jueves, 20 de enero de 2022

OPTIMISMO DESLUSTRADO

 


«Tendré una gran ocasión de demostrar las consecuencias desmesuradamente funestas que el optimismo, ese engendro de los homines optimi, ha tenido para la historia.»

Friedrich Nietzsche, Ecce homo

 

1. El “Nuevo Optimismo”

Llama la atención, en estos últimos tiempos, la pujanza de una moda intelectual tendente tanto a frenar el pesimismo, realmente existente, cuanto a fomentar el optimismo, presuntamente más ajustado a lo que hay. Hoy, a las modas también las llaman “tendencias”. En esta cruzada de aliento cívico-moral, se encuentran autores muy en boga: Steven Pinker, Johan Norberg, Hans Rosling, Yuval Noah Harari, Matt Ridley. Apoyan sus discursos esperanzados con profusión de datos estadísticos, contables y contrastables con la experiencia, factual o profesional de cada cual. Tal empeño tiene relevancia económica y social, aunque creo percibir, también, derivaciones políticas en el mismo.

Aunque no se trate de un movimiento concertado ni de una corriente de opinión corporativa o gremial abiertamente partidista, de intelectuales situados en una misma perspectiva ideológica, en su conjunto, prevalece la voluntad de ofrecer una mirada satisfecha de la realidad y el futuro. Una ilusión. No ha faltado tiempo, sin embargo, para que los medios de comunicación hayan acuñado una etiqueta, tan al uso como poco original, que emparente a escritores, tan animosos todos como divergentes entre sí, en una misma congregación: «Nuevos Optimistas» (Oliver Burkeman en el diario progresista británico The Guardian). Lo cierto es que resulta significativo ese empeño común por contrarrestar la perspectiva pesimista, que juzgan dominante en el presente, por irreal, exagerada y catastrofista, que no valora lo que tenemos, lo que se ha conquistado a lo largo de los años.

Aunque no todos los situados en dicho observatorio aceptasen ser etiquetados bajo el epíteto de “progresista”, sí parecen estar de acuerdo en calificar el signo y movimiento de los tiempos en términos de “progreso”. Norberg, de hecho, ha titulado uno de sus libros más conocidos Progress: Ten Reasons to Look Forward to the Future (Progreso, 2016; edición española, 2017), siendo conocido su caminar por la orilla conservadora-liberal. Un ensayo anterior al citado lleva el descriptivo rótulo de In Defense of Global Capitalism (En defensa del capitalismo global, 2001; versión española, 2005).

Por su parte, una de las obras más celebradas de Hans Rosling (1948–2017), Factfulness (2018; en edición preparada, tras su muerte, por Ola y Anna Rosling), lleva como subtítulo esta directa y rotunda declaración: Diez razones por las que estamos equivocados sobre el mundo. Y por qué las cosas están mejor de lo que piensas. Volumen escrito en clave divulgativa y ligera, bajo el efecto de un síndrome casi de euforia, concebido y redactado para transmitir entusiasmo, entre bromas y veras, llega a poner como ejemplo de la mejora en las condiciones vitales de la humanidad el que, hasta en los países menos desarrollados, la mayor parte de las personas hacen tres comidas al día. Dicho sin sarcasmo, aunque sin ocultar lo paradójico de la referencia, la dieta en cuestión será recibida y vista como muy saludable en los países que anhelan dejar atrás la miseria y la pobreza más extremas. Ahora bien, en las sociedades opulentas, la sobrealimentación, el consumo excesivo de vitaminas, la dieta hipercalórica y la obesidad —o, al menos, el sobrepeso— constituyen un problema de primera magnitud. El debate en cuestión no apunta a los estómagos sino a los valores. Y, además, con la comida no se juega.

De acuerdo con otros “nuevos optimistas”, Hasling alega, asimismo, la presumida evidencia del progreso alcanzado en la escolarización infantil, al estar ésta prácticamente generalizada. Un hecho de indudable alcance cuantitativo, no, necesariamente, un indicador de calidad de vida ni de sociedad libre. Desde una mirada no progresista del asunto, la escuela ha llegado a convertirse en materia de alerta y preocupación, una institución de alto riesgo para niños y jóvenes: centro de adoctrinamiento ideológico, acoso y coacción (alumno-alumno, profesor-alumno) y apoteosis de la pedagogía contracultural en detrimento de la instrucción y la formación académica; laboratorio de movimientos totalitarios, donde ensayan la “revolución cultural” para su posterior extensión en el conjunto de la sociedad; etcétera. En Estados Unidos (también en Australia, Canadá y otros países), como reacción al concepto de educación obligatoria y regulada por las instituciones del Estado y/o el Gobierno, es cada vez más influyente la homeschooling (educación en casa), expresión plena de la libre opción de los padres a la hora de decidir la educación de sus hijos, ordenada desde la propia sociedad en agrupaciones coordinadas en redes a fin de compartir experiencias y organizar actividades en grupo, iniciativas que eviten el aislamiento de los niños. Obligatoriedad, uniformidad curricular y socialización son elementos esenciales en un ideario de “progreso” y de “mundo feliz”, pero no son, por definición ni por defecto, nociones u horizontes que conduzcan a un mundo mejor.

Factfulness, libro emblemático del optimismo en progreso, preside la lista de libros más vendidos. Ha sido muy bien recibido y glosado por los suplementos culturales y revistas de inclinación progresista. Bill Gates, millonario filántropo que no oculta su sesgo liberal (en la acepción empleada en Estados Unidos), acaso al objeto de encubrir y humanizar su estatus de individuo acaudalado, así como la Fundación Nobel, institución cada día más desacreditada, a poco de ser publicado el ensayo de Rosling, anunciaron su intención de financiar la entrega gratuita de un ejemplar a todos los graduados y licenciados en sus respectivos países EEUU y Suecia, respectivamente. ¿Por qué, precisamente, este título?

