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jueves, 19 de enero de 2012

EN EL HOTEL METROPOLE (BRUSELAS). Y 3

«DEPREDADORES  Y CLEPTÓMANOS
Como en todos los hoteles del mundo, el Metropole debía hacer frente al cliente depredador. Se habían habituado, más o menos, a la desaparición de los albornoces, de los ceniceros, cucharillas, mandos a distancia de la tele, perchas, tiradores de puertas, secadores de pelo y hasta lámparas, y de algunos otros objetos. Que se lleven los ceniceros representa poca pérdida. En cierto modo, es una forma de publicidad indirec­ta. La desaparición de los albornoces es más gravosa. Los di­rectores de hotel se reúnen de vez en cuando para hablar de estas cosas. En una de ellas se decidió retirar el logotipo del hotel de los albornoces, lo que devalúa el producto al desapa­recer el símbolo. El resultado fue que descendió el número de los albornoces, toallas o sábanas robadas o hurtadas. Los al­bornoces resultan tentadores para el cliente. Nunca los he to­cado porque al llegar a la habitación se lee la advertencia. Di­cho con más o menos eufemismos: no se lo lleven, y si se lo llevan paguen. Me llevé un par de ceniceros del Inter de Te­herán porque estaba seguro de que cambiarían el nombre del hotel en cuanto llegara Jomeini. 


En el Metropole de Bruselas un cliente mexicano se llevó no el albornoz sino el espejo del baño. Se encaprichó con él y a la maleta. Era una situación delicada: el mexicano se había pasado toda la noche desatornillando el espejo, que no era fá­cil de arrancar. La dirección parecía dispuesta, una vez descu­bierto el hurto, a evitar el escándalo pero también a recuperar el valioso espejo. Cuando la doncella informó a recepción que se había producido el robo el encargado de guardar las maletas hasta la salida del taxi que le trasladaría al aeropuerto estu­vo atento a la faena. En cuanto el cliente depositó sus maletas, el empleado cerró la puerta con llave, las revisó una por una y dio con el espejo. Lo retiró con cuidado y dejó el resto tal co­mo estaba. Al abrir las maletas en su casa en México el espabilado cliente descubrió que habían sido más listos que él. Hay fórmulas en los hoteles para evitar el embarazoso momento en que se le comunica al huésped que debe devolver algo que se ha llevado, después de pagar altos precios por los servicios recibidos. Se usan "frases acomodaticias": "Se ha mezclado el albornoz con su ropa", "no tenía ninguna intención de llevár­selo, ya lo comprendemos, no había usted caído en la cuenta", etcétera. 
 
Einstein se portó bien, no se llevó nada del Metropole, lo mismo que madame Curie. En cambio, Chaliapine, el bajo ru­so, bebía mucho y su mujer le prohibió que tocara el alcohol. Pero el héroe de óperas como Borís Godunov o Iván el Terrible se las arreglaba para movilizar a su favor, y al de su vicio, a porteros, botones, conserjes, camareros, de modo que sin sa­berlo su esposa-comisaria tenía a su alcance lo necesario para no caer en el síndrome de abstinencia alcohólica. En cambio, Pau Casals ensayaba con su violonchelo en el Metropole, sin copas ni otras ayudas. Tan sólo necesitaba inspiración y ésa le llegaba a raudales al músico catalán, que se negó a tocar en la Alemania de Hitler y en la España de Franco


En la obra de Vicki Baum Gran Hotel no podía faltar el ladrón de joyas. Los clientes de posibles prefieren la seguri­dad de un hotel a otras concesiones, a la botella de champaña o el ramo de flores en el cuarto. Los' hoteles nos abruman con sus advertencias: "No nos hacemos responsables del dinero o de las joyas que no hayan depositado en la caja de seguridad, en nuestra caja fuerte". Ni así está el cliente a salvo de los ro­bos.»


Manuel Leguineche, Hotel Nirvana. La vuelta a Europa por los hoteles míticos y sus historias 

Muchos de los más antiguos y venerables hoteles del mundo, de los hoteles con historias que contar, que todavía hoy siguen abiertos, han sufrido una severa mengua en el tamaño de las habitaciones, un deterioro en las instalaciones básicas y un servicio menos… ceremonioso. Sin embargo, en la mayor parte de ellos nos queda el café, el bar del hotel. Un lugar de estancia placentera, un refugio para la ensoñación de los tiempos pasados y viejo esplendor. En estos espacios da la impresión de que el tiempo se ha detenido. El café del hotel Metropole en Bruselas es una de esas reservas de la memoria, que hay que tener muy presente...

