martes, 11 de mayo de 2010

NY ON MY MIND


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El primer viaje que proyecté y realicé a Nueva York lo concebí como el primero en un sentido muy especial: no porque no hubiera habido otro antes (que también, o mejor, que tampoco), sino porque después de él debían venir, necesariamente, otros más que lo continuasen. Esta navegación debía ser, entonces, una iniciación, en sentido estricto, un prólogo, una presentación previa —la ciudad y yo— para ir conociéndonos mejor de ahí en adelante. Nueva York había penetrado en mi mente hacía ya mucho tiempo. Sólo era cuestión de poner fecha a una cita previa, al primer encuentro. No era, pues, una cita a ciegas, sino una consumación.
No me equivoqué ni pequé de optimista al concebir estos preámbulos. Hay ciudades que uno visita y descubre y hay ciudades que te descubres visitándolas: Nueva York pertenece al segundo tipo. Su espacio nos depara una expectativa, un lugar, más que a visitar, a revisitar. Cuando recorres Nueva York, al menos este es mi caso, se apodera de ti una sensación de déjà vu.
El primer viaje a Nueva York, al menos el primero, lo ritualicé casi antes de embarcarme en él. Al otro lado del océano me esperaba una ciudad que ya conocía. Mi mente había sobrevolado por ella miles de veces. New York on my mind.

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Miles de fotografías, cientos de películas y docenas de libros me hablaban al oído de Nueva York cuando me dirigía a su encuentro en el presente continuo de este verano de 1994. Por eso es un lugar que no podía sorprenderme, aunque sí puede contrariar o atrapar, según a quién. A mí, Nueva York me había seducido hace años. Ahora, una vez allí, en sus manos, era difícil deshacerse de su abrazo. Una progresión de hechizos hacía que me fundiese en su suelo como si siempre hubiera estado allí. Sea como sea, Nueva York, ya digo, no está hecha para sorprender: ni bajo el mismo Empire State Building puedes sentirte extraño ni empequeñecido, porque aquello que se alza ante ti, aquello que casi no puedes ver porque se pierde en el cielo y tu cerviz no puedo seguir la trayectoria ascendente sin riesgo de quebrarse, aquel portento, repito, ya forma parte de ti.
A la vuelta de mi primer viaje a Nueva York no podría asegurar haber estado allí efectivamente. Su realidad siempre antecede a su presencia: por eso es una ciudad tan cinematográfica, o ha logrado ser tan cinematográfica. La cámara de cine es quien mejor sabe de fotogenia, y Nueva York se deja fotografiar: enamora a la cámara, y nuestra retina también, de manera natural. Pasa esto —la fascinación de la cámara con un rostro, una figura— con ciertas estrellas del cine. Por ejemplo, Marilyn Monroe. Marilyn bajo el respiradero de Manhattan en La tentación vive arriba de Billy Wilder. ¡Quién da más!
Miro a mi alrededor. Allí el puente de Brooklyn, allá la Estatua de la Libertad, alrededor tuyo Central Park, al fondo la Quinta Avenida, encima de tu cabeza el centelleante edificio Chrysler y bajo tus pies los túneles inabarcables del metro: todo estaba ya en la mente y en la memoria de este viajero hechizado antes de partir.
No tienes que ir a Nueva York para comprobar que existe y que es real, como sí viajas a otros confines del planeta para tocar con tus manos su presencia física. Este no el caso de Nueva York, que no se puede abarcar con la vista ni puede tocarse. Cuando caminas por sus calles, penetras en sus edificios y observas a sus gentes, ya no te parece tan real porque entonces comienzas a soñar. Pero, si no has ido, lector, y te gustan las ciudades, no dejes de ir a Nueva York: el epítome de la ciudad.
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¿Cómo puede Nueva York sobrevivir día tras día a esta sobreabundancia, a esta plenitud? ¿Cómo puede conservarse tanta perfección en el encuentro, a veces aparentemente imposible, de sus espacios, edificios y gentes? ¿Por qué no se desintegra en la violencia y el caos? Ese es el milagro de Nueva York: su supervivencia. Los habitantes (y visitantes) de Nueva York sólo consiguen sobrevivir en la ciudad si son capaces de acomodarse al compás, la fuerza y la violencia que le son propios, que la definen.
