lunes, 7 de febrero de 2011

A PROPÓSITO DE UN EGIPTO DESBORDADO



La presencia de las masas y la voz de la opinión pública representan, en efecto, un hecho sociopolítico fenomenal y omnipotente, pero, asimismo, efímero y caprichoso. Las gentes, por lo general, salen a la calle a manifestarse sin razón alguna. Por lo común, movidos por una pasión o un instinto de supervivencia. Asimismo por una suerte de pulsión autoafirmadora (que supone a la vez una fuerza negadora de la individualidad). Pero también por una descarga de tensión, cuando el apremio y el miedo les paraliza, y necesitan sacudírselos de encima buscando la calle y la gente, el amparo del cielo protector y el contacto con los otros (como ocurre, por ejemplo, al producirse una catástrofe, un terremoto, un incendio).
Elias Canetti, quien —junto con Ortega, y en la actualidad también Peter Sloterdijk— mejor ha comprendido el fenómeno y la fenomenología de la masa, denominó justamente «descarga» a su más característico movimiento interior:

«Sólo todos juntos pueden liberarse de sus cargas de distancia. Eso es exactamente lo que ocurre en la masa. En la descarga, se desechan las separaciones y todos se sienten iguales.» (Masa y poder).

Así como ayer sostenían una cosa, las masas, hoy o mañana, pueden mantener exactamente lo contrario. Las prospectivas sociológicas y los sondeos de opinión que registran la intención de voto o la impresión de la gente acerca de un asunto puntual conforman tendencias que no pueden minimizarse, pero tampoco magnificarse, ni ser tomadas por indicios suficientes con los que establecer el rumbo principal de la acción política. Toda conciencia y toda opinión pueden ser manipuladas con suma facilidad, pero las de raíz pública, todavía más.
Como fórmula de compensación ante la presión de la propaganda colectiva, al menos los procesos electorales han previsto una jornada de reflexión (individual) para el día anterior a la celebración del sufragio universal. Pero esto no ocurre ante la convocatoria de manifestaciones callejeras. Escribe Ortega:

«El hombre-masa no afirma el pie sobre la firmeza inconmovible de su sino; antes bien, vegeta suspendiendo ficticiamente en el espacio. De aquí que nunca como ahora estas vidas sin peso y sin raíz —déracinées de su destino— se dejan arrastrar por la más ligera corriente. Es la época de las “corrientes” y del “dejarse arrastrar”» (La rebelión de las masas).

A veces, simplemente, la política y la masa no respetan la reflexión.


Fragmento de mi artículo «Manifestaciones y manifiestos» publicado en la revista El Catoblepas, nº 25, marzo 2004, pág. 7.

sábado, 5 de febrero de 2011

«DIARIO DE UN ESCRITOR», de F. M. DOSTOIEVSKI



Fiódor M. Dostoievski, Diario de un escritor. Crónicas, artículos, crítica y apuntes, edición de Paul Viejo, traducción: Eugenia Bulátova, Elisa de Beaumont y Liudmila Rabdanó, Páginas de Espuma, Colección Voces/Ensayo, Madrid, 2010.


