miércoles, 25 de enero de 2012

GARZÓN, UN JUEZ A LA IZQUIERDA DE LA LEY



Creía ser un togado intocable, por encima del derecho positivo, del natural y de gentes, de la memoria de los vivos y los muertos, de la Historia de España y las civilizaciones del mundo, uníos. Alma justiciera de sumario fácil y espíritu de cuerpo judicial para la democracia popular, el juez Garzón, por fin y en primera instancia, ha sido presa de su propia trampa. Las páginas del libro del pasado y los que iban a morir dos veces por su causa general, le saludan desde el más allá.

Corazón de cazador blanco y víscera de ideología al rojo vivo, Garzón cogió su fusil y salió a disparar autos de fe progresista contra todo bicho viviente en el bestiario de quien cree poder poner fecha al juicio universal: Pinochet, Israel, Guantánamo, el PP, el general Franco. Y entre tanto legajo y portafolio, el hombre que veía amanecer en un juzgado de la Audiencia Nacional donde nunca se pone el sol, instruye otros casos —ETA como coartada— para que nadie le tome por un magistrado tendencioso y sectario, sino todo lo contrario. El cazador cazado ha podido comprobar, al fin, que no es una pieza imbatible.


Tres son los procedimientos en curso que acusan directamente a Baltasar Garzón del delito más grave que puede imputarse a un juez: prevaricación, esto es, proceder en el ejercicio de su poder a sabiendas de que actúa de manera manifiestamente injusta y contra la legislación vigente. Los tres expedientes en marcha contra el «juez estrella» componen un perfecto retrato en tonos sepia de la España bajo el Nuevo Socialismo de Zapatero, que tardará mucho en recuperar el buen color: la causa general contra el franquismo, las escuchas ilegales en el caso Gürtel y los dudosos cobros, a cargo del Banco de Santander, por impartir conferencias durante su estancia sabática en Nueva York.

Tres instrucciones que encajan con los tres grandes objetivos de la casta socialista alzada ruidosamente al poder en marzo de 2004. Primero: el anhelo melancólico de la derrota retroactiva del bando franquista, setenta años después. Segundo: la eliminación civil y política de la derecha opositora, a fin de que jamás pueda volver al Gobierno. Tercero: servirse de las instituciones financieras y de los distintos poderes del Estado para lograr privilegios, beneficios personales, prebendas y gabelas.

La sala de lo Penal del Tribunal Supremo declara que «ha lugar a proceder» contra el juez Garzón por su iniciativa de juzgar ahora el régimen del general Franco, ignorando —inexcusablemente— la prescripción de delitos, la irretroactividad de la ley o la legislación sobre amnistía aplicada al caso. Esto es lo que —presuntamente— ha hecho por su cuenta el juez Garzón.



Pero hay más: este proceder sería incomprensible al margen de la aberrante Ley de Memoria Histórica, bajo cuyos auspicios, y desde la ignorancia documental y el rencor doctrinal, son removidos a diario cadáveres y fosas, escudos y vidrieras, rótulos y callejeros, archivos y bibliotecas, esculturas y estatuas, memorias y otras historias. Mudanzas y movimientos de tierras en los que asociaciones recreativas y particulares progresistas hacen caja repartiéndose el despojo. He aquí la causa general de la justicia redistributiva socialista: la reparación y la depredación desde la imaginación creativa.

Juzgar a Garzón por ilegalidad, anacronismo, sectarismo y mala fe en su particular actuación judicial abre la posibilidad de un proceso de mayor calado: resolver la primera de las tres principales querellas que tienen a España sojuzgada. Ello supone, para empezar, llevar, junto a Garzón, la «memoria histórica» al banquillo.



Publiqué esta columna en el diario digital Factual.es (hoy fuera de la circulación), bajo el título de «La “memoria histórica”, al banquillo», el día 11 de Abril de 2010. He introducido  pequeños cambios en algunas frases a fin de ajustarla a la hora actual.

jueves, 19 de enero de 2012

GLAMOUR FOU

©Magnum-Press
En un acto público celebrado en Madrid hace un par de años en defensa de la democratización de Cuba, con notoria presencia de artistas e intelectuales de la izquierda política, el escritor Mario Vargas Llosa, portavoz señero de la reunión, declaraba: «Hay que quitarle ese falso glamour a la dictadura cubana». ¡Bravo! La moción no tiene para mí enmienda. Si algo explica, en efecto, la subsistencia del criminal régimen castrista es, por encima de cualquier otra consideración, el apoyo material y moral que recibe de la izquierda de todos los partidos y continentes. Un sostén, un socorro rojo, sin vergüenza; hasta hoy, tal vez. Sea como fuere, una golondrina no hace verano.

