martes, 20 de marzo de 2018

HABLAR POR HABLAR



Cada día que pasa, el lenguaje lenguaraz, montaraz y grosero, impacta más y más en el vulgo raciocinio de la gente ordinaria, dejándolo en manos (también a los pies) del “pensamiento débil”, enclenque y desmejorado, hasta el punto de que merezca ser denominado “vulgo raquítico”. 

Sucede, por lo general, que el uso de las palabras vanas e impropias afecta al público sin distinciones de edad, sexo y condición, sin género de dudas, dejando a su alrededor un panorama desolador, de tierra quemada. Porque allí donde pasa la superba “corrección política” no vuelve a crecer el verbo ni la verba. Para demostrar el movimiento andando, acaso debiéramos expresarnos con correctamente, y decir, en consecuencia, el “respetable público”, la “ciudadanía”, el “pueblo”, la “gente”. Tan sólo sea para curarnos en salud, digo, aunque el término “público” ya es suficientemente “correcto”, para qué nos vamos a engañar.

Las sociedades posmodernas (o lo que sean) llevan tiempo igualando a los individuos por lo bajo, y una vez puestas a la labor, alcanzan su propósito a una velocidad de vértigo. Hoy, más que nunca, todos tienen derecho a hablar, a proferir lo que quieran, a hablar por hablar. Hoy, en suma (y resta), todo son derechos (derechos multiplicados por dos), y no se considera lícito recortar ni un milímetro el estado de bienestar que tanto cuesta establecer y montar, aunque a algunos se les antoje cosa gratis.

Las tareas de educación y cultura exigen mucho esfuerzo y tremenda dedicación. Pero, ojo, hablar de calidad y de excelencia en estos ámbitos suena a antiguo, rancio, reaccionario. El “mundo de la educación y de la cultura” constituye un coto cerrado custodiado por las “fuerzas de la cultura”, quienes dictaminan de qué debe hablarse y qué está permitido o prohibido decir. Utilizando para ello la fuerza, si es preciso o hay prisa; a esta clase de coacción se conoce también por la expresión “virtud republicana”. Para la “sociedad cenicienta” (sociedad calcinada, de cenizos y cenizas), el hablar siempre ha primado sobre el decir.

Los actores en el nuevo cine español (o ni nuevo ni cine ni español) hablan en las películas igual que lo hacen en calle; es decir, mal. Lo mismo ocurre con muchos jóvenes (y no tan jóvenes) escritores, que cuentan cosas (ocurrencias) tal y como les han pasado en su excitante experiencia de pocos lustros, revelando a medias (con medias palabras) lo que diantres les ha ocurrido; y lo escriben tal cual, o sea, fatal. 

¿Cómo hablan en televisión los personajes que pueblan los platós, los programas de entretenimiento, los reality shows, y hasta los locutores, por no decir bocazas, en los telediarios? Bueno, de la televisión mejor no hablar... 

¡Qué cosas pasan! Los colectivos, definidos desde hace lustros lustrosos como “minorías” (desde las “mujeres” —así, en plural; en términos estadísticos, la mayor parte de la población— hasta grupos alternativos de todo tipo), hogaño se constituyen en “mayoría social” y hablan en nombre de la mayoría total. Regiones y comunidades varias se ven agitadas por partidos y colectivos soberanistas con el propósito de romper (con) el Estado al que pertenecen, porque sí, proclamando muy ufanas que la parte es mayor —y mejor— que el todo, sin verse conmovidos con ello por la lógica ni la teoría de conjuntos. Sienten y quieren mucho, lo que no es poco. Porque lo que sienten, lo sienten en lo más profundo de su corazón (no como los demás). Y lo que quieren, lo quieren ya. En los sujetos que así se manifiestan no mandan las leyes de la racionalidad, mas sí las de la Reparación y el Resentimiento (o sentimiento multiplicado por dos).

Hoy, el paradigma o epítome del habla reside en el mundo de la política y del deporte, valga la redundancia. Escúchese cómo hablan, por lo común esos follones, esa gente descomunal y soberbia, que diría Cervantes. He aquí el espejo donde se mira la muchedumbre, pero también gran parte de las élites letales y los “comités de expertos”. Hablan y hablan sin que pueda entenderse nada.

¿Qué dicen por ahí? Nada, en realidad. Pero, todos hablan y chatean, platican y repiten o retuitean (RT) lo que otros parlotean y tuitean, tratando a todos de tú a tú, tuteándose. He aquí una sociedad de opinantes igualada a golpe de clic de ratón o de dedazo en las pantallas táctiles; una sociedad cenicienta, alfombrada de ceniza. Opinan y comentan sobre cualquier asunto, por complejo que sea. Refutan con descaro o se burlan, sin más, de las palabras sabias. Hechizada la masa por lo vulgar, valga la redundancia, queda instalada en el “principio del placer”. Aprueban o desaprueban a los demás con un simple «me gusta». Y si no, se enfadan. Dialogan, dialogan mucho, que es actividad muy moderna y muy cool, muy bien vista y muy de nuestros días. Helos aquí, los tontos del cool. 