Nueva York está diseñada a ritmo de jazz: es armónica, en su delirio de sonidos encontrados, y alcanza el éxtasis, en su capacidad para la improvisación creativa y sublime, sin llegar nunca a cansarse por su ritmo reiterativo ni a desfallecer por la energía compulsiva que la hace vibrar. Nueva York es, como los sueños, como el cine clásico, una ciudad en blanco y negro.
Hay, cierto es, fuerza y violencia, desvelo y ansiedad, en una ciudad que no duerme. Su vitalidad y energía le vienen de ellas. La violencia no se mide en Nueva York sólo por las agresiones y altercados en sus calles (aunque en EE UU, y el resto del mundo, hay ciudades mucho más inseguras) sino que reside en su misma esencia. Es la violencia que hace levantar un rascacielos junto a una delicada casita estilo tudor, y que puedan soportarse como buenos vecinos.
La violencia de construir una catedral de un gótico de pastel rodeada por torres, que no son almenas ni campanarios, pero la protegen, cuando más bien podrían devorarla. Es la violencia de demoler el bello palacio que acogía el primer hotel Waldorf Astoria y edificar en el solar que deja nada menos que el Empire Estate Building. Es una violencia urbanística insertada en una agresividad urbana: por ello están tan habituados los neoyorquinos a ellas (a la violencia, a la ciudad). Nueva York siempre vive al límite.
Por todo ello, el orden y la cordialidad en Nueva York resultan verdaderamente portentosos. Incomprensibles a primera vista. No he visto cruzar a los coches la calzada con el semáforo en rojo, pero sí, en el trajín peatonal de la Quinta Avenida, he sido advertido de la caída casual al suelo de mi bolígrafo de plástico por una acelerada ejecutiva (traje de chaqueta, zapatillas deportivas e incontables bolsos en hombros y manos), que, a pesar de la prisa, no olvidaba las elementales formas del civismo. He visto cientos de mendigos por las calles, pero no pedigüeños activos, ninguno interrumpió mi paso ni alargó hacia mí la mano en solicitud de un óbolo. No he visto perros sueltos vagando por las calles, sin dueño, y la basura, es cierto, inunda las calles en Manhattan, pero guardada en bolsas de plástico.
Es verdad que no he estado esta vez en Harlem, ni en el Bronx, tampoco en Coney Island, pero he visto en la calle 57, cruce con la Avenida de las Américas, en el corazón de Manhattan, el cuerpo de un hombre negro tendido en la acera en un estado inerte y con el rostro inexpresivo del vacío, mientras un bullicio enloquecido de seguidores de la selección de fútbol de Brasil celebraba por las calles y avenidas adyacentes el triunfo en el Mundial de fútbol, mantenidos en severo control por decenas de agentes de policía, quienes sin reprimir la fiesta hacían que el tráfico circulatorio de vehículos y personas no enloqueciera también. Orden y estallido, celebración y muerte, alturas y despojos, violencia y civilidad extremas: todo esto unido, compensado, en Nueva York no puede asombrar.
Todo es posible y todo cabe en Nueva York. El lema de unos grandes almacenes de la villa reza algo así como: «si busca algún producto y no lo encuentra en nuestra tienda, es que no existe». Bien, este mensaje publicitario resume lo que es este lugar. Todas las razas, todas las lenguas, todos los acentos y todos los caracteres congregados los encuentras en pocas millas y en pocos minutos, y todo resulta de lo más natural. Este es el milagro de Nueva York.

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Puedes desayunarte al estilo americano en la cafetería de la esquina, comer en un restaurante armenio y cenar en otro cantonés, para acabar rematando la noche tomando una cerveza negra en un típico pub irlandés, si es que tu estómago y tu vértigo te lo permiten. Puedes ir en taxi a Chinatown, conducido por un hindú impertérrito bajo su tocado sikh, pasear por sus callejuelas, dejarte inundar por olores hasta entonces desconocidos, comprarte un abanico chino en Canal Street y acabar, sin darte cuenta, cruzando Mulberry Street para penetrar en Little Italy. Allí, de Asia vuelves a Europa, te repones con un cappuccino supremo, servido por una camarera que no habla una palabra de italiano, aunque atienda perfectamente a las indicaciones en esa lengua, pronunciadas por un español que vacila con la lengua de Petrarca. Y todo resulta de lo más normal del mundo. Esto es América.
