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domingo, 3 de febrero de 2013

CIEN AÑOS DE LA GRAND CENTRAL STATION EN MANHATTAN: ALL ABOARD…

FRG

Ofrezco aquí un tributo a uno de los edificios más emblemáticos de Nueva York, la Grand Central Station, tan grande y hermosa que celebró los 100 años el día 1 de febrero de 2013. La estación terminal está situada en la calle 42, coronando Park Avenue. All aboard


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Today New York’s Grand Central Station turns 100 Pictured, looking toward Grand Central Station where new center north of Grand Central (Pan Am building) would be built. More photos here (Andreas Feininger—Time & Life Pictures/Getty Images) via life



















domingo, 18 de noviembre de 2012

APOTEOSIS DEL ART DECÓ EN MANHATTAN


Nueva York es la ciudad ideal para quien sienta palpitar en su pecho el ánimo del urbanitas, para quien ama la ciudad, porque Nueva York es más que una ciudad: es una sucesión de ciudades. Una ciudad concentrada: el mundo concentrado en Manhattan y sus hermanas (Bronx, Brooklyn, Queens, Staten Island) en algo que es más mundo que ciudad. Nueva York te lo ofrece todo y tú eliges.

Todas las arquitecturas, todos los productos, todas las culturas, todos los espectáculos, todos los caminos se cruzan y se entrecruzan en su grandeza sin epicentro. Pero no quieras huir de ella refugiándote en uno de sus barrios buscando pureza, uniformidad y quietud, porque el alma de la ciudad se revelará en ellos golpeándote con novedad y movimiento.



Nueva York está diseñada a ritmo de jazz: es armónica, en su delirio de sonidos encontrados, y alcanza el éxtasis, en su capacidad para la improvisación creativa y sublime, sin llegar nunca a cansarse por su ritmo reiterativo ni a desfallecer por la energía compulsiva que la hace vibrar. Nueva York es, como los sueños, como el cine clásico, una ciudad en blanco y negro. Nueva York, como las radiantes fantasías, un mosaico de colores.







martes, 11 de septiembre de 2012

RECUERDO DE MANHATTAN

 Tribute of Light , 2011 © Matthew Pillsbury
 
2001, UNA TRAGEDIA EN MANHATTAN
 
2001. Una mañana clara de final de verano,
el cielo de Nueva York quedó seccionado
por unos aceros flamígeros,
unas espadas de fuego que decapitaron
las cumbres de cristal, dejando la borrasca
en el asfalto y en el alma.

Tras el tajo criminal,
una nube de polvo y ceniza
dejó oscurecida la línea del horizonte,
huérfana la línea del cielo, envolviéndola
hasta casi borrarla del paisaje.

Cuando se disipó la niebla, un nimbo infinito
seguía coronando la ciudad
víctima de la fechoría.

La ciudad, herida, continuaba viva,
pero el mundo había cambiado la faz
y probablemente su destino.

Había entrado en un tiempo de vesania.
Dies irae, dies ille...
 
 

domingo, 27 de noviembre de 2011

¡HARPO HABLA…! DEL HOTEL ALGONQUIN DE NUEVA YORK



«El Algonquin era un lugar excéntrico. Yo no podía entenderlo del todo.
Obviamente, no era un hotel de cómicos, porque nadie en el vestíbulo es­taba jugando pinacle a dos manos ni leyendo Billboard. No tenía el olor de los hoteles de viajantes, y no tenía los decorados cursis de una trampa para turistas. Si no era nada de esto, tenía que ser una fachada, una puesta en es­cena para ocultar algo. Pero qué ocultaba el Algonquin tras su fachada, tam­poco podía adivinarlo.
Cuando pregunté por la habitación del señor Woollcott, el hombre de la recepción me miró con curiosidad. Yo pensé: Ay, Dios, me va a pedir la contraseña. Pero seguramente decidió que yo era de fiar. Me dio el número de una suite del segundo piso.
Cuando llegué al apartamento me sentí mucho mejor. Sólo había ocho tipos jugando a las cartas en una habitación llena de humo y sembrada de ceniceros, tazas de café, chaquetas y corbatas abandonadas y montones de fichas de póker.
Woollcott, ahora en mangas de camisa como los demás, dejó sus cartas, se levantó de un salto y me tomó por el brazo.
—Harpo —dijo—, te presento al Club Literario y Escalera Incompleta Ta­natopsis. Harpo, Tanatopsis. Tanatopsis, Harpo.
¿Tanatopsis? ¿Qué era eso? ¿Un grupo de conspiradores griegos? Los tipos de la mesa parecían bastante simpáticos. Sonrieron y dijeron cosas corteses. Yo dije:
—Terminen la mano, por favor —y se pusieron todavía más simpáticos. Cuando acabaron la mano, Woollcott me los presentó uno por uno.
Sólo un nombre me sonaba de algo: Frank Adams, «F.P.A.», el famoso co­lumnista de La torre de mando. Groucho y yo habíamos enviado colabora­ciones a La torre de mando desde hacía años y habíamos logrado que se pu­blicaran algunas. Nunca me imaginé que le estrecharía la mano al Guardián de la Torre en persona. En cuanto al resto de los jugadores, sólo recordarlos como un montón de tipos llamados «Benson», que era a lo que sonaba uno de los nombres. Tengo una memoria desastrosa para los nombres. […]

La tertulia del Algonquin se desarrollaba en el primer piso con frecuencia en una mesa redonda situada en un rincón del comedor. Años más tarde, cuando todo el mundo se puso nostálgico por los años veinte, esa mesa llegó a ser conocida como la Mesa Redonda, y se escribía sobre la gente diciendo que habían sido «Miembros» de la Mesa Redonda del Algonquin.
El Club Tanatopsis tenía en efecto miembros oficiales, pero no así lo reunión del primer piso. No era más que una larga perorata, con gente que entraba y salía, comía, discutía, cotilleaba, contaba chistes, hablaba de negocios y sufría inspiraciones geniales. Junto al resto de los jugadores del se­gundo piso —Woollcott, Adams, Benckley, Broun, Swope, Kaufman, Connelly y Ross—, me pasé muchas horas en la Mesa Redonda. No se podía sa­ber quién más aparecería: había asiduos, como Deems Taylor, Donald Ogden Stewart, Peggy Woods, Jane Grant y Dorothy Parker, y descarriados como Helen Hayes, Charlie MacArthur, Edna Ferber, Bernard Baruch, Ring Lardner, Otto H. Kahn y Will Rogers.
Woollcott almorzaba en el Algonquin todos los días. A través de él conocí a cuatro mujeres extraordinarias, que estarían muy cerca de mí durante el resto de la década: la actriz Ruth Gordon, Neysa McMein, pintora e ilus­tradora, Alice Duer Miller, la novelista, y la brillante esposa de George S. Kaufman, Beatrice. […]
El Algonquin era refugio de los más brillantes autores, editores, críticos, columnistas, artistas, financieros, compositores y actores del momento. Aquél rincón del comedor era un semillero de narradores y conversadores. Pero, hasta que yo aparecí, no había ningún oyente de tiempo completo en toda aquella población. No me habrían acogido más cálidamente si hubiera estado en mi mano levantar la Prohibición.»
Harpo Marx, ¡Harpo habla!, Montesinos, Barcelona, 1988 (edición original 1961), págs, 139-142.




Por alusiones y menciones, añadiré algo sobre el célebre Woollcott, citado por Harpo en su autobiografía, y, como podemos leer, fue la persona que le introdujo en el Club.

Tomo de Wikipedia la siguiente referencia del personaje:
«Alexander Humphreys Woollcott (19 de enero de 1887-23 de enero de 1943) era un crítico teatral y comentarista estadounidense de la revista The New Yorker, y miembro de la Mesa Redonda del Algonquin.
Woollcott sirvió de inspiración para Sheridan Whiteside, personaje principal del obra El hombre que vino a cenar, de George S. Kaufman y Moss Hart1 , y para el no menos desagradable personaje Waldo Lydecker en la clásica película Laura. Woollcott afirmaba también que Rex Stout se inspiró en él para crear a su brillante detective Nero Wolfe, pero Stout lo negó.
Woollcott escribió la crítica del debut de Los Hermanos Marx en Broadway, I’ll Say She Is, y se convirtió en pieza fundamental en el renacimiento de la carrera del grupo cómico. Comenzó una larga y estrecha amistad con uno de sus componentes, Harpo Marx. Uno de los hijos adoptados de Harpo se llamó Alexander en homenaje al crítico.
Personaje polémico y demoledor crítico teatral, fue una de las personas más influyentes del panorama artístico en la primera mitad del siglo XX.»



Harpo rodeado de Art Samuels, Charlie MacArthur, Dorothy Parker y Aleck Woollcott









Harpo, haciendo honor a su papel en los Hermanos Marx, participaba poco en la tertulia y solía tener la boca cerrada. Lo que realmente adoraba era jugar a las cartas. Lo mismo que su hermano Chico, lo cual les acarreó sobrellevar severas deudas económicas durante muchos años. Groucho tuvo más de una vez que sacarles del apuro. Y eso que Groucho era muy mirado (vulgo, tacaño) en todo lo referente a los temas pecuniarios. Alguna película de la hermandad tuvo que hacerse, a toda prisa, para cubrir las deudas de los hermanos aficionados a los juegos de manos. Pero esa... es otra historia.


jueves, 17 de noviembre de 2011

EN EL HOTEL ALGONQUIN DE NUEVA YORK



«Entre 1907 y 1946, Frank Case, que amaba a los escritores, los acogió en su hotel concediendo y prorrogando créditos a quienes le agradaban. La iniciativa de "la Mesa Redonda del Algonquin" se debe a él. Desde 1920, y durante veinte años, unas treinta personas se reunieron a comer en la Pergola Room (convertida en la Oak Room) y después en la Rose Room, para intercambiar opiniones y convicciones literarias. Los miembros fundadores, todos ellos críticos, periodistas y editores, influyeron en el estilo de la literatura americana contemporánea: Aleck Woollcott, Heywood Bron, Frankn Asams, John Pter Tooley, Robert Benchley, George Kaufmann, Marc Connely, Robert Sherwood, Harold Ross y Dorothy Parker.







Pronto establecieron lazos con el mundo del cine, con la presencia, entre otros, de Preston Sturges, muerto en el hotel en 1959, de Herman Mankiewicz o de Harpo Marx. Todos tenían en común fuertes personalidades (humor, acidez, malignidad, fobias, hipocondría, frustraciones), y se mostraban especialmente tolerantes con este conjunto de patologías. Cabría hablar de una terapia de grupo oficiosa. Edmund Wilson, alcoholizado entre dos hospitalizaciones por depresión, reinaba en un sillón del vestíbulo, pidiendo un martinidoble, y manteniendo, a pesar de todo, brillantes y muy coherentes conversaciones hasta el momento en que notaba que era hora de irse. Harold Ross, el legendario editor del The New Yorker, reconoció haber creado virtualmente la revista en el hotel, y por eso en cada habitación hay un ejemplar. 


El “Gonk” es una institución. Una institución que albergó durante mucho tiempo a un huésped convertido a su vez en verdadera institución: un gato llamado Hamlet, que recorría día y noche el hotel, durmiendo preferentemente en los almacenes del quiosco. Se convirtió en protagonista de un libro de Val Schaffner: El gato algonquino

Nathalie de Saint Phalle, Hoteles literarios


Cuando voy a Nueva York, menos veces de las que desearía, me hospedo en el hotel Algonquin (59 West, 44th Street). Me gustan los «hoteles literarios». Frente a los hoteles «con encanto», yo prefiero los hoteles con historia, en los que el paso del tiempo, y de personajes relevantes de la literatura y el pensamiento, el cine y el espectáculo, han dejado huella. No creo materialmente en los fantasmas, ni les temo. Pero adoro las historias de fantasmas y los espacios fantasmagóricos. Reconozco que he sentido la presencia de algunos de esos espectros durante mis estancias en algunos hoteles (cafés y bares) del mundo.



La última vez que estuve en el hotel Algonquin (año 2005), aprecié algo de deterioro en sus instalaciones y las habitaciones algo pequeñas (tuvieron que enseñarme varias antes de decidirme por una: ¡no podía pagarme una suite!). Representa un gran placer desayunar todas las mañanas en el mítico Oak Room, leer los periódicos en el vestíbulo. Tomarse un cocktail en el bar del hotel, antes de asistir a un buen musical (los teatros de Broadway y el Radio City Music Hall están a dos pasos del Algonquin). Oler el perfume del barniz que despiden sus maderas nobles.



Como se ha mencionado, Harpo Marx frecuentó mucho el Algonquin. Pero esa es historia para otro día…



Continuará...