No todo es festivo y recreativo en el parque temático Rosling. También ha recibido severos reparos y correctivos por parte de autorizadas voces, como la del profesor sueco Christian Berggren, quien ha publicado un minucioso estudio crítico de título muy elocuente: Good Things on the Rise: The One-Sided Worldview of Hans Rosling (Las cosas buenas aumentan: la visión global unilateral de Hans Rosling, 2018). Donde puede leerse, a modo de conclusión: «Si la lectura de Factfulness se resumiera en una sola palabra, sería ambivalencia

Sobre la unilateralidad, la ambivalencia y la ilusión del optimismo progresista trataré en las siguientes secciones.


2. Optimismo y progresismo no son evolucionismo

El optimismo embriagado de progreso no puede ni debe confundirse o emparentarse con el evolucionismo. El continente científico evolucionista, si no descubierto, sí colonizado por Charles Darwin, acoge interpretaciones sobre lo que somos y de dónde venimos, pero no adónde vamos. Tampoco aventura juicios de valor acerca de lo que ha resultado del devenir de las cosas ni formula hipótesis de lo por venir. Los evolucionistas hablan de la fructuosa adaptación de las especies al medio, no de “esperanza de vida” ni de bienestar ni de progreso, de lo mejor y lo peor, expresiones muy caras al “nuevo optimismo”. No conciben la supervivencia infantil o la mortalidad precoz en los individuos ni la desaparición de especies como un fracaso o derrota de la naturaleza, sino como consecuencia de estar mejor o peor adaptado y dotado. Entienden la lucha en la vida en términos de lucha por la vida sin tinte determinista, no de “lucha de clases” ni de “conquistas” resultantes de una acción deliberada e intencional.

Desde la perspectiva del evolucionismo, la igualdad de los miembros de una especie, sencillamente, no existe; prima, por el contrario, la diversidad y la distinción: la desigualdad. De existir la igualdad indefinidamente, el resultado no sería otro que la extinción total de las especies, más tarde o más temprano, una tras otra. Y esto valdría (con las oportunas puntualizaciones) tanto para el mundo natural como para el social. El progresismo ataca duramente dicha perspectiva, lo que suele conocerse con el rótulo de “darwinismo social”, porque premia el éxito y la superación, recompensa al fuerte y no al débil, y favorece la reproducción de lo exitoso, lo óptimo y lo triunfante, mientras contempla sin más la retirada y la derrota del débil, el perezoso y el fracasado, como requisitos de la evolución. Más que nada, porque no podría ser de otra manera: las leyes de la naturaleza no actúan en contra de sí misma, contranatura. Proceso, entonces, no es igual a progreso. Es posible, no obstante, que las personas sientan una punzada de compasión por el caído, pero eso también es natural. La moral no es un correctivo ni un voto de censura a la naturaleza, sino una adaptación de la ley natural al mundo social, al objeto de que éste sea vivible, habitable y perdurable en un horizonte de humanidad.

El optimismo progresista celebra la victoria de la política sobre la naturaleza, el apogeo de las políticas (en plural: hace falta ejercer mucha fuerza y coacción para frenar el natural curso de las cosas) que actúan en sentido reparador, justiciero, reconstructor, corrector, incluso creador: no por casualidad ni capricho se observa el progresismo como una renovadora religión laica. Muestras extremas de dicha actitud serían la “ingeniería social” y la “revolución cultural”, constructos concebidos para imponer la uniformidad y la planificación en la sociedad, obstaculizando los procesos libres y espontáneos, penando la ambición y el emprendimiento, obligando a desplazamientos de masas por decreto, entrometiéndose en la privacidad de las personas.

La sociedad bien ordenada, en sentido liberal, se construye desde el orden natural; el caos socialcomunista, contra el orden de la naturaleza.

 


3. La causa se sorprende de los efectos que produce

El progresismo optimista aclama y exalta el Estado de Bienestar, las “políticas de progreso”. Se felicita de los logros que ha reportado a la humanidad. Sucede, irónicamente, que su auge y extensión global constituyen la causa de las actitudes que reprende y tanto parece sorprenderle, a saber: pesimismo y descontento, queja y reclamación permanentes, ver las cosas en su lado negativo, retozar en el sentimiento de estar mal, ver la botella medio vacía. Paradójicamente, al popularizar la noción de “Bienestar” como algo natural y dado, sin conocer ni valorar el precio de lo artificialmente establecido (el “gratis total”), la gente insatisfecha rumia su aflicción porque se siente con derecho a todo. A lo escaso lo llama “nada”; a la mala suerte y la molicie, “injusticia social”; al ahorro y la austeridad, “recortes sociales y de derechos”. Consecuencia: el conocido síndrome del niño mimado o del anciano superprotegido. Y su secuela: la tiranía del débil.

La base primordial del binomio optimismo y progreso descansa sobre los datos y las estadísticas, lo que remite a una medida de progresión. Ambas tablas de la ley registran, en efecto, hechos notables. La pobreza disminuye en el mundo, aunque no por ello deje de demonizarse la riqueza. Las personas viven más años y con más comodidades, de lo cual no se deduce que sean más felices. La Seguridad Social es prácticamente universal, si bien se calla en lo referente al despilfarro económico, la deuda pública y el déficit público en los Estados. La educación está generalizada, a costa de la peor formación de los alumnos y la ideologización de las enseñanzas impartidas. Crece la población mundial, mientras se evita mentar el alarmante aumento de prácticas abortivas o el crecimiento demográfico cercano a 0 en las sociedades occidentales. Los canales de comunicación entre individuos son espectacularmente numerosos, rápidos y transparentes (televisiones, Internet, redes sociales, Whatsapp), sin decir una palabra sobre lo que conllevan de manipulación informativa, pérdida de privacidad, de libertad de expresión y de incomunicación personal. Hay paz donde antes había guerras, sin hacer referencia al significado actual de las “nuevas guerras” (cibernéticas, comerciales, terrorismo).

