La
coronación del proyecto totalitario de imponer en el planeta un “Nuevo Orden
Mundial” por parte de influyentes poderes fácticos —en el ámbito de la
economía, la política, los medios de comunicación, etcétera—, gestores en
distintos niveles de actividad y cualificación, proclives a sustituir a (o ponerse
en el lugar de) los propietarios en una sociedad de libre mercado y regida por
leyes y contratos, suele denominarse con acierto “COVID-1984”. El apelativo
—poco cariñoso, claro está— remite a la célebre novela de George Orwell, 1984, recreación pavorosa de un
futuro naufragado en el fango de la dominación y la sumisión, en que la humanidad
ha dejado de serlo, donde los hombres han sido reducidos a esclavos deshumanizados,
un futuro, en fin, que ya es presente
(probablemente, lo era en una de sus primeras fases, cuando la obra fue
escrita en 1948), por cuya fortuna y
ventura ni el más optimista daría un duro.
El
trágico momento por el que pasa la población a escala mundial encuentra en la
literatura no pocos referentes que se le aproximan, y en gran medida lo
anticipan. La utopía desgarradora descrita por el escritor británico cabría distinguirse
como la que lleva a cabo un retrato más ajustado a la realidad vigente, al
oscuro escenario en que vivimos peligrosamente.
Tampoco faltaría en la historia del cine un inventario de títulos, encuadrados en
los géneros de ciencia ficción, intriga, terror, drama psicológico, catástrofes,
etcétera, que muestren cómo, un día u otro, lo real copia la ficción, por así
decirlo. Por lo que mí respecta, si tuviese que seleccionar un film representativo
de lo que nos está pasando sería Invasion
of the Body Snatchers (La invasión de los ladrones de cuerpos,
1956), película dirigida por Donald Siegel,
con Kevin McCarthy, Dana Wynter, Larry Gates y Carolyn Jones al frente del
reparto. Se han realizado posteriormente otras versiones y remakes de la cinta, pero la mencionada constituye el clásico por
antonomasia, la que cuenta y vale.
Todo
buen aficionado al Séptimo Arte conoce el argumento.
En una población de California, sucede un fenómeno altamente perturbador: cuerpos
microscópicos venidos del espacio exterior penetran en las viviendas de la
ciudad, donde adquieren la forma de vainas que, a su vez, gestan copias de los individuos que las habitan, aunque alterando
su personalidad. Una vez germinados
(¿renacidos?) los dobles, adquieren rasgos
peculiares reconocibles por estar infradotados de conciencia colectiva, que les niega individualidad e
identidad, y por carecer de
moralidad. Se trata de seres que actúan como autómatas, con apariencia de
normalidad en la conducta, pero que cobija una motivación de carácter maligno.
El
médico local Miles Bennell (Kevin
McCarthy), protagonista de la película, descubre la naturaleza del
mal y cómo el suceso supera el límite municipal para adoptar la forma de una
invasión a gran escala. Héroe del
film, el doctor Bennell, consciente de la imposibilidad de detener con sus
propias fuerzas la enormidad del avance
de las empáticas criaturas (como hemos visto, se ponen en el lugar del otro,
robándole cuerpo y alma) extendiéndose por todo el mundo, se esfuerza, sin
embargo, en que sus conciudadanos perciban el peligro y se prevengan ante él.
Tomado por un paranoico demente, es llevado a un hospital psiquiátrico
(arranque del mismo film) donde al principio no logra convencer ni a sus
colegas, aunque a la vista de la información que llega de otras localidades dando
cuenta de sucesos semejantes, dan crédito, finalmente, a sus palabras de
advertencia y llamada a la reacción general contra los invasores. Un final
feliz (o al menos, esperanzador) en la ficción. No aseguraría lo mismo en la
realidad…

Los ladrones de cuerpos y almas, los
invasores que en el contexto y espacio existentes he denominado Másteres del Universo, se caracterizan por ostentar diversos rangos, desde general y oficial a
tropa regular, desde miliciano a simple explorador y ojeador. Esparciendo la ponzoña y la cizaña, acaban por formar
un inmenso ejército de colaboracionistas, por activa o por pasiva, conscientes
o no de su participación en la ocupación; agentes víricos y “pacientes
militantes”, podría decirse. Les estamos viendo y actuando de manera diferente
a como los observábamos antes de ser infectados de pandemónium y de veneno “covidiano”. Les reconocemos por el aspecto exterior, por la fisonomía, por la
fachada, y cualquiera se confiaría a ellos, pero las apariencias engañan. Diríase a primera vista que son las mismas
personas, o mejor dicho, que siguen siendo seres humanos. Pero no lo son. Son
dobles, seres reducidos a la condición de clones desalmados.
