viernes, 24 de junio de 2016

ACTUALIDAD DEL «EPÍLOGO PARA INGLESES» (1938) DE JOSÉ ORTEGA Y GASSET


«Durante los últimos tiempos, han fallado tantas cosas, que, por inercia mental, se tiende a dudar de todo, hasta de Inglaterra. […]

»la originalidad extrema del pueblo inglés radica en su manera de tomar el lado social o colectivo de la vida humana, en el modo como sabe ser una sociedad. […]

»Téngase presente que Inglaterra no es un pueblo de escritores, sino de comerciantes, de ingenieros y de hombres piadosos. Por eso supo forjarse una lengua y una elocución en que se trata principalmente de no decir lo que se dice, de insinuarlo más bien y como eludirlo. El inglés no ha venido al mundo para decirse, sino al contrario, para silenciarse. […]

»El hombre del Sur propende a ser gárrulo. Grecia, que nos educó, nos soltó las lenguas y nos hizo indiscretos a nativitate. El aticismo había triunfado sobre el laconismo, y para el ateniense vivir era hablar, decir, desgañitarse dando al viento en formas claras y eufónicas la más arcana intimidad. Por eso divinizaron el decir, el logos, al que atribuían mágica potencia, y la retórica acabó siendo para la civilización antigua lo que ha sido la física para nosotros en estos últimos siglos. Bajo esta disciplina, los pueblos románicos han forjado lenguas complicadas, pero deliciosas, de una sonoridad, una plasticidad y un garbo incomparables; lenguas hechas a fuerza de charlas sin fin — en ágora y plazuela, en estrado, taberna y tertulia. De aquí que nos sintamos azorados cuando, acercándonos a estos espléndidos ingleses, les oímos emitir la serie de leves maullidos displicentes en que su idioma consiste. […]

»Sobre todo esto se razona tranquilamente en las paginas inmediatas, sin excesiva presuntuosidad, pero con el entrañable deseo de colaborar con la reconstitución de Europa. […]»


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El texto «Epílogo para ingleses», escrito por José Ortega y Gasset en «París y abril, 1938», fue añadido a partir de dicha fecha en las sucesivas ediciones del libro La rebelión de las masas (1930).

lunes, 6 de junio de 2016

LA GUERRA DE SIR JOHN MOORE de JUAN GRANADOS


En su brevedad y concisión, La guerra de sir John Moore. Historia de la campaña del ejército británico en el noroeste peninsular durante la guerra de la Independencia (1808-1809) (Punto de vista, 2016), último trabajo hasta la fecha del escritor e historiador Juan Granados, es un libro ambicioso. Ambicioso y sólido en cuanto a lo albergado en su interior, cabe puntualizar; de ninguna manera, afanoso ni correoso para la experiencia lectora. Un libro, entonces, que satisfará y colmará las expectativas del lector en distintos frentes: del investigador y el instruido en la materia, por tratarse de una obra bien documentada, acreditada y afianzada por múltiples documentos y testimonios relacionados con los hechos descritos; del aficionado a la novela histórica (en especial, a la historia militar), merced al versado aliento literario de la escritura de Juan Granados, autor fogueado en anteriores incursiones librescas en las que en todo momento ha salido bien librado; y, en fin, de todo aquel que busque en la lectura entrenamiento y entretenimiento, quien persiga la andanza gozosa de las páginas de una historia que contenga historias, y viceversa. Combinar tales propósitos variopintos y complacer a tan amplio abanico lector no resulta tarea fácil.


La guerra de sir John Moore ofrece la crónica de un particular episodio nacional concentrado en un tiempo y un espacio determinados, que el subtítulo anuncia en cabecera, a la vez que propone la aguda reflexión sobre un gran combate, una tremenda tragedia —la invasión napoleónica y la subsiguiente Guerra de la Independencia en España—, de amplio alcance: «fue una guerra nacional y popular, pero también hecha en nombre de la monarquía y de la religión, fue una guerra de independencia pero también territorio de un conflicto internacional en el que los británicos desempeñaron un papel capital.» Una crónica, pues, bien dispuesta a marcar distancias con la Leyenda, ese amplio campo de Agramante donde confluyen las hazañas y las patrañas, las gestas y los gestos, la jácara y la jacarandana; sin olvidar la autocomplacencia y el autoengaño.