 


4. Los términos “mejor” y “peor” se miran en el espejo

“En el presente, se vive mejor que en el pasado.”

Pase. Mas, ¿qué significa “mejor”? ¿Quién dictamina qué es lo “mejor” y lo “peor” para la humanidad, hasta el punto de elevar dichos términos a categorías que definen el nivel, el valor y la percepción del “progreso” y el “retroceso”, el bienestar y el malestar, en el mundo?

He aquí una proclama muy pomposa y resultona, que, en primera instancia, en su obviedad material, no daría para más comentarios. Las casas en la Edad Media no disponían de agua corriente ni de retrete propio; las de nuestros días, sí (el tema, con todo, estuvo mejor resuelto en la antigua Roma). Las cosas, en general y con el paso del tiempo, van evolucionando, pero, ya lo hemos dicho: evolucionar no significa, necesariamente, mejorar. 


Desarrollo económico”, por ejemplo, no conlleva de por sí mayor libertad económica. El caso de la China comunista, en la actualidad (para muchos analistas, la primera economía del mundo), es clara muestra de ello.


La complejidad del significado de “mejor” exige múltiples matizaciones y puntualizaciones que examinen críticamente las derivaciones del concepto. Otra muestra más de la mencionada complejidad: sostener que en la Comunidad Autónoma Vasca (España) se vive mejor que hace veinte años, porque hoy la organización terrorista ETA no mata ni secuestra como norma a sus adversarios (les perdona la vida), aunque en ciudades y pueblos de las Vascongadas el nacionalismo sea dominante, ¿cabe calificarse de optimismo, de cinismo o de algo peor?

Hay bastantes más escollos en la alegre travesía del optimismo por la mar gruesa del progreso. La gran mayoría de datos estadísticos que fundamentarían la veracidad de un mundo mejor remite principalmente a (determinados) países del Tercer Mundo o “en vías de desarrollo”, gracias, en buena medida, a las ayudas recibidas por parte del “Primer Mundo”, así como a su generosa (y porosa) política de acogida e inmigración de individuos que provienen de esas zonas del planeta. Comoquiera que todo tiene un precio, la civilización occidental se ha sacrificado a sí misma, por complejo de culpabilidad y debilidad en los principios, a quienes cede la plaza sin presentar combate y a veces hasta con entusiasmo (Refugees welcome).

Muy en particular, Europa, reducida a una Unión de iure, desunida de facto, es un continente viejo, decadente, a la defensiva, inseguro, patético, un gran museo de antigüedades, una residencia de la tercera edad donde se han encerrado sus habitantes tras las cortinas, no para morir en paz, sino para no ver lo que sucede y esperar sentados el último suspiro. Hans Rosling, autor destacado en el asunto que aquí examinamos, hasta poco antes de su fallecimiento, hizo causa activa en favor de la “política de puertas abiertas” a la inmigración en Suecia, su país de origen. ¿Cabe afirmarse, sin cinismo, que en  Suecia —en Europa, en su conjunto— los ciudadanos deben contemplar el horizonte con tranquilidad y optimismo?

“El mundo va (a) mejor”.

Dicho lo cual, el portavoz de la gran noticia esboza una amplia sonrisa de satisfacción. Empero, en la era de las fake news y la sociedad de varietés no hay que fiarse demasiado de lo que uno lee, escucha o ve. Urge estar más atento y alerta que nunca. Además, ¿de qué se sonríe usted? ¿Qué le tiene ahora tan complacido y no antes?



Año 1989. Francis Fukuyama publica el célebre ensayo ¿El fin de la Historia? en la revista de asuntos internacionales The National Interest. Texto que transmite sensaciones (¿vibraciones?) de optimismo y  progreso global, sin embargo, fue recibido con agresiva crítica por parte de los intelectuales más significados del progresismo. ¿En qué se resume la tesis del investigador norteamericano de origen japonés? La historia, a través de fases o estadios, sucede y se sucede según una lógica de progreso, la cual, una vez alcanzado su fin, cesa en el movimiento de perfección y disfruta del éxito resultante. He aquí el fin y la meta de la historia: que su objetivo se resuelva en la norma, que la historia se normalice. El fin es télos, resultado y salida: más eventum que extremum. Por decirlo de otro modo: la historia continúa el rumbo, si bien ya ha encontrado su rumbo. El autor seguía en su texto, después de todo, el viejo patrón de la teleología aristotélica y la perspectiva dialéctica-determinista defendida por Hegel y Marx en el siglo XIX, coincidiendo, todos ellos entre sí, sólo en tales aspectos. 


¿Qué enfureció, entonces, al progresismo del ensayo de Fukuyama? Sencillamente, que hiciera identificar el fin de la historia con el liberalismo. También que la filiación ideológica del autor fuese la liberal-conservadora.


Citaré un caso más al respecto. Quien fuera presidente del Gobierno de España durante dos legislaturas consecutivas (desde 1996 a 2004), José María Aznar, líder del Partido Popular (centro-derecha) fue objeto de rechifla y alboroto por parte del progresismo (antes de ser optimista) por el hecho de afirmar durante su etapa de Gobierno, basándose en hechos y datos, que “España va bien”. ¿En qué quedamos, pues? ¿Las cosas van o no van? Respuesta: van según dónde vayan, quién conduzca y quién dirija la “hoja de ruta”.

El problema inherente al optimismo estimativo consiste en que no puede tomarse en serio. Voluble y caprichoso, como los sentimientos y los gustos, sesgado como la ideología, evalúa y sentencia según la ocasión y la conveniencia. Para mayor desconcierto, teóricos de orientación socialista y liberal compiten entre sí a la hora demostrar que este mundo mejor es resultado de los modelos que, respectivamente, preconizan.