Hay
que estar alertas frente al ataque de los invasores duplicados, aplicados a la
tarea de extender y apuntalar la alarma general. No te dejes engañar por lo que
recuerdas del original en ellos. No son “normales”. Han sido trocados en
zombies, trucados en seres robotizados, amaestrados, que hacen lo que les
mandan y nada más, lo que no es poco.
Observa
a ese vecino, con quien intercambiabas
algo más que los “buenos días”, y que ahora nada más verte salir de casa,
te espeta con la acostumbrada afabilidad y la misma cara: “no llevas
mascarilla”.
Fíjate
en esos antiguos amigos a quienes
visitabas con frecuencia y os tratabais con familiaridad, y que hoy te
reciben en casa manteniendo las distancias, en pantuflas, pero enmascarándose
de inmediato, nada más entrar por la puerta, por si acaso.
Mira ese empleado de toda la vida en grandes almacenes o zona comercial —custodiado por un guardia de seguridad, crecidos
ambos tanto en el ordeno y mando cuanto disminuidos en modales— imponiendo al cliente
las normas a la hora de adentrarse en un área, ataño de entrada libre y hogaño
convertida en zona hostil (el que paga hace mucho tiempo que no manda; eso era
cuando el capitalismo): “¡Un momento! ¡Toma de temperatura! ¡Lavarse las manos!
¡Ponerse guantes y no bajarse la mascarilla! ¡Circule por la línea roja! ¡No
toque los productos que no vaya a comprar! ¡Guarde cola en las cajas a dos
metros de distancia de quien se encuentre delante y sólo se acepta pago con
tarjeta!” ¿Os acordáis de cuando el
libre comercio y aquello de “el cliente siempre tiene razón”?
Parece tu sobrino, pero al ir a darle un abrazo, se cubre con el brazo
y te apunta con el codo, como si portase un invisible escudo, mientras sonríe creyendo que está saludando.
Ver y no creer que tu propia hija no
permita que cojas en brazos a tu nieto.
No puedes creerte que se trate de tu hija, ¿verdad? En efecto, no lo es.
¡Hola!
Otra vez en la oficina bancaria de toda la vida. La directora de la sucursal sí
es nueva. Cambian de directora cada pocas semanas. Repara en quien ejerce de funciones de conserje,
sí, ese señor tan simpático y amable que lleva años atendiendo al público. Hoy te miran, en su lugar, unos ojos sin rostro
y te inquieren con marcialidad: “¿Tiene cita previa? ¡Identifíquese!”
¿Qué ha sido de esas personas que tomabas
por inteligentes y cultas, y hoy te hablan de pandemia, hospitales,
test y vacunas como si eso fuese el
problema, como si se tratase de algo real, como si tal cosa?
Suena el teléfono. ¿Es tu cuñada? ¿La
escuchas? Sí, es su voz. Dice que
este año no hay comida familiar de Navidad, porque somos más de la cuenta, según cálculo y orden de
la oficialidad. Otro año será.
Y
en este plan…
En
La invasión de los ladrones de cuerpos,
los individuos son transportados a una nueva dimensión (la “nueva realidad”, el ¡Hombre Nuevo!) cuando se quedan dormidos. Preciso es, por tanto, hacer lo
posible por mantenerse despiertos.
*
¡Qué panorama! ¡Rodeados de
tipos extraños, hasta en familia, entre amigos, en el barrio, en nuestra ciudad! Luego, mirarse uno mismo en el espejo.
¿Quién eres tú?
«Lo Unheimlich,
lo siniestro, forma uno de estos dominios.
[…] La voz alemana “unheimlich” es, sin duda, el antónimo de «heimlich» y de «heimisch»
(íntimo, secreto, y familiar, hogareño, doméstico), imponiéndose en
consecuencia la deducción de que lo siniestro causa espanto precisamente porque
no es conocido, familiar. Pero, naturalmente, no todo lo que es nuevo e
insólito es por ello espantoso, de modo que aquella relación no es reversible.
Cuanto se puede afirmar es que lo novedoso se torna fácilmente espantoso y
siniestro; pero sólo algunas cosas novedosas son espantosas; de ningún modo lo
son todas. Es menester que a lo nuevo y desacostumbrado se agregue algo para
convertirlo en siniestro.
[…] E. Jentsch destacó, como caso por excelencia de lo
siniestro, la «duda de que un ser aparentemente animado, sea en efecto
viviente; y a la inversa: de que un objeto sin vida esté en alguna forma
animado», aduciendo con tal fin, la impresión que despiertan las figuras de
cera, las muñecas «sabias» y los autómatas.»
Sigmund Freud, Lo
siniestro (1919)