Obra pulcra y rigurosa, La guerra de sir John Moore recrea las vicisitudes de la campaña del ejército británico en el noroeste peninsular durante los años 1808 y 1809. Pero, asimismo, propone una penetrante reflexión sobre la disciplina y la lealtad, el sacrificio y el servicio, de unos militares entregados, más que a una causa, al cumplimiento del deber, atemperado por el sentido de la responsabilidad y el calor de la humanidad en una atmósfera destemplada. Este es el caso de sir John Moore, general al mando de tropa británica desplegada en tierra extranjera, en presumible alianza con los españoles, al objeto de frenar la invasión y la ocupación francesa en el suelo hispano, aunque con la sensación de moverse en tierra hostil: «En general, los ingleses achacaban a los españoles su falta de organización, una clara tendencia a exagerar y a despreocuparse del enemigo, sobre todo tras el espejismo de Bailén y su habitual hostilidad y desconfianza a todo lo que sonase a británico.» 

Ni hagiografía ni pretendida biografía, La guerra de sir John Moore constituye una exploración sobre el ser y el no ser, el hacer y el no hacer, de un general que no protagonizó un paseo militar sino un viaje de ida sin vuelta, que no procuró ser un héroe, pero que tampoco merece ser tenido por medroso ni espantadizo.

Acosado por el empuje del experimentado ejército francés, bajo la vigilancia y la presión directa del mismo Napoleón Bonaparte, personado en el escenario de los hechos a fin de espolear a sus huestes, el general Moore se esmera por cumplir su tarea: frenar al francés y unir su fuerza al español. Pero, ¿quién representaba por entonces a la patria española? A falta de un Gobierno efectivo, con un rey felón que ni reina ni quiere gobernar de veras su propio país, a falta de un ejército regular, uniforme y a escala nacional, la resistencia española está atomizada en milicias y guerrillas, presuntamente dirigidas por Juntas locales ciudadanas, que actuaban habitualmente de modo improvisado, amén de mal coordinadas entre sí en toda la península, cuando no enfrentadas o malavenidas, con serias dificultades para movilizar a los esquivos parroquianos, delegando todos en el inglés uniformado las tareas de defensa y contención del enemigo: «la maltrecha Hacienda real explica bien a las claras las dificultades logísticas y económicas que suponía a finales del Antiguo Régimen el mantenimiento de un ejército estante sobre un territorio.»
En este escenario, sir John Moore se ve impelido a aunar el mandado castrense que le obliga a actuar —desplegado a su vez en sucesivas y a menudo en contradictorias órdenes superiores— con un mandato interior, a saber, proteger al máximo la integridad de la tropa que comanda, mientras en penosa retirada procura tenerla bajo control a fin de reducir la indisciplina y los atropellos a la población civil. Porque he aquí la cuestión: «si las cosas siguen así, la ruina de la causa española y la derrota de nuestros ejércitos es inevitable; entonces será mi deber tener en cuenta únicamente la seguridad del ejército británico y tomar las medidas necesarias para sacarlo de una situación en que, sin la posibilidad de hacer nada útil, se expone a una derrota segura.» (Carta de Moore al representante británico en España, sir Hookham Frere, 19 de noviembre de 1809). No añade a esta abatida confidencia el compromiso de cumplir la misión aun al precio de su propia vida. Pero así ocurrió.



Hoy, un monumento consagrado a la memoria del oficial británico preside el Jardín de San Carlos en la ciudad de La Coruña. Juan Granados, por su parte, ofrenda en el presente ensayo un homenaje a este personaje, la semblanza de un militar y de un hombre. ¿Quién fue sir John Moore?: un «escocés paradójico y valiente, demasiado sensato y humano para ser un general perfecto, pero capaz del más generoso sacrificio.»
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Juan Antonio Granados Loureda (La Coruña, 1961) se licenció en Historia Moderna en la Universidad Compostelana en 1984, ampliando luego estudios de doctorado en Madrid y obteniendo la especialidad en Historia Económica en el Istituto Internazionale Francesco Datini de Prato (Florencia). Su labor investigadora se ha centrado en el estudio de los intendentes españoles del siglo XVIII.
Paralelamente, es catedrático de Historia e inspector de Educación, trabajo que compatibiliza con una constante tarea publicística que desenvuelve en diferentes frentes, tanto en sus frecuentes colaboraciones en obras individuales y colectivas de índole histórica, donde podemos destacar los libros Historia de Ferrol (1998), Historia contemporánea de España o Historia de Galicia (1999) como en colaboraciones en la prensa escrita, en El Correo Gallego (2002-2009) y, desde 2010, en la sección de Galicia del diario ABC, también en la revista digital Anatomía de la Historia (anatomiadelahistoria.com), de la que es miembro de su consejo asesor.
Desde que en 2003 publicara en la editorial EDHASA la novela histórica Sartine y el caballero del punto fijo, centra sus miras en la literatura. En 2006, apareció en la misma editorial El Gran Capitán, su segunda novela. De 2010 es Sartine y la guerra de los guaraníes, segunda parte de las aventuras de Nicolás Sartine, asimismo editada por EDHASA, y de ese año es también Breve historia de los Borbones españoles (Nowtilus). En 2013 salió a la luz su Breve historia de Napoleón, nuevamente con la editorial Nowtilus. Con Punto de Vista, también en 2013, ha publicado España, la crisis del Antiguo Régimen y el siglo XIX. De 2014 es el libro de narrativa breve Entre brumas (Espacio Cultura Editores). Y, de 2016, su reflexión sobre la teocracia jesuítica del Paraguay incluida en la obra colectiva Utopía y poder en Europa y América (Tecnos). Desde julio de 2011, dirige la Revista Galega do Ensino (EDUGA).