 

5. Querella socialdemocracia y marxismo-leninismo

El Estado de Bienestar ha creado un mundo virtual en el que compiten las voces de los satisfechos (“cerdos satisfechos”, los denomina John Stuart Mill) y los alaridos de los insatisfechos (los indignados). Unos y otros comparten una misma condición, descrita con precisión por Søren Kierkegaard en el ensayo Enten-Eller (O lo uno o lo otro, 1843), con estas palabras: «Comparado con los que persiguen la satisfacción, estás satisfecho, pero, de lo que más satisfecho estás, es del absoluto descontento.» Le reservaré el nombre de “contrariado” a dicho estado, es decir: condición propia del ser afectado, confundido y desorientado a la vez que enfadado y malhumorado, tipo victimista y flácido, poroso y pomposo, renegón y blasfemo, engreído e impertinente. A este “contramodelo de ciudadano” apuntan las críticas del optimismo en progreso: estando mejor que nunca, el pesimista es un aguafiestas, un desagradecido que no valora lo que el Estado de Bienestar hace por él. El progresismo ha de ser optimista, o no ser. ¿Y viceversa? Nicholas Phillips ha escrito en la revista Quillete (6 de junio 2019): «No todos los progresistas (liberals) son tecno-optimistas, pero virtualmente todos los tecno-optimistas son progresistas (liberals).»

Nos hallamos, en suma, ante una querella entre las dos caras del progresismo, la socialdemocracia revivida y el comunismo resucitado, por hacerse con la hegemonía en la izquierda política, aunque unan sus fuerzas y se confundan en la práctica, muy a menudo. Una pugna contemplada con paciente expectación por la derecha conservadora, la cual no llega a cuestionar abiertamente el Estado de Bienestar, y del libertarismo doctrinal, respirando su propio oxígeno entre la inspiración tecnocrática y la exhalación optimista vocacional.

La socialdemocracia keynesiana festeja el progreso subiendo los impuestos y levantando las aceras de las calles para volver a taparlas a continuación, aunque ello represente una losa para las arcas públicas. El marxismo-leninismo, que vuelve a recorrer Europa como un fantasma del pasado, fomenta desde las instituciones y desde la calle la “alarma social”, la indignación y la consecutiva movilización general; enarbola el lema leninista de “cuanto peor, mejor” y saca a tomar el sol a la canalla pedigüeña y pendenciera. Un puesto de trabajo no grato o temporal, se califica hoy alegremente como “una forma de esclavitud”. Cumplir las órdenes de un superior en la empresa suena a “fascismo”. Hacer deberes escolares raya con el “maltrato infantil y juvenil”. Tener hijos, es “discriminación sexual” que degrada al humillante estatus de “madre y ama de casa”. Añada el lector más muestras de insatisfacción, que seguro conoce de cerca o de lejos.

Es este género de pesimismo y de derrotismo el que pretende desarmar el optimismo progresista, una rebelión de las pasiones que pone en cuestión el Estado de Bienestar, una sucesión interminable de ofensas, pendencias, recelos y envidias, resultado inevitable del propio modelo de “justicia y seguridad social” concebido en los tiempos del canciller Bismarck. El panorama resultante no sería blanco ni negro, sino, francamente, bastante gris

He aquí la cuestión  resumida desde hace tiempo en la conocida ley de Spencer: «cuanto más se resuelve un problema, más arrecian las protestas sobre su empeoramiento».

 

6. «[…] actualmente el optimismo es irracional»

Que el optimismo, auspiciado en la actualidad por economistas, sociólogos y psicólogos, deviene en pesimismo —y viceversa— es conclusión que la filosofía ha enunciado desde hace siglos. Según argumentaron sagaces pensadores, la dualidad conceptual optimismo/pesimismo remite, en realidad, a una aparente oposición. Reparemos en un ensayo ejemplar que da cuenta de este hallazgo: La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva de José Ortega y Gasset. Obra póstuma y postrera del primer filósofo español, fue encontrada entre sus manuscritos inacabados y editada por Paulino Garagorri. El primer borrador del trabajo, que en buena medida formaliza la síntesis magnífica de la producción orteguiana, fue escrito en 1947. La edición publicada, en 1958, incluye tres Apéndices, uno de los cuales interesa directamente a nuestro asunto: «Del optimismo en Leibniz».

Texto compuesto por Ortega y presentado como «Discurso inaugural de XIX Congreso de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias», celebrado en San Sebastián del 7 al 13 de abril de 1947, recoge una de las más sugerentes y penetrantes reflexiones filosóficas sobre el tema del optimismo, a propósito de la filosofía de Gottfried Wilhelm Leibniz, quien compuso una sólida investigación sobre el “optimismo ontológico”. Breve resumen del mismo: el mundo actual — es decir, en acto, no en potencia—es el mejor de los posibles. He aquí el sentido de lo real, lo óptimo: de ser posible un mundo mejor, lo sería. El mundo no podría ser el peor, porque entonces no sería. De ahí su concepción de los composibles: las opciones no factibles. No se realizan, porque no pueden hacerlo. El mundo mejor es incompatible con el principio de contradicción. El mundo peor, especulación contradictoria, es, en cambio, ser y no ser a la vez, y eso… no puede ser:


«[…] enunciado en sus términos precisos significa que actualmente el optimismo es irracional.» (José Ortega y Gasset, ibídem).


El optimismo se sostiene, a la postre, sobre una base pesimista. El mundo mejor de los posibles es el real, el bueno; por ello existe, por ser el menos malo. He aquí un optimismo estricto, sin los alardes y adornos del progresista, el cual cree haber descubierto el Mediterráneo cuando, sencillamente, se deja llevar por lo corriente y no observa las dos orillas de la corriente, sino sólo una.


7. Conclusión

El discurso de los nuevos teóricos del optimismo en progreso o resulta redundante o, simplemente, no sostiene nada novedoso ni relevante. Se queda en un brindis al sol, una palmada al hombro, un animoso y voluntarioso alegato próximo a un eslogan de autoayuda. Sus referencias son el progreso y la progresión (basados en datos sesgados y viciados a menudo por su parcialidad ideológica), no la evolución y el grado de la libertad, que son categorías distintas, y aun incompatibles. Celebra, en teoría, una realidad que avanzaría hacia un mundo mejor, equiparado en la práctica (se diga o no) con el Estado de Bienestar, lo cual, en la práctica, favorece (se pretenda o no) la extensión de las políticas socialdemócratas. Llama la atención, en consecuencia que a este festejo se sumen con similar entusiasmo intelectuales de signo conservador y liberal.

