martes, 15 de febrero de 2011

LUCERNA, UNA CIUDAD CON VISTAS (Y NO VISTAS)



Noventa kilómetros y cerca de una hora en tren separan Basilea de Lucerna. El cambio de escenario es, sin embargo, muy considerable. A un marco eminentemente urbano, universitario y cultural, pleno de museos y vitalidad ciudadana, como es Basilea le sucede, sin apenas tiempo para disponer el ánimo adecuadamente, una estampa magnífica en el que la Madre Naturaleza domina sobre la hija ciudad. Porque Lucerna no es exactamente una ciudad sino el pequeño reducto de un espléndido y bellísimo villorio medieval a la sombra de magníficas masas montañosas y del inmenso lago de Los Cuatro Cantones que lo encierran en un escenario de fábula. Una villa con vistas.
Dice la tradición que no pueden ponerse puertas al campo. Pues bien, Lucerna demuestra lo erróneo del aserto. Pues ¿qué es Lucerna? Una puerta para adentrarse en el paisaje. Pueblo de pescadores en sus orígenes, con el transcurrir del tiempo ha llegado a lo que es hoy: un balneario para turistas y visitantes de paso, un baño público rodeado de una docena de callejuelas y dos puentes muy originales, uno de ellos, el más conocido, el Kapell-Brücke, completamente reconstruido tras el aparatoso incendio de 1993 que lo redujo cenizas. ¿Qué es Lucerna reconstruida? Una parada y fonda en el camino desde donde emprender excursiones por los alrededores. Una ciudad que puede recorrerse en un visto y no visto.
El trayecto desde la estación hasta el céntrico albergue (aquí todo es céntrico) en que me hospedaba —a pie por supuesto, el taxi es innecesario— se completa en pocos minutos. Los suficientes para descubrir gran parte de la población en un golpe de vista. A las puertas del hotel Wilden Mann no me esperaba un salvaje. Todo lo contrario, fui acogido por los empleados de la posada de la manera más calurosa, una recepción casi diría que innecesaria, porque en el exterior la temperatura no bajaba de los treinta grados centígrados. La mayoría de establecimientos de hostelería en Suiza no disponen de aire acondicionado. Éste tampoco. 

