domingo, 31 de octubre de 2010

ENEMIGO JUDEO-MASÓNICO Y ENEMIGO POLÍTICO EN EL FRANQUISMO



Javier Domínguez Arribas, El enemigo judeo-masónico en la propaganda franquista (1936-1945), Marcial Pons, Madrid, 2009, págs. 534.
 Tal vez no sea exagerado reconocer en el pensamiento del jurista alemán Carl Schmitt la caracterización canónica de la figura del enemigo político, a partir de la célebre dialéctica amigo/enemigo expuesta en su ensayo El concepto de lo político. Brillante y docto intelectual y, al mismo tiempo, fiel seguidor de la ideología nazi, Schmitt ofrece dos disposiciones teórico-prácticas idóneas para disertar sobre el odio al adversario político. Autor, pues, que escribe con conocimiento de causa. Recordemos ahora uno de sus más conocidas descripciones de enemigo: «El enemigo político no necesita ser moralmente malo, ni estéticamente feo; no hace falta que se erija en competidor económico, e incluso puede tener sus ventajas hacer negocios con él. Simplemente es el otro, el extraño, y para determinar su esencia basta con que sea existencialmente distinto y extraño en un sentido particularmente intensivo.»
La citación de Schmitt a propósito de la reseña de un libro sobre «el enemigo judeo-masónico en la propaganda franquista» tampoco se antojará ociosa ni caprichosa. Pues lo primero que llama la atención y provoca la curiosidad del lector no especialista interesado en este tema es la presunta incomprensividad del asunto, su supuesta incongruencia, a saber: en un contexto social sin apenas judíos ni masones, ¿cómo y por qué convirtió la propaganda oficial del franquismo —tanto en el alzamiento militar y la guerra como durante el propio régimen— a la hidra del judaísmo y la masonería en el paradigma del enemigo a denigrar, odiar y anatemizar?
Si algún enemigo político real y principal tuvieron las fuerzas franquistas, antes y después de la Guerra Civil, fueron, sin duda, los comunistas (mucho más que los anarquistas e, incluso, que los socialistas). Sin embargo, los responsables del aparato de propaganda a la hora de fijar el centro de la diana, el Enemigo marcado como gran amenaza, optaron por el binomio —el contubernio— judeo-masónico. Esclarecer este aparente sinsentido exige discernir el sentido profundo y simbólico del término «enemigo», así como la función y el impacto de la propaganda en la sociedad.
A esta tarea se aplica con esmero el trabajo de investigación de Javier Domínguez Arribas, estructurado en cuatro partes: «Condicionamientos», «La Guerra civil española», «La época de la Segunda Guerra Mundial» y, finalmente, «Las funciones de la propaganda anti-judeo-masónica». El texto toma como base una tesis doctoral, con todo lo que comporta semejante origen: minuciosidad y rigor, pero también mucho detalle y aun exhaustividad.
En cuanto a los condicionamientos, Domínguez Arribas indaga la larga tradición de pensamiento que sirvió de base para la construcción y difusión del mito judeo-masónico. A largo plazo, encontramos, sin duda, un eco antijudío tradicional en España, que se remonta a la expulsión de los hebreos durante el reinado de los Reyes Católicos, y que posteriormente quedó establecido a través del imaginario popular (leyendas, frases hechas) combinado con ecos remotos del crimen al Mesías. Fue en la segunda mitad del siglo XIX, vía Francia, cuando aparece definido el modelo del «complot» judeo-masónico. Es el escenario del affaire Dreyfus y la difusión de los farsantes Protocolos de los Sabios de Sión. Pero, todo esto, lejano y derivado, no es suficiente para la explicar el fenómeno.
¿Por qué atrajo tanto a los propagandistas del franquismo el modelo de «enemigo judeo-masónico»? Pregunta clave, según especifica el propio autor: «El tipo ideal de enemigo que pintaba la propaganda del régimen —tomando el mundo real sólo como una referencia lejana— nos dice mucho más de sus creadores que de los grupos minoritarios a los que se pretendía representar (pág. 18). En España, no existía comunidad judía apreciable desde el siglo XV. En 1936, fecha tomada como inicio de la pesquisa, habría alrededor de 6.000 judíos en la Península, la mayoría huída de la Alemania nazi. La cifra sería similar para el caso de los miembros de la masonería. Ambas comunidades, en consecuencia, muy discretas, y la segunda, incluso «secreta».
Es más, el mismo general Franco no tuvo nunca una inclinación explícitamente antisemita. De hecho, llegó a mostrar simpatía por los judíos sefardíes, sin duda más por la raíz hispana que por la fe. Su personal obsesión antimasónica sí fue, por el contrario, más señalada, probablemente por circunstancias que es preciso determinar, en gran medida, indagando en el ambiente familiar del dictador. En este punto, el hilo discursivo de Schmitt vuelve a sernos útil: «A un enemigo en sentido político no hace falta odiarlo personalmente; sólo en la esfera de lo privado tiene algún sentido amar a su “enemigo”, esto es, a su adversario
A nivel legislativo y ejecutivo, el régimen franquista también persiguió y reprimió, sobre todo, a los masones, aunque como puntualiza Domínguez Arribas: «En general, el hecho de ser masón no constituyó el principal motivo de persecución, sino una condición agravante (pág. 158). Por lo que afecta al acoso al judío la circunstancia fue distinta. Al ser considerados en su conjunto partidarios de los «rojos» —como lo atestigua, por ejemplo, la notable presencia de judíos en las Brigadas Internacionales—, el castigo venía motivado más por causas políticas que religiosas o raciales.
El enemigo político era, entonces, lo que estaba por categorizar y diseñar, a fin de erigirlo en mito que asegurase, de la manera más eficaz, la función explicativa, legitimadora y represiva del régimen autoritario de Franco. El objetivo último del mito era garantizar la unidad de la coalición que sustentaba el régimen, pero también atraer nuevos afines a la «causa». Ocurre en todos los gobiernos dictatoriales que no toman, como el nazismo, la raza como Enemigo. Para la URSS y los países sometidos al comunismo, el Enemigo estaba encarnado por la figura del «burgués»: los burgueses eran los enemigos y en «burgués» era convertido el amigo caído en desgracia, o sea, en enemigo.
En el caso del franquismo, continúa el autor, el modelo funcionaba de modo similar, aunque al revés: «Probablemente, ciertas características supuestas del enemigo judeo-masónico lo hacían más útil que los comunistas en tanto que factor explicativo de las calamidades que sufría España. Esas características están relacionadas con la invisibilidad, el misterio y el secreto que se le atribuía(pág. 406).
La propaganda servía para marcar diferencias y para unir, según las circunstancias, a las distintas familias del Régimen. A Franco, aliado de Hitler, no le convenía señalar al comunista como representante del Mal durante el pacto de no agresión germano-soviético de 1938 a 1941. Después de la Guerra Civil, muchos antiguos miembros del Frente Popular tenían que cogerse a alguna excusa para cambiar de bando. Tras la Segunda Guerra Mundial, y la salida a la luz del Holocausto, tampoco era estratégico demonizar al judío.
Lo cierto es que a partir de 1945 la propaganda oficial abandona casi por completo el tema antisemita, quedando los masones como personificación «favorita» del «Enemigo». Si masones no había, o no quedaban, en España, masón era quien osaba oponerse o contradecir a la autoridad oficialmente instaurada.

