. Los organismos, los movimientos y las instituciones que en el fondo se saben débiles (porque lo son), les conviene evitar el enfrentamiento directo, el cuerpo a cuerpo con el adversario superior. Otras tácticas más sinuosas cumplen la función sustitutoria, por ejemplo, la paciente labor de zapa que acaba minando las defensas y resistencias del fuerte; el envenenamiento intelectual, en pequeñas dosis, del adversario; la doblez, el engaño y la estafa; la contumacia y la tenacidad; la propaganda y la repetición. Con todo, el anhelo principal de la deconstrucción era la desmoralización del oponente (y, por extensión, de la sociedad toda), una nueva versión de la transvalorización de los valores (Friedrich Nietzsche) reducida a la versión pedestre, «débil» y desnaturalizada. 


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En la denominada «era posmetafísica», de cuyo ser y circunstancia sólo los muy entendidos podrían dar fe, la razón constituía un ídolo a derribar. Tal propósito era proclamado nada menos que en nombre de la racionalidad. Gianni Vattimo, por ejemplo, quien no es tan ingenuo como para rechazar la racionalidad en su conjunto, acepta —qué remedio— la «racionalidad hermenéutica», o sea, aquella que sitúa el debate en el terreno exclusivo de la interpretación, en el que no habría otros hechos que los lingüísticos (pág. 20). Y entiéndase tal desideratum, como un fatum, nunca como un factum.


Richard Rorty, quien no iba a ser menos, tampoco tiene nada en contra de la racionalidad, «si se identifica la racionalidad con el esfuerzo por lograr un consenso universal intersubjetivo y la verdad con el desenlace de tal esfuerzo» (pág. 58). Y lo que decimos de la razón y la racionalidad, valdría lo mismo para otros conceptos en proyecto de reconversión o de travestimiento cultural, a saber: «diálogo», «consenso», «interpretación», «universal», «nihilismo», «democracia» y, cómo no, «solidaridad, caridad, ironía», las nociones que aparecen seleccionadas en el subtítulo del libro referido. 


Resulta verdaderamente portentoso en este caso que semejante empresa —la «posmoderna»— haya tomado (en vano) a Nietzsche como uno de sus inspiradores, profetas y legitimadores. ¡Justamente Nietzsche, el filósofo que diseccionó con precisión de (capaz) cirujano la carnaza del resentimiento! O tal vez precisamente por eso mismo… He aquí una aplicación modélica del método de travestimiento que acabamos de señalar como característico del proceder posmoderno. La apropiación integral de la filosofía de Nietzsche fue, después de todo, poco más que un maquillaje, retoque y reajuste conceptual a base de unas pocas frases elegidas ad hoc, con el fin de componer un discurso interrumpido, y que se pretendía intempestivo, posrevolucionario, propio de la Nueva Era. Una vez armados los adagios según el guión sustitutorio, eran colgados (como una inocentada) en la espalda del solitario de Sils-Maria para que cargase así con la cruz de la «posmodernidad». Nietzsche: ecce homo


En realidad, la promoción urbi et orbe de un «Nietzsche posmoderno» (se hizo también con muchísimos otros autores clásicos) fue posible merced a las particulares (y muy opinables) interpretaciones de la obra del filósofo alemán llevadas a cabo, entre otros, primero por Gilles Deleuze y Michel Foucault y, posteriormente, por Jacques Derrida y Gianni Vattimo, al frente de la fratría posmoderna. No entraré ahora en disputas sobre citas, verdades por correspondencia (¡a ver quién lleva «razón»!) y vídeos delatores. Porque el caso, afortunadamente, está cerrado. 




Me limito en este punto a poner de manifiesto la impertinencia de determinados juegos de lenguaje a cuenta de un autor —Friedrich Nietzsche—, quien, maestro del aforismo, fue convertido indistintamente en guía del nazismo, en feroz antisemita, en líder del situacionismo, en ideólogo del anarcosindicalismo o en adalid del «posmodernismo», y a menudo con sucesión de continuidad. Ocurría una circunstancia u otra, o todas a la vez, según se le antojase al interpretador de turno, sólo con rescatar determinados aforismos de los cientos que escribió el filósofo nacido en Röcken, ciertamente, algunos de ellos muy apetecibles para toda clase faenas de interpretación (recuérdese, empero, la cantidad de literatura garabateada alrededor de la célebre expresión «bestia rubia», una más de las que dejó escrita en La genealogía de la moral).

