martes, 28 de junio de 2011

MOVILIZACIONES Y CONSIGNAS


 En estos tiempos posmodernos, vivimos instalados en una subcultura de lo efímero, lo débil y lo corto practicada por unas masas desbocadas con afán de protagonismo. Este fenómeno sociológico sirve a veces para el asalto del poder político.
El fenómeno sociológico de las movilizaciones presuntamente espontáneas, como todo lo que tiene que ver con los encuentros furtivos y las citas a ciegas, fascina a protagonistas y a espectadores, y no pasa desapercibido a los analistas del medio y sus alrededores, provocando en cualquier caso división de opiniones. El acontecimiento, que adquiere un genuino sabor de manifestación subcultural, ha sido exportado desde tierras norteamericanas y de allí se ha extendido por todo el mundo. He aquí una nueva faceta de los nuevos tiempos de la globalización en que vivimos excitantemente, y que a algunos disgusta, cuando les perturba y rompe sus férreos esquemas de pensamiento único, y complace, cuando les favorece y fortalece sus planes. 


Como casi todo lo que está de moda en el planeta, lo dicho se nombra en inglés. Me estoy refiriendo, en concreto, y entre otras modalidades de presentación y envoltorio, a las flash mobs, a las movilizaciones repentinas de multitudes, a las concurrencias fugaces de muchedumbres, a los encuentros y desencuentros repentinos de grupos que se citan sin motivo aparente, haciéndose ver, sumándose, descargando sus energías para recargar las pilas y así seguir tirando, hasta la próxima.
En junio de 2003, un tal Billy organizó un singular party en Nueva York que cambió el concepto de las reuniones sociales conocido hasta la fecha. Este ocurrente organizador tuvo la ingeniosidad de convocar a un nutrido grupo de amigos y conocidos a través del correo electrónico para que se concentraran en los populares almacenes Macy´s en la Gran Manzana, y no precisamente porque fuese el primer día de las rebajas. Entonces, ¿con qué fin? Los allí concentrados debían apiñarse alrededor de una de las alfombras expuesta en la tienda para a continuación proceder a cumplir un rito trivial y frívolo. Después, la desbandada. Cada mochuelo vuelve a su olivo y hasta una posterior migración. El suceso tuvo continuidad, y, después de Manhattan, la moda mob se extendió por el resto de Estados Unidos y Canadá, cruzó los océanos y pronto conoció nuevos sonados episodios en Europa y Asia. La movida de la mob ya era una realidad sociológica. Pero la cosa no quedó ahí.
Estos happenings —mitad festivos, mitad gamberros—, que interesan a las páginas de sociedad de los periódicos y que la sociología toma como insólita demostración a estudiar y analizar, han adoptado de inmediato rasgos de pretensión artística y aun de repercusión política. El fotógrafo Spencer Tunick, sin ir más lejos, se ha hecho famoso promoviendo flamantes performances consistentes en apelotonar cientos de cuerpos masculinos y femeninos despojados de toda prenda en un entorno señalado (la estación central de Nueva York, Montjuïc en Barcelona), tras una convocatoria pública y abierta, para hacerse la foto y mostrar el esplendor de una instantánea que parece poner al día y al desnudo las evoluciones coreográficas del gran creador Busby Berkeley. ¿Qué motiva a la gente a prestarse a tales montajes?


Henos ante unas actuaciones de voluntarios de débil voluntad, quienes, en realidad, se movilizan siguiendo la orden precisa de unos personajes avispados con mucho que comunicar y aun que ganar. Los asistentes no son más que masa circundante y circense que aspira a mostrarse en público, a salir a la palestra, pero sin hacerse visible, ocultándose tras la anónima y fláccida aglomeración. Leo en la prensa que uno de los organizadores de una mob montada en Denver (EEUU) argumentaba de esta guisa: «la razón de ser del fenómeno es conseguir que la gente se reúna y experimente un momento de unidad».
Ciertamente, bastante de eso hay. Pero, lo importante es saber quién está detrás del montaje, el cual no siempre se da a conocer ni confiesa sus propósitos. Las respuestas expansivas de los participantes revelan una necesidad de manifestación individual que busca revestirse del terno de lo colectivo para así afianzar el sentido de la pertenencia a un grupo y darse la satisfacción de que ellos también cuentan, de que sus movimientos adquieren el rango de participación activa, cuyas consecuencias no siempre llegan a calibrar del todo. Sí lo hace, en cambio, la mano que les mece y dirige, dictándoles el mensaje que deben leer y pasar.
En España hemos conocido algunas versiones jaraneras de estas demostraciones de coros y estancias, como la que tuvo lugar en marzo de 2003 en Sevilla, donde 70.000 jóvenes invadieron La Cartuja respondiendo a la llamada de un director de escena saleroso que trasmitió el siguiente mensaje: «Niño, hoy fiesta de la primavera. No te olvides de comprar el botellón. En el Charco de la Pava». Se colapsó la ciudad y el Ayuntamiento tuvo que activar un plan de seguridad a toda marcha, pero la cosa no pasó a mayores. Hay, no obstante, otro tipo de mensajes con menos gracia, movidos por la mano sinuosa del clan de Rasputín, que puede hacer mucho daño y dar más que hablar:
«¿Aznar de rositas? ¿Le llaman jornada de reflexión y Urdazi trabaja? Hoy 13M, a las 18h. SedePPC/Genova 13. Sin Partidos. Silencio por la verdad. ¿Pásalo!» [Sic].


[...] El 13 de marzo la movida de la mob impactó en España contra los españoles con el ímpetu de una ballena blanca. Ocurre que traducido al español, «mob» significa «turba» y «muchedumbre», pero en su forma verbal apunta a la acción de atacar en grupo, de acosar y asediar. Cuando el acoso es laboral y/o moral se dice mobbing. Son los tiempos de la mob del móvil. Es hora de pasar factura.

La reciente movilización en España conocida como «15M» me trae a la memoria un artículo que escribí en el diario Libertad Digital, bajo el título «Mano larga, mensajes cortos», publicado el 16 de julio de 2004. Reproduzco aquí una versión reducida del mismo, con algunas correcciones de estilo. Lleve a cabo el lector las equivalencias que juzgue oportunas y extraiga sus propias conclusiones.

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