Mientras subían las maletas a la habitación, la mano hospitalaria de la recepcionista me alargaba el plano de la ciudad, limitando con la línea del lápiz un conciso círculo que abrazaba el perímetro genuino de Lucerna. Aunque no solicité la información, escribió en el margen los horarios de salidas de los barcos en circuito por el lago, así como los que trasladaban (día completo, almuerzo a bordo) al Pilatus, macizo montañoso imponente a 15 kilómetros del centro, es decir, desde donde uno esté en cualquier lugar de Lucerna. Ambas excursiones, me indica, son inexcusables. ¿Para qué viene uno, si no, a este lugar? Pregunta lógica, hecha desde detrás del mostrador. Yo, al otro lado del espejo, aunque tenía planes bien distintos, acepté agradecido folleto y folletín, por no contrariarla ni generar una disputa diplomática.
Antes de la comida, decido a dar un breve paseo para tomarle las medidas al terreno y así preparar los itinerarios a cubrir durante mi estancia en el poblado. En Lucerna, toman el almuerzo muy pronto, según la costumbre centroeuropea y el criterio del comensal mediterráneo. Pues bien, no llegué tarde a la cita reservada en el restaurante. En una hora milimetrada, tenía prácticamente completada la visita a la localidad. El maître (de nombre Enrico, según informaba su tarjeta de identificación) tomó nota de mi pedido, el cual lo juzgó bellisimo.
Hablamos, pues, en italiano. Tras alabar mi dominio de la lengua de Dante (viejo zalamero) e interesarse por mi nacionalidad y estar al corriente de cuántos días pensaba permanecer en la villa, Enrico me exhortó encarecidamente, con datos y cifras (veterano detallista), a recorrer el maravilloso lago de Lucerna a bordo de un confortable barco, con un delicioso menú servido en la popa, ascenso el Pilatus hasta alcanzar la cima, a 2.132 metros del suelo, unas vistas maravillosas: todo ello, en seis horas.
Escuchaba yo estos registros tan formidables, que casi me producían vértigo (y todavía no había hablado de precios), preguntándome al mismo tiempo cómo explicarle a Enrico que yo no era turista ni rico, y que lo que me interesa primordialmente de los viajes son las ciudades. No se lo pregunté directamente al atento comisionista de aire puro porque intuía la respuesta: «Si lo que le interesan son las ciudades, permítame que le pregunte: ¿qué hace en Lucerna?». Tampoco, en esta ocasión, quise quitarle la ilusión a ningún lugareño.
¿Qué hacer en Lucerna, en efecto, buena pregunta, si no me moría de ganas por encerrarme en un paquebote durante seis horas, en trance de sufrir penoso mareo ante el presumible movimiento de la nave y el amenazante perfume de una fondue para el almuerzo? ¿Qué hacer en Lucerna si no ardía en deseos de tomar la cumbre del Pilatus, cuyo sólo nombre ya se me antojaba amenazador?
En Lucerna, puedes callejear por el casco viejo, tan lindo como una cáscara de nuez. Las calles son angostas y estrechas, las plazas ricamente dispuestas, custodiadas por elegantes edificios de atractivos miradores con saledizo y hermosas pinturas en la fachada. Las fuentes no pueden compararse a las de Basilea, pero merecen asimismo no pasar de largo ante ellas. Caminando a tu aire, en Lucerna no puedes perderte, porque, por donde quiera que vayas, inevitablemente, en pocos minutos, vuelves al punto de salida.
Es imposible, asimismo, extraviarse, porque el caudaloso e impetuoso curso del río Reuss, que atraviesa la ciudad, ruge con tal fuerza que el fragor de la corriente orienta y atrae como un imán. Por las noches, el rumor del Reuss arrullaba mis sueños en la habitación del hotel, desde cuya ventana podía contemplar sus aguas presurosas. Por las mañanas, tras descorrer las cortinas, me daba los buenos días, junto al coro torrencial, el extremo sur del Spreuer-Brücke, uno de los dos encantadores puentes de madera que permiten cruzar el río. 

El otro puente (de fantasía) de Lucerna es el famosísimo Kapell-Brücke, verdadera imagen de la villa. El ídolo, sigue siendo el Wildenn Mann, presidiendo la pasarela en lo alto de los retablos triangulares con motivos de la historia de la villa que fijan la techumbre de madera. El puente sufrió un incendio la noche del 17 al 18 de agosto de 1993, en plena temporada turística, si bien esta calamidad no supuso una tragedia irreversible para la ciudad, al ser reconstruido íntegramente en brevísimo tiempo. La disposición de la construcción volante, de orilla a orilla, es oblicua. Observando las pinturas de la época en que fue construido el puente (siglo XIV), comprendemos la razón: sigue el trazado de la ensenada original, sirviendo de puente/fortaleza protector de la entrada de la ciudad.
Acogedora ciudad, hoy el entrante tiene un gran apéndice, ganado al lago, que lo hace más amplio. Allí se localizan las modernas estaciones de ferrocarril y autobuses, el KunstMuseum y las instalaciones fenomenales del puerto de Lucerna. Desde el muelle parten los barcos hacia la aventura de seis horas con guía, como oferta estrella.
Cuando uno quiere dar un largo paseo, un paseo de verdad, hay que cruzar el moderno See-Brücke, dejando a nuestras espaldas la Bahnhof, y atravesando la concurrida Schwanenplatz, y tomar la avenida arbolada que recorre el National-Quai. En su primer trecho, hallamos el Schweizerhof-Quai, y en lugar preferente el gran hotel Schweizerhof, para público no menos preferente. La vista del lago, poderosamente expandido entre montañas, no nos abandona durante todo el recorrido. La caminata alcanza una primera etapa en las inmediaciones del Casino, ambientado por elegantes terrazas que invitan en ellas frente a la magnífica laguna. Continuando el recorrido puede uno llegarse hasta la más lejana Lidostrasse, detrás del General-Guisan-Quai, alcanzando allí el Museo del Transporte y el Planetario. En esta ocasión, opté por la primera opción y confieso que disfruté de una sabrosa cena, mientras veía caer la noche sobre Lucerna del lago. Una suave brisa aportaba a la jornada un ambiente fresco y muy agradable, dejando atrás el asfixiante calor de la mañana.
El verano en Lucerna es bastante caluroso y húmedo, especialmente, en las horas que luce el sol. Ante la ausencia de locales refrigerados, y haciendo frente a la tentación de encaramarse hacia las alturas del Pilatus donde encontrar un alivio termométrico, hasta la hora del atardecer, pocas defensas me quedaban. Una de ellas era dirigirme al Glestschergarten, o Jardín de los Glaciares, de prometedora denominación, y buscar allí refugio durante las horas más severas de la canícula. 