martes, 17 de enero de 2012

EN EL HOTEL METROPOLE (BRUSELAS). 2


«TELEFONISTAS 

 Uno de los periodos más electrizantes que vivió el Metropole coincidió con las negociaciones para la entrada del Reino Unido en el Mercado Común. La masiva llegada de los fun­cionarios británicos puso a prueba la estructura del albergue en un aspecto que muchas veces se olvida, el de las comunica­ciones. La batería de telefonistas del Metropole debía mostrar rapidez en su trabajo, dominio perfecto del inglés y una pa­ciencia ejemplar. Las primeras reuniones del día de un direc­tor de hotel incluían a los ayudantes, con los que discutía los aspectos administrativos, la relación con los empleados, las quejas internas y externas. Por el despacho pasaban los fonta­neros, los carpinteros, los técnicos, la brigada de manteni­miento del hotel, el jefe de la bodega, los valets de chambre, la jefa de las gobernantas, el encargado de las relaciones públi­cas, el jefe de cocina con el menú y los precios. 

Pero con la llegada de la delegación británica las comunicaciones entre el Metropole y las islas pasaron a un primer plano. Necesitarían 150 habitaciones, 70 de ellas para oficinas. Monsieur Goffin debía alojar a los funcionarios, pero lograr al mismo tiempo que su contacto con Londres fuera veloz. Llegaron para unas semanas y algunos de ellos se quedaron dieciocho meses. El jefe de la delegación era el futuro primer ministro, el músico Edward Heath, obligado a pastorear a los empleados de di­versos ministerios, no sólo de Exteriores, sino del Tesoro, del Comercio, de Agricultura, de la Commonwealth. 

Los cuatro telefonistas del hotel se convirtieron de la no­che a la mañana en la clave del arco de las negociaciones. El diario Daily Telegraph recogió sus nombres. "Sin ellos", aña­dió, "esto hubiera sido un caos". De las cinco líneas telefóni­cas que Richard de Ro había conocido, cuando llegó al hotel en 1918 a los catorce años, pasaron a treinta líneas. Richard recibía ahora unas 12.000 llamadas diarias desde el exterior tan sólo para las negociaciones. Richard de Ro era el maestro de la clavija: sin su arte y técnica la OTAN, por ejemplo, hubie­ra tardado un poco más en llegar. Richard, que trató en su tra­bajo con el general Eisenhower, Rockefeller, Henry Ford o con el ex rey Humberto de Italia, entre otros, había hablado ya con todas las capitales del mundo, excepto con Pekín. 



Du­rante aquellos afanosos días los telefonistas recibían todo tipo de llamadas, un turista norteamericano que pedía un autógra­fo del señor Heath, una agobiada secretaria que rogaba por caridad, visto que comunicaba el servicio de habitaciones, que le pidieran para su jefe unos bocadillos y una cerveza, una fe­liz esposa y madre que deseaba comunicar a su marido, fun­cionario de Whitehall, el Ministerio de Exteriores británico, el nacimiento de su hijo. 

Dos virtudes que cabe esperar de los telefonistas de hotel son la paciencia y el tacto. Cuántas horas perdidas a la espera del enlace telefónico con Madrid para enviar la crónica, la en­vidia que te producía el hecho de que los colegas franceses, ingleses o norteamericanos lograran comunicar siempre antes que tú. Me he pasado días enteros de mi vida a la vera de los/las telefonistas. Cuando la visita del papa Juan Pablo II a Estambul pedí una conferencia con Madrid un lunes. Era miércoles y moría el sol sobre el Cuerno de Oro cuando la te­lefonista llamó a mi habitación. "Su conferencia con Madrid, señor". 

Hemos tenido que camelar a las telefonistas, regalar­les ramos de flores, tratadas como reinas (en general se lo me­recen) para que nuestros papeles pudieran llegar a tiempo a la redacción. Es una relación tan intensa que durante la revolu­ción contra el sah de Irán uno de nuestros compañeros, italia­no y enviado especial de una revista terminó por casarse con la telefonista del hotel. Era una joven muy hermosa y nuestro colega se sentía solo. De las habitaciones de los hoteles llega­ba la cacofonía de voces dictando. "Teherán, de nuestro en­viado especial. El ayatolá Jomeini, jota de jamón, o de Oviedo, m de mamón, e de España, i de idiota, n de nariz, i de Italia ... " El final de la crónica transmitida en tan proteicas condiciones provocaba en nosotros un efecto catártico. Te enamorabas de la telefonista, te dabas al vino y la cerveza (siempre que no im­perara la ley seca, claro está). Puedes cambiar de religión, pe­ro no de hotel, de taberna, y el vino y la cerveza siguen siendo los mismos. 