miércoles, 27 de octubre de 2010

REALISMO SOCIALISTA SINDICAL


«Al parecer, este paraguas cultural bajo el que podían convivir todos los escritores leales al régimen soviético era el realismo, una invención de Stalin y Gorki, entre otros. El realismo socialista se convirtió en la doctrina cultural oficial a finales de agosto de 1934 en Moscú, durante el Primer Congreso de la Unión de Escritores Soviéticos, un acontecimiento fastuoso y solemne, ampliamente difundido por la prensa soviética y que fue el punto culminante del trabajo de Gorki como asesor de Stalin en materia cultural. […] Gorki fue nombrado presidente de la nueva megaestructura literaria que surgió, el Sindicato de Escritores Soviéticos, cuyo proceso de formación culminó en 1934.

También vio la luz el sueño del escritor de conseguir que el Estado apoyara a los trabajadores de la cultura. Se creó un sistema especial, primero para los escritores y posteriormente para otros miembros de la intelligenstia “creativa”, con el fin de garantizar a los miembros de los sindicatos de escritores, artistas, arquitectos, cinematógrafos, compositores y demás, una serie de privilegios. Entre estas ventajas figuraban encargos estatales de nuevas obras, tiradas mayores, honorarios más elevados, condiciones de vida más cómodas, paquetes especiales de alimentos, acceso a centros turísticos especiales y hospitales.

El sistema de privilegios se mantuvo sin cambios prácticamente durante sesenta años, hasta que la Unión Soviética se desmoronó en 1991.» (Solomon Volkov, El coro mágico. Una historia de la cultura rusa de Tolstói a Solzhenistsyn, Ariel, 2010,  pág. 121).