Si no hay miramientos a la hora de hacer de Nietzsche el paladín del nihilismo y el «pensamiento débil», entonces, ¿cómo puede extrañar que Rorty y Vattimo dudasen a la hora de reconvertir, travestir o, mejor, deslocalizar a Dios, arremetiendo sin contemplaciones contra el «fundamentalismo» en la religión cristiana, pero sólo en la religión cristiana, como si el «fundamentalismo cristiano» fuese tema de actualidad y el más preocupante de los fundamentalismos realmente existentes? He aquí el asunto central del libro El futuro de la religión, o cómo hacer pasar al cristianismo por la trituradora del «pensamiento débil» y convertirlo en ariete (y al mismo tiempo víctima) del proyecto deconstruccionista**.

Resumamos, en pocos pasos, el plan propuesto allí:

1. Hacer del anterior Creador del mundo, simplemente, coherentemente, un «Dios débil», cuya justificación se limita a la cita de algunos versículos, convenientemente escogidos. Por ejemplo, este de San Pablo: «Cuando soy débil es cuando más fuerte soy» (Corintios, 12, 10). 

2. Dios, en la religión del futuro, ya no estará en los Cielos, sino deslocalizado. En la «condición posmoderna», Dios ve disminuir su potencia, o voluntad de poder, hasta un nivel humano, pero acaso demasiado humano, hasta el punto de —en un arrebato de democratismo e igualitarismo atrevidísimo— ser convertido en un ciudadano más, un compañero, un colega, un «amigo», siempre en igualdad de derechos y deberes que los demás. Nietzsche, sin duda, trataba a los dioses con bastante más respeto que sus presumidos interpretadores. 

3El cristianismo que lo es de «verdad» (no de la manera «dogmática», «sustancial» o «metafísica»), encabeza en la «Era de la Interpretación» las reivindicaciones más new age. En esta nueva misión, abandona arcaicos y superados objetivos (el misionero y el evangelizador, por ejemplo: «La religión no metafísica es también una religiosidad no misionera», pág. 100), para pasar a asumir con fervor, y aun a preconizar, el matrimonio de homosexuales, la eutanasia, la fecundación in vitro, el uso liberador de los preservativos, el sacerdocio femenino y todo lo que sea menester con tal de situarse más allá del bien y del mal, y aun más allá del ateísmo y el teísmo. 

4El futuro de la religión, según Rorty y Vattimo, pasa por legitimar el expediente debilitador de la cultura cargándolo a la cuenta del propio cristianismo. Es el mensaje cristiano, se dice, el que niega el «principio de realidad» cuando, en boca, otra vez, de Pablo, declara: «Muerte, ¿dónde está tu victoria?» (Corintios, 15, 54-55), y el mismo que bendice la ética del diálogo y la conversación sin límites como fuente de entendimiento, consenso y verdad pragmática, por ejemplo, por medio de esta prédica: «Cuando dos o más estén reunidos en mi nombre, yo estaré con ellos» (Mateo, 18, 20). 

Pues bien, diríase que Rorty y Vattimo se han reunido (o conjurado) en nombre del Dios débil y posmoderno al objeto de decidir acerca de su jubiloso futuro, que no es otro que la jubilación... Y debemos suponer, además, que Él estuvo allí con ambos filósofos (remedo sacrílego de la Santa Trinidad), certificando con su presencia y amparo la deconstrucción del cristianismo. Tal vez por eso dicen lo que dicen con tanta desenvoltura y frescura, porque dan por descontado que gracias al espíritu evangélico siempre serán disculpados o compadecidos: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.» (Lucas, 23, 33-34). Ni lo que dicen.

NOTAS

* Versión corregida y adaptada a los nuevos tiempos de mi texto «Cristianismo deconstruido», recensión del libro de Richard Rorty y Gianni Vattimo, El futuro de la religión. Solidaridad, Caridad. Ironía, Paidós, Barcelona, 2006, publicado en Anthropos. Revista, nº 217, «Especial Gianno Vattimo. Hemeneusis e historicidad», Barcelona, 2008, págs. 194-196.