 
En el Metropole, el hotel de los cerveceros Vielemans, se vivieron meses de tensión: el esquema económico del mun­do dependía en cierta medida de la entrada o no de Gran Bre­taña en el Mercado Común. Europa era demasiado grande para, estar unida pero demasiado pequeña para seguir dividi­da. Ese era su doble destino. Los belgas, que tienen el apetito de los alemanes, la seriedad de los ingleses y el espíritu de los franceses, se debaten hoy en una crisis de identidad que tiene que ver con el acentuado cisma entre valones y flamencos y los escándalos de pedofilia, de corruptelas, entre otros sínto­mas. Los belgas trabajaron duro para que la GB entrara en el Mercado Común, pero las conversaciones se interrumpieron con el portazo francés. "El Metropole", escribe Fischauer, "parecía el cuartel general de un ejército en retirada. Pero Edward Heath se negaba, animoso, a reconocer la derrota. 
Para enero todo el circo británico había desaparecido del Me­tropole. Lo hizo con nostalgia y agradecimiento". "Espero que vuelvan", dijo con humor Richard de Ro, el jefe de los te­lefonistas, "y espero también que elijan otro sitio". 
En sus orígenes, el hotel fue un banco que los "Wiele­mans ampliaron poco a poco hasta convertido en un granítico edificio que en 1930, cuando monsieur Goffin trabajaba co­mo chef de reception, era ya el tercer establecimiento de Bruse­las después del Astoria y el Palace. Al llegar la guerra, los ejér­citos nazis requisaron y ocuparon el Metropole. Esta película ya la habíamos visto. El obeso y exhibicionista mariscal Goe­ring hizo que durante sus estancias cerraran el Metropole a la clientela civil. La liberación llegó el 3 de septiembre de 1944, domingo. Entraban las tropas inglesas. Esa misma tarde Gof­fin hablaba con el último oficial nazi que abandonaba el hotel. "Me voy", se despidió, "los ingleses estarán aquí dentro de un cuarto de hora". Calculó bien. Tardaron veinte minutos. Los primeros en entrar fueron los periodistas británicos, que acompañaban a las columnas motorizadas. En el libro de fir­mas aparece la última de un jerarca nazi y después el saludo al Metropole de un corresponsal británico. 

El rey Leopoldo de los belgas se había negado a unirse al gobierno en el exilio en Londres. Se declaró "prisionero de los alemanes" en su palacio de Laeken. Después se instaló en el sur de Francia con su esposa morganática (dícese de la boda de una persona de estirpe real con otra de rango inferior). En 1950 volvió a su país. No era nada popular, al contrario. Se esperaban manifestaciones y quién sabe si la agitación popu­lar. Pero desde el punto de vista oficial había que dade la bienvenida. El Metropole, con monsieur Goffin a la cabeza, fue el encargado de organizar la recepción, que incluyó truite au bleu y jambon en croute. Después, el ex rey visitó con fre­cuencia el hotel. 
El Metropole era, como el resto, un hotel de tránsito, uno de esos hoteles que se parecen a los aeropuertos. Mientras que en Viena, París o Londres el tiempo de ocupación de un cuarto era de cuatro, cinco o seis días, en Bruselas era de día y medio. Un visita de médico. Llegar, negociar, comprar o vender ya casita otra vez.» 

Continuará... 

Manuel Leguineche, Hotel Nirvana. La vuelta a Europa por los hoteles míticos y sus historias.


En la próxima entrada, y última, dedicada al Metropole de Bruselas, nos detendremos en el café del hotel. Un establecimiento de encantamientos al que ya dediqué un espacio en la crónica Bruselas, sola e isola.


sábado, 7 de enero de 2012

EN EL HOTEL METROPOLE (BRUSELAS). 1




Me alojé en el hotel Metropole durante mi primer viaje a Bruselas, año 1995. En las posteriores visitas realizadas a la capital belga (y de Europa), opté por otros albergues de la ciudad que, asimismo, merecen ser reseñados; aunque sin comparación con el Metropole. Pero eso será para otra ocasión.

Siguiendo con la crónica de la presente sección destinada a glosar establecimientos hoteleros con historias que contar y en los que he tenido el gusto de haberme hospedado, cedo hoy también la palabra a escritores que han dejado interesantes testimonios sobre los mismos. 

En esta ocasión, el turno es para el viajero y escritor Manuel Leguineche, cuyo relato continuará en próximas entradas del blog.