La “sociedad cenicienta” es una masa parlanchina que, las más de las veces, no sabe ni lo que dice. Ni falta que le hace. Vergüenza no tienen, mas orgullo, sí.

La gente habla y oye, pero no verbaliza ni escucha. Ni siquiera a sí misma. De hacerlo, tal vez corrigiese errores y sinsentidos. Llenaría de contenido sus frases vacías. Pero, hemos llegado a un punto en el que nadie quiere recibir lecciones de otro, al tiempo que piden más escuelas “públicas” y jardines de infancia. 

“Sí o sí”. “No es no”. “Imagine”. “Violencia machista”. “Seguimos en contacto”. “Ciudadanos y ciudadanas”. “Esto es lo que hay”.


Bienvenidos a la “sociedad cenicienta”, al topos social: el reinado del tópico. En griego, “lugar” se dice “tópos”. En latín, “locus”. Y no digo más.

Con el tópico hemos topado. Y es, precisamente, el tópico, el lugar común, la frase hecha, el ordinario lenguaje que se va extendiendo en la sociedad como una riada que todo lo inunda y lo empantana. Si bien esto quizá no sea lo peor de todo: la mayoría de la gente cree que los tópicos son sólo palabras, una forma de hablar, como cualquier otra, que no hace daño a nadie, que igual da, sin percatarse sobre los tremendos deterioros que para la salud intelectual, moral y política de comunidad comportan el sostener tamaños disparates. Primero, decirlos. Segundo, quitarles importancia. Tercero, repetirlos. Se trata, entonces, de descubrir la estafa y el delito, pero también de explicar la causa: 

“Tal es la función primera de los tópicos: acomodarnos al grupo, arroparnos con «lo que se lleva», vestirnos a la moda verbal del momento a fin de llegar a ser de los nuestros.” (Aurelio Arteta, Tantos tontos tópicos, Ariel, Barcelona, 2012, pág. 10).

Nunca como ahora ya quedado tan patente (obscenamente perceptible) que las ideologías, las creencias y las vigencias colectivas funcionan a modo de blindajes intelectivos y emocionales, reductos de usar y progresar, escudos de protección, salvaguardas y pases autorizados. 

Anegados por la coletilla y el cotilleo, por la apostilla que da la nota, en la “sociedad cenicienta” se vive del cuento, y sobran las palabras. Bla, bla, bla…

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La primera versión y edición del presente artículo ha sido publicado en la revista Cuaderno de Pensamiento Político (Fundación FAES), nº 57, enero-marzo 2018


domingo, 12 de noviembre de 2017

REFERÉNDUM: “SÍ O SÍ”




He aquí una palabra, «referéndum», de las tocadas con efectos mágicos, de encantamiento, que, no pocas veces, promete lo que oculta y oculta lo que promete. El referéndum, como prototipo de «democracia directa», suele venderse con frecuencia por parte de políticos mayoristas de mayoría predecible como si fuese la máxima expresión de la voluntad popular, de la “voluntad general”.

Que el referéndum no es una panacea ni una cabal alternativa participacionista al modelo de la democracia representativa (pace Rousseau, los rusonianos y los «republicanos») y que acaba por ser casi siempre plebiscito, una burda escenificación del «sufragio directo», parece cosa segura. El referéndum termina siendo un “todo o nada”, un “sí o sí”, un cuento de nunca acabar al que jamás se pone fin hasta que salga lo que a priori anhelan sus procuradores y voceros, sus valedores y convocantes.

En 1947, el general Franco convoca a los españoles a un referéndum con el fin no explícito de que decidan si quieren volver a la guerra civil o seguir disfrutando del nuevo régimen que se sucede a sí mismo. Se trataba de la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, que en su segundo artículo declara que «la Jefatura del Estado corresponde al Caudillo de España y de la Cruzada, Generalísimo de los Ejércitos, don Francisco Franco Bahamonde». Como era de prever, la ley salió victoriosa, entendiéndose así que los españoles habían votado en favor de la paz y del régimen realmente existente.

El referéndum sirve, asimismo, para producir el suicidio colectivo de toda una comunidad. En 1536, los ciudadanos de Ginebra votan a mano alzada y deciden. Es deseo de la “voluntad general” de esa comunidad que sólo la religión protestante tenga cabida en sus almas y en el interior de sus murallas. Desde ese instante se inicia un periodo de intolerancia de alto riesgo en la villa helvética que Calvino sabrá gobernar y administrar a su antojo: los ginebrinos abren las puertas de la ciudad a la dictadura fundamentalista calvinista.