** Siguiendo con este proyecto, Vattimo ha seguido publicando nuevos libros, entre los que pueden citase: Verdad o fe débil. Diálogo sobre cristianismo y relativismo (2006); Después de la muerte de Dios. Conversaciones sobre religión, política y cultura (2007); ¿Ateos o creyentes?: Conversaciones sobre filosofía, política, ética y ciencias (Contextos), en colaboración con Michel Onfray (2009); Dios: la posibilidad buena: Un coloquio en el umbral entre filosofía y teología, en colaboración con Carmelo Dotolo, Giovanni Giorgio y Antoni Martínez Riu2013)»

*** La presente versión del artículo ha sido publicada, con el título de, «¿Qué ha sido del posmodernismo y su delirio deconstructor  e iconoclasta?», en PortVitoriaThe Magazine of the Hispanic and Lusophone Communities. Issue 9. Jul - Dec 2014.

jueves, 29 de mayo de 2014

'EUROPA EN RUINAS' de HANS MAGNUS ENZENSBERGER

Europa en ruinas 
En el año 1990, Hans Magnus Enzensberger edita Europa en ruinas (Europa in ruinen. Augenzeugenberichte aus den Jahren 1944-1948), libro que selecciona, compila e introduce una serie de crónicas periodísticas escritas tanto por reporteros de periódicos cuanto por escritores que, recorriendo algunos lugares de Europa durante el final de la Segunda Guerra Mundial y la inmediata posguerra, ofrecieron a los lectores de prensa de la época (1944-1948) una descripción directa y palmaria de lo visto y oído en lo que había quedado del Viejo Continente. Duros y crudos documentos que permiten disponer también a quienes posteriormente se han acercado a ellos de la viva descripción de un continente devastado y moribundo. Si bien varios textos allí incluidos ya han conocido versión en español, contenidos en libros correspondientes a los autores respectivos, es en 2013 cuando el volumen tal y como fue concebido por Enzensberger, ha sido editado, finalmente, en nuestra lengua.
Repárese en el registro de la primera edición: Alemania, año 1990. Acaba de consumarse la reunificación alemana. El lugar y la fecha no pueden ser más significativos. Enzensberger, que coloca la integridad por delante de la nacionalidad, propone al lector echar una mirada hacia atrás en un presente continuo que acaso sólo piensa en el futuro, lo cual sería «políticamente correcto», pero moralmente bastante ligero y políticamente muy incierto. No es posible conservar la memoria y la dignidad, desconociendo o relativizando la ira, la infamia y el horror que recorrieron Europa durante su primera mitad hasta el punto de convertirla en una masa de escombros y una pila de millones de cadáveres. Una catástrofe que no cabe entender como accidental calamidad, cual si se tratase de un terremoto o cualquier otro siniestro desatado por las fuerzas de la naturaleza. La tragedia que referimos tiene carnet de identidad y denominación de origen, causas con nombres y apellidos propios, rostros humanos descompuestos, pero reconocibles.
Berlin, 1945
Alemania no fue la única culpable de aquella atrocidad, pero sí la principal responsable de la misma. Un pueblo (Volk) con antecedentes y actitud reincidente, que además pierde (otra vez) la guerra. En 1945, el totalitarismo nazi fue derrotado por las fuerzas aliadas. Ahora —esto es, en 1990— tras la caída del Muro de Berlín, que simbolizaba el derrumbe del totalitarismo comunista, las autoridades políticas alemanas habían encontrado la ocasión propicia para cerrar página y volver a la situación territorial y fronteriza anterior. Pero, ¿cuál es ésta…? Y, sea cual fuere, ¿será esta vez la definitiva, la dada finalmente por aceptable?
Adviértase, asimismo, otra circunstancia relevante: la edición española, 2013 (Capitán Swing), coincide en el tiempo con la abrumadora hegemonía evidenciada por Alemania (independientemente del partido gobernante) en la denominada «Unión Europea». Después de todo, de país derrotado ha llegado a erigirse en potencia dominante. ¿Es esto la pax europea? ¿Tiene Europa futuro? Y, en tal caso, ¿puede o debe avanzar al precio de borrar el pasado?

