martes, 7 de julio de 2026

TEXTO ENLAZADO (LINKER-TEXT)

 

En el año 2012, publiqué cuatro libros; no he podido ni intentado superar ese récord… Pero, no es el número lo verdaderamente relevante ni lo que viene aquí a cuento, sino otra circunstancia: dos de ellos fueron editados en papel y otros dos, en autoedición digital. Este hecho sí lo juzgo relevante porque supuso un momento de no retorno, una transición en mi oficio de escritor. A partir de esa fecha, el resto de mis ensayos, los he publicado sólo por medio de la autoedición digital en la plataforma de Amazon (Kindle Direct Publishing), según consta en mi perfil de su página web. No he cambiado de hábito ni de editor… Algunas de las razones de dicho cambio, es decir, de circunscribirme a la autoedición digital, los expliqué en su día, a quien pueda interesar en este mismo blog.

Obsérvese que en el anterior (y primer) párrafo constan tres enlaces. Y he aquí el principal propósito de esta entrada, a saber: considerar el hecho de las muchas posibilidades que supone la autoedición digital, y que interesa tanto al modo de escribir un libro cuanto de leerlo. Un aviso a navegantes en la Red de redes. Después de más de una década de ensayar este nuevo modelo de edición y tras dos decenas de libros publicados en formato ebooks, es momento (acaso algo tardío) de bautizarlo con un nombre: «Linker-Text» o «Texto enlazado». Tampoco estoy inventando nada...

Soy consciente de que no abordo un asunto que interese a todo el mundo, ni siquiera a todos los aficionados a la lectura. Según datos oficiales, en España, el libro en papel constituye el formato principal y el preferido por la mayoría de los lectores. Más del 58% opta por el «formato físico», mientras que cerca del 32% opta por el formato digital (que, todo sea dicho, no deja de ser algo no ajeno a las leyes de la física), cifra que, añade el informe, ha crecido de manera sostenida en los últimos años. No obstante, tampoco es este asunto de proporciones y ni tantos por ciento lo que mueve mi disertación ni tampoco el valorar los usos y costumbres, en cuanto a modo de lectura, de cada cual.

Sea como fuere, dado que el amable lector está leyendo en este sitio (blog digital), a él me dirijo para compartir unas consideraciones.

A diferencia de un libro de carácter académico o de investigación o de un tratado, en el ensayo es fundamental que la escritura transcurra del modo más fluido posible, constituyendo las notas al pie de página —por poner un primer ejemplo— algo innecesario, cuando no molesto, tropezones que interrumpen el curso de la lectura, o meros florilegios del autor. Para aportar información adicional al lector, para ampliarla o para dar fe y justificar determinado dato o excurso, el medio digital permite el recurso de los enlaces (links), o sea, hipervínculos que llevan al lector a páginas web u otros espacios de lectura, en caso de que le interese o cuando le interese; también puede ser útil servirse de textos enmarcados, que conceden autonomía a textos secundarios en el texto principal.

En el ensayo, también en la poesía, lo bueno si breve, dos veces bueno, según sentenció Baltasar Gracián. En mi experiencia como ensayista, entiendo que las divagaciones y las digresiones no sólo no son inconvenientes sino materia necesaria en este género, que se balancea entre lo científico y lo literario. Lo son, sin embargo, las repeticiones o las digresiones farragosas, las mil explicaciones que delatan el afán de erudición y de adornarse, la pompa por encima de la circunstancia.

En un ensayo, resulta más pertinente y ágil el indicar mediante un enlace el camino de lugares o sitios en los que, según mi criterio y juicio, pueda hallar el lector cumplido detalle o más información sobre la cuestión tratada. A veces, vuelvo o aludo a temas que he examinado en otro momento y lugar: ¿para qué repetirme o autocitarme empleando el cómodo medio de cortar y pegar, que aumentaría, eso sí, el número de páginas de un libro, mas no lo mejorarían?

Que autor y lector se centren y concentren en lo esencial, echando el lazo a lo circunstancial: he aquí lo que podría denominarse «escritura tentacular» en un Linker-Text. Confío en que lo disfrute.


***

 PS. Según el modelo de Linker-Text, he escrito y publicado, recientemente, el ensayo 

Ernst Lubitsch. Un toque de gracia (2026)

En descarga directa y gratuita: [EPUB]




martes, 28 de abril de 2026

EMPATÍA Y PENSAMIENTO SALVAJE


«La noción de que podemos transferir nuestras culpas y dolores a otros seres que los soportarán por nosotros es familiar a la mente del salvaje. Se origina en una confusión obvia entre lo físico y lo mental, entre lo material y lo inmaterial; por ser posible trasladar una carga de leña o piedras, o lo que sea, de nuestros hombros a los hombros ajenos, el salvaje cree igualmente posible transferir la carga de sus penas y tristezas a otro para que la sufra en su lugar. Con esta idea actúa y el resultado es un número infinito de tretas malévolas para endosar a otro cualquiera la pesadumbre de la que un hombre quiere sustraerse. En pocas palabras, la idea de delegar el padecimiento es corrientemente entendida y practicada por las razas situadas en un nivel inferior de cultura intelectual y social.»


En el año 2013, publiqué el ensayo titulado La ilusión de la empatía. Ponerse en el lugar del otro y demás imposturas morales, donde analizo tal fenómeno desde la perspectiva de la filosofía moral. Pues bien, todo ese libro no supera, ni siquiera iguala de lejos, la contundencia y precisión de este fragmento, a fin de desmontar la impostura de la "magia simpática" o sympatheia,  extraído del libro de James George FrazerLa rama dorada. Magia y religión (1890). Libro III. La víctima propiciatoria. Capítulo 1. La transferencia del mal.


domingo, 14 de diciembre de 2025

LA CURIOSIDAD Y EL GATO

  

How much do you believe about the cat people?

Línea de guion de la película Cat People (1942. Val Lewton/Jacques Tourneur)

 

Las distintas lenguas en el hombre han recogido en su haber múltiples formas de saber, tanto del teórico como del práctico. En éste destacan los dichos, los proverbios, los adagios y demás expresiones de lo que suele caracterizarse como «sabiduría popular». Me interesa, para el objeto del presente texto, reparar en uno de ellos en particular: «La curiosidad mató al gato», según recoge el refranero en español.

Dícese del gato que es animal curioso de observar…, que, en su naturaleza depredadora, no deja espacio ni hueco sin escudriñar. Todo llama su atención, y no se corta un pelo (tiene de sobra, dejándolos de muestra aquí y allá) a la hora de meterse donde no lo llaman; no confundir la hora del lobo con la hora del gato. Este afán escrutador es susceptible de provocarle más de un susto, cuando se adentra en terreno peligroso, jugándose incluso la vida, sea con mil peleas fratricidas, callejeras o campestres, sea al ser descubierto por quien no desea su compañía o es supersticioso de primera fila, más aún si el felino se cubre con pelaje negro. Acaso por ese motivo riesgoso, se dice también del gato que tiene muchas vidas, dada su facilidad para perderlas. Observo en esta conducta circunstancias y enseñanzas que van más allá de la ciencia etológica, interesando y mucho a la filosofía moral.

Ocurre que los refranes suelen contener en sus palabras enseñanzas prácticas, cuando no moralejas. En este caso juzgo que la reflexión penetra directamente en la consideración sobre la naturaleza y el sentido del saber humano. El hombre, como el gato, es animal curioso, el cual tiene una tendencia natural a saber; no por casualidad ha sido definido como homo sapiens. El hombre sabe cosas porque necesita saber (de ahí la técnica), pero también porque desea saber (de ahí la ciencia y la filosofía), saber por saber, pues el desconocimiento de lo que acontece le provoca angustia y zozobra (he aquí el sentido y significado de la thauma). Sucede, con todo, que el saber precisa de una razón suficiente para activarse y unos límites donde frenarse. De lo contrario, corre el riesgo de sumar a la angustia y la zozobra la ansiedad y el desasosiego.

No todo lo que es posible conocerse es dado conocerlo. La extremosidad de la curiosidad y la indagación no provechosa se traducen en fisgoneo, merodeo, indiscreción, entrometimiento, impertinencia, intromisión, inquisición, fiscalización, empacho informativo y, ay, tantas cosas más que van creciendo, cada día que pasa, en la denominada «sociedad de la información» o «sociedad espectáculo» en la que vivimos descaradamente. Esa clase de sociedad querida por la llamada «élite», tanto o menos que por la masa, pasa por ser transparente (la glasnost escotada y descocada), y luego pasa lo que pasa: ha acabado en el espacio transhumano dominado por el GranHermano y la Inteligencia Artificial.

La ciencia y la técnica contienen por definición un poder expansivo ilimitado. Una vez ha dado un paso al frente y lo ha afianzado, no hay vuelta atrás. Las novedades que produce o provoca llegan para quedarse: de ahí su gloria y esplendor, pero también su miseria y peligro. Con el auge de las «nuevas tecnologías», no hay pregunta sin respuesta; es más, incitan a los tele-individuos a no morderse la lengua ni a mirar hacia otro lado. 


 Pregunte, pregunte, usted lo que quiera saber: el 

oráculo robótico-posmoderno saciará su hambre de

 saber y de curiosear


Hoy, es posible entretenerse y husmear sin ningún tipo de complejo ni apuro, pues la privacidad, la intimidad y la propiedad privada son cosas del pasado. El tele-individuo cree haberse convertido en un sabelotodo, pasando a la historia como el hombre que sabía demasiado. El sujeto curioso se hace la ilusión de tener todo bajo control, con sólo darle a una tecla del ordenador o pulsar con el dedo la pantalla del teléfono móvil, cuando, en realidad, él no es más que sujeto sujetado, controlado hasta el milímetro de su ser y estar; una pieza más en el peep-show.

La curiosidad mató al gato por rastrear y hurgar sin contención, por instinto, impulsado por una fuerza animal a tomar posesión del territorio, donde no existe ningún cartel de «Prohibido el paso» ni paseos o pasajes restringidos. Tampoco sabe leer. Mas, algo similar le sucede al hombre curioso, atragantado por una copiosa sopa de letras que devora sin dejar de mirar la pantalla, la ventana indiscreta de la nueva realidad deconstruida. He aquí la nueva naturaleza de la cat people, carne de neurosis, ansiedad y ignota desinhibición.

El «ogro filantrópico», del que habló Octavio Paz a finales de los años setenta del siglo XX, adquiere hoy otra perceptible apariencia: la del gigante Polifemo, cíclope de enciclopedia con un poderoso ojo escrutador, que todo lo ve. Polifemo: ogro feroz que apacienta ovejas y devora hombres; lo mismo hace el ogro filantrópico, si bien éste adula a la masa y la engaña con mil encantamientos, de los que no es consciente.

En la mitología griega, Ulises y sus hombres forman un grupo de resistencia al ogro voraz. Más que curioso o iluso, Odiseo es astuto, tiene genio benigno, es estratega y capaz de resolver problemas mediante el buen uso de la inteligencia. Entonces, había héroes, como Odiseo o David que venció a Goliat. Eran tipos valerosos y decididos, capaces de cegar el ojo del Gran Hermano, anular su poder y dejar la pantalla en blanco. Pero, ay, hoy ya no quedan héroes…