lunes, 6 de diciembre de 2010

¿ESTADO DE ALARMA SOCIAL EN ESPAÑA?


Hoy, 6 de diciembre, conmemoramos en España el Día de la Constitución. No estoy seguro, sin embargo, de que tengamos motivos para la celebración. España se encuentra desde el pasado fin de semana en Estado de Alarma, declarado por el Gobierno socialista, en un súbito golpe de efecto, cuando gran parte de la población iniciaba un largo puente hacia… ninguna parte.
Las carreteras están colapsadas, las carteras esquilmadas, los bolsillos depauperados, el país arruinado. Millones de personas miran al cielo: unos, rogando para que no llueva y no se les agüe la escapada a la sierra o la playa; otros, atrapados en las terminales aeroportuarias, por ver si lo que se aproxima es un pájaro de mal agüero o, finalmente, el avión que les sacará del aprieto para embarcar hacia otras apreturas. Algunos, en el más acá, desafían al Todopoderoso, plantándole cara: ¡a ver quién manda aquí! Otros, en el más allá, confían en que, después de todo, Dios proveerá.
España: al final de la escapada. Perfecta metáfora, me temo, de lo que está sucediendo en nuestro país.
La crisis en los aeropuertos españoles, en principio, se ha resuelto por medio de la militarización del personal laboral —civil, ni siquiera con rango de funcionario, aún—, responsable de la navegación aérea, y amotinado en la noche del pasado viernes. La mayoría de medios de comunicación habla ya de vuelta a la normalidad. Gran parte de la población respira aliviada, impresionada por el coraje del Ejecutivo socialista. ¿Será respeto o será miedo? Desde las altas esferas ejecutivas, hablan ahora de alargar el Estado de Alarma varios meses más. ¿Por qué no indefinidamente? Al menos, sabríamos a qué atenernos.
En España, vivimos en estado de excepción de facto desde hace más de seis años. En una nación en quiebra institucional, económica, política, social y moral, ha tenido que ocurrir un episodio de conflicto laboral (AENA/Ministerio de Fomento/Gobierno con los controladores aéreos y su entramado sindical) para declarar un Estado de Alarma, de dudosa constitucionalidad, por vez primera en nuesta extraña democracia. Hoy, Día de la Constitución, ¿qué hay, entonces, que celebrar?
Huelgas salvajes han habido en España recientemente. Y no pocas. En el Metro de Madrid, sin ir más lejos. También una Huelga General. Pero tales hechos no fueron «conflictos», sino «movilizaciones», acciones convocadas por sindicatos de clase que tratan con «cariño» al Presidente del Gobierno socialista. Los controladores aéreos son otra cosa… Unos privilegiados y unos ricos. Un sector con gran poder en sus manos, como acaba de comprobarse una vez más. Un colectivo, en un lugar estratégico, que no obedece al Gobierno ni le guarda «cariño». He aquí el problema: clan sindical contra secta política. ¡A ver uno con quién se queda!
El pasado viernes de dolores de gobierno, el Consejo de Ministros da a luz, entre otras medidas excepcionales, una normativa en aras a privatizar parcialmente la gestión de los aeropuertos españoles. Había, pues, que elegir el momento idóneo y dejar la vía libre, las pistas de despegue y aterrizaje despejadas para quien tenga que llegar, sin personal conflictivo a los mandos: personal no controlado en la torre de control. Sin un gremio que se ha ganado con razón la animadversión de la gente. 
Enemigo, por vocación intervencionista, de cualquier tipo de liberalización, al Gobierno socialista se le notan las malas maneras en su proceder. Aquí no hay excepción: cuando la libertad gana terreno en la sociedad, al socialista se le hincha la vena totalitaria. También cuando teme perder las elecciones, y quedar fuera del poder.
Entre dolores, el Gobierno socialista ha conocido asimismo el resultado caliente de una encuesta demoscópica (¡por medio del diario El País!), según la cual el Partido Popular le lleva una ventaja de casi 19 puntos en intención de voto. ¡Alarma general, en Moncloa y en Ferraz! Motivos para actuar. El todopoderoso superministro Rubalcaba —presidente in pectore, sombrío más que a la sombra— y el PSOE, han demostrado saber gestionar con suma habilidad otras crisis, como éstas y todavía más graves, saliendo, habitualmente, airosos. Rubalcaba amenaza: «Quien echa un pulso al Estado, pierde». ¿Quiere decir al Estado, realmente, o ya habla como el Rey Sol?
Tras la tormenta, el poder proclama la plena normalidad porque ha salido el sol. En España, «normalidad» significa que los socialistas están en el Gobierno. Pero, para algunos españoles sigue la duda de si sólo gestionan y rentabilizan las crisis o si también, de alguna manera, las estimulan.
¡Que no cunda el pánico! En España, bajo el Estado de Alarma, no parece haber alarma social.

domingo, 5 de diciembre de 2010

PORTUGAL: EL CIELO AZUL QUE NOS COBIJA


Leyendo el precioso libro de viajes y estancias Desde París (crónicas y ensayos 1893-1897) (Acantilado, 2010) del insigne Eça de Queirós encuentro este fragmento que deseo compartir con el visitante y lector de Los Viajes de Genovés. Se trata de unas pocas líneas que sirven de perfecto complemento a la crónica viajera aquí recogida de mi recorrido por Lisboa —y Portugal— en el año 1996.