El enclave tiene, en efecto, gran interés. Sorprende encontrar en pleno ensanche de la ciudad este fósil, esta huella del pasado lejano, de cuando el Reuss era un glaciar. Pozos y ollas de gran abertura y profundidad, relieves con reveladoras marcas del tiempo remoto, conservan el tiempo bajo una inmensa carpa que imprime al espacio un ambiente evocador. La entrada del parque está custodiada por la figura yaciente de un león herido, el famoso Löwendenkmal (Monumento del León), de gran tamaño y muy conmovedor. Tallado en la roca viva de la montaña, transmite con sumo realismo la tristeza y agonía del animal rey atravesado por una flecha fatal que destrona a cualquiera. El monumento simboliza la entrega heroica de la guardia suiza que murió defendiendo a la familia real francesa durante la Revolución.
Desde la colina que acoge estas piedras preciosas, contemplo la silueta fenomenal del Pilatus, que parece llamarme, atraerme a las alturas, sin remisión. He aquí el dilema: o me echaba al monte o abandonaba la villa. Pues bien, el cielo puede esperar.
Sin afán de conquista y sin ánimo de derrota partí de Lucerna en dirección a Zúrich, que ésta sí es una ciudad con todas las de la ley.


miércoles, 9 de febrero de 2011

«UN CORAZÓN INTELIGENTE» de ALAIN FINKIELKRAUT



Alain Finkielkraut, Un corazón inteligente, traducido del francés por Elena M. Cano e Iñigo Sánchez-Paños, Alianza Editorial, Madrid, 2010, 206 páginas.