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Bruselas. Un decorado de ópera


«Al novelista Joseph Conrad, Bruselas le recordaba un sepulcro blanqueado. No sé, conocí la ciudad años antes de las delicias del Mercado Común, o de la OTAN, de la eurocracia y el euro, y tenía ese aire provinciano, de novela de Simenon, neblinosa y chorreando agua. Desde su habitación del Hotel Palace, Jo­sep Pla observó durante toda la noche a gente que pisaba por el barro. Al escritor ampurdanés Bruselas le parece una ciu­dad dominada "por un punto de tristeza bovina y espesa, pero a mí", añade, "esto me gusta". Le atraen también las brasseries, las cervecerías, que estuvieron de moda en París, "hace treinta años, hasta que desaparecieron poco a poco, no se sabe bien por qué". Pla se queda extasiado viendo a las camareras ru­bias, figuras de Memling y de Rubens, sirviendo "dobles de cerveza dorada y humeante, butifarras y jamones con coles rojas". Hasta ahí lo que era la Bruselas de la juventud de Pla, la ciudad menestral con olor agrio a cerveza. La Bruselas de la eurocracia es otra cultura.

El Hotel Metropole se constituyó por derecho propio en el corazón de los asuntos europeos. Sus dueños han realizado un esfuerzo continuo para adecuarlo a los tiempos. En un lugar así la oficina de negocios, o como rayos se pueda traducir el business centre, es esencial, lo mismo que un personal que hable idiomas. Una vez que estuve allí escuché cómo un mismo con­serje respondía en alemán, inglés, italiano, holandés y español. La bodega del restaurante tiene fama bien ganada, lo mismo que la comida, pero eso en Bruselas es algo ecuménico y, si me permiten el juego de palabras, muy poco económico.

En el Pa­lace, Josep Pla escuchaba el latido de la ciudad, la plaza aburrida. "Los cafés de delante del hotel estaban llenos y sudaban un aire espeso de color calabaza". Era el centro de la ciudad, caotizada después por la especulación inmobiliaria y la necesidad de ha­cer sitio a los funcionarios de altos sueldos, los grupos de pre­sión que llegan para trabajar en la capital belga y europea. Gambrinus, que vivió en tiempo de Carlomagno e inventó el braceado de la cerveza, y el arcángel san Miguel, el de la flamígera espada, son almas tutelares de la ciudad.

En los años en que visitaba a una querida amiga, Patricia, que era de Bruselas, íbamos a escuchar a David Brubeck, el jazzista, y a beber cerveza triple Westmaelle o marca "La muerte súbita" en el Hotel Amigo, situado detrás del ayunta­miento en la Grande Place. En 1552 era una cárcel. Los espa­ñoles que ocupaban Bélgica tradujeron la palabra flamenca vrunte (encarcelamiento) por vrivend (amigo). El hotel, cons­truido en 1905, se quedó con el nombre. Era el único que no aceptaba grupos de viajeros, de viajes organizados. A las fami­lias numerosas se les invitaba a inscribirse con nombres dis­tintos. El rechazo de las masas. Pero si hemos de pensar en un hotel que represente a Bruselas deberemos quedamos con el Metropole. Salió indemne de los bombardeos pero no de los planes de los urbanistas, que han desfibrado, desfigurado la ciudad. Lo que se construye son imitaciones del siglo XVIII. Pero el Metropole se ha salvado, lo mismo que algunos ba­rrios y cervecerías. Estaba predestinado para ser construido por un cervecero y lo fue. 

 También este hotel tiene para Bercoff las hechuras de un decorado de ópera con sus grandes espejos, sus arcadas con pilastras de mármol de Namibia, sus vitrales, sus bronces pompeyanos, sus monumentales chimeneas, sus fuentes y sus paneles ornamentales. Un escenario ideal para un cliente agradecido y famoso, Giacomo Puccini, que se sentía en el Metropole como en su casa. Fue el más importante composi­tor de ópera desde Verdi. Sus historias de amor son trágicas. La tempestuosa relación de Puccini con su esposa estalló en 1908 tras el suicidio de una sirvienta a la que Elvira, la esposa del autor de La Boheme, Madame Butterfly, Manon Lescaut o Turandot, acusó de haberse ido al catre con Giacomo. Cuando se restableció la buena fama de la suicida sus parientes lleva­ron a los Puccini a los tribunales. La publicidad que levantó el caso afectó de forma muy seria el ánimo y la capacidad de tra­bajo del compositor. Puccini murió en Bruselas