Dejo a la libre interpretación, al buen entendimiento y a la inspirada imaginación del visitante del blog la valoración de este fragmento extraído del muy interesante y valioso trabajo de Solomon Volkov. Aun siendo reales los personajes que aparecen en el ensayo y contrastados, asimismo, los hechos allí descritos con la cruda realidad, juzgue el lector mismo si todo parecido con la situación actual de España es mera coincidencia, o no. Si la segunda transición en España desde la Checa a la Ceja pasando por la Meca (1934-2010), protagonizada por el Sindicato de Cultura Progresista, es síntoma de verdadero progreso, o no.

jueves, 21 de octubre de 2010

RUBALCABA, NUEVO FOUCHÉ Y VIEJA FATALIDAD

«En la vida real, verdadera, en el radio de acción de la política, determinan rara vez —y esto hay que decirlo como advertencia ante toda fe política—las figuras superiores, los hombres de puras ideas; la verdadera eficacia está en manos de otros hombres inferiores, aunque más hábiles; en las figuras de segundo término. […] en el juego inseguro y a veces insolente de la política, a la que las naciones confían aún crédulamente sus hijos y su porvenir, no vencen los hombres de clarividencia moral, de convicciones inquebrantables, sino que siempre son derrotados por esos jugadores profesionales que llamamos diplomáticos, esos artistas de manos ligeras, de palabras vanas y nervios fríos. Si verdaderamente es la política, como dijo Napoleón hace ya cien años, la fatalité moderne, la nueva fatalidad, vamos a intentar conocer los hombres que alientan tras esas potencias, y con ello, el secreto de su poder peligroso. Sea la historia de la vida de José Fouché una aportación a la tipología del hombre político.» (Stefan Zweig, Fouché. Retrato de un político).

En la célebre biografía de Stefan Zweig consagrada al retrato psicológico ¡y biológico! de Joseph Fouché, superministro de la policía de Napoleón y prototipo universal de político tenebroso, reconoce el autor vienés la deuda intelectual contraída con Honoré de Balzac en el momento de decidirse a escribir sobre el carnicero de Lyon. Balzac, en Une ténébrese affaire, dedicó una de las páginas de la novela a describir la personalidad, la química de los sentimientos, de este «singular genio», quien se mueve en política como si en un laboratorio de ciencias naturales se tratase. Dice el gran novelista francés de este sujeto de cara pálida, educado bajo una disciplina conventual, que conocía todos los secretos de los partidos políticos de la época; que había estudiado con mirada de agente de policía, despacio y sigilosamente, el comportamiento de los hombres y las prácticas de la escena política; que manipulaba informes y despachos como quien trajina profesionalmente con tubos de ensayo, agitadores y probetas; que derriba Gobiernos y fulmina personas con la energía de un coloso; que se adueñaba, vampíricamente y con facilidad, del espíritu de sus jefes; que no le agradaba que le mirasen fijamente a la cara, para que no descubriesen el juego que se traía entre manos, siempre tan invisible y activo Fouché, como el mecanismo de un reloj.

El genio analítico y narrativo de Zweig se sintió fascinado por este personaje cuyo rasgo de carácter consistía justamente en su falta de carácter, cautivado por este tipo maquiavélico, el más perfecto de la época moderna. Comprende de inmediato, nada más iniciar el ensayo, que está componiendo la «biografía de una naturaleza perfectamente amoral». A otros biógrafos deja la tarea de pintar el retrato de Napoleón. Zweig reserva su energía en retratar al secundario de la historia, pero no por ello menos importante.

La reciente crisis materializada por el Ejecutivo socialista en España, en la que Alfredo Pérez Rubalcaba ha sido encumbrado a la vicepresidencia primera, convirtiéndose de facto en el principal ejecutor de la acción de gobierno, me evoca el genio y la figura de Fouché. No sé por qué…

¿Será con el parecido físico? ¿Será por los antecedentes y los consecuentes de ambos sujetos? El caso es que Rubalcaba, esa síntesis siniestra de zapaterismo y felipismo ha tomado las riendas del poder en España. ¿Se lo merece España? ¿Se merece España…?