Dado su carácter ambivalente, el optimismo progresista fomenta la irrupción de movimientos extremistas, hartos de prosperidad, inconformistas e inflamados de indignación, furia y pesimismo, atacados de complejo de culpa y de igualitarismo (por estar mejor que los demás), patrocinando el pobrismo y el sacrificio, la parquedad y la dureza del socialismo realmente existido (y extinguido), e incluso del comunismo primitivo: el retorno a la barbarie. En las sociedades occidentales, el festejo de la "implementación material" se confunde y solapa con su propio funeral y la decadencia progresiva en valores.


No hay razones para el optimismo. El optimismo es tan sólo un estado de opinión, que ni siquiera alcanza el rango de opinión sobre el estado de las cosas


Uno se siente optimista por distintos motivos y según las situaciones. Teorizar sobre el mismo en un horizonte globalizador conduce a un planteamiento ilusorio (“el mundo mejor”) y contradictorio (es gestante y tutor de pesimismo). Sucede que el optimismo progresista, como el mito clásico de Jano, es un dios pagano de caras, cuyo templo dispone de dos puertas: por una entran y salen los optimistas; por la otra, los pesimistas.

Sólo resultaría aceptable, en fin, como reflexión filosófica (que no es poco y nada despreciable), el “optimismo ontológico” de inspiración leibniziana, según el cual no vivimos en el “mundo mejor” sino en el mejor de los mundos posibles, es decir, el óptimo, el menos malo.

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El presente artículo fue publicado, bajo el título de «Optimismo en progreso»,  en primera edición, en la revista Cuadernos de Pensamiento Político (Fundación FAES), nº 63, abril-junio, 2019


 

miércoles, 5 de enero de 2022

COVIDISMO Y «BUENECINISMO»

  

1. Covidianos y muy «buenecitos»

El covidismo es una ideología posmoderna que se ajusta como un guante de hierro a la presente «sociedad aparente», también bautizada aquí como «comunidad de intocables» bajo toque de queda. El covidismo representa un aquelarre mundialoide que convoca y celebra la alteración, de personas de todo género, pero asimismo del propio curso del tiempo. Asistimos a la invocación y exaltación del «altermundismo», la alteridad, el altercado: la alternativa, en suma, a la civilización y a la humanidad. Con la orden a escala global de cierre de las ciudades y la cancelación de derechos y libertades, el tiempo se ha detenido en el vivir de los hombres. Combinando el baile de máscaras, la misa negra y la tragicomedia, se escenifican por doquier y al unísono múltiples rituales y maleficios, pactos con el diablo, variados encantamientos y recreativas varietés. Según veremos a continuación, la Gran Parada está dejando al hombre como nuevo, literalmente encantado, pues, por primera vez en la historia, puede sentirse —y decir que es— «buena persona», sin sentir vergüenza ni traicionar sus ligeras creencias empapadas de nihilismo y naderías para distraerse.

Todo está alterado bajo el Totalitarismo Pandémico reinante. Por un lado, confecciona una realidad ilusoria y engañosa, disfrazada y enmascarada; y, en suma, muy afectada. Por el otro, impone el «pensamiento único», mas no el de los últimos tiempos, sino como no se había visto hasta ahora, como si este tiempo fuera el último. Poco hay, en verdad, por no decir «nada hay», que no hayamos visto antes, de alguna manera, en versiones previas y acaso anticipatorias. Somos de  donde venimos. Lo presente, ya preexistía, y sólo se ha hecho patente cuando se han dado las correspondientes condiciones y las oportunistas órdenes. He aquí lo novedoso de hoy: la expresión melosa de lo nuevo de siempre. Antes sólo en comprimidos, ahora en inyectables; próximamente, también en supositorios.

Aquello que ayer estaba de moda y se conocía como «pensamiento Alicia», es decir, el pensamiento sin pensar ajustado a la moralidad inmoral del «buenismo», hoy adopta otro aspecto, cuando lo real ha sido sustituido por el «otro», el «doble» y lo aparente, dando como resultado una secuela, que denominaré «pensamiento Aparicio».

El pensamiento presente, tan aparente, cabe entenderse en términos de «pentimento», pues para empezar, tiene más de sentimiento que de pensamiento en sentido estricto, o acaso es que se han fusionado (de la milonga de la «inteligencia emocional», cantada en un dueto, venimos). Y para acabar, el acabose: el «hombre nuevo» se ha puesto a repintar el cuadro significativo de lo que existe. Este es, justamente, en el salón de estética y artes aplicadas, el significado del término «pentimento»: una alteración en un cuadro que manifiesta el cambio de idea del artista acerca de aquello que estaba pintando.[1] Más que técnica pictórica particular, «pentimento» remite a un determinada acción en el trabajo artístico, en el cual el pintor modifica partes y fragmentos de la obra en marcha, superponiendo las nuevas sobre las precedentes, las cuales son borradas, mas no suprimidas.