«Nadie se atrevía a creer que aquel continente arrasado pudiera tener aún un futuro ante sí. En lo que se refería a Europa, la historia parecía haber llegado a su fin con un abrumador acto de autodestrucción que los alemanes habían urdido y llevado a cabo con obstinada energía» (pág. 15)

¿Ha aprendido Europa —Alemania, muy en particular— la lección de la historia? Aunque, bien pensado: ¿es esto posible? La historia, arte de la recapitulación, petrifica el pasado irremediablemente, con tendencia a condensarse en fría sucesión de informes y con inclinación muy profesional a explicar a menudo lo inexplicable. Los libros de memorias, por su parte, ofrecen bastantes muestras de subjetividad, cuando no de autojustificación. Los documentales y películas sobre la guerra y la devastación, combinando frecuentemente imágenes reales con otras de ficción, se les antojan a muchos espectadores una variante del mero espectáculo y el reality show. En suma, a gran parte de la opinión pública —incluso, la más sensibilizada—, el Holocausto judío y la catástrofe general que lo envolvió, en el fondo, les parece algo increíble.
Pero lo más serio de este asunto es que cuando se habla de la reconstrucción europea como un renacer de las cenizas y un volver a empezar, es imposible no percibir en dicha declaración una resonancia inquietante y aun un eco amenazador.
¿Cómo hacerse cargo, entonces, de la terrible herencia recibida? ¿Cómo soportar el peso del pasado? Porque estamos hablando, debo insistir, no de una simple desgracia ni sólo de ruina y destrucción contables en términos de miles de ciudades arrasadas y millones de personas aniquiladas. Estamos poniendo sobre la mesa de la historia un cataclismo político, social y moral, cuya reparación no se satisface ni concluye con aportaciones económicas a cargo de los presupuestos de los Estados, ni su restablecimiento es resultado de pomposas declaraciones de intenciones.

«Al final de la Segunda Guerra Mundial, Europa no era solo materialmente un montón de ruinas; también su bancarrota política y moral era absoluta.» (págs. 14 y 15).

 Hans Magnus Enzensberger
[Hans Magnus Enzensberger]
Lo sucedido en los años 30 y 40 del siglo XX en Europa nos remite a espacios y tiempos que cabía considerar muy alejados de ella: el Tercer Mundo y la Edad Media. Pero, sólo en apariencia. Enzensberger menciona en la Introducción situaciones lacerantes habituales en Luanda, Beirut, El Salvador, Sri Lanka. Crónicas, afirma el escritor alemán, que podemos leer a diario durante el desayuno. Pues bien, hechos semejantes —y aún peores— tuvieron lugar por entonces en Roma, Frankfurt am Main, Berlín o Atenas, en la civilizada y arrogante Europa, tan habituada a dar lecciones al mundo entero de gentilidad y alta cultura. Matanzas y torturas indiscriminadas, crueldades indecibles, hambre y miseria generalizada, familias hacinadas sobreviviendo en sótanos durante años, buscando el sustento por medio del estraperlo, la prostitución, el robo, el fraude, en la basura. Todo esto fue moneda corriente durante años de encanallamiento, perversión y corrupción en Europa. Algo equiparable a una nueva Peste Negra medieval en versión parda.
He aquí una realidad tan dura, tan atroz, tan difícil de encajar y asumir —literalmente, tan siniestra— que tiende a ser suavizada y debilitada, en el mejor de los casos, para hacerla más soportable. A fin de no perder credibilidad ni perspectiva es oportuno, entonces, acudir a cronistas, testigos oculares, de los hechos para poder ser narrados del modo más abierto, desnudo e inmediato posible. Este es el principal interés del presente volumen, al margen del valor documental y a menudo también literario, de los textos agrupados en Europa en ruinas:
«Las impresiones más lúcidas nos han llegado de la mano de los autores que siguieron a los ejércitos vencedores de los Aliados. Entre ellos destacan los mejores reporteros de América, periodistas como Janet Flanner y Martha Gellhorn y escritores como Edmund Wilson y Norman Lewis, que no tenían a menos trabajar para la prensa. Todos ellos se sitúan en la gran tradición anglosajona del reportaje literario, que no tiene parangón alguno hasta hoy entre los europeos continentales. A esto se añaden fuentes que se deben más bien al azar, como el informe interno de un redactor americano que trabajaba para los servicios secretos estadounidenses, o los apuntes de emigrantes que intentaron retornar al Viejo Mundo. Más tarde también se pusieron en camino autores de países que se habían librado de la guerra, como el suizo Max Frisch y el novelista sueco Stig Dagerman.» (pág. 20)
Leemos en estas páginas retratos en carne viva de unas sociedades europeas desahuciadas, deshumanizadas. Cada uno escrito con el estilo y la calidad propios de quien las firma, mantienen en su conjunto más de un elemento en común: prescinden de hacer propaganda —y aun denuncia— del panorama reinante, así como obvian cualquier género de sentimentalismo en la narración, no importa el horror descrito. Sus autores se limitan a hacer su trabajo, que no es otro que levantar acta de aquello que han escuchado y visto. 

