miércoles, 29 de septiembre de 2010

ENTRE PILLOS ANDA EL PAÍS (HUELGA DECIRLO)


Sin pretender practicar la profecía ni inclinarme por la crítica costumbrista, barrunto que España va por la senda de convertirse en un país donde la pillería sumará cada día más adeptos. En un horizonte nacional de ruina, empezando por la propia Nación, y con las fuerzas vivaces y vivarachas de la cosa haciendo balance de resultados —y caja—, no es raro que se extiendan las consignas de «sálvese quien pueda» y «tonto el último». El esquema de valores de la población, sencillamente, está adaptándose a las circunstancias. A río revuelto cada uno intenta pescar lo que puede, y la supervivencia llega a erigirse en la máxima superior de acción. Lo que señalo, debo aclarar, apunta tanto a las altas instancias del Estado como a los estamentos más humildes de la sociedad. En esto sí funcionamos como un solo país, y en el país de los ciegos, el tuerto es rey.
Lo escuché hace días por la radio. Una ciudadana española, testigo de los efectos devastadores del reciente terremoto en  Chile, denunciaba la presencia de la policía vigilando los comercios para evitar el pillaje, con el argumento de que los guardias eran más útiles en las labores de localización y rescate de víctimas, y que, después de todo, algo tenían que comer los pobres… Se empieza por justificar el robo y el saqueo, por relativizar la inviolabilidad de la propiedad privada, y acaba uno proclamando, como en la ópera Wozzeck de Alban Berg, que los pobres no tienen moral.
La gente tiende a reproducir las conductas que observa. En particular, si provienen de personas influyentes y poderosas. Y al Gobierno, a los políticos y a las autoridades públicas se les ve mucho, alardeando, por lo general, de comportamientos poco ejemplarizantes. Sobre todo, en estos últimos años. Crisis y depresión económica, deriva y corrupción política, junto al descrédito y desconfianza en las instituciones judiciales, forman una combinación explosiva que necesariamente afecta a la integridad de las costumbres.
No se trata sólo de que la «economía sumergida» esté incorporada de  facto al sistema de producción o que el 10 % de paro sea asumido como un suelo fosilizado —¡y aun esperanzador!— en la estadística del empleo, por apuntar sólo dos «indicadores» de la situación realmente existente. Lo más grave del caso es que en España crece alarmantemente la desconfianza, la desmoralización y hasta la intemperancia general. Muchos jóvenes se conforman con un horizonte mileurista «haciendo lo que sea» y la mayoría vendería su alma al diablo por llegar a ser funcionario, teniendo así la vida resuelta.
No puede sorprender que, a la vista de la situación reinante, progrese adecuadamente la creencia de que la honestidad, la eficiencia o el ánimo emprendedor son lujos que uno, hoy por hoy, no puede permitirse. Y así, entre pillos y pillajes, un país no puede andar.

La presente columna, firmada por mí bajo el título «Entre pillos anda el juego», se publicó en el diario Factual.es, hoy desaparecido de la Red, el 5 de marzo de 2010

viernes, 24 de septiembre de 2010

NO RELACIONARSE NUNCA CON NECIOS


«No relacionarse nunca con necios. Quien no los reconoce lo es [necio], especialmente si, una vez conocidos, no los rechaza. Para un trato superficial son peligrosos y para las confidencias, dañinos. Siempre cometen la necedad o la dicen, aunque su recelo y el cuidado de los demás los contengan un tiempo; si tardan es para que la necedad sea mayor. Quien no tiene reputación no puede mejorar la ajena. La necedad lleva aparejada la suma infelicidad. Ambas son contagiosas. Tienen una solo cosa menos mala: aunque los prudentes no les sirven a ellos de nada, ellos son muy útiles a los sabios como aviso y escarmiento.» (Baltasar Gracián, Oráculo manual y arte de prudencia).

El refranero popular, la sabiduría de la vida vivida, reproducida de generación en generación, transmitida de padres a hijos, de mayores a jóvenes, así como la  filosofía contenida y práctica, suelen coincidir en el precepto: evita las malas compañías, y puesto que cambiar a las personas necias es tarea imposible, al menos aléjate de ellas.
Actitud juiciosa es, en efecto, guardarse de la carga material y espiritual que siempre comporta la presencia del tipo pesado, del terco, del insensato, del zopenco, del majadero, del mastuerzo. Proceder justo y equilibrado es librarse de la malasombra que siempre proyecta el cretino, sin olvidarse del pernicioso efecto que inevitablemente produce en el entendimiento y la voluntad del hombre prudente y discreto.
Porque cambiar, lo que se dice cambiar, a los necios, es sueño de una noche en vela, una cavilación retorcida y loca. Insensata ilusión, en verdad. Cuando no villana, por lo que contiene de mala idea.
¿Y enseñar al necio? Dícese del necio que es sujeto que no aprende. Más que nada porque no quiere aprender.