domingo, 29 de mayo de 2016

SOBRE PONERSE LA FILOSOFÍA EN SU LUGAR


«Probablemente, hayan sido noches de insomnio las que han inducido a ciertos meditadores a preocuparse por el lado hacia el que se acuesta la filosofía, para encontrar su espacio y objeto, con el fin de acertar triunfalmente en su idónea posición, y procurarse de este modo feliz descanso. Muchos son los animadores gustosos de convocar camas redondas donde celebrar los festejos de las bellas artes y las bellas escrituras, todas unidas en promiscuo abrazo, en una propuesta, sin duda, más excitante que la que proclaman los amantes del ensimismamiento y de las colaciones en mesas separadas.

¿Se acuesta la filosofía más a la ciencia o a la poesía? Si se toma esta insinuante pregunta como una directa proposición, hay que hacer constar que ya se han dado respuestas confirmadoras de tales relaciones, desde las tesis sostenidas por el positivismo lógico —sus epígonos y sus neos correspondientes, que se consuma  tras el enlace de la denominada  filosofía científica— hasta la ordenación de los Románticos de gradual generación pero semejante conversión, que se consumen ante la proclamación de una poesía filosófica (o filosofía poética), garante de una elevación hasta el Absoluto. ¿De dónde procede tan celestino empeño por emparejar a la filosofía?»

Fragmento del artículo «El valor filosófico. Demarcación y géneros en filosofía y literatura», en Claves de razón práctica, Madrid, ISSN 1130-3689, Nº 94, 1999, págs. 73-78


Para un mayor desarrollo de este asunto, véase
(Alfons El Magnànim, Valencia, 2004). 


lunes, 9 de mayo de 2016

JOSÉ ORTEGA Y GASSET, EL FILÓSOFO DE LA ELEGANCIA


«no es éste, en rigor, un ensayo sobre José Ortega y Gasset, sobre su vida y obra, ni siquiera sobre su teoría de la elegancia –empresa aún pendiente y que urge acometer más pronto que tarde, como diría, y de hecho dijo, Ortega–, aunque sí está compuesto intencionalmente desde la perspectiva orteguiana de lo que significa hacer filosofía en la elegancia. Ortega no llegó a escribir nunca un libro consagrado a la elegancia –tampoco a la ética, por otra parte–, y sus referencias al asunto son tan contadas como dispersas. Pero aun así, y como ocurre con otros ejemplos de su producción intelectual, lo que sugiere y premedita en tales huellas patentiza un legado y una promesa de realización muy útiles para posteriores navegaciones.

Efectivamente, Ortega anunció un libro sobre la ética y una «meditación sobre la elegancia», y ninguna de las dos promisiones llegó a materializarse textualmente. Nos quedamos al fin sin esa prometedora pareja de libros, mas no por ello sería justo colegir que el filósofo incumplió su palabra, pues la práctica totalidad de sus textos acoge el sentido pleno de ambas llamadas, que representan, más que meros llamamientos o invocaciones, la proyección de una genuina vocación. Cierto, aunque Ortega no escribió expresamente muchas páginas dedicadas a la elegancia, si las comparamos con el volumen total de su producción, toda ella sigue el pulso inconfundible de lo elegante.