Alain Finkielkraut, nacido en París en 1949, es hijo de un judío polaco deportado a Auschwitz. Antiguo alumno de la Escuela Normal Superior de St. Cloud ejerce como profesor en la Escuela Politécnica de París, prestigiosa escuela de ingeniería, en la que imparte clases de Historia de las Ideas en el Departamento de Humanidades y Ciencias Sociales. Además de las tareas docentes y de la actividad como consumado ensayista, Finkielkraut participa activamente en los medios de comunicación, tomando posición en los temas de actualidad más candentes. Por todo ello, es conocido y reconocido como uno de los intelectuales más relevantes de la generación de pensadores y filósofos franceses que ha dado la vuelta a las tendencias dominantes en la inteligentsia francesa tras Mayo del 68.
Hablamos de un movimiento intelectual libre y espontáneo —es decir, no organizado ni partidario— que ha logrado desmitificar, no sólo en Francia, el patrón imperante del intelectual entendido como sinónimo de «progresista y de izquierdas», inclinado, además, a un pensamiento epatante y à la mode. Inicialmente identificados con el rótulo de «nuevos filósofos» —pensadores críticos con las «imposturas intelectuales» derivadas de teorías multiculturalistas, deconstruccionistas, post-estructuralistas y demás productos del postmodernismo—, junto a Finkielkraut destacan autores tan reputados como Bernard Henry-Levy, André Comte-Sponville, Luc Ferry, Pascal Bruckner y André Glucksmann.
Intelectual íntegro, de la estirpe de los dreyfusards, Finkielkraut ha llevado a cabo una sólida y fértil obra ensayística en la estela de sus autores más queridos: Alain, Charles Péguy, Hannah Arendt o Albert Camus, sin perder nunca de vista a Jean-Paul Sartre o a Paul Valéry. Uno de sus textos más celebrados lleva por título La derrota del pensamiento (1987), donde ofrece una severa crítica de la deriva experimentada por la noción, ilustrada y racional, de «cultura» en la segunda mitad del siglo XX, al ser trastornada por lo que ha sido dado en llamar, posteriormente, «estudios culturales».
En esa frenética labor de escritura de ensayos filosóficos y artículos periodísticos, junto a las ya mencionadas intervenciones públicas sobre asuntos del presente, Finkielkraut se ha dado un pequeño respiro, dedicando su último libro publicado en España al análisis literario. Leal al espíritu de Pascal, Finkielkraut no sólo atiende a las «razones de la razón», sino también a las «razones del corazón». He aquí el resultado de un paseo personal por los libros más estimados de «un corazón inteligente». Tal y como explica en el Prólogo, la frase —título asimismo del libro— la toma del rey Salomón, cuando suplica a Dios que le sea concedida la gracia de esa maravillosa síntesis de sentimiento y entendimiento.
Sin embargo, Dios calla. Y no sólo Él. Tampoco la Historia o la Razón dan respuesta a la súplica de reyes y villanos. Tiene uno mismo que ir a buscarla. Por ejemplo, en la literatura. Finkielkraut propone en el volumen una «biblioteca ideal» en la que encontrar voces, sensatas y sagaces, que iluminen al lector, no acerca de las leyes de la vida (para eso están la ciencia y la filosofía), sino «su jurisprudencia»: «Me he fiado de mis emociones para elegir nueve títulos: La Broma de Milan Kundera; Todo fluye de Vassili Grossman; Historia de un alemán de Sebastian Haffner; El primer hombre de Albert Camus; La mancha humana de Philip Roth; Lord Jim de Joseph Conrad; Apuntes del subsuelo de Fedor Dostoyevski; Washington Square de Henry James y El festín de Babette de Karen Blixen.» (pág. 12).
¿Por qué nueve títulos y no diez? Finkielkraut habla de «biblioteca ideal» con la que establecer un fructífero diálogo intelectivo y emocional, no de «decálogo», esto es, de un concentrado compendio de la verdad: «En el camino de la verdad, la comprensión literaria de la existencia encuentra y afronta inevitablemente a su doble.» (pág. 205). Muchas son las novelas, cuentos y relatos que han buceado con inteligencia y sensibilidad hasta las profundidades del corazón humano. No nos hallamos, entonces, ante una «exclusiva» ni exhaustiva selección. Pero en las obras escogidas el alma humana escucha, sin duda, un eco delicado y sutil que revela intensos testimonios acerca de la broma pesada que a menudo representa la vida de los hombres, esos «huérfanos del tiempo». También se informa acerca de la «tragedia de la inexactitud», «el infierno del amor propio», «la zafiedad de lo verdadero» o «el escándalo del arte».
Interesa a Finkielkraut examinar la obra del autor penetrante, ese que para «confrontarse a lo esencial no elige la teoría, sino la anécdota. En lugar de proceder por conceptos, cuenta una historia.» (pág. 191).
Es de esperar, con todo, que Alain Finkielkraut, tras este recorrido por el análisis de la literatura más luminosa, no sienta en su corazón inteligente «la derrota del pensamiento» como si de una irreversible condena o maldición se tratase, de un callejón sin salida, para que así pueda seguir adelante en su provechosa obra ensayística, proporcionándonos nuevas reflexiones sobre las «verdades de la razón».