Fiódor M. Dostoievski, nacido en Moscú el año 1821 y fallecido en San Petersburgo en 1881, es, sin duda, uno de los novelistas más universales de la historia de la literatura. Autor indisolublemente ligado al corazón del alma rusa, la profundidad de su escritura (unos relatos que diríanse escritos con un cincel más que con plumilla) y la ancha perspectiva de la mirada que lanza sobre el ser humano hacen muy justas, sin contradicción alguna con lo anterior, la declaración de Stefan Zweig que retrata al escritor ruso como «el mejor conocedor del alma humana de todos los tiempos». Autor de novelas de gran celebridad —El jugador (1866), Crimen y castigo (1866), Los endemoniados (1871-1872) y Los hermanos Karamázov (1880)— no es, sin embargo, muy conocido por la actividad realizada en calidad de articulista, cronista, ensayista o diarista.
A fin de cubrir esa parcela, la editorial Páginas de Espuma ha emprendido la laboriosa y muy meritoria labor de publicar en un solo volumen la obra de Dostoievski consagrada a las crónicas, los artículos, la crítica literaria y cultural, e incluso a sus apuntes y aforismos. El resultado es Diario de un escritor, «un libro que no existe», según leemos en la primera línea de la «Nota previa a la edición». No se trata de una sentencia inyectada de extravagancia ni de una mera boutade, a pesar de que el lector la reciba como aperitivo en un volumen de más de mil seiscientas páginas. La frase concentra sencillamente, sinceramente, la peripecia editorial de libro tan colosal. Diario de un escritor «no existe» significa que Dostoievski no escribió un libro bajo tal rótulo ni el epígrafe responde a una obra preconcebida.
Bajo el título de «Diario de un escritor», el novelista ruso comenzó a publicar una serie de artículos en la revista El Ciudadano a partir del año 1873. Además de ejercer las funciones de director de la publicación, orientada por la ideología conservadora y rusófila, Dostoievski mantiene la propia sección, en la que da cabida a la crónica cultural y la crítica social, sin olvidar algunos breves textos de creación literaria. La revista cierra poco después. El novelista retoma en 1876 la empresa, editando un cuadernillo mensual, editado y compuesto por él mismo. A finales de 1877 vuelve a interrumpirse el diario del escritor ruso, y no será hasta el verano de 1880 cuando vuelva a reactivarse. Pero la vida del escritor —y con él la del diario— se acerca definitivamente al ocaso. Dostoievski fallece en febrero de 1881.
¿Cuál es el resultado, el legado, del «Diario del escritor»? Cientos de escritos, apuntes y notas, que componen una fenomenal miscelánea, al tiempo que un mosaico de la sociedad rusa contemporánea del novelista: «un documento clave y necesario para la comprensión de la historia más reciente de Rusia, de la evolución de una nación, sus conflictos sociales y políticos, y también en buena manera una buena panorámica de literatura rusa» (pág. 15).
Pero la peripecia y la complejidad editorial del diario no acaban ahí. Obra no reunida ni publicada en vida del novelista, todo parece indicar, sin embargo, que fue entendida por Dostoievski en términos de «obra abierta». Una obra que crecía con nuevas aportaciones, dependiendo de la creatividad del autor (infatigable), pero, sobre todo de las posibilidades de edición (según hemos visto, bastante complicadas), y que sólo la muerte del escritor puso el inapelable punto final. Ocurre, a este respecto, que además del material directamente destinado a la serie del diario, Dostoievski publicó, en otros medios, muchos más textos de temática similar a la de aquél.
¿Debería, entonces, sumarse toda esta producción en un solo corpus o editarse por separado? He aquí un dilema que ha acompañado la historia editorial del diario (en anteriores ediciones en español y en la misma Rusia), resuelto en el presente volumen según aconseja la primera alternativa. Una opción que juzgamos la más juiciosa. La presente edición del «Diario del escritor» (traducida directamente de la edición en ruso de 2005, que sigue similar criterio) incluye, por tanto, obra periodística, artículos y críticas escritas anteriormente al inicio del diario con nombre propio, pero que «podrían haber formado parte de él, o al menos, consideramos que su lugar es junto a esos textos similares, frente a la opción de editarlos de manera separada» (Nota previa a esta edición, pág. 19).
El resultado es, literalmente hablando, un tomo ejemplar. Un monumento a la mayor gloria de Dostoievski, del Dostoievski ensayista, así como de la literatura universal, en una edición muy cuidada que incluye en las páginas finales unos prácticos glosarios de nombres propios y de los términos rusos más citados. Una obra completísima, no para ser leída, obviamente, de corrido, de una tirada. Aunque el criterio del lector con respecto a sus lecturas sea soberano, lo aconsejable en este caso es la lectura dispersa y diversa, y aun antojadiza.
Variedad de asuntos para elegir hay en abundancia. Ahora, una crónica sobre San Petersburgo. Luego, unos escritos sobre George Sand. Más tarde, unos jugosos comentarios a la novela de Tolstoi, Anna Karénina. Para mañana, unos apuntes sobre lo que significa Asia para los rusos. Y, siempre, con la firma y el estilo de Fiódor M. Dostoievski.