lunes, 18 de octubre de 2010

ESPAÑA INMÓVIL EN UN ROMPECABEZAS

Según un reciente estudio de movilidad laboral dado a conocer por la empresa de trabajo temporal y recursos humanos Randstad, más del 60 % de las personas en edad de trabajar en España estarían dispuestas a cambiar de ciudad para conseguir un empleo. Este dato representa un incremento de un 30 %  respecto al estudio efectuado por la misma compañía el año 2008.
Si en condiciones de mercado laboral estable y aun floreciente, tales guarismos no serían fenomenales ni escandalosos, qué decir en estos tiempos de crisis, recesión, depresión económica, y hasta de amenaza de colapso estructural en las finanzas del Estado. Pues uno diría que estima incluso bajo el recuento estadístico. El preámbulo del informe ya señala que España, en relación a otros países de la Unión Europea, llama la atención por la escasa movilidad geográfica por motivos de trabajo. ¿Qué nos inmoviliza y enraíza tanto?
Entre los factores que esclarecen nuestra patitiesa particularidad, concluye la investigación, «cabe destacar la cultura y el concepto de familia, la tradición de la vivienda en propiedad que complica el cambio, la dificultad en varios tramos de edad de cambiar de puesto de trabajo, el trabajo de la pareja o la inseguridad de no conocer cuáles serán las condiciones de retorno a la ciudad base en un futuro.» Se dice aquí la verdad, pero no toda la verdad.
A los condicionamientos sociológicos tradicionales en España, no debe ocultarse uno muy particularizador,  que actúa como afección oclusiva —colesterol político— en el flujo ciudadano nacional. Me refiero, claro, al tinglado autonómico, que, más allá del inicial propósito descentralizador del Estado, apunta hacia un confín de sesgo confederal, aunque sin federalismo fiscal... El Estado de las Autonomías, hoy: una tierra con demasiados «territorios», una nación con demasiadas naciones emergentes, un Estado con demasiado Estado, con demasiadas Administraciones, convertido en  diecisiete reinos encastillados, enfrentados entre sí, donde brilla la desigualdad fiscal y declina la unidad de mercado, donde hasta la lengua oficial ve coartado su uso en algunas de sus regiones.
España ha llegado a convertirse en un rompecabezas, cuyas piezas sólo encajan en un sitio y sólo en uno. Entre nosotros, a la sombra del socialismo y los nacionalismos rampantes, arraiga un «tipo ideal» de ciudadano con estos rasgos modelo: cultura básica y localista, sin dominio de lenguas extranjeras, horror vacui, viajero de cercanías, turista accidental, funcionario autonómico, en fin, con empleo fijo y a pocos minutos de casa, para toda la vida. Y así no puede ser.
El caso es que la crisis económica y el pavoroso crecimiento del paro están conmoviendo la conciencia y la disposición del español en la búsqueda de empleo. Bien está, al fin; sin con ello añorar la reposición del  «¡Vente a Alemania, Pepe!» Que la política ahora no frene la movilidad y la renovación en la sociedad. Si algo útil resulta de la crisis, que concierna al cambio de hábitos y actitudes de este tipo. Cambio, por lo demás, esencial en su feliz conclusión.
Y es que la diferencia entre una sociedad liberal y un régimen socialista es que, mientras en aquélla las leyes cambian merced a las costumbres, en éste son las costumbres las que pretenden ser cambiadas u obstruidas por la fuerza de la ley.

La presente columna de Opinión se publicó en el diario Factual.es, el 21 de marzo de 2010, bajo el título de «La España inmóvil», cuando todavía colaboraba en dicha publicación. Hace meses que echó el cierre.

martes, 12 de octubre de 2010

ADMIRACIÓN Y FAMILIARIDAD (y 2)

«Nuestros allegados son los menos propensos a reconocer nuestros méritos. Los santos siempre han sido “puestos en entredicho” por sus amigos y sus vecinos. […] Sólo contamos para quienes ignoran nuestros antecedentes.» (E. M. Cioran, Cuadernos [1957-1972]).