martes, 8 de febrero de 2011

BASILEA, CIUDAD DE LAS FUENTES


Corre el mes de junio del año 1580 cuando Michel de Montaigne inicia un viaje por Europa. Desde su castillo, en la comarca del Périgeux, próxima a Burdeos. El itinerario cubre Francia, Alemania, Suiza e Italia, y le ocupa diecisiete meses. Habiendo abandonado las obligaciones públicas hace casi diez años, escribe en la torre-biblioteca ese libro a través del yo y sus circunstancias que conocemos con el nombre de Ensayos. Igual que una araña que teje la tela, en esta obra ejemplar autor y producto se enredan entre sí, sin llegar por ello a enzarzarse, sólo a envolverse en un mismo destino. A esta labor dedica buena parte de su tiempo tan libre.
Pero, ahora ha llegado la hora de tomarse un descanso, de ponerse en movimiento... Montaigne sale de la torre y emprende un largo viaje, antes de la hora del largo viaje. Sube al caballo y enfila el camino, más que nada por el gusto de viajar, por placer, y de paso para tratarse el «mal de piedra», dolencia que le aqueja desde hacía años.  Cabalgando, afirma, las molestias físicas disminuyen. Las impresiones de la marcha y las estancias en ruta han quedado anotadas en un cuaderno de viajero, el Diario del viaje a Italia a través de Suiza y Alemania de Michel de Montaigne, cuya primera etapa la redacta su secretario.
A comienzos de octubre, Montaigne arriba a la ciudad de Basilea (en francés Bâle, pero que en aquellos tiempos denominaban Basle). La bitácora recoge unos breves apuntes acerca de las costumbres de las gentes del lugar, de los colores del cuadro urbano que descubre el ensayista. En uno de ellos leemos lo siguiente:

«Tienen una infinita abundancia de fuentes en toda esta región; no hay pueblo ni encrucijada en donde no las haya, y muy hermosas. Dicen que en Basilea hay, contadas, más de trescientas.»