 

«Los cambios pueden percibirse en las capas subyacentes del cuadro, por el contraste de estas con las capas superficiales, o debido a una perceptible modificación del primer tratamiento pictórico de un determinado elemento sobre el que se ha repintado.»[2]

 

A primera vista —es decir, aparentemente—, quien contempla el resultado final de un cuadro con más sedimento y revestimiento de lo habitual, no percibe la composición superpuesta ni sus distintas capas ni sus niveles de pintado, del mismo modo que en el proceso de escritura en ordenador, el lector tampoco advierte las correcciones realizadas por el escritor, eliminando palabras o frases y escribiendo en su lugar otras sustitutorias, acaso las definitivas. Por el contrario, en la escritura sobre papel, sea a mano o tecleando en la máquina de escribir (typewriter), sí es posible observar en el manuscrito las modificaciones realizadas durante el proceso mismo de la composición o en la fase de posproducción, la «corrección de pruebas» o las galeradas, antes de pasar a imprenta y dar la orden de imprimatur. No sucede lo mismo con un libro vegetal que con un  cuadro; a menos que el paso del tiempo, el tipo de pigmentos empleados y el proceder del artista hayan decolorado y despintado, finalmente, capas de la superficie, insinuantes transparencias, destapando las subyacentes y revelando lo que pretendía cubrirse. De no ser así, las capas primarias sólo pueden descubrirse mediante métodos modernos de inspección visual, tales como los rayos x y la reflectografía infrarroja.[3]

En los restos de la sociedad civil en que vivimos peligrosamente, también es posible destapar el pasado, exhumar los antecedentes del caso y desenmascarar a los farsantes en escena. Venimos del «buenismo» y al «buenecinismo» hemos llegado. La sobredosis de sentimentalismo, la apoteosis de la empatía y el programa doble de interpretación y sobreactuación que vemos cada día en las pantallas, brillando a nuestro alrededor—régimen característico de la posmodernidad—, han producido, en efecto, un feto de «hombre nuevo». Antaño, bonachón y simpático, quien cae bien a la gente, pues para ella actúa y le da lo que pide; hogaño, lo tenemos identificado: hogareño, doméstico y domesticado, aunque feliz de poder disfrutar del «happytalism», la «nueva realidad» virtual. Si bien, y ante todo y todos, es tan «buenecito»...

«Buenecito»: adjetivo; con "muy, tan", etc., se aplica a una persona dócil y sumisa. También, en la misma forma, a una persona que lo es falsamente. Sinónimos, entre otros: «cazurro», «hipocresía».[4]

 

La entrega a los demás no supone, en este caso, sincera solicitud ni generosidad ni benevolencia, sino burdo lucimiento, pose, actuación, concesión, delación y delegación, violencia reprimida; en suma, cinismo

 

2. A los malos tiempos, buena cara (tras la mascarilla)

La sugestión concebida por los Másteres del Universo covidiano y asumida por la muchedumbre con mucha sumisión, es que el desorden mundial que aniquila libertad y humanidad en el mundo no tiene nada que ver con una guerra, una revolución, un golpe de Estado Mundial, una invasión de ladrones de cuerpos y almas. Se trata de «repensar» lo que hay, con un tipo de nuevo pensamiento, del cual ya conocemos su nombre: «pensamiento Aparicio». ¿Por qué y para qué «repensar»? No es preciso pensar mucho para dar con la respuesta: porque sí, porque es bueno cambiar y salir del aburrimiento, la hartura y la pesadez de lo existente. «Repensar» es más fácil que pensar a secas y a solas, por constituir una tarea que otros hacen para ti y para ti, mejorándose así lo que había y no gusta. Algo semejante a «repintar» un cuadro o… la vivienda. En cualquier caso, un fin de la alteración representa un cambio de imagen, un «lavado de cara» (ecco, bambini, la faccia), un repaso, una sesión de maquillaje (sombra aquí, sombra allá), una mano de pintura (y así tener otra pinta), para salvar la cara y la fachada, ya que el alma está condenada de antemano al prestarse a consumar semejante fechoría.

El muy «buenecito» es un corderito, que bala con mugidos de posta. No es de fiar. Lanza la piedra y esconde la mano. Dispara como lo hace un francotirador, sin dar la cara. Porque en vez de cara, lleva careta; en lugar de nombre, usa pseudónimo o apodo, o alias, o sea, un alienus, como se nombra en latín al o a lo «ajeno», que pertenece a otro, de otro. Porque es otro, sin duda. El cordero ha mutado a una variante de cabrito. Parece otro, ¿verdad? ¿Super-«buenecito»? ¡Una «buena persona»! ¿Quién iba a decirlo, si ahora está irreconocible? ¡Quién te ha visto y quién te ve! ¡Cuánto has cambiado! ¿Cuál es el truco? Usar el ocultamiento como un arma; ésa es su defensa: hacer de «escudo transhumano». Maravillas del alter en la era del covidismo.



¿Pero, bueno, todavía no sabes sobre qué y quién estoy escribiendo?

Observad a esos individuos que discursean sin perder la sonrisa, con la boca demasiado desabrochada, sobre los beneficios de obedecer las órdenes dictadas por las Autoridades para acabar-con-la-pandemia (o dan ellos mismos las órdenes), de manera tan forzada que apenas se les entiende lo que intentan decir. Aunque too hay que perdonarles, pues son «buenas personas».

Leed las proclamas, consignas y lemas del covidismo, de generalato o de infantería: «No tendrás nada, pero serás más feliz», «Por tu salud y mía, usa la mascarilla», etcétera, etcétera, etcétera. Son muchos, pero son «buenas personas».

Miradlos en la cola a las puertas de la tienda, local u oficina, guardando la «distancia de seguridad», sin quejarse, no importa que lleve varias horas la espera ni llueva a cántaros, ellos aguantan lo que sea, porque son «buenas personas», que no protestan al ser maltratados ni se cuelan, no como otros, los insumisos, rebeldes y egoístas, que son «malas personas».

Helos ahí, en la cola (eso de la cola se pega mucho) de la «vacunación» y ahora en la silla electrizante dispuestos a ser pinchados (no, no pica, no duele), inyectados con no se sabe qué fluido, aunque ellos (y algunos otros también) sí saben (o sabemos) por qué, es decir, para sentirse inmunizados y limpios de virus, para poder entrar en bares, restaurantes  y estar con los amigotes, para poder subirse a un avión o un tren, para hacer lo que quieran, ahora que son libres, para parecer muy «buenecitos». Porque ellos son «buenas personas».

