miércoles, 28 de septiembre de 2011

AIRE. ARIA. ARIODANTE




Ariodante de G. F. Handel es una de mis óperas favoritas. Y de Ariodante, si tengo que elegir un aria, esa aria es «Dopo notte, atra e funesta». Preferentemente, interpretada por Magdalena Kožená y la Orchestra Barocca de Venecia, dirigida por Andrea Marcon

Dopo notte atra e funesta,
splende in ciel più vago il sole
e di gioia empie la terra.

Mentre in orrida tempesta
il mio legno è quasi assorto,
giunge in porto e 'l lido afferra.

La versión que reproduzco fue grabada en Bruselas, año 2007.



jueves, 22 de septiembre de 2011

LOS INDIGNADOS Y LOS CABREADOS



Hoy, los españoles están divididos en dos grupos: los indignados y los cabreados. Un fraccionamiento más. Una separación visceral y primitiva, inmemorial, la de los españoles, de la que uno mismo no llega a acostumbrarse nunca, pero que emerge a la menor ocasión. Ahí está el célebre cuadro de  Goya, Duelo a garrotazos, para que no nos olvidemos de la memoria... histórica de España.

Y si no, para eso ha pasado José Luis Rodríguez Zapatero por el Gobierno de la Nación: para alentar todavía más la riña y la lucha fratricida, el enfrentamiento entre ciudadanos y Comunidades Autónomas, en las propias familias, entre trabajadores y empresarios, entre el Tribunal Constitucional y el Tribunal Supremo, entre las regiones secas y las húmedas, entre empleados y parados, entre la izquierda y la derecha, entre hombres y mujeres, entre creyentes y no creyentes, entre taurinos y antitaurinos, entre fumadores y no fumadores, entre los míos y los otros. Para compensar, en política exterior, Zapatero ha impulsado la Alianza de Civilizaciones.

José Luis Rodríguez no sólo deja una España en quiebra económica, rota y empobrecida, tercermundista y estancada, desacreditadas las instituciones públicas, humillada y envilecida, enfangada en la corrupción y la golfería, noqueada por la desmoralización y la desesperación general. Por si esto fuera poco, Rodríguez Zapatero ha legado a la posteridad (que será prolongada...) una nación furibunda y arrebatada. Soñaba con hacer de España una España roja, y, en efecto, le ha sacado los colores de la vergüenza a un país inflamado por la ira. Una nación que pugna entre sí hasta en la forma de estar irritado: la indignación o el cabreo.


Los «indignados» braman contra el Sistema y el capitalismo, los bancos y los mercados, los «especuladores» y los inversores en Bolsa, atacan las Administraciones Autonómicas gobernadas por el Partido Popular, denuncian los ajustes y los recortes en el gasto público, quieren más funcionarios y más empleo público, exigen más impuestos, más deuda pública y más déficit público (o sea, más «políticas sociales» y más políticas ¡públicas, públicas, públicas...!), piden menos Papa y más patata frita; no piden, en realidad, un puesto de trabajo sino un subsidio o, ya puestos, una pensión. 


Los «cabreados», por su parte, están hartos de socialismo y de corrupción, de mamandurria y bribonadas, hastiados de pagar impuestos y tasas, colmados de canon y otros arrebatos recaudatorios, empachados de «brotes verdes», cegados por la «luz al final del túnel» y el cuento de nunca acabar, exasperados ante tanto «jeta» y tanta «ceja», aplastados por la presión de incontables Administraciones y un inacabable despilfarro con sello oficial.

Los indignados, añorando la República gritan en la calle «No pasarán»; como además son muy feministas y odian la economía de mercado, entonan el Himno de la prima de Riego. Los cabreados, antes conocidos como los «crispados», dudan entre cantar un Réquiem por España o rezar una Salve. Lo mismo de siempre.

Algún optimista podría afirmar que siempre nos quedará el consuelo de los éxitos deportivos españoles, y, a la cabeza de todos ellos, el fútbol y nuestra Selección Nacional.

―¡Nada de «Nacional»! ¡«La Roja»! ― ruge una voz a la izquierda.

¿Lo ven? Ya empezamos de nuevo. No nos ponemos de acuerdo ni en darle nombre a esa fuerza y esa garra con la que nuestros muchachos ganan títulos internacionales espoleados por la «Furia española».


 

miércoles, 14 de septiembre de 2011

LA EUROPA CLANDESTINA. RESISTENCIA A LAS OCUPACIONES NAZI Y SOVIÉTICA





J. Mª Faraldo, La Europa clandestina. Resistencia a las ocupaciones nazi y soviética (1938-1948), Alianza Editorial, 2011, 344 páginas

A diferencia de la Gran Guerra, la Segunda Guerra Mundial no se dirimió en las trincheras, lejos de las ciudades. En contraste con la primera gran conflagración bélica del siglo XX, en la segunda, no sólo participaron directamente en el conflicto (o se vieron directamente involucrados en él) las fuerzas militares en liza, sino que estuvo afectada la población entera. La Segunda Guerra Mundial, iniciando así el nuevo paradigma bélico  de la «Guerra total», fue una fenomenal batalla sin trincheras. Pero también sin cuartel, ni tregua, sin código de honor, ni límites. Sin campo de Marte vallado, sin ring claramente delimitado, donde decidir quién gana el combate y quien resulta perdedor, la distancia entre el guerrero y el espectador se estrechó, hasta el punto de hacerse muchas veces imperceptible.

Según describe el propio autor, el objeto de La Europa clandestina es «un intento de comprender el fenómeno de la resistencia de unos sectores de la población a la ocupación militar y la imposición nacional por parte de un estado invasor.» (pág. 23). Esta consideración invita a entender la resistencia como un fenómeno político y social, no sólo militar o patriótico. Golpeados los ciudadanos en el corazón de su vidas, en sus propias casas y haciendas, invadidos, ocupados, violentados, desplazados, humillados y ofendidos, empujados por la fuerza a ajustarse a los patrones políticos, culturales e ideológicos del ejército asaltante, miles, millones de europeos eran incitados a revolverse contra el atacante. O hacerse colaboracionista. Por activa o por pasiva.

Fueron muchas y muy diversas las formas de resistencia. La resistencia ―la «cuarta fuerza»― adoptó variados «comportamientos resistenciales». Estaban, en primer lugar, las organizaciones armadas, los partisanos, el «maquis», el «ejército en la sombra», el «Estado clandestino». Pero, por otra parte, es justo reconocer las actitudes de la población, a menudo espontáneas, tendentes a la negación de la autoridad, a la desobediencia civil, al sabotaje pasivo, al ostensible disgusto en aceptar las órdenes de las autoridades ocupantes, al escaqueo, a las acciones simbólicas de desafío, como, por ejemplo, llevar ciertas prendas, cantar determinados himnos y celebrar ritos de notorio contenido patriótico, antinazi (antifascista) o antisoviético (anticomunista), según el caso.


Porque ―y he aquí uno de los aspectos más originales y relevantes de La Europa clandestina― acerca del tema examinado, más que de «resistencia» debe hablarse de «resistencias». Frente a la tendencia usual ―aunque de ninguna manera inocente― de identificar la resistencia con el antifascismo y el movimiento liberador con la orientación izquierdista, lo cierto es que las naciones europeas fueron golpeadas por dos fuerzas totalitarias; ciertamente, con rasgos propios, pero totalitarias, a la postre: el nazismo y el comunismo. En algunos casos, como el de Polonia, los pueblos padecieron una «doble ocupación», produciéndose en ellos episodios donde lo grotesco quedaba fundido con lo trágico: «Como cuenta por ejemplo el militar [polaco] Stanislaw Ruman, el 17 de agosto [de 1939] su escuadrón resistía a los alemanes, cuando de pronto éstos desaparecieron. Al poco se vieron rodeados por unos tanques pequeños, extraños. Eran los soviéticos.» (pág. 89).

Muchos de los compañeros de quien refiere la circunstancia fueron exterminados en la terrible matanza perpetrada por el Ejército Rojo en Katyn. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, no pocos países del este de Europa, que padecieron la dominación alemana durante el conflicto bélico, pasaron a la órbita soviética. De hecho, este fue uno de los temores (el quedar sometidos al poderío la URSS) que motivó muchas iniciativas de movilización popular y de enrolamiento en grupos de resistencia en aquéllas naciones. Grecia pasó, sin solución de continuidad, de la Guerra Mundial a la guerra civil. En España, que no intervino directamente en el conflicto, la dictadura del general Franco siguió adelante. Para bastantes pueblos la «liberación» que supuso el fin de la conflagración internacional, no trajo consigo la libertad.

Como el propio título del volumen indica, el contenido de sus páginas remite al espacio europeo, extendiéndose en el tiempo desde la invasión de Checoeslovaquia hasta la instauración de las denominadas «democracias populares», los futuros países «satélites» de la Unión Soviética. Si bien, en realidad, la «Segunda Guerra Mundial no concluyó hasta que a finales de los años 1950, los últimos guerrilleros en España, en Grecia, en Rumania, en Lituania, en Ucrania o en los bosques polacos, se dieron por vencidos o fueron exterminados.» (pág. 22)


La Europa clandestina consigue, además de narrar la Segunda Guerra Mundial desde la perspectiva resistencial, desmontar muchos mitos empotrados en la «historia oficial» de las resistencias. Por lo que toca a la relevancia más o menos determinante ―incluso, su utilidad― de las mismas en la resolución del conflicto, hay que hacer constar que ninguno de los países invadidos entre 1939 y 1945 ―ni siquiera Yugoslavia― fue capaz de liberarse por sus propias fuerzas: «Para acabar con las ocupaciones soviéticas ―lo que muestra, al fin y al cabo, lo diferente de su naturaleza― haría falta esperar al derrumbe del sistema a partir de 1989 y su discurrir sería además de un modo completamente opuesto al de las liberaciones realizadas durante la Segunda Guerra Mundial.» (pág. 305). Por otra parte, algún país, y multitud de dirigentes políticos, hicieron de la resistencia una leyenda y una ficción con el fin alterar su auténtica posición durante los años de guerra; este sería el caso de Francia.



Asimismo, la investigación histórica ha logrado desvelar la insidia antisemita según la cual el pueblo judío no resistió al nazismo, sino que se dejó llevar al matadero con resignación, supuesta prueba de su «culpa». En realidad, miles de judíos sirvieron en grupos de resistencia, a menudo en puestos de mando, las revueltas en Varsovia fueron dirigidas por un buen número de judíos, todo ello sin contar los numerosos y estremecedores episodios de rebelión en los campos de concentración y de exterminio.

Y, en fin, el estudio pormenorizado y riguroso de las resistencias revela el carácter propagandístico del denominado «consenso antifascista», merced al cual la URSS y los partidos comunistas a su dictado pretendieron erigirse en la fuerza ideológica decisiva que liquidó el nazismo, lo que le otorgaría un marchamo de legitimidad democrática, claramente negada por los hechos.

La edición incluye 37 fotografías y un listado dando los datos de cada una; un mapa de Europa, mostrando las distintas zonas de resistencia; un listado de siglas; y, finalmente otro listado de organizaciones clandestinas por países. Además de una amplia bibliografía.

José M. Faraldo, profesor de Historia en la Universidad Complutense de Madrid, ha sido profesor e investigador en la Europa-Universität Viadrina, de Franfurt/Oder (1997-2002) y director de proyecto e investigador en el Centro de Investigación de Historia Contemporánea en Postdam. Asimismo, ha sido investigador invitado en el GWZO de Leipzig y en el ZZF, Postdam/Georg Eckert Institut de Braunschweig. Su principal campo de estudio es la historia de Europa Central y Oriental, y, en especial, la historia ruso-soviética y polaca, así como de la extinta República Democrática Alemana.
Hasta ahora se ha dedicado, además de la enseñanza y la investigación,  a la traducción y es conocido principalmente por las traducciones del polaco al español que ha realizado sobre la obra del autor Andrezj Sapkowski y su serie de Geralt de Rivia. La Europa clandestina es, pues, su primer ensayo.



miércoles, 7 de septiembre de 2011


11 Septiembre 2011



Diez años desde el 11-S. Ya. Diez años de 11-S. Todavía. No quiere esto decir que la nube de ceniza que oscureció la línea del horizonte aquel día aciago siga cubriéndonos con su manto asfixiante, hasta el punto de no dejarnos ver más allá. Hay vida y libertad tras el 11-S. Hemos sobrevivido al 11-S. He aquí el acontecimiento. Porque iban a por más. Iban a por todas. Hemos resistido y resistiremos.

Muchas cosas han pasado desde entonces. No todas malas. Las acciones militares aliadas desarrolladas en Irak y Afganistán, las políticas contraterroristas aplicadas por las democracias más relevantes del mundo, han logrado frenar el avance del terror, merced a actuaciones tanto quirúrgicas como preventivas. Algunas muy destacables y resolutivas. Acaso la más notable haya sido la localización y muerte, finalmente, del primer y máximo responsable, aunque no el único, de la masacre: Osama bin Laden.

Como una nube no hace verano, ocurre, sencillamente, que los hombres libres en las sociedades no olvidamos. Ni olvidaremos nunca aquella villanía. «We will never forget», continúa simbolizando la llamada de piedad y justicia de las víctimas, los muertos y los vivos, la cual no debe ser desatendida ni ignorada. Jamás. 

Por la misma razón, nunca olvidaremos tampoco el Holocausto ni la causa del pueblo judío y de Israel, que no es otra que poder vivir en libertad, con seguridad y dignidad. Estas sí son causas. No como otras, que son excusas causadas.



El texto completo de mi artículo homenaje a las víctimas del 11-S, está en «10 años desde el 11-S»El Catoblepas, nº, 115, septiembre, 2011, pág. 7