La percepción más poderosa y viva de esta ciudad que ha quedado grabada en mi mente coincide, punto por punto, con la citada estampa. Las fuentes de Basilea. Como Montaigne, también reparé en esta circunstancia, aunque no puedo confirmar el número de fuentes que realzan la villa con su fluir refrescante, porque no las conté. Sí estoy en condiciones de afirmar que su abundancia es muy cierta, y su atractivo muy notable. Bien es verdad que las ciudades de Suiza no están faltas de fuentes, ni constituyen en Basilea el rasgo más peculiar del entorno. Aun así, todas las que contemplé me parecieron también muy hermosas. Añadiría, incluso, que son las más graciosas y distinguidas que haya visto y… oído jamás en ningún otro sitio.
Esta ciudad suiza fronteriza ha crecido enormemente a lo largo de los tiempos, hasta convertirse en una moderna urbe industrial, en un centro financiero y comercial de primer orden en Europa. Todavía hoy, este canto del viejo continente acoge una gema, rica y libre, que da brillo a un estado del espíritu. La hallamos en el casco antiguo, recoleto y hermoso, apenas descompuesto o dañado por el peregrino moderno, el turista con botas, en aluvión, en manada. En este núcleo apaciguado puede uno pasear y escuchar sus propios pasos, incluso en pleno día, concentrado tan sólo en el fluir del caño y el rumor de la fontana. Fuentes hay en Basilea de todos los tamaños y colores, desde sencillas pilas hasta aparatosos estanques, como la Fasnachtsbrunnen (Fuente de Carnaval), construida por el juguetón escultor y diseñador Jean Tinguely, en la que figuras metálicas giran y brincan al son del agua.
También son dignos de ver y oír los molinos de agua en Basilea, utilizados antaño en la fabricación de papel, y que hogaño siguen volteando en la entraña del barrio más antiguo de la ciudad, alrededor de St. Alban-Tal. En el extremo de la calle, monta guardia St. Alban-Tor, puerta principal erigida en el siglo XIII, junto a lo que queda de las antiguas fortificaciones, que en estos días resguardan a estas callejuelas decorosas del bullicio de la gran ciudad. Sólo unos metros las separan del rugido de las amplias arterias y avenidas que anuncian el discurrir frenético de la Basilea moderna, allí donde ya son necesarios los semáforos, custodios desconocidos en la vieja Basilea protegida por su propia guardia.
Dejas atrás las grandes vías, te adentras en este barrio milagroso y encuentras un oasis de paz donde reinan la fronda y el manantial. Sientes, de repente, recuperar el tiempo pasado y la memoria dormida. En este dominio los artesanos fabricaban el papel que alimentaba las imprentas de Basilea, algunas de las cuales, bajo los auspicios del famoso editor Juan Froben, dieron a la luz obras inmortales. Por ejemplo, muchas de las escritas por Erasmo de Rótterdam, uno de los ilustres residentes de la villa fontanal.
En St. Alban-Grabe y St. Alban-Tal están localizados los museos más sobresalientes de la ciudad: el espléndido Kunstmuseum, el Antikenmuseum, el Museum für Gegenwartskunst (Museo de Arte Contemporáneo), el Basler Papiermühle (el Museo del Papel), el Karikatur & Cartoon Museum (Museo de Caricaturas y Dibujos Animados). St- Alban-Tal, calle primorosa y plena de riquezas, desemboca en el Rin.
El Rin es el gran canal de Basilea, el río que limita fronteras, la francesa al oeste y la alemana al este, dividiendo la villa en dos secciones, Grossebasel  —o Gran Basilea— y Kleinbasel —o pequeña Basilea— comunicados entre sí por escasos puentes, la verdad, y bastante alejados unos de los otros. En este punto del cauce, el Rin es río navegable, con un caudal anchuroso y vertiginoso, poderoso argumento que, sin embargo, no disuade a audaces nadadores a tomar allí las aguas en las calurosas noches de verano (o más que a nadar, a dejarse simplemente arrastrar por la fuerza impetuosa de la corriente). No sólo las aguas profundas y los rápidos del Rin concitan el interés de los basilenses y visitantes. Las orillas del río, lugar más protegido y seguro que la rabiosa cuenca, se convierten en esta época estival en una fiesta, en un centro de reunión ciudadano, de paseo y asueto comunitario, que atrae a propios y a extraños hacia las carpas flotantes en las que grupos musicales amenizan las calurosas veladas del verano basilense.
En un lado del Mittlerebrüche, junto a las terrazas animadas del hotel Merian am Rhein, a través del Oberer Rheinweg, veo concentrarse a los aficionados a los sonidos pop y jazzísticos. En el otro extremo, más al norte, en el Unterer Rheinweg, a los que gustan de sones clásicos o folclóricos. Unos y otros, en el calor de la noche celebran estar en compañía bajo la luz de la luna. Muchos disfrutan de la vida milagrosamente suspendidos en las pendientes resbaladizas de las márgenes del río, que no llegan a ser tribunas ni escalones, y se me antojan, más bien, toboganes que, más tarde o más temprano, arrastran a parte del público amante del malabarismo hasta el río, de cuyo percance yo me río. 