En plena sociedad de la información, que no del conocimiento, el que más o el que menos está hoy al tanto de casi todo respecto a prácticamente no importa qué o quién. Nunca antes había tenido tanto sentido, como lo tiene hoy, equiparar el estar al corriente de las cosas con estar al cabo de la calle. La familiaridad, al permitir el estrecho contacto entre unos y otros, nos iguala, haciendo de todos nosotros «grandes hermanos». Las fórmulas clásicas de despedida —«Adiós», «Hasta pronto»— han sido sustituidas por un casi amenazador «Estamos en contacto…».
Para los Ministerios de Hacienda e Interior no hay dato personal de nuestras vidas que se les escape, y de ninguna manera ignoran los antecedentes de cada uno. No sólo las Autoridades e Instituciones políticas estrechan el cerco. La misma sociedad civil invade de mil formas los espacios del individuo. El antecedente lleva al consecuente: más Gobierno, más coacción y menos libertad.
Con el teléfono móvil y con Internet estamos, permanentemente, en directo, online. Por medio de Facebook y demás redes sociales cualquiera es capaz de saber del otro, sin que éste se entere: « Yo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar ». Cualquiera tiene un millón de amigos, como mínimo, con sólo inscribirse en una página web. Así de fácil. Todos somos «Queridos amigos» con sólo dar a una tecla. Sin ser personalmente  presentados, siquiera a los desconocidos. Pues ahora todos los amigos son desconocidos. Y viceversa. ¿Cómo hacer amigos? Basta con ser «agregado» a una lista. Un clic es suficiente para obrar la maravilla.
El efecto que toda esta corrupción de la mirada y la admiración produce en la valoración de acciones e individuos es tan determinante como demoledor. Desde hace años, aunque no figure como condición previa en las bases del concurso, para ganar un premio literario tiene uno que haber salido en televisión. Al menos un par de veces. Si es presentador de un programa en antena, las probabilidades aumentan. Si ha protagonizado, además, un escándalo ante la audiencia, la cosa del galardón pasa a ser ya de puro trámite.
Hoy tiene éxito quien se hace ver y quien se hace «notar». He aquí el sujeto admirado de nuestros días.
El hombre contemporáneo es el hombre que sabía demasiado. Lo cual no le convierte en más culto o inteligente. Porque «en este escenario» en el que hemos acabado viviendo (que no «situación», ni siquiera «contexto», ni tampoco sociedad civil en sentido estricto), la admiración ya no es lo que era. La privacidad y la intimidad, tampoco. El lenguaje suele ser la primera instancia que registra los cambios de tendencias en la gente. «Estamos en contacto».
En este «escenario» ya no hay héroes morales. Sólo hay intérpretes y público. El heroísmo moral ha sido destronado por el protagonismo estético. ¿Acaso el pensamiento único y la corrección política en boga, platicando en los centros escolares y en los medios de comunicación, no enseñan y popularizan que ética y estética, en el fondo y en la forma, son lo mismo?

lunes, 4 de octubre de 2010

ADMIRACIÓN Y FAMILIARIDAD (1)

 
«Como decía el príncipe de Condé “nadie es un héroe para su ayuda de cámara”. Admiración y familiaridad son incompatibles referidos a una misma criatura mortal.» (David Hume, «Del origen y progreso de las artes y las ciencias», en Ensayos políticos).

De las distintas acepciones de la voz «admirar» no todas mantienen hoy similar vigencia de uso. Uno queda admirado, por ejemplo, al percibir algo o a alguien que le causa sorpresa, bien porque no lo esperaba o sobreviene, bien porque no se esperaba que fuese o actuase de la manera en que lo hace. Esta admiración es de tipo reflexivo, como puede verse. Pero «admirar» apunta, asimismo, a una significación, menos descriptiva, más noble y de mayor calado, a saber: la consideración de aquella cosa o persona que apreciamos como extraordinaria. No sólo porque se salga de lo corriente, sino más bien por apreciar en ella una expresión de excelencia. Aplicado a un individuo, el sentimiento de admiración invita también a la emulación, por lo que conlleva de ejemplaridad.
Comoquiera que en nuestros días la excelencia —el heroísmo, la ejemplaridad y la emulación— son valores en retroceso (literalmente, «mal vistos»), no extraña que haya prevalecido el primer sentido de la admiración arriba señalado, esto es, la afección que alguien experimenta ante aquello o aquel que llama la atención. Con semejante relación de fuerzas en el plano significativo, el valor inicial del término ha ido corrompiéndose. Admirable ha dejado de significar aquello que merece ser contemplado. Hoy se admira lo que es visto, precisamente por ser visto. De este modo, la causa y el efecto, el antecedente y el consecuente, objeto y sujeto, han acabado confundiéndose y transmutándose.
La admiración declina, fundamentalmente, por efecto de la familiaridad entre el objeto admirado y el sujeto que admira. La familiaridad implica cercanía entre las personas, intimidad y confianza. A menudo, en demasía; a veces, una confianza que da asco, según recoge el refranero español. La proximidad permite, en efecto, acercarnos entre sí y no perder detalle uno del otro. Resultado: quien mira demasiado cerca ve cómo va desenfocándose el objeto de la mirada. El que es, a su vez, mirado en exceso acaba siendo algo demasiado visto…
En estos tiempos de avance del multiculturalismo, del relativismo y del igualitarismo, y parafraseando la cita que encabeza estas líneas, podría decirse que hoy nadie es héroe sin la ayuda de una cámara de televisión.