viernes, 17 de septiembre de 2010

SI QUIERES HACERTE RICO




«Si quieres hacerte rico —como dice [Poor Richard] en otro almanaque— presta la misma atención al ahorro que a la ganancia. Las Indias no han hecho rica a España porque sus gastos han superado sus ingresos. Elimina tus costosas locuras, y no tendrás motivos para quejarte de lo mal que andan los tiempos, de los gravosos impuestos y de las cargas familiares».
En 1758, Benjamin Franklin recopila en un breve texto algunos pasajes y proverbios de su célebre Poor Richard’s Almanack (Almanaque del pobre Ricardo) al que da el título de «The Way of Wealth», volumen del que extraigo el párrafo anterior.  En este genuino manual de prudencia y de supervivencia espiritual y material, halla el lector sencillos y saludables consejos con los que poder salir adelante en la vida; en particular, si ese lector ha decidido fijar su residencia en el Nuevo Mundo. Tanto ayer como hoy.
Ocurre que residiendo en América, uno, sencillamente — ¿por qué no? —, puede hacerse rico, si se lo propone en serio. No dice Franklin que el camino a la riqueza resulte tarea fácil. Señala que se trata de un empeño del que no cabe renunciar de antemano; tampoco excusarse por pretenderlo ni avergonzarse por conseguirlo. Los pioneros y los sucesivos colonizadores de EEUU, hasta el presente, anhelan prosperar y hacer fortuna en el Big Country. Al Nuevo Mundo se va para iniciar una nueva vida, no para perseverar en el modo de existencia dejado atrás.
En la tierra de las oportunidades, buscan los peregrinos de antaño y hogaño desprenderse de complejos y prejuicios, del poder autoritario, burocrático y vertical, característicos de los antiguos regímenes. La riqueza y la posición social, según la democracia en América, ya no brotan necesariamente del árbol genealógico ni de las prebendas logradas a la sombra del Estado. Surgen del trabajo, el talento y el esfuerzo personal, en un marco de seguridad jurídica.
Estas ideas proclama Richard Sanders, heterónimo empleado por Franklin para dirigirse a la gente común y, más en particular, a los inmigrantes llegados a Pensilvania, a Nueva Inglaterra, para fijar allí la residencia, o continuar la ruta hacia el Oeste. Las recomendaciones de Richard/Benjamin están inspiradas en el espíritu austero y emprendedor, propios del colono, jamás del ya situado. Como lo cortés no quita lo valiente, sólo bajo un ánimo afanoso, a la vez que templado, puede cimentarse una sociedad en la que hacerse rico no suponga un motivo de vergüenza moral, de persecución fiscal o de escándalo social, sino todo lo contrario: un modelo a seguir y hasta de intentar emular.
Dice Sanders/Franklin en 1758: «Las Indias no han hecho rica a España porque sus gastos han superado sus ingresos». ¿De qué Indias habría que hablar en la España de 2010? En los últimos años, España ha cometido la costosa locura de elegir a unos gobernantes que, en lugar de permitir, y aun estimular, la libertad y la prosperidad de los ciudadanos, tienen el país en un puño. De cuya apretura urge liberarse antes que sea demasiado tarde.

Reproduzco aquí el primer post del blog residente «DE-LIBERACIONES» que me propuso llevar adelante el diario digital Factual. Trayecto breve el de este blog, de sólo dos entradas de vida, pues la publicación, también de efímera existencia, cerró poco después, en la primavera de 2010.

sábado, 11 de septiembre de 2010

LA CRISIS ESTALLÓ EL 11-S


1

Una mañana clara de final de verano, 2001,
el cielo de Nueva York quedó seccionado
por unos aceros flamígeros,
unas espadas de fuego que decapitaron
las cumbres de cristal, dejando la borrasca
en el asfalto y en el alma.

Tras el tajo criminal,
una nube de polvo y ceniza
dejó oscurecida la línea del horizonte,
huérfana la línea del cielo, envolviéndola
hasta casi borrarla del paisaje.

Cuando se disipó la niebla, un nimbo infinito
seguía coronando la ciudad
víctima de la fechoría.

La ciudad, herida, continuaba viva,
pero el mundo había cambiado la faz
y probablemente su destino.

Había entrado en un tiempo de vesania.
Dies irae, dies ille...

2

Nadie en el mundo civilizado podía esperar ni prever el ataque sufrido en la mañana del 11 de septiembre sobre Estados Unidos, la ofensiva terrorista que ha alterado bruscamente nuestras vidas, irremediablemente abocadas a un futuro de siniestra incertidumbre. ¿Cómo pudo pasar?