Reconocemos una demostración matemática como ejemplar elegante, observa Ortega, cuando consigue probar un teorema con el menor número de ideas intermedias. Por esta convicción arribamos al conocimiento del módulo de la elegancia, a saber: «la expresión más sobria de una máxima potencialidad, de un poder activo y funcional.» El dinamismo vital se revela en la sobriedad, pero en la sobriedad bien entendida, no como impostura envuelta en falsa modestia, sino como dechado de discreción, mesura y compostura. De Ortega podríamos afirmar lo que él a su vez enuncia del capitán Alonso de Contreras: que tenía una erudición elegante. En ese sentido preciso y pleno, es en el que advertimos en la escritura de Ortega un movimiento lujoso y exuberante, relumbrante y magnífico, característico de la escritura elegante.

Para el propósito de este libro, entenderemos aquí por escritura elegante, y a cuento de la filosofía, la exquisita y selecta manera de decir, de comunicar, de hacer pública, una penetrante meditación sin tener que mudar por ello de género literario, sin tener, por tanto, que caer en brazos de la Literatura. Se trata, en consecuencia, de una clase de inspiración –pero también de ejercicio– que habilita para pensar con bello estilo sin perder las formas, haciendo con ello posible un pensamiento distinguido, por así decirlo.»




viernes, 6 de mayo de 2016

POR QUÉ NO HAY QUE MOSTRAR HOY IMÁGENES DE LAS TORRES GEMELAS (MANHATTAN, 1973-2001)


La imagen de las Torres Gemelas de Manhattan está grabada en las mentes de millones de personas del mundo entero. Registrada en infinidad de fotografías, documentos y películas, ha pasado por toda clase de pantallas (películas, reportajes) y de  papeles (periódicos, revistas), desde que fue inaugurada la gran obra arquitectónica en el World Trade Center de Manhattan, Nueva York, en el año 1973. Constituían, pues, una presencia poderosa y una significación icónica muy atrayente y señalada por quienes maquinaron los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Por este motivo eligieron ese objetivo como uno de los principales a abatir en el día de la vesania y, desde luego, el de mayor repercusión mundial, en y por todos los medios.

El ataque terrorista fue cruento y sanguinario, pero el impacto que pretendían los que lo perpetraron era esencialmente visual, mediático. El terror global se persigue mediante la transmisión de la muerte en directo, la difusión planetaria del espectáculo de la devastación. Y crece merced a la recreación, haciendo de la devastación un espectáculo o un producto publicitario. El terror pretendido se perpetúa por la vía de la retransmisión y la reposición, convirtiendo el 11-S en un acto repetido, una herida que se abre día a día.

 Desde esta fatídica jornada, cada fotografía, cada plano, cada escena, cada nueva reproducción de las Torres Gemelas, que no ya no están, significa la reiteración del ataque, un desafío renovado, una celebración más.

Cada nueva representación de la fechoría no evoca tanto que el criminal vuelva una y otra vez al lugar del crimen cuanto que las víctimas y sus deudos (todos los espectadores del mundo) vuelvan incontables veces a contemplar lo que les falta.

Cada nuevo pase de la secuencia de los hechos supone literalmente una recaída, un acto provocador de reincidencia, un recuerdo con sabor a amenaza, otro aviso, otra advertencia: para que veas...

Recordar la vesania implica insistir en los efectos de la destrucción, no en la destrucción misma. Al publicar imágenes relacionadas con el terrorismo las víctimas, los caídos, han de ser los protagonistas.

En consecuencia, lo justo y decente es mostrar (con decoro, respeto y patriotismo) el daño producido, no el trofeo colgado en la pantalla.

Mostrar imágenes de las Torres Gemelas de Manhattan (sobre todo, en llamas) es, para los terroristas y sus secuaces, un botón de muestra, la muestra del botín.


Para un mayor desarrollo de este asunto: Cine, espectáculo y 11-S (Amazon-Kindle, 2012)



miércoles, 27 de abril de 2016

VIVIR COMO UN BURGUÉS


«A través del dinero [el burgués] es el más odiado: el dinero aglutina contra él los prejuicios de los aristócratas, los celos de los pobres y el desprecio de los intelectuales; el pasado y el presente,  lo expulsan del porvenir. Lo que le da su poder sobre la sociedad explica también su debilidad sobre el imaginario colectivo. Un rey es infinitamente más grande que su simple persona, un aristócrata obtiene su prestigio de un pasado más lejano que él, un socialista predica la lucha por un mundo que él ya no verá. Pero en cambio el rico no es más que eso: rico y nada más. […]

Clase sin categoría, sin tradición fija, sin contornos establecidos, no tiene más que un frágil derecho al dominio: la riqueza. Título frágil, ya que puede pertenecer a todos: el que es rico habría podido no serlo. Y el que no lo es, habría podido serlo.»


Fragmentos del ensayo de François Furet, El pasado de una ilusión. 
Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX (1995)