Junto a Gaza y otros reductos muy emblemáticos de resistencia (ya quedan pocos, gracias a Dios), la izquierda política ha hecho tradicionalmente de Cuba su reserva doctrinal frente a Occidente y la democracia liberal. La foto del Che Guevara, el pañuelo palestino o la hoz y el martillo no son exhibidos en nuestras democracias con discreción, sino con orgullo y ostentación. 

Hace pocos días veíamos en la prensa fotos de inmensas pancartas con amenazantes símbolos comunistas junto al Partenón de una Atenas de lo más arruinada, y uno, inocentemente, se pregunta si el monumento se encuentra en tan penoso estado por efecto de martillazos y de un buen golpe de hoz. Simple asociación de ideas, lo confieso.

©Magnum-Press
La cruz gamada nazi está hoy prudentemente proscrita y el negacionismo del Holocausto, generalmente repudiado, pero no las enseñas totalitarias de izquierda; ni el negacionismo del 11-S, dicho sea de paso. El ideario del socialismo, tras el derrumbe del Muro de Berlín, no sólo sigue publicitándose con pavoneo por parte de sus partidarios, sino hasta con agresividad, en caso de oponérseles la menor objeción o plantearles una tímida puntualización. El rojo está rabioso, Mami, qué será lo que quiere el rojo... No sé qué más quiere. Pero, sí lo que tiene: falso glamour.

La izquierda tiene ese falso glamour que fascina a propios y extraños porque tiene licencia para… actuar. Impunemente. Haga lo que haga, siempre queda bien. Ayer contigo, hoy contra ti. Como una agencia de patentes o una oficina aduanera, despacha permisos, créditos y visados con valor de ley. Con gran espíritu de cuerpo protector (vulgo, sectario), empuña una ideología benefactora del propio gremio que limpia, fija y da esplendor. 

En su seno, está uno protegido frente a contradicciones, cambios de opinión y de régimen político, mudanzas en modas culturales y crisis financieras. Fuera del Partido y de la izquierda, vive uno, por el contrario, a la intemperie. Aunque, eso sí, respirando aire fresco y libertad.

El muro de Berlín ©Magnum-Press
La presente columna fue publicada en el diario digital Factual.es (hoy fuera de la circulación), bajo el título de «Ese falso glamour de la izquierda», el 23 de mayo de 2010. He introducido  pequeños cambios en algunas frases a fin de ajustarla a la hora actual, así como una leve revisión gramatical y de estilo.


martes, 10 de enero de 2012

LO QUE SE DICE Y LO NO SE DICE DE LOS IMPUESTOS



¿Son los impuestos, por definición, «sociales»? Los impuestos no son sociales; son vocacionalmente socialistas.
Cierto es que socialismo viene de «social», pero sólo de palabra, como sufijo usurpador y tramposo, no de hecho. Y es que, en realidad, no hay política más antisocial (más contraria a la sociedad) que la socialista: hace de la sociedad un conglomerado de sujetos atenazados y serviles, desheredados y empobrecidos, igualados en la miseria y la desgracia; más que gobernados, se me antojan coartados por el mismo patrón..., a saber, el Estado.
Se dice que los impuestos aseguran la solidaridad entre los miembros de la sociedad. Pero no se dice que una solidaridad forzada, bajo coacción, supone necesariamente una aberración, una impostura, nunca una virtud.
Se dice que los impuestos sostienen la comunidad. Pero no se dice que, principalmente, a quién mantienen es a la casta política, a su corte y su cohorte: el funcionariado, los empleados públicos, los organismos innecesarios, los paniaguados y la fiel infantería clientelar.
Se dice que en las sociedades «complejas» son necesarios los gestores (públicos y aun privados) para que administren los bienes y los intercambios de los ciudadanos, titulares de los derechos. Pero no se dice que cada día crece en las democracias una peligrosa tendencia, suplantadora y literalmente expropiadora, consistente en ir convirtiendo a los ciudadanos en seres pasivos, en meros contribuyentes y paganos, que termine sustituyendo la sociedad de propietarios y hombres libres por una sociedad de gestores y procuradores. Por esa vía, los últimos acabarán siendo los primeros, menoscabando así la libertad de decisión y acción, la renta y el patrimonio, los derechos y los recursos de aquéllos, los únicos legítimos dueños de la soberanía y la riqueza nacional.