En Nueva York es difícil perderse o extraviarse. La peculiar organización reticular de su trazado urbano permite que te orientes con facilidad o que rectifiques con prontitud cualquier despiste en la ruta. Ni yo mismo me he desorientado en esta ciudad, cuando el sentido de la orientación es en mi caso cuestión de casualidad y fortuna. En ninguna otra ciudad como ésta han tenido para mí tanto significado los términos Norte, Sur, Este y Oeste (incluso más claramente dichos así: North, South, East y West), y hasta con vanidosa naturalidad comprendía la diferencia entre el West Side y el East River. Y sin necesidad de consultar un plano. Esta facilidad para orientarse con rapidez, lo comprendí pronto, es fundamental para la supervivencia en Nueva York, porque una simple calle altera todos tus destinos, hace que te encuentres en zona segura o insegura, en territorio hospitalario u hostil, en fin, que te descubras en mundos distintos sin dejar de estar en el mismo sitio.
Puedes subir por Park Avenue y acabar encontrándote en la más desolada y amenazadora oscuridad de una zona de Harlem, o bajar y quedar petrificado ante la deslumbrante fogosidad del Hemlsey Building, cruce con la calle 46, máxima expresión del resplandor del lujo a la sombra del MetLife Building (antiguo edificio de la Pan Am). Esto puede sucederte si te trasladas de Norte a Sur. Si lo haces de Oeste a Este por Yorkville, dejarás la placidez de la misma Park Avenue, aún con sus bloques de apartamentos exquisitos, protegidos por sus porteros, sus marquesinas y sus potentes sistemas de seguridad, para, sólo con cruzar Lexington Avenue en esta altura, zambullirte en un panorama tan distinto que sólo puedes advertirlo si estás muy atento al número o nombre de las calles y avenidas. Y a los vecinos del lugar.
Has dejado, entonces, los edificios de apartamentos lujosos para entrar en un trasiego de gentes de toda pinta (antes el color de la piel no lo distinguías ni en los porteros de los apartamentos), a través de puestos callejeros y tiendas de comestibles, muchos individuos con aspecto de ocio a perpetuidad y niños por las calles. No se ven niños en las calles céntricas de Manhattan; si lo ves, eso ya no es Manhattan. Aceleras el paso para comprobar adónde va a llevarte todo esto y acabas en la Segunda Avenida, donde como en un sueño, vuelves de nuevo a la calma callejera, a un paisaje urbano y humano más sosegado y recoleto, de barrio de clase media. Ahí ya podrás de nuevo encontrar un taxi, cuando ya probablemente no lo precises con tanta necesidad como antes, para abandonar la zona.
Esto es Nueva York: sólo un turista o un paseante muy despistado se equivocará. Un neoyorquino sabe dónde debe ir y dónde no, por dónde debe deambular y por dónde no. Las ideas de territorio y de frontera están plenamente arraigadas en esta nación, que se abrió a la conquista del Oeste con espíritu pionero, con conciencia del límite y con vigilante perspectiva de grupo racial y étnico. En este sentido Nueva York es América, como lo es también la ciudad de Dallas o Los Angeles.
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Nueva York es la ciudad ideal para quien sienta palpitar en su pecho el ánimo del urbanita, para quien ama la ciudad, porque Nueva York es más que una ciudad: es una sucesión de ciudades. Una ciudad concentrada: el mundo concentrado en apenas una isla, en algo que es más mundo que ciudad. Nueva York te lo ofrece todo y tú eliges. Todas las arquitecturas, todos los productos, todas las culturas, todos los espectáculos, todos los caminos se cruzan y se entrecruzan en su grandeza sin epicentro. Pero no quieras huir de ella refugiándote en uno de sus barrios buscando pureza, uniformidad y quietud, porque el alma de la ciudad se revelará en ellos golpeándote con novedad y movimiento.
Si no quieres esto, si no te gusta la libertad y el riesgo, Nueva York no es tu ciudad. Si lo es, prepárate: Nueva York, la ciudad que nunca duerme y que nunca descansa, es la ciudad soñada para el que gusta de soñar despierto y vivir sin descanso. Todo al mismo tiempo y sin sorpresas. Y todo esto como si fuese lo más natural y lo más normal del mundo.
Julio 1994
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