jueves, 6 de mayo de 2010

LA CRISIS EN TIEMPOS MODERNOS

        

«En resumen, el movimiento de los años veinte a favor del patrón oro no fue un auténtico laizzez-faire, sino un laissez-faire vergonzante. Era un despotismo benévolo dirigido por una minúscula elite de los “grandes” y los “buenos”, y en forma secreta. Strong [al frente, por entonces, de la Reserva Federal de Nueva York] entendía que su política de expansión del crédito y dinero barato era una alternativa al respaldo de Estados Unidos a la Liga [Liga de la Moneda Estable] y estaba bastante seguro de que el público norteamericano repudiaría esa actitud si llegaba a conocer los hechos; por eso insistía en que las reuniones periódicas de los banqueros fuesen rigurosamente privadas. Una política financiera que no soporta el examen del público es, en sí misma, sospechosa. Resulta doblemente sospechosa si convierte al oro en la medida del valor, pero no confía en que la gente común —los jueces definitivos del valor— aplique por sí misma dicha medida. ¿Por qué los banqueros temen que los hombres y las mujeres comunes, si se les ofrece la oportunidad, se abalancen sobre el oro, que no aporta ningún beneficio, si pueden invertir con beneficio en una economía sana? Aquí había algo que andaba mal. El banquero alemán Hjalmar Schacht reclamó insistentemente un auténtico patrón oro como el único medio de garantizar que la expansión fuese financiada por los ahorros voluntarios auténticos y no por el crédito bancario determinado por una minúscula oligarquía de dioses financieros.» (Paul Johnson, Tiempos modernos).

No conozco mejor monografía dedicada a compendiar el siglo XX en un solo volumen que Tiempos modernos (CUM LAVDE. Homo Legens, 2007) del historiador británico Paul Johnson. Libro que releo y consulto con frecuencia, cada vez que tengo sed de conocimiento y de concisión sin concesiones, como quien sabe recorrer el camino directo para encontrar agua transparente en el desierto, evitando dar demasiados rodeos, hundirse en arenas movedizas o acabar sorbiendo líquido de cactus. Estos días he vuelto al capítulo de la obra dedicado a la crisis del 29, titulado «El derrumbe». 

Con claridad y distinción, Johnson describe allí una situación que nos resulta dramáticamente familiar y muy actual. Y es que en la presente depresión económica parece estar repitiéndose los mismos errores que durante los años veinte y treinta del pasado siglo, y que llevaron al mundo, primero al derrumbe, y, a continuación, a la catástrofe. Unos mismos errores en la política económica practicada por las autoridades políticas y financieras, pero también en la interpretación de los historiadores y analistas. Como muestra, el manual recientemente publicado de Bernard Wasserstein, Barbarie y civilización. Una historia de la Europa de nuestro tiempo (Ariel, 2010), el cual, además de mediocre, mal escrito e inconsistente, acude, para explicar la anterior gran depresión económica, al viejo recurso explicativo de raíz keynesiana del patrón oro como principal causa de la misma.

Paul Johnson, frente a los ortodoxos del intervencionismo económico, advierte, en primer lugar, que el patrón oro había desaparecido de facto en 1914. Difícilmente podía ser, en consecuencia, responsable del crack. En segundo lugar, fue precisamente la sustitución de dicho patrón por una política monetaria de expansión del crédito y dinero barato (a bajos tipos de interés) no fundada en unos «ahorros voluntarios auténticos», el desencadenante primordial del derrumbe económico. Algo parejo a lo acontecido en el momento presente. 

Para mayor abundamiento en el desastre, y paralelamente al desorden monetario señalado, comenzó a perfilarse otra seria corrupción del sistema: la paulatina sustitución del genuino capitalismo de los propietarios por un fraudulento capitalismo de los gestores, sean éstos representantes de los Gobiernos o de entidades financieras, que ha logrado importante también hoy en nuestras sociedades. Por que, en efecto, hay corrupción y fraude en la acción estratégica de suplantar y desbancar, por parte de burócratas e ingenieros de altas finanzas y altos vuelos, a los «jueces definitivos del valor», es decir, los reales titulares de la propiedad, los depositantes, los inversores, los ahorradores.

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