viernes, 3 de septiembre de 2010

ALIANZA DE TOTALITARISMOS

«El post-socialismo, deprimido y noqueado tras la caída del Muro de Berlín en 1989, y el islamismo reconquistador, revitalizado en gran medida tras la ascensión del ayatolá Jomeini en Irán, han acabado con el tiempo por encontrarse y formar pareja de hecho. Ciertamente, la política, el odio y el resentimiento hacen muy extraños compañeros de trama… El movimiento internacional socialista y comunista, republicano hasta la muerte (nunca de la propia: no les va lo kamikaze), ya celebró el declive de la monarquía del Shah de Persia de forma alborozada, viendo allí una oportunidad feliz y viable de golpear con dureza a sus principales enemigos: América e Israel. Los países islámicos habían aprendido, por su cuenta, a sacar provecho de los pactos y alianzas con Moscú en su larga yihad contra Occidente. Esto supuso sólo un primer acto de este singular matrimonio de conveniencia.
En septiembre del año 2001, el socialismo realmente inexistente en la escena internacional del momento, no estaba en condiciones de contraatacar ni de recuperar las posiciones perdidas. Los programas revolucionarios estaban en franca retirada; sus líderes, humillados. Los comparsas y habituales compañeros del viaje que le hacían de corte buscaban nuevos horizontes más prósperos, menos contaminados y gastados, por lo común un puesto de funcionario y una plaza en propiedad. El horror y la miseria resultantes de la utopía socialista, impuesta durante tantas décadas en el Este de Europa, llegó a su fin por la acción resolutiva de las sociedades afectadas.
Las ayudas prestadas por mediación de la labor de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y el papa Karol Wojtila fueron nada más (¡y nada menos!) que eso, ayuda y cooperación del mundo civilizado en favor de la liberación y democratización de los condenados a la condición de parias de la Tierra. Ganando la libertad la Guerra Fría, se cerraba en positivo lo que la Conferencia de Yalta dejó solucionado sólo a medias: para bastantes naciones, el fin del fascismo y del nazismo, significó poco más que la sustitución de un tipo de totalitarismo por otro.
Pero, el islamismo de la media luna creciente y sedicente, sí estaba en 2001 bien preparado y dispuesto para el ataque. El «progresismo» no tardó mucho en comprender las inmensas posibilidades de resurrección (aunque no de regeneración) que se le abría al ver arder y derrumbarse las Torres Gemelas de Nueva York y al quedar arañado el Pentágono en Washington. El socialismo reconstituido (aunque no reformado), la izquierda vencida por las sociedades libres varios años atrás, no aceptó el «fin de la historia» ni se resignó a su severo dictamen. Presentándose con denominación ocultadora del origen, el autodenominado «progresismo» entiende que por la brecha practicada por el islamismo en el corazón del Imperio era fácil introducirse para hurgar en la herida y planificar el resurgimiento.
Mientras tanto, los cuarteles de invierno y los restos del socialismo ya no estaban domiciliados en las Casas del Pueblo ni en los sindicatos de clase. Resistían activos principalmente en despachos, universidades y medios de comunicación, donde, por lo visto, nadie limpia el polvo ni recoge la basura. En condiciones tan poco higiénicas, se cocinaban nuevos manifiestos post-socialistas y se recalentaban viejas doctrinas con los que mantener viva la vieja esperanza desbaratada, la utopía. En el momento propicio, nutrirían de contenidos vitamínicos los programas electorales de los partidos de la izquierda desempolvada, todavía oliendo a antipolilla de armario, a alcanfor de vitrinas de museos, a tiza de aulas de colegio de letras, a alcohol de facultad de ciencias.
En barbecho, entre manuscritos, tubos, matraces, agitadores y demás materiales de ensayo y laboratorio, se ensaya, se experimenta y se hacen prácticas de multiculturalismo y relativismo cultural (cultural studies); posmodernismo y emancipación de minorías sexuales, étnicas y raciales; ecologismo y vegetarianismo; comunitarismo y republicanismo; terrorismo y movimientos de liberación nacional; guerrilla e indigenismo; antiimperialismo y anticolonialismo; dominación de las multinacionales y comercio justo; renta básica y redistribución de la riqueza; antiglobalización y anticapitalismo.
La democracia liberal, el American way of life, el sionismo e Israel, la libre empresa y el libre comercio, el neoliberalismo y el pensamiento burgués, el bienestar y el crecimiento económico, sencillamente han sido suspendidos y apartados de los programas progresistas, hasta el punto de no encontrar apenas sitio, foro o tribuna en estos cuarteles generales del incipiente pensamiento único.
La alianza, si no de civilizaciones, sí de «culturas», «sensibilidades» y «programas», estaba en marcha, y muchos no sólo no se daban cuenta del trance, sino que además subvencionaban tontamente semejante precipitado de extremos y extremismos. Nada más extraño que, de manera tácita o explícita, el «progresismo islamista» (o «islamismo progresista») saliese a la superficie para dar el golpe. Cuando algunos se han dado cuenta, casi, casi, ya es demasiado tarde.»
Fernando Rodríguez Genovés, «Al final, por una utopia», recensión del libro de Rosa María Rodríguez Magda, Inexistente Al-Andalus. De cómo los intelectuales reinventan el Islam, Nobel, Oviedo, 2008, Cuadernos de Pensamiento Político, Fundación FAES, Madrid, nº 19, Julio/Septiembre 2008, pp.250-252.