A veces, no pueden reprimir un comentario irónico o una leve y contenida mordacidad; por ejemplo, cuando las declaraciones de la mayor parte de los alemanes —ellos no son nazis y no sabían lo que estaba ocurriendo— o cuando el lamento proferido es a causa de los bombardeos de los aliados y por las desdichas que están padeciendo; o cuando recuerdan, amenazadores y orgullosos, a los aliados triunfantes que sin la intervención de ellos mismos no va a ser posible reconstrucción; o cuando insisten en que si han perdido la guerra ha sido más que nada por la superioridad militar y técnica de las fuerzas aliadas. No hay palabras de perdón, sensación de vergüenza, amago de arrepentimiento. Sólo prisa y ansiedad por volver a la normalidad cotidiana, a la recuperación económica, por acabar con las cartillas de racionamiento y la ocupación militar. Un ansia no aplacada de volver a lo de antes.


domingo, 18 de mayo de 2014

NO HACER DE LA «ZONA CERO» EN MANHATTAN UNA FOSA COMÚN


Un grupo de familiares de los fallecidos ha llevado a cabo una protesta durante el traslado ya que se han colocado mordazas para simbolizar que sus opiniones no se han tenido en cuenta a lo largo del proceso.
"Nunca se nos dio la oportunidad de decir que no los queríamos en un museo. De hecho, nunca supimos sobre los planes", ha dicho a la televisión local NY1 Rosaleen Tallon, que perdió a un hermano en los ataques.
Llene Walsh, madre de un fallecido, ha criticado que no se haya consultado a las familias y que los restos de las víctimas vayan a quedar escondidos bajo tierra, en un área que según algunos familiares podría además sufrir inundaciones.
A la zona sólo podrán acceder familiares y médicos forenses, que confían en seguir identificando fallecidos poco a poco.
Los restos sin asignar corresponden a más de mil personas.
Del total de 2.753 víctimas mortales de los atentados, un 41 por ciento continúan sin haber sido identificadas.
El monumento que recuerda a los fallecidos en la zona donde se encontraban las torres gemelas del World Trade Center se abrió en el año 2011 y ha sido visitado desde entonces por millones de personas.»

No diré eso de «ya os lo advertí», porque queda feo y resulta petulante. Pero, lo cierto es que lo he dejado dicho por escrito:

«Las autoridades norteamericanas impidieron que, desde el primer momento, el 11-S fuese tomado al asalto por las cámaras indiscretas y los lápices afilados. No pudo evitarse el primer ataque. Se trata ahora de hacer todo lo posible para evitar nuevas irrupciones y asaltos. Las cadenas de televisión rebobinan una y mil veces la embestida de los aviones contra los rascacielos y sus imágenes son reproducidas por doquier. Pero hay que hacer lo que está en nuestra mano para no dar carnaza gratis al tiburón. Tras los atentados del 7-J en Londres, las autoridades británicas declararon el “apagón informativo”. ¿Qué es esto? Muy sencillo: Londres no es el Madrid del 11-M, donde  la muerte y el linchamiento político fueron emitidos en directo por la televisión.
Maneras distintas de conducirse ante un mismo problema. Las democracias liberales de larga tradición, como el Reino Unido —o que han aprendido rápido, como los Estados Unidos—, no tienen nada que demostrar. En las épocas más duras del terrorismo del IRA contra intereses y objetivos (targets) británicos, mientras publicistas, intelectuales y artistas recogían fondos destinados a la «causa republicana», medios de comunicación ingleses, incluida la muy diletante BBC, acordaban no dar imágenes de dirigentes del Sinn Fein ni dar cobertura a sus mensajes. No duró mucho el silenciador mediático, pero constituyó un precedente muy respetable.
Al otro lado del océano Atlántico, la Zona Cero en Nueva York y el Pentágono en Washington se miran pero no se tocan. Son declaradas zonas protegidas, reservadas para el homenaje y el duelo. En el país del merchandising y del libre mercado por excelencia, la autorregulación se impone sobre el intervencionismo salvaje. Ocurre que no todo en Nueva York lo cubre The New York Times con su manto de influencia. 
En junio de 2005, visité el Ground Zero de Manhattan. En el sur la isla todavía quedan sin cerrar las heridas y el socavón. La gran tumba sigue abierta. Miles de americanos y extranjeros visitan este espacio devastado con la única clase de actitudes permisibles en este espacio sagrado, a saber: el respeto y el recogimiento. También la oración, pero jamás la ovación.
Pude observar que en esta zona reservada al duelo, no existe la menor concesión al espectáculo, el compadreo y el negocio. No hay en este punto crítico puestos de souvenirs, de comida rápida ni otras gaitas. Están próximos, sí, pero a distancia. En el corazón herido de la Gran Manzana se ha creado un cinturón, un cordón de cordura, un arco riguroso más de seguridad que de recato y reverencia, no impuesto por los agentes del orden sino por la restricción y la circunspección de los individuos respetuosos.»

Fragmento de mi ensayo Cine, espectáculo y 11-S (Amazon-Kindle, 2012).

lunes, 5 de mayo de 2014

'ENTRE BRUMAS' de JUAN GRANADOS


El subtítulo del último libro publicado hasta la fecha por Juan Granados, Entre brumas (Espacio Cultura, 2014), reza «Obra breve». Libro breve, en verdad, por lo conciso de los escritos aquí reunidos; por estar ceñido y autolimitado a asuntos varios que el autor indaga y refiere con mano experta; por lo compendioso de su contenido, reunión selecta de textos muy bien avenidos. Bienvenidos sean.

Breve obra, mas de ninguna manera precaria ni perecedera. No importa que algunos de los textos hayan sido concebidos para ser difundidos, en primera instancia, en prensa, diarios o periódicos. De hecho, si frecuentasen artículos, columnas y notas de esta categoría las páginas de los medios, deberían ser denominados sin reserva ni genérica retórica, sensu stricto, «medios de comunicación», y no, en el mejor de los casos, de mera información. Hallamos, asimismo, en el interior del volumen apuntes, comentarios y glosas, por lo general, a propósito de textos y testimonios determinados, mas no referencias cualesquiera. Coronando ciertos y acertados capítulos, las citas se me antojan encuentros con distinguidos escritores— Paul Auster, Cesare Pavese, J. L. Borges, Antonio Escohotado, Platón, Baruch de Spinoza, Woody Allen… —, quienes amablemente hacen las presentaciones para conocernos mejor... Entre brumas se completa, además, con una sección de «Cuentos», en los que brilla el relato y vuela la parábola.

Si breve se percibe la obra en curso, en número de páginas, en formato, largo es, sin embargo, el aliento que lo anima; extensos y profundos son los senderos que labra; anchurosos y desahogados, los horizontes que ofrece a la mirada y el entendimiento del lector. Una circunstancia —tan rara como difícil de encontrar— sólo reconocible en el pensamiento iluminador y discreto, en el que lo particular y lo universal convergen sin apreturas ni empellones, sin coces ni codazos. Lo mismo que acontece también en la alta literatura, donde el sentido y la sensibilidad confluyen, sea a cuenta de una pequeña anécdota, sea a cuento de episodios históricos, tan queridos y sabidos éstos por Juan Granados, pulcro escritor forjado en el conocimiento de las ciencias sociales, competente historiador de elegante escritura, quien, en cualquier caso, y acometa la empresa literaria que fuere, no confunde la miscelánea con la mixtura, el refinado cóctel con el batiburrillo, el surtido escogido con el forraje, las páginas bellamente escritas con la hojarasca y el follaje.