«Hace años, hace muchos años, cuando todos nosotros éramos jóvenes y la política se mantenía aún tan romántica como la literatura, un estadista portugués, Fontes Pereira de Melo, aquel al que concisa y popularmente llamábamos El Fontes, decía en un discurso oficial, comparando Portugal con las demás naciones de Europa, estas consoladoras palabras: “Es cierto que nuestra patria no posee, como otras, riqueza comercial, numerosas vías férreas, incontables fábricas, astilleros, equipamiento industrial, los factores imprescindibles del progreso. Pero tiene sobre ellas una superioridad que le garantiza una vida más fácil y más libre, que es este luminoso y magnífico cielo azul que nos cobija.” […]
¡Cuanta razón tenía nuestro Fontes! No hay mayor bien para una nación que un clima suave y luminoso. Riqueza, fuerza, grandes industrias, minas de oro, un comercio rebosante… Para la felicidad de un pueblo nada vale tanto como un hermoso sol y un aire aterciopelado. Todo se simplifica en una región templada y clemente. El contento de un cuerpo en medio de la luz y del calor contrapesa, calma, hace casi desaparecer el descontento público.»

Hace casi desaparecer de nuestra alma el… invierno del descontento…, me atrevería a añadir, por mi parte, sin pretender con ello rectificar, corregir o enmendar la plana al maestro Queirós. Dicho sea, entonces, mi particular comentario o añadido con el permiso del escritor portugués, y, claro, del padre de la criatura, el inglés, y universal, William Shakespeare:
«Now is the winter of our discontent,
made glorious summer by this sun of York»
W. Shakespeare, Richard III (1594).

jueves, 2 de diciembre de 2010

PRIMO LEVI, «VIVIR PARA CONTAR. ESCRIBIR TRAS AUSCHWITZ»



Primo Levi, Vivir para contar. Escribir tras Auschwitz. Edición de Arnold I. Davidson. Traducción Albert Fuentes, revisión y nota final de Piero dal Bon, Alpha Decay. Barcelona, 2010, 167 páginas


Primo Levi (Turín, 1919-1987) es escritor y superviviente. Autor de relatos, memorias, ensayos, artículos y novelas, escribe, preferentemente, en su condición de superviviente de Auschwitz, donde vivió esclavizado desde el mes de febrero de 1944 hasta la liberación del campo en enero de 1945. Perteneciente a una familia judía turinesa, Levi se gradúa en Química en 1941. A principios de año de 1944 se une a un grupo de la resistencia antifascista italiana, con tan mala suerte que es detenido por la milicia de Mussolini al poco tiempo. 

Desde ese momento comienza la mala fortuna; o su «buena suerte», al fin y al cabo. Para no confesarse partisano (lo que conllevaba la ejecución sumaria), Levi declara ser judío, siendo así entregado a las SS nazi y trasladado a Auschwitz. Es de los pocos judíos internados en el Lager alemán que pudo cruzar vivo la puerta del campo (esta vez de salida), presidida por el rótulo (¿irónico?, ¿cínico?, ¿blasfemo?) «Arbeit macht frei» (El trabajo os hace libres). Mala suerte o buena fortuna, al fin.
La existencia de Primo Levi es trágicamente real —soportando sobre sus espaldas los mayores horrores consumados en la humanidad— pero, asimismo, legendaria por el valor simbólico que representan su vida y su testimonio. Una leyenda que impregna la misma vida, pero sin escaparse tampoco a la propia muerte del escritor. Sobre su presunto suicido sigue habiendo hoy discusión. No dejó nota del mismo y ha sido negado por sus amigos íntimos. Con todo, el hombre que salió vivo del tenebroso destino de Auschwitz no pudo escapar a la larga sombra de la leyenda sobre su muerte. Sería, desde luego, un macabro asunto enfrentarse a otro capítulo del «negacionismo», aplicado, en este caso, a la verdad y a la mentira, no sólo de su cautiverio y al exterminio de millones de judíos como él, sino al de su propia y definitiva desaparición.
Sobre estas graves cuestiones ha reflexionado y escrito Levi, entre muchos otros temas relacionados con la Shoá. Su libro más conocido lleva por título Si esto es un hombre (1947), donde narra con detalle su terrible estancia en Auschwitz. Otros textos igualmente célebres del escritor italiano son La tregua (1963) y Los hundidos y los salvados (1986). En 1997 la editorial italiana Einaudi publicó sus obras completas.
El breve volumen que ahora reseñamos es una compilación de textos poco conocidos de Levi, editados por Arnold I. Davidson, profesor de Literatura en la Universidad de Chicago y de Historia de la Filosofía Política en la Universidad de Pisa. Los escritos aquí incluidos (artículos de prensa, reseñas de libros, pequeños ensayos, cartas, intervención en una mesa redonda, etcétera) vienen agrupados en tres secciones «La masacre como fin en sí misma», «Verdad y mentira» y «La huelga moral del fascismo». El libro lleva, por lo demás, un inspirado Prefacio a cargo del editor («Los ejercicios espirituales de Primo Levi») y una nota final firmada por Piero dal Bon. Una edición, pues, como puede comprobarse en este sucinto resumen, muy competente y muy meritoria en todos los aspectos.