Hay muchas otras palabras-trampa: «autodeterminación» y «soberanía», que en el fondo se traducen interiormente como «secesión», aunque no lo digan así quienes tales términos profieren. Palabras-trampa, como es habitual, presuntamente inocentes y benefactoras, ilusionantes y prometedoras. Pues, ¿quién rechazaría, sin más precisiones, ser soberano o autodeterminarse? Pero el caso es que, si precisamos más, si penetramos en el núcleo del asunto, algunas soberanas proclamas dejan patente lo que se halla debajo del significante, y sus reales consecuencias. El camelo, no obstante, más tarde o más temprano se desenmascara:


 «El tan invocado derecho a la autodeterminación se reduce al derecho a determinar quiénes deben sobrevivir en determinado territorio y quiénes no.» 

H. M. Enzensberger, Perspectivas de guerra civil (1993)

Examínese, pues, con cuidado las invitaciones, peticiones o exigencias acerca de consultas o referendos en los que el pueblo libremente decida su destino, y medítese la prevención citada, porque a menudo (para unos más que para otros) el aviso y la evidencia de los hechos llegan demasiado tarde.

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Fragmento del artículo "Guerra, paz y palabras-trampa" publicado en la revista El Catoblepas, nº 5, julio 2002, página 7.

martes, 17 de octubre de 2017

RESENTIMIENTO Y CALAMIDAD


Ante el infortunio y la catástrofe, el comportamiento de los individuos se inclina, generalmente, por dos actitudes1) sobreponerse a la tragedia merced a la acción y la reconstrucción, o 2) encaramarse a la pila de escombros y cadáveres al objeto de ganar una altitud que de natural les es negada. Los resentidos, de la segunda división, no tienen otra forma de dañar al virtuoso y discreto, en primer lugar, que mordisquearle las pantorrillas hasta conseguir que se agache para darse un masaje en las partes afectadas. Y entonces…

Para sacar partido, cuentan los miserables con la eventualidad de contingencias funestas, siniestros y adversidades, sea un acto criminal, una catástrofe o una calamidad natural, que tanto desencadena desgracias como desata las furias.

¿El destino, la fortuna, el devenir de las cosas? Palabras, palabras, palabras. El resentido maldice la Vida (también el Sistema y el Orden establecido) cuando algo no va como a él le gusta o conviene. Truena contra la existencia real para imponer lo realmente existente (“esto es lo que hay”).

De los aprendices de Filosofía que quieren ir demasiado deprisa en sus estudios y quemar etapas, decía Platón en la República que poco consiguen de provecho intelectual, aunque, eso sí, “disfrutan como cachorros dando tirones y mordiscos con su argumentación a todos los que se le acercan”. De modo análogo, diría por mi parte, el resentido sólo experimenta felicidad cuando festeja la malaventura de otros; el sabor de la sangre y el olor a muerte le da vida y energía para seguir tirando.

Aquí huele a quemado. Bajo el fuego cruzado del odio y la malicia, a ver quién no asiente ante la obviedad, presuntamente inocente, de que “se podría haber hecho más y mejor las cosas”. Pero, ojo, que a continuación se enciende la mecha, haciendo que se extiendan las llamas y salten las chispas, que irrumpan las hogueras, los juicios sumarísimos, las inquisiciones, las cortinas de humo...

domingo, 15 de octubre de 2017

OPINIÓN PÚBLICA, ¡QUÉ PEREZA!


Para bien o para mal, las sociedades modernas, hoy contemporáneamente democráticas, tan abiertas y tal, tienden a constituirse por su propia naturaleza y evolución en artefactos dominados por la vox populi, por la opinión pública. Aun siendo caprichosa, voluptuosa y voluble, a la opinión pública hay que tomarla en serio, lo cual no significa someterse siempre a sus caprichos. Entre otras razones porque, ente ficticio y sublimador donde los haya, no siempre queda claro lo que quiere y vocea.

El público, por cuyo advenimiento la práctica del poder social y la dominación política se han sometido efectivamente al mandato democrático de la publicidad, es un producto de la comunicación o, por mejor decirlo, de la necesidad de comunicación. Se constituye en el momento en que la información y el juicio de los agentes sociales adquieren publicidad, y cada vez más notoriedad e influencia, es decir, en el momento en que se dan a conocer sin barreras; cuando se hacen plenamente públicos, pues.

¿No se reducirá toda la ética y política de la vox populi, la sociología de la publicidad y lo público, toda esta disertación sobre la opinión pública, a una sencilla comprensión de la vagancia y la pereza de los hombres lentos y lánguidos, quienes para no complicarse la vida se dejan traer y llevar, contar y calcular, con un resultado que, finalmente, acaba beneficiando a los más desvergonzadamente rápidos con la calculadora?