Ahí están, quienes se ofrecen a informar sobre remedios (y si es necesario, explicarlos) para aliviar las molestias que conllevan las medidas covidistas y las restricciones a la libertad. Ayudan a la gente a sobrellevar la «calamidad», la «enfermedad», la «pandemia»... Aconsejan los modelos de mascarillas más lindos y cómodos (jamás que se prescinda de ellas), unas cremas y lociones (esto es de locos) para suavizar los estragos en la cara que provocan (psoriasis, eccema, herpes), y así puede uno llevarla puesta más tiempo y más cómodamente… Sugieren la mejor hora para ir a ciertos comercios y oficinas, cuando se aligera el tiempo de espera. Y así, oye, la cosa va mejor; como siempre, después de todo. Son solidarios, hacen favores y colaboran con la comunidad, porque ahora son, por fin, «buenas personas».

Escuché la plática telefónica de un médico al habla desde la sala de espera en una consulta médica privada. Sin obstáculos acústicos, al estar las puertas y (ventanas) abiertas de par en par, pude deducir el contenido de la conversación. Era el comienzo de la «campaña de vacunación». Un paciente pregunta al facultativo qué hacer al respecto, pues había oído o leído que las «vacunas» producen, como efectos secundarios y en bastantes casos, trombos y coágulos en la sangre, y él (o ella), como el médico debía conocer de su paciente, tiene un largo historial clínico de accidentes cardiovasculares y trombosis. La respuesta del galeno no fue, ay, la lógica ni la más juiciosa: «Pues, no se vacune». Por el contrario, le emplazó firmemente a que se inoculara cuanto antes, recordándole los problemas que podía tener con la autoridad sanitaria de no hacerlo, y que no se preocupara por sus antecedentes clínicos, ya que le aseguró que las contraindicaciones son inapreciables y raras. Es más, para su mayor tranquilidad, le recetaría la inyección de un medicamento que aminora el efecto de «posibles» trombos y le dio ánimos. Porque los médicos están para asistir y cuidar a sus pacientes, y son «buenas personas».

Échese un vistazo a la lista de libros publicados hasta la fecha sobre el «covid-confinamiento», y léase ese palabro en singular o plural, a su gusto. En su mayor parte no condenan, ni cuestionan, el cierre de ciudades y el encierro masivo de la población, eludiendo llamar las cosas por su nombre y describir lo que, en realidad, está pasando: la generalizada detención ilegal de la sociedad en su totalidad bajo un dudoso y brumoso estado de excepción. Por el contrario, sea en forma de diarios exhibicionistas o de apuntes de autoayuda, sea como fuere, estos folletines exudan en su mayor parte el afán de llamar la atención, así como de orear las particulares obsesiones del autor de turno, el cual dispone al mismo tiempo de la magnífica oportunidad de demostrar que es muy «buenecito». Se reconoce a estos escribidores paliativos porque sitúan su relato o sermón en un «escenario de pandemia» y en «tiempo de covid», al modo de quien diserta a propósito de una calamidad natural o de una fatalidad (un terremoto, una inundación, un tornado, una plaga de langosta) que nos ha caído encima, acaso a modo de castigo de los dioses por haber sido malos y egoístas, insolidarios y faltos de empatía. Estos romances lucen y hacen alarde de las singulares monomanías que cada cuentista o sacamuelas literario guarda en sus intestinos narrativos: cómo adaptarse al teletrabajo; el ejercicio físico en el pasillo de un piso de 90 metros cuadrados; aprende yoga y meditación trascendental en un rincón de la habitación propia en seis meses, renovables como la energía que procuran; terapia familiar alrededor de la mesa camilla en la salita, una ocasión de oro para comunicarse entre sí y aprovechar la oportunidad de estar todos juntos y unidos; cómo afrontar esta eventualidad (transitoria, claro está) desde la perspectiva del ecologismo, de la sabiduría práctica de los antiguos griegos, de las religiones orientales, de coleccionista de mariposas o de sellos. El caso es hacer público (publicar) habilidades personales, enseñar a soportar con optimismo y esperanza esta prueba que nos manda el Master del Universo y el Mando Unificado de la C.O.S.A. y demostrar, de paso, que se es «buena persona».

Constituye un fenómeno muy perceptible. A la vista de que el uso del automóvil está estigmatizado, multado, castigado, penado y pronto será decomisado por el Comisariado General, los ciudadanos más ufanos y concienciados, han decidido que este es el momento de dejar el coche aparcado y comprar bicicletas (o «renovar» el parque móvil de Vida la Gente) para toda la familia, para marido, esposa y suegra, para el niño y la niña, y, hala, a paladear por el mundo facundo (al falta de ser fecundo), que es muy sano. Venían convencidos de que los automóviles, y no digamos «los diésel» y los abusones camiones, contaminan mucho, y ahora van montaditos sobre un planeta entre azul y verde en el que ya proclaman sin censura que el coche es un incordio y caro, un lujo que no podemos mantener ni la naturaleza soportar. Poco les queda a los automovilistas egoístas para poder proclamar en público que el automóvil permite mejor movilidad y más libertad. Pues, se les acabó eso de la movilidad (que suena a motor de combustión) y lo de la libertad (¿libertad, para qué?). Los hombres nuevos y las mujeres novedosas son sostenibles sobre dos ruedas, y no se olvidan de la mascarilla, que además protege la cara del ciclista (cual ángel de la guarda) del viento, polvo e insectos, pueden moverse por donde quieran, hay múltiples «carriles bici», y si no, siempre están las aceras sortear y driblar. A ver quién se atreve de llamarles la atención: los agentes de movilidad (Policía Local) les guiñarán un ojo de complicidad y los viandantes, que anden prestos para no ser atropellados en este nuevo ciclo (o triciclo para niños) de la «transhumanidad». En bici, pues, se es más feliz y despreocupado, y de paso, favorece uno el medio ambiente, toma el aire y el sol, acreditando, además, ser «buenas personas».