Libro escueto, sigue la estela de la mejor escuela de literatura y pensamiento español, moldeada con primor por el ensayo, el aforismo, las epístolas, los epigramas, el artículo periodístico, de rica raigambre en nuestras Letras. Por las citas y referencias directas, según ha sido dicho, lo reconoceréis, pero también por el estilo del autor, que domina con análoga destreza las frases largas que los juicios justos y medidos.

Libro breve y preciso, con voluntad de comprensión y contacto con el lector, para ser leído sin prisas y con la mente abierta. Porque sus palabras nos hablan de lo divino y lo humano, de la Historia y de historias singulares, de paisajes y paisanajes, de tradiciones y valores que cabe conservar y amparar, sea la celebración de la Navidad, nuestro pasado y presente como nación española, la amistad y la lealtad, la riqueza y la prosperidad (ejemplar texto el dedicado a la Escuela de Salamanca en el contexto de la «decadencia del 1600»), el viaje y la aventura, sea el amor, siempre el amor... 

En suma, entre brumas, escribir y hablar de la vida, para un escritor, es el mejor argumento a partir del cual trazar un estimulante sendero de palabras luminosas. He aquí un perfecto ejemplo de ello.



Juan Antonio Granados Loureda (A Coruña, 1961) se licenció en historia moderna en la Universidad Compostelana en 1984, ampliando luego estudios de doctorado en Madrid y obteniendo la especialidad en historia económica en el Istituto Internazionale Francesco Datini de Prato (Florencia). Su labor investigadora se ha centrado en el estudio de los intendentes españoles del siglo XVIII y últimamente en su relación con el desarrollo de la construcción naval en ese período, fruto de ello han sido un buen número de artículos y colaboraciones que han visto la luz a lo largo de estos años.

Paralelamente es catedrático de historia e Inspector de educación.  Trabajo que compatibiliza con una constante tarea publicística que desenvuelve en diferentes frentes, tanto con la publicación de críticas artísticas y artículos de carácter profesional, como en sus frecuentes colaboraciones en obras individuales y colectivas de índole histórica, donde podemos destacar los libros Historia de Ferrol(1998), Historia Contemporánea de España o Historia de Galicia (1999).
Colaboró desde 2002 a 2009 con artículos de opinión en el suplemento dominical del diario El Correo Gallego, publicados en su columna: «El barril de amontillado». Iniciando en 2010 una nueva columna semanal, por nombre «Entre brumas»,  en la sección de Galicia del diario ABC.

Desde que en 2003 publica en la editorial EDHASA la novela histórica Sartine y el caballero del punto fijo, centra sus miras en la literatura. En 2006, ha publicado en la misma editorial El Gran Capitán, su segunda novela. En 2010 ha publicado, nuevamente en Edhasa, Sartine y la guerra de los guaraníes,  segunda parte de las aventuras de Nicolás Sartine y la versión en pocket de “El Gran Capitán”, además de una Breve historia de los Borbones españoles” para la editorial Nowtilus. En 2013 ha publicado, también con Nowtilus, Breve Historia de Napoleón .Y con la editorial Punto de vista, también en 2013,  el ebook: España, el Antiguo Régimen y el siglo XIX. En 2014 ha publicado con la editorial Espacio Cultura Editores el libro de narrativa breve «Entre Brumas».

Es miembro del consejo de redacción y autor en la web Anatomía de la Historia y desde julio de 2011 es director de la Revista Galega do Ensino (EDUGA)

sábado, 14 de diciembre de 2013

TAMBIÉN ACERCA DE DERECHOS, MENOS ES MÁS


En fechas recientes, se ha hecho pública una iniciativa promovida por la asociación internacional de escritores denominada Writers Against Mass Surveillance (Escritores Contra la Vigilancia de Masas), cuyo contenido reproduzco, resumido, en esta crónica publicada en un periódico español.