Los acentos y los timbres de las voces que escucho a alrededor mío recuerdan que estamos cerca del territorio alemán. Pero no en él. Confirma el hecho la escasez de puestos expendedores de salchichas, imposible de no reparar en ellos por la vista o el olfato. También la moderada ingesta de cerveza que saciaba a los concurrentes, así como el menú que pendía de las terrazas de los restaurantes, rico en pescados y vinos. Y es que aquí estamos, en efecto, a un paso de Alemania, pero también de Francia. ¿Corrientes compensatorias entre culturas? No sé, porque para corrientes ya tiene uno bastante en este punto con el curso del río, con los rápidos del Rin. El caso es que Basilea es Basilea, y eso no es que sea bastante, ni resulta redundante decirlo. Se trata de una constatación profunda. Tan profunda como el Rin.
A unos centenares de metros de este lugar, estamos ya en territorio francés o alemán, a elegir. Muchos habitantes de la villa, atraídos por los precios más bajos de las mercancías en ambos países vecinos, ante la presión de la calidad de vida suiza, realizan las compras al otro lado de la frontera. La ida casi siempre merece la pena, ahorran y aprovechan el traslado, pero nunca olvidan el camino de vuelta.
El aeropuerto de Basilea (Euro-Airport, que comparte su titularidad con Mulhouse y Friburgo) está situado en territorio francés, en el término de Brisgau, a 8 kilómetros al norte de la ciudad. Aeródromo de reducidas dimensiones, sus vías de salida, a diferencia de la mayoría de aeropuertos, no conducen a distintas zonas de la ciudad que lo acoge, sino a los diferentes países —Francia, Alemania o Suiza— que lo rodean. Todo esto en muy pocos metros cuadrados. Basilea cruce de caminos, tan nutrida de fronteras, de ninguna manera evoca una ciudad fronteriza o limítrofe, a esas áreas impersonales y de trasiego marginal, espacios de perfil transitorio, fugitivo o precario.
Una vez en Basilea, lo que más recuerda Basilea es a Basilea. No hay confusión alguna. He aquí una peculiaridad que no sólo poseen los lugares selectos, sino que, en propiedad, tienen todos aquellos que han encontrado su lugar. Por algo son lugares únicos, incomparables.
A Basilea acude un día Erasmo de Rótterdam en busca de paz y neutralidad. Aquí fija su residencia, huyendo de las controversias reformadoras y las querellas universitarias. En ese momento, en este lugar, sienta un precedente, una seña de identidad que consolida una tradición de largo futuro. Elige esta plaza para escribir y editar gran parte de su obra, en un noble gesto que honra a la ciudad. Semejante fidelidad llegó hasta el punto de exhalar su último aliento en este nicho de Europa. Si alcanzar la paz perpetua es el morir, la larga sombra de la muerte de Erasmo marca el sendero más neutral que imaginarse pueda, aquel que todo lo neutraliza e iguala, pues no hace distingos ni defiende banderías.
Erasmo resiste los reclamos de emperadores y reyes de la época, las bravuconadas y desafíos de Martin Lutero. Ignora, mientras puede, los mediocres pulsos con los que los académicos le desafían. En Basilea, en este Innisfree suizo, busca paz nuestro hombre tranquilo. Pero, su salud débil y quebradiza no resiste el llamado último, fechado en 1536. Aquí descansan los restos de un cuerpo frágil, necesitado en vida de sólidas pellizas de cuello de armiño para entrar en calor. El cuerpo endeble, como una caña que piensa, acogió un espíritu de gigante, un cuerpo que recorre gran parte de la Europa geográfica levantando la Europa espiritual. Este cuerpo diplomático, de doctrina, hace su última parada en Basilea. Un epitafio en la Münster, la antigua catedral, nos lo recuerda. Vale la pena visitar el templo, y su amplio entorno con vistas, aunque sólo sea para rendir homenaje al gran humanista que hizo mucho por hacer de esta ciudad la ciudad del humanismo.
Detengámonos en esta localización por un momento. Seguimos en la orilla izquierda del río. La Catedral de Basilea no es Basílica, pero sí construcción monumental y muy notable, por mérito artístico y relevancia histórica. De estilo románico, salta a la vista que es un edificio majestuoso y elevado, de un color también muy subido, por la arenisca roja con la que fue construida. Este rasgo cromático le otorga un carácter poco común, especialmente para quienes estamos acostumbrados al románico hispano, de grises ascéticos. No obstante, la fachada, de elevadas torres góticas, me evoca la basílica de Santiago de Compostela, comparación que a más de un historiador del arte alarmará, por poco ortodoxa y poco católica…
En mi defensa argüiré que sobre cuestiones de evocación y espiritualidad mejor es dejar el alma libre. No por casualidad anduvo Erasmo de Rótterdam y de Basilea instruyendo tolerancia e indulgencia por estos pagos, permaneciendo muy viva su enseñanza. La Münsterplatz situada enfrente, extendida a un lado del templo, constituye un plácida y mansa explanada bordeada por edificios austeros pero elegantes. La serenidad que aquí se respira contrasta con la Pfalz, terraza y mirador frente al Rin, de espaldas a la Catedral, frecuentada por un público que por alguna extraña razón anteponen la popa al frontal. Tampoco faltan miembros de tribus urbanas que escogen tan venerable lugar para inconfesables rituales.
Tomando Münsterberg, llegamos a la Freiestrasse, calle principal de largo trazado, peatonal en su mayor parte, donde se yerguen valiosos palacios e imprescindibles comercios, cafés y restaurantes que hacen muy grato el paseo hasta conquistar la Marktplatz. Centro indiscutible de la villa, es un bullicioso mercado de flores, frutas y verduras por las mañanas, plaza aplacada por las tardes y lugar muy solitario por las noches. 