viernes, 4 de febrero de 2011

TRES CIUDADES SUIZAS

Verano del año 2000. Emprendo un corto viaje por tres ciudades suizas: Basilea, Lucerna y Zúrich. Llego, pues, a un espacio centroeuropeo que más que nación —o Estado-nación— es un conjunto de cantones, de comunas, una ordenación territorial compuesta de grandes montañas, lagos y valles, envolviendo todo ello a pequeños núcleos urbanos. El continente solapa el contenido. Aun en esta vaguedad y vastedad, percibo aquí uno de los símbolos de Europa que todavía se tienen en pie. Aquí residieron —se refugiaron— Carlomagno y Erasmo, también Voltaire, Wagner y Nietzsche, aquí se guarecieron de la tormenta hombres sin tierra firme, como Thomas Mann o Stefan Zweig. Entre otros muchos. Hoy, Suiza, selecciona la inmigración con escrúpulo y pulso de relojero.
En este pedazo de materia rocosa, pero, a la vez, espiritual e insustancial, tan etérea como lo puedan ser los fondos dinerarios depositados en bancos milagrosos. En esta caja fuerte de fantasía donde buscan acomodo y abrigo fortunas anónimas y ahorros piadosos (porque fuera de este país hace mucho más frío fiscal que dentro de él). En este país de neutralidad inveterada, pero con tradición de exportador de armas y de ejércitos mercenarios distribuidos por doquier, en todos los tiempos. En este protectorado sin metrópolis al que rendir tributo por medio de transferencias bancarias e ingresos en efectivo. En este Estado soberano, resguardado en las oquedades de un queso Emmental, blindado ante las virtuales tempestades que llegan del exterior a fuerza de voluntad, aires de montaña y fondue.
 
En este regazo de paz, sólo alterado por la repentina irrupción del cuco saliendo de la tripa de un reloj musical que da las horas. En este corazón de Europa que da calabazas a la Unión Europea. En esta patria concentrada, que no rehúsa participar en el concierto de la naciones, pero que al no ser nación —ni pretenderlo, en un continente, ay, ávido de nacionalismos— tampoco aspira a un sillón en la ONU.

En este cruce de caminos, en fin, con forma de cruz blanca sobre fondo rojo creo ver un rastro de Europa que deseo seguir.
Más que nada, por ver, si entre tanto ahorro y fondo de reservas, algo ha quedado de nuestro viejo continente. Esta huella persigo, y no en los sótanos de los grandes bancos, sino en la superficie urbana, allí donde pueda respirar aire puro. Me interesan, por encima de todo, las ciudades que conforman Suiza, las cuales quizá me confirmen cómo es posible la unidad en la diversidad.
Este viaje por tres ciudades suizas, parte de Basilea/Basel, esa encrucijada de fronteras que, formando un triángulo mágico, queda circundado por Francia, Alemania y la misma Suiza, otro triángulo geográfico no menos asombroso. Por este carácter simbólico —y estratégico— tomé Basilea como base. Quiero decir, como punto de partida del itinerario helvético, en una elección que, según podremos comprobar, no fue equivocada. La excursión continúa en Lucerna/Luzern, corazón de un corazón, sueño de una ficción de verano, custodiada por Wilden Mann, un «hombre salvaje» mitológico con pinta de Lucifer, aunque no lo es. Finalmente, cerraba el triangulo del periplo en Zúrich/Zürich, capital del reino y reino del capital, aunque, en rigor, no sea ninguna de las dos cosas.
En este ser que no es, en este prodigio ontológico conocido con el nombre de Suiza, buscaba yo el pasado, el presente y el futuro de Europa.

Continuará...