«Más de 500 de los principales autores del mundo han condenado la vigilancia estatal denunciada por Edward Snowden y afirman que las agencias de espionaje están socavando la democracia.

“Con unos pocos clics de ratón, el Estado puede tener acceso a su dispositivo móvil, tu correo electrónico, tu red social y tus búsquedas en Internet”, afirman estos escritores que se han unido en la plataforma Writers Against Mass Surveillance (Escritores Contra la Vigilancia de Masas). “Puedes seguir tus inclinaciones y actividades políticas y, en colaboración con las empresas de Internet, que recogen y almacenan los datos, pueden predecir tu consumo y comportamiento”, advierten en su comunicado.

»Éste se produce tan solo un día después de que Microsoft, Google, Apple, Facebook, LinkedIn, Yahoo!, AOL y Twitter pidieran al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que se limiten las prácticas de vigilancia, después de que las revelaciones del exconsultor de la NSA Edward Snowden hayan dañado seriamente la confianza de sus usuarios

»Los escritores, entre los que se encuentran Margaret Atwood, Don DeLillo, Orhan Pamuk, Günter Grass y Arundhati Roy, Juan Goytisolo o Javier Marías, han enviado una carta a las Naciones Unidas pidiendo que estos excesos se frenen a través de una declaración internacional de derechos digitales, para proteger los derechos civiles en la era de Internet.»


Tengo que manifestar al respecto, por mi parte, unos interrogantes y una breve reflexión, incluida, a propósito de este asunto, en mi ensayo La ilusión de la empatía (2013).

Interrogantes:

1.     La preocupación de los firmantes del manifiesto por la intromisión del Estado en la libertad de los individuos, ¿queda limitada al dominio de Internet o se extiende a otros dominios no virtuales, por ejemplo, en contra del intervencionismo político y el proteccionismo económico, las leyes contra el libre movimiento de las personas y bienes o contra el agigantamiento del Estado en sí mismo?
2.     ¿Por qué se dice en el nombre de la cosa «contra la vigilancia de masas» y no, por ejemplo, «contra el control estatal de los individuos»?
3.     ¿Por qué no es suficiente con exigir el cumplimiento de las leyes actualmente vigentes (aunque acaso no suficientemente actuantes ni diligentes) sobre protección de datos y el derecho a la privacidad, en vez de demandar el establecimiento de un derecho más, a saber, el «derecho civil virtual», acaso con efectos más publicistas que efectivos?
4.     ¿La crítica queda reducida a las actuaciones del Gobierno estadounidense o va dirigida también contra los países que utilizan el ciberespionaje de modo «masivo» y sistemático, como, entre otros, Rusia, China y Corea del Norte?

A continuación, mi particular reflexión:

[…] el que promueve una pródiga y creciente extensión de los derechos humanos, debe hacer frente a una innegable certeza: la mano que aspira a asir cada vez más objetos, por necesidad tiene que aflojar la potencia sobre los que ya sostiene y tiene asegurados, con riesgo de ir perdiendo en las sucesivas capturas las piezas que ya poseía, o de que éstas se vean presionadas o aplastadas por la afluencia de lo que adviene y se agrega. Tal vez una minuciosa fragmentación de derechos garantice un fomento de la diversidad, pero es altamente probable que se realice en detrimento de la unidad nuclear y fundamental que la asegura. De ninguna manera, pueden confundirse tampoco aspiraciones políticas con garantías jurídicas.

No es prudente confundir derechos humanos con derechos fundamentales, ni la idoneidad moral y generalista de derechos (¡cuántos más mejor!) con «expresar un mínimo jurídico basado en consideraciones elementales de humanidad», según ha proclamado la Corte Internacional de Justicia, con el fin de exigir a los Estados su cumplimiento explícito y sin reservas. Y, en fin, para evitar dispersiones o reiteraciones que distraigan de lo verdaderamente crucial, acaso resulte más efectivo, en lugar de enunciar derechos específicos o especiales para los grupos especialmente necesitados o más vulnerables, el dedicarles una especial atención, siempre en el marco incuestionable e indivisible de los derechos humanos fundamentales.»