Como quiera que sea, en la plaza del mercado domina el espacio el admirable Ayuntamiento (Rathaus), monumental edificio del gótico tardío de fachada colorada, mostrando lustrosos ventanales y luciendo frescos de gran calidad y frescura. Acoge, igualmente, un valioso reloj del siglo XVI, sin cuco pero con mucha gracia. El conjunto resulta, majestuoso, impresionante. El patio interior, del mismo color intenso que el de la fachada, está custodiado en un lado por una estatua de quien dice ser (no él mismo, que no habla, sino la tradición y la historia) el fundador de la ciudad, Munatius Plancus su nombre. La frescura de los murales, con gráciles personajes, delata recientes restauraciones.
Durante los días que permanezco en Basilea, busco sin descanso algún rastro de la estancia en la ciudad del joven Friedrich Nietzsche, más prolongada que la mía, pero también más frustrante e ingrata, según su propio testimonio. Fue una estadía prácticamente circunscrita a las clases en la Universidad y a discusiones (académicas/personales) con los colegas, quienes siempre le miraron con displicencia y desconfianza, inconfesable envidia y de reojo, como miran siempre los resentidos. Tal vez porque abandonó pronto este lugar, no dejó aquí muchas huellas. Aun así, y acaso a su pesar, el recuerdo del pensador perdura en la ciudad. Vi carteles anunciando la inmediata inauguración de una exposición titulada, justamente, Nietzsche in Basel, rememoraba el periodo 1869-1879 de la vida del filósofo (su episodio en Basilea), auspiciada ¡por la Universidad! y la Öffentliche Bibliotek.
El cartel oficial reproduce el perfil de Nietzsche y de un basilisco con el escudo de la ciudad en el lomo, ambos mirándose fijamente, como retándose. El animal parece tener la intención de atizar con el pico al filósofo, quien se mantiene firme, aunque no petrificado. He aquí un duelo de miradas entre dos monstruos que no se podían ni ver, condenados un breve tiempo a encontrarse, aunque no tengan por ello que entenderse.
La Alte Universitat, centro de la zozobra del filósofo, está ubicada en el primer tramo de la Rheinsprung, callejuela estrecha que aloja importantes construcciones. Arranca en las inmediaciones del Mittlere Brücke y llega hasta la Catedral. Su lado posterior lleva directamente al río con un discreto patio con arcadas, y es en la actualidad escenario de exposiciones de fotografía, artes plásticas y de actos culturales diversos.
A pesar de estos duelos, uno de los mayores consuelos y satisfacciones de Nietzsche durante sus años en Basilea los encuentra en las asiduas visitas que hace a Richard Wagner, en la villa que el músico poseía en Tribschen muy cerca de Lucerna, residencia veraniega del maestro desde el año 1866 hasta 1872. El maduro músico vio en el joven profesor a un prometedor y aventajado talento, presumible teorizador de sus doctrinas musicales y estéticas. En mutua correspondencia, el joven profesor, aún romántico y todavía en proceso de transformarse en filósofo ermitaño, estaba tan fascinado con la música del maestro —encarnación de Dionisos— como cautivado por Cósima, mujer de Wagner —Ariadna a la vista miope de los ojos enfermos de Friedrich—.
Francamente, yo me encontraba muy a gusto en Basilea, pero el periplo suizo tenía que continuar. Aunque no pretendía emular las excursiones de Nietzsche, ni había ningún Wagner que me recibiera en Lucerna, el caso es que me dispuse a iniciar la segunda etapa de mi viaje por Suiza.

Continuará…
***
Pasajeros/lectores con destino España, diríjanse a la puerta de embarque nº 1

Para destinos internacionales, puerta de embarque nº 2