¿Cómodo?


domingo, 1 de enero de 2012

'CÓMO VIVIR O UNA VIDA CON MONTAIGNE' de SARAH BAKEWELL




Sarah Bakewell, Cómo vivir o una vida con Montaigne. En una pregunta y veinte intentos de respuesta, traducción de Ana Herrera Ferrer, Ariel, Barcelona, 2011, 483 páginas


Las apariencias engañan, aunque esto no quiera decir que las primeras impresiones son siempre las que quedan en nuestra mente y memoria. He aquí dos máximas que pueden servirnos para vivir bien, o al menos lo mejor posible, dentro de nuestras posibilidades como seres humanos. Máximas hay muchas más. Precisamente de cómo vivir a la luz de la sabiduría trata el presente libro dedicado a la vida y la obra de Michel de Montaigne. Presta atención sugiere el segundo capítulo del mismo, como abundando en los proverbios que abren estas líneas. Atentos, pues.

Siguiendo el buen consejo, es menester no quedarse con el primer barrunto que uno puede tener al acercarse a este volumen, empezando por lo que pueda sugerir el título. Sólo con avanzar algunas páginas, comprobamos que no es este un libro más de autoayuda; en concreto, y como podría sospecharse, del subgénero que toma como punto de partida o excusa a consumados filósofos y maestros del pensar para componer una melodía pegadiza que cante las artes del buen vivir o cómo alcanzar la felicidad (o la belleza) en siete días. Ya saben: variaciones ligeras sobre Epicteto, Marco Aurelio, Baltasar Gracián, Confucio.

Cómo vivir o una vida con Montaigne es una sólida y solvente biografía del sabio del castillo de Périgord, escrita con rigor y documentación, lo que no es óbice para poder leerse con sumo interés y amenidad. Ni tampoco para aprender, de paso, grandes lecciones sobre cómo ordenar nuestra existencia, empezando por uno mismo y desde sí mismo, desde el propio yo.

Presta atención todavía, lector, porque seguimos desmontando viejas leyendas y prejuicios. Por ejemplo, que un ensayo tiene que ser, necesariamente, un libro aburrido. Nada más errado. El pionero y paladín del ensayo, Montaigne, muestra y demuestra a las claras que cuando al recto entendimiento le sumamos la bella escritura y la elegancia en el estilo, el resultado es una experiencia gozosa, un aprendizaje de la vida realizado desde el sentido del placer y el sentimiento de la alegría. No hagas nada sin alegría, proclama Montaigne. Desde luego, leyendo los Essais, así como la biografía aquí reseñada, nada indica que hayan sido compuestos desde el deber más ingrato o el ánimo alterado. Este punto nos lleva a una nueva revelación contraria al imperio del tópico.

¿Quién dijo que Montaigne es un autor poco atractivo para las mujeres? ¿De dónde ha salido la necia superchería según la cual los escritos de Montaigne son demasiado ―cómo decirlo― masculinos, y, en consecuencia, lejanos a la sensibilidad y la preocupación de las mujeres? Montaigne fue hombre y la autora de la biografía, mujer. ¿Y qué? ¿Qué tiene de mala esta combinación? En cualquier caso, el único género que ahora debe interesarnos, más que preocuparnos, no es el sexo de los escritores (ni el de los ángeles), sino el género literario del ensayo. Porque Montaigne logra con completa normalidad transmitirnos unas ideas y unos sentimientos, ambientados en el sur de Francia durante el Renacimiento, que son, después de todo, universales e intemporales.

Ocurre que el señor del castillo de Montaigne supo, tal vez como ningún otro autor aunar la familiaridad y la cercanía con la universalidad y la integridad: «muchas cosas han cambiado desde que nació Montaigne, hace casi medio milenio, y ni los modales ni las creencias son reconocibles. Sin embargo, leer a Montaigne es experimentar una serie de conmociones debidas a la familiaridad, que hacen que los siglos trascurridos entre él y el lector del siglo XXI desaparezcan y queden en nada.» (pág. 18). Leer a Montaigne representa una experiencia única e insustituible. Ahora bien, la lectura de la biografía escrita por Sarah Bakewell ayuda notablemente a tener todavía más próximo a un autor que nos habla con franqueza, de amigo a amigo, acerca de su propia vida; es decir, de la vida y de cómo vivirla.

Sarah Bakewell es profesora de escritura creativa en la City University de Londres, autora de The Smart y The English Dane, trabajos inéditos en español. El libro Cómo vivir o una vida con Montaigne, del que es autora, ha sido premiado con el prestigioso Duff Cooper Prize National Book Critics Circle Award for Biography