Declara el editor del volumen, Arnold I. Davidson que escogió el título para la presente edición española —Vivir para contar— releyendo un fragmento de un ensayo del propio Levi que refiere su firme decisión de relatar la dura realidad y profundo significado de Auschwitz: «no vivir y contar, sino vivir para contar». Primo Levi no se dedica a escribir por ser superviviente, sino que es superviviente porque escribe. 

La energía que le da fuerzas para sobrevivir en las condiciones del Lager nazi proviene, principalmente, del hecho de hacerse cargo de la circunstancia que le ha llevado hasta el límite. A él, y a millones de personas como él: por ser judío, por pertenecer a un pueblo condenado al exterminio. La mayoría de personas internadas en los campos de trabajo —aquellos que no han sido seleccionados, nada más llegar al Lager, para pasar directamente a la cámara de gas: ancianos, enfermos, mujeres, niños— mueren a las pocas semanas de estancia: el trabajo agotador, las palizas y las humillaciones, la ansiedad y el terror, la alimentación que no merece tal nombre, las enfermedades, les consumen rápidamente.
Primo Levi siente que no tiene derecho a desfallecer, a abandonarse a la muerte en esas condiciones. Debe sobrevivir para contar al mundo el Holocausto y lanzar al rostro de lo que queda de la humanidad graves preguntas: «Estos son los hechos; funestos, inmundos y sustancialmente incomprensibles. ¿Por qué, cómo llegaron a producirse? ¿Se repetirán?» (pág. 35). Esta misión le da fuerzas para salir con vida del infierno nazi y dedicar el resto de su existencia quebrada y quebrantada a dar testimonio de Auschwitz.


«No es lícito olvidar, no es lícito callar. Si nosotros callamos, ¿quién hablará?» (pág. 30). Levi sabe muy bien que tan descomunal horror de Auschwitz no sería fácil de mostrar —y demostrar— ante el mundo. El régimen nazi actuaba con ese presupuesto, los mandos militares alardeaban de ello en el mismo Lager, borraron huellas y, secuela clásica de toda barbarie y toda atrocidad, dan por descontada la colaboración presente y futura de quienes rebajen —o nieguen, sin más— la veracidad y dimensión de la catástrofe.
Y es que las víctimas del Holocausto (de cualquier crimen, pero sobre todo de este crimen) no sólo deben soportar el cartel acusador e infame de «victimistas» (y vengativos) por el simple hecho de denunciarlo y clamar justicia. También cae sobre ellas la lacra siniestra y repugnante del «negacionismo». A este atroz asunto dedica el libro la segunda sección «Verdad o mentira». Un oscuro profesor francés, un tal Faurisson, o el «Institute for Historical Review» de Los Ángeles, dedicado a revisar la historia oficial de la Segunda Guerra Mundial («sólo se preocupa de negar o minimizar los delitos del nazismo» (pág. 105), representan algunas ignominiosas muestras de esta labor que aspira a no dejar descansar a los muertos o, mancillando su memoria, volver a asesinarlos. Para semejante tarea monstruosa, como la llevada a cabo por los carceleros del campo, siempre habrá sujetos dispuestos llevarla a cabo. Levi, en este punto, protesta y exige un mínimo de sensatez en este océano de perversidad: «Un poco de cordura, ¡diantre!: si la masacre os complace, ¿por qué negar que ha ocurrido? Y si no os gusta, ¿por qué la imitáis y os convertís en sus apologetas?» (pág. 106).
La tercera parte del libro, «La huelga moral del fascismo», reproduce una mesa redonda sobre «La cuestión judía». Hace bien el editor en recoger, junto a la intervención de Levi, las demás intervenciones en el acto. De esta manera, por contraste, puede comprobarse mejor el vibrante estilo del escritor turinés. Su mente, lucida y fría, analiza los hechos con gravedad y sin concesiones, utilizando para expresar sus ideas y sentimientos frases breves, impactantes, esenciales, radicales, porque van al núcleo del asunto. 

He aquí un asunto que no sólo ha sentado ante el tribunal de la Historia al régimen nazi, a sus colaboradores y cómplices, sino a la humanidad en su conjunto. Porque no fueron demonios los culpables de la bestialidad, fueron hombres, después de todo. Una bestialidad, en fin, que puede volver a repetirse mientras la traza del totalitarismo siga nublando el horizonte. ¿Qué ha pasado? ¿Qué puede volver a pasar?: «Es la realización de un sueño demencial, en el que uno manda, nadie piensa, todos caminan siempre en fila, todos obedecen hasta la muerte, todos dicen siempre sí.» (pág. 37).