José Vicente Pascual, Viaje a Canarias y el resto de la península
(2018), Alhulia, Granada (España), 2018, pags. 145
Nuevo título en el haber bibliográfico
de José Vicente Pascual. No diré,
para referirme al ensayo, “el último libro de”, porque, expresión tan usual
como equívoca, me evoca —en su interior invoca—
un negro presagio, una impresión de acabamiento, de cierre por liquidación,
merecedora de ser señalada con los dedos de ambos extremos de la mano, mientras
se exclama: “¡Vade retro!” o “¡lagarto,
lagarto!”. Henos aquí ante un escritor
de raza, incansable, imparable, seguidor de la máxima clásica “Nulla dies sine línea” (Ningún día sin
una línea) atribuida a Plinio el Viejo. Dejar de componer, en cualquier parte y
momento, partituras literarias es lo
último que haría en su vida. El “último libro” será lo último que haga.
Autor
inquieto, de escribir juguetón, sutil y hasta pícaro, cual niño revoltoso y
travieso, no puede estarse quieto. Como
escribe sin parar, puesto que viaja sin descanso y hace mudanza con la
frecuencia con que el insomne cambia de postura en la cama, no es de extrañar
que, tarde o temprano, nos deleitara con un libro de viajes, si es que todos
sus escritos no merecen, en rigor, dicha caracterización, sean novelas o ensayos.
He aquí, en palabras propias, la descripción de la novedad literaria, de
la buenaventura, de la nueva aventura libresca:
«Viaje a Canarias y el resto de la Península,
por tanto, es un libro de viajes en sentido literal: acerca de lo que el viaje
implica de desplazamientos, recorrido y experiencia sobre entornos y lugares
por descubrir; también acerca del método —quizás obligación—, de adaptación al
nuevo entorno vital. Desde este punto de vista, qué duda cabe, el presente
puede catalogarse, igualmente, como libro
de viajes y mudanzas. Pues parece cierto —al menos no está desmentido—, que
toda vida es viaje y todo viaje conduce al aprendizaje. Y de todo aprendizaje,
sale mudanza.»
Fragmento de la “Nota del autor”,
entiéndase a modo de introducción del volumen, como presentación —confirmación,
para quienes ya están familiarizados con su obra— de la rica escritura que
contienen sus páginas. Y es que, en cuanto al arte de escribir, José Vicente Pascual se sirve del lenguaje
con maneras y ecos de castellano viejo,
estilo pulcro y sobrio de quien ha nacido en Madrid. Desde el centro sale
pronto en dirección a los cuatro puntos cardinales de nuestra patria. Ha residido en —y deambulado por— las partes
bajas y altas de la ancha Castilla y en buena parte del resto de España, muy
especialmente en Granada, donde más años ha vivido, hasta el punto de
haberla bebido. En los capítulos del libro, parada y fonda respectivas, cronológicas
(desde año 2004 hasta 2014), en este recorrido físico y espiritual,
cartográfico, consta San Cristóbal de la Laguna, Barcelona, Sevilla, Carmona,
La Coruña, y, finalmente, Tenerife, de nuevo, mas no Granada. No hay aquí
olvido ni ausencia. Quizás nunca haya salido de la ciudad de la Alhambra, la
cual, por lo demás, ya está muy presente en su producción literaria; sin ir más
lejos, en la «Trilogía de Granada» (2000-2003) y La Hermandad de la Nieve (Evohé, Madrid, 2012).
Reparemos
en el título del nuevo libro, llamativo y aun chocante: Viaje a Canarias y el resto de la península. Escritor observador, atento al decir y al hablar
circundantes, relata él mismo, en las primeras páginas, la anécdota que
desentraña su sentido. Realizando gestiones en el Registro Civil de La Laguna,
por razones de mudanza, el gestor administrativo que le atiende, entre papeles
y certificados varios, comenta el tiempo en la isla, fresco, afirma, aunque no
tanto como el frío que hace “en el resto de la península”. La “espontánea locución” del funcionario lleva al autor, en el
recuerdo, a tierras lusitanas. Lo mismo le ocurre a este reseñador. Un
escritor portugués, ganador del Premio Nobel de Literatura, fantaseó en una de
sus novelas sobre el fabuloso caso de un Portugal desgajado de pronto de la
península ibérica, navegando, a continuación, por el océano. La “locución”
—espontánea, mas no disparatada— remite a un sentimiento distinto a éste, muy
profundo, acaso no consciente, en muchos residentes en Canarias y peninsulares,
en general: las islas afortunadas no
vagan por el Atlántico, sino que están firmemente amarradas a puerto España. Forman parte de una
península extendida. Y no es esta una fabulación, sino una constatación.
Viajero incansable, José Vicente Pascual
vive la vida como andanza y mudanza continuas,
y, entre medias y enteras, hace incursiones y excursiones, visitas y desplazamientos
por motivos de trabajo, por placer, porque sí. Correrías son, en verdad, de acá
para allá, transitando con lo justo, ya quisiera este caballero andante que
también con lo puesto; “ligero de equipaje”, según dejó dicho el poeta. Los múltiples colores y olores, los
diversos acentos y las voces, de España toda han dejado huella en el ser y el
escribir de este caballero de la Hispanidad, como lo fue Ramiro de
Maeztu.
Escritor
errabundo, no es, sin embargo, un exiliado,
como se dice de Miguel de Unamuno,
quien recaló un día, para permanecer varios meses por fuerza mayor, en
Fuerteventura. Ocurre que uno, en rigor,
no está exiliado en su propio país, incluso aun apelando a la vaga
expresión “exilio interior”, entre otras interioridades metafóricas.
El último capítulo del libro, «Tenerife,
enero de 2014» lleva una cita de entrada firmada por Ana María Matute: «Un escritor es una isla en un archipiélago.» Ojo,
lector, las tarjetas de presentación de todos los capítulos contienen palabras
precisas, oportunas, exactas, en su lugar. Tal vez, entonces, sí pueda
hablarse, a propósito de José Vicente Pascual y su nuevo libro, de escritor “desterrado”, porque la salida
y la llegada de este viaje literario se sitúan en Tenerife, donde lo cercano y
lo lejano se cruzan y confunden entre sí. Su
literatura, y creo que también su alma, son tan telúricas como marinas, pero
antes pasear por la playa que bracear en alta mar.
Benito
Pérez Galdós, escritor español de
origen canario, que cambió la residencia insular por la peninsular, afirmó:
«Y
es que gozo lo que da Madrid, sólo Madrid. ¡Natural! ¿Quién está triste con
esta gloria de cielo y esta bendición de sol?»

¿Y el agua bendita del anchuroso océano? Bueno, allí
está, no puede dejar de verse, día tras día. Viajero con los pies en la tierra,
no ha quemado sus naves.
«Nunca es tarde para
darnos cuenta de que los lugares pasan, como pasa el tiempo. Lo único que
permanece somos nosotros y los afectos que deseamos para siempre.» (pág. 103).