Pueden verse en las cristaleras de bares, cafeterías y restaurantes carteles pegados por sus gerentes y/o empleados, junto a los consabidos pasquines que exigen el uso obligatorio de mascarilla y la presentación del «pasaporte de vacunación» («¡STOP COVID!») para acceder al establecimiento. Los bandos de la nueva ola contienen una amable recomendación a los clientes que se aposentan en las terrazas, al aire libre, sobre las aceras de calles y plazas de ciudades y pueblos. Esto dicen (o algo parecido) los pasquines extra: «Respeta el derecho al descanso de los vecinos»; a la consigna/orden se acompaña la representación gráfica de una persona, con mascarilla, con el dedo cruzando verticalmente los labios enmascarados, en señal de mandar silencio. Antes, difícilmente observaba uno en este tipo de locales semejante preocupación y consideración, tal ejercicio de cortesía y miramiento hacia los vecinos, quienes disfrutan del alegre folgar y el conversar (a gritos) callejero, en algunos casos, literalmente debajo de la propia vivienda. Pero, hoy es distinto, todo ha cambiado y diríase que un aliento fraternal ha transformado a los «hombres nuevos». Ocurre, simplemente, que ahora son muy sensibles a los derechos humanos y, por encima de todo, «buenas personas».

Desde la primavera negra de 2020, brigadas de «voluntarios» internacionalistas (no sé si también globalistas) llaman al timbre de la puerta de determinados domicilios, ofreciendo ayuda y preguntando a sus moradores, por ejemplo, si les falta o necesitan algo… Preferentemente, allí donde residen personas solas o ancianos. ¿Cómo sabe la alegre muchachada (a primera vista, tras la mascarilla todos los gatos parecen pardos felinos y pardillos) quién es quién y dónde vive cada quién? ¿No dicen que la Ordenanza exige guardar la «distancia de seguridad»? ¿No aconseja la prudencia abstenerse de franquear el paso al hogar a extraños y desconocidos; especialmente, si van enmascarados?[5] Sin embargo, piensan muchos (pensamiento Aparicio) que se sienten abandonados y desamparados: «esos jóvenes parecen tan simpáticos...». Apuesta tu vida a que empáticos, lo son, además de «buenas personas».

¡Basta! ¡Basta! ¡Aire puro! ¡Aire puro!

 


3. La divina comedia

El que se esfuerza por forjar una apariencia de «buena persona» es un impostor, un embaucador, un tramposo, un tipo falso, un farsante, un simulador, un intruso, un infiltrado. Pero de ningún modo una «buena persona», si empleamos el lenguaje, hablado y gestual, sin propósito de engañar o calumniar.  La «buena persona» no se esfuerza para serlo ni tiene nada que demostrar; sencillamente, lo es y actúa como tal.

¿Cómo va a ser «buena persona» quien, principalmente, le preocupa el parecer? ¿Cómo serlo si se ha equivocado de disfraz, no importa que los demás no noten la diferencia ni el despiste, porque juegan al mismo juego de despistar? En realidad, los que sobre esto vacilan, confunden «bondad» con obediencia, sumisión, sometimiento, vasallaje o rendición. La entrega a los demás no supone, en este caso, sincera solicitud ni generosidad ni benevolencia, sino burdo lucimiento, pose, actuación, concesión, delación y delegación, violencia reprimida; en suma, cinismo.

El «hombre nuevo», devenido muy «buenecito», se siente culpable. ¿Qué ha hecho el bueno del «buenecito»? No ser él mismo, sino otro, un doble, un clon, un as en la manga y una estrella en las pantallas. La solución que echa fuera (o transfiere) la culpa, en esta ocasión, es la loción y el enjuague; es decir, enjabonar las culpas.[6] ¿Podrá tal vez el océano inmenso, de mis manos lavar toda esta sangre? Yo no he sido, que ha sido ése… Yo soy «buena persona». Dime de qué presumes y te diré quién es…

Pero, bueno, ¿todavía no sabes sobre qué y quién estoy escribiendo? 



[1] Cfr., entrada «Pentimento» en Wikipedia, que, a su vez, cita la siguiente fuente: Peter y Linda Murray (1984). The Penguin Dictionary of Arts and Artists. Harmondsworth, Middlesex: Penguin Books Ltd., pp. 308-309.

[2] Ibíd.

[3] Ibíd.

[4] María Moliner, Diccionario de uso del español. Entrada «Buenecito, a».

[5] Reparemos en este hecho que esclarece la circunstancia referida. En los países anglosajones, la labor del voluntariado constituye una larga tradición, al tiempo que es usual que la puerta de acceso a las viviendas sean (en gran parte) de cristal, y en las pequeñas localidades, cuando hace bien tiempo, el interior y el exterior doméstico queda separado por una frágil puerta mosquitera. Por el contrario, en los países latinos, acostumbrados a las ordenanzas y a hacer, en primer lugar, lo que se manda (que ya es bastante actividad), el voluntariado «social» no es, mire usted, práctica habitual, sino diríase que extraña… Al mismo tiempo, las viviendas, sea en el ámbito urbano o rural, y por lo general, están protegidas por puertas blindadas y con mirilla, sistemas de seguridad electrónicos, las ventanas enrejadas. En los citados en primer lugar, la llamada de extraños a la puerta (sobre todo, en el mundo de ayer) de una casa, se interpreta como «personas de paso», «Avon llama» o «Es el lechero». En los países latinos, no. Así pues, lo que en algunos lugares puede generar dudas, en otros, provoca (o debería de provocar) razonables sospechas.

[6] He examinado con detalle el tema de la culpa en el libro Razones para la ética (1996): «Apéndice. La ética y la sombra de la culpabilidad». Una versión del mismo ha sido publicado en la revista El Catoblepas, a lo largo de cuatro números consecutivos de la revista, bajo el título «Ética y culpabilidad»: números 108, 109, 110 y 111.