Una sociedad que se deja llevar por las apariencias, que opina a bote pronto, que vota según impulsos primarios y da más importancia a la ficticia "opinión pública" que a su real, propio y privado criterio, o al que enuncian algunos pocos hombres discretos, esa sociedad acaba reduciéndose a un conglomerado manifiesto de mucha opinión difusa y un "conocimiento inútil" (Jean François Revel).

Una sociedad, en fin, condenada al fracaso y a la decadencia:

"Y si con razón se dice del perezoso que mata el tiempo, una sociedad que cifra su salvación en la opinión pública, es decir, en la pereza privada, no puede sino preocupar seriamente. Creo que tiene que ser borrada de la verdadera historia de la emancipación de la vida."

(Friedrich Nietzsche, 'Schopenhauer como educador', Tercera intempestiva)

martes, 10 de octubre de 2017

VICTIMISMO


El victimismo puede conceptualizarse como la versión afligida y lastimosa del relativismo cultural: el relativismo que se abate a sí mismo.

Se trata de una actitud que renuncia sin más a la acción de hacerse entender, lo que significa a fin de cuentas no querer entender. Gime por lo que cree ser, quejándose por aquello que no le dejan ser. Infantilismo y melancolía, en suma. He aquí la historia de los pueblos que, como Cataluña, viven (sin vivir en ellos…) en «un quejido casi incesante» (José Ortega y Gasset, Primer discurso en las Cortes Constituyentes, 1932). Y añade el filósofo español:«ese pueblo que quiere ser precisamente lo que no puede ser, pequeña isla de humanidad arisca, reclusa en sí misma; ese pueblo que está aquejado por tan terrible destino, claro es que vive, casi siempre, preocupado y como obseso por el problema de su soberanía, es decir, de quien le manda o con quien manda él conjuntamente.»

¿Qué es el victimismo? Descontento perpetuo, manía persecutoria, lamentación inagotable; quejido sin fin, en fin.

El victimista no ofrece razones, tan sólo emite vibraciones sentimentales, convulsiones emocionales, que ni él mismo llega a comprender. Hay mucho de patético, además de infantil y melancólico, en ese penar vocacional, en la inclinación hacia la autodestrucción en que sucumbe toda pasión (pathos) por perpetuo lamento y la contumaz jeremiada.

domingo, 8 de octubre de 2017

HABLAR SIN DECIR


Debemos a José Ortega y Gasset, entre otras tantas enseñanzas luminosas, una importante distinción entre el hablar y el decir. Lo expone, por ejemplo, en El hombre y la gente (1957), ensayo materialmente inacabado (¿qué ensayo verdadero no queda irremediablemente inconcluso?), pero pletórico de buenas ideas.
Hablar, lo que se dice hablar, es actividad corriente y moliente, una operación que actúa de fuera a dentro de la persona, y basta con aprenderla, como una destreza o habilidad más, para poder andar por la vida entre semejantes sin perderse del todo. El hablar no significa gran cosa. Algo, todo lo más, que hay que procurar dominar, para así poder decir frases y conllevarse con los otros.
Decir, para entendernos, representa un ejercicio distinto y superior: es una operación que arranca desde el individuo y se proyecta hacia los demás. El hablar es cosa nuestra, pero el decir, inicialmente, es sólo mío, de cada uno.



Hablamos, corrientemente, para salir del paso. Nos oímos y, acaso también, nos escuchamos. Pero de comprensión andamos muy escasos. Comúnmente porque vamos por el mundo demasiado deprisa, sin pararnos a pensar qué es lo que pasa. Se ha dicho con razón que la reflexión filosófica consiste básicamente en pensar las cosas, por lo menos, dos veces. Y en hacerse preguntas. ¿Acerca de qué?
Cualquier motivo, en ocasión cualquiera, sea el vuelo del búho o el arte de tocar la flauta, contiene una provechosa oportunidad de meditación razonada, si en el acto de escribir aspira uno a decir cosas con sentido y personalidad. ¿Qué objeto tiene el ensayo sino éste?
Hablando no se entiende la gente, necesariamente. Paragonando el célebre aserto orteguiano, diríase que en el hablar estamos, pero en el decir somos propiamente humanos, principalmente, si pensamos lo que decimos. 

Si nos encontramos para hablar porque «tenemos que hablar», entonces da la impresión de que la situación resulta un tanto forzada. Y así es difícil, y, sobre todo, literalmente insignificante, entenderse.
Cuando hablamos unos con otros, ocurre, corrientemente, que no hablamos de lo mismo.