domingo, 19 de febrero de 2017

MARIANO JOSÉ DE LARRA: MELANCOLÍA DE UN LIBERAL


Mariano José de Larra (Madrid, 1809-1837) nace en plena ocupación francesa; acompaña a su padre (militar español afrancesado) durante un breve exilio a Burdeos, tras reinstaurarse el régimen borbónico. Dedica su vocación al oficio de escribir; simpatiza con las ideas liberales de la época. Conoce el éxito profesional. Y, acaso como corolario nada sorprendente de todo ello, es objeto de odio y resentimiento por parte de un nutrido sector de las fuerzas vivas más representativas de la España del siglo XIX (¿peripecia española sólo del siglo XIX?).
Larra no constituye sólo una de las figuras más notables de la literatura española. Para gloria y desgracia propias, simboliza, al mismo tiempo, gran parte del destino de la nación española. De su grandeza y sus fracasos.
El eco trágico de la célebre sentencia de Ortega y Gasset (“Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”), incluida en las Meditaciones del Quijote (1914), puede darnos la pista de hasta qué punto la circunstancia del ser de España y el temperamento de Larra se unieron para cargar el arma que acabó con su vida a la edad de 28 años.
¿Qué le indujo al suicidio? La melancolía, “pero de aquellas melancolías de que solo un liberal español en estas circunstancias puede formarse una idea aproximada.” (El día de difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio). Su breve existencia entre los mortales no es óbice para que consume una obra literaria fenomenal; una producción rica en contenido, generosa en géneros literarios, distintiva de su época y, a la vez, precursora de las letras españolas que le suceden (el costumbrismo, la Generación del 98, entre otras tendencias y movimientos literarios).
Valga un botón de muestra de su temperamento literario y humano:

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Que el ladrón que malamente
mató a alguno sin clemencia,
y el que calumnia al ausente
muera en la horca por sentencia,
y el que vive de lo ajeno,
bueno.
Pero que por sólo idea
Y pensar yo así o asá
Ahorcado también me vea,
Como el otro que asesina,
Sin hacer a nadie mal,
        Eso es harina
De otro costal.
Autor de cientos de artículos periodísticos (hizo famoso el pseudónimo utilizado en este menester: Fígaro), puede ser considerado, en la práctica como el creador del género. Firma la famosa novela El doncel de don Enrique el Doliente, la obra de teatro Macías el enamorado, así como una inagotable producción de poemas, cartas y notas críticas. Digo “inagotable”, mas no “inabordable”. 
Léase la obra de Larra, sin descanso, sin excusas...



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martes, 3 de enero de 2017

EL HUMOR ENTRAMPADO SEGÚN ALAIN


«Según la lógica de la exasperación, no hay cosa mejor que rascarse. Consiste ésta en escoger el propio mal y en vengarse de uno mismo. El niño ha ensayado ese método desde el primer día. Grita para hacerse oír; se enfada por estar enfadado y se consuela diciéndose que no se va a consolar; lo que se dice “estar de morros”. Apenar a quienes se ama hasta apenarse uno mismo. Castigarles para castigarnos. Avergonzado de ser ignorante, hacer promesa de no leer nunca más. Obstinarse en la obstinación. Toser con indignación. Remover malos recuerdos; afilar la propia punzada; repetirse, con trágica destreza, aquello que nos hiere y humilla. Interpretar las cosas según el principio de que siempre sucederá lo peor. Suponer que los demás son malvados para serlo uno también. Actuar sin fe y hablar luego de fracaso: "Lo hubiese apostado; mi sabida mala suerte". Mostrar aburrimiento y encontrar aburridos a los otros. Aplicarse en ser desagradable y sorprenderse de resultar desagradable. Buscar el sueño furiosamente. Poner en duda cualquier motivo de alegría; poner a todo objeciones y mala cara. Y en tal estado, juzgarse a sí mismo. Decirse: "Soy tímido; soy torpe; pierdo la memoria; envejezco”. Ponerse feos y mirarse al espejo. He aquí el humor entrampado.»


Fragmento del ensayo «Humor» (21 diciembre 1921) en Alain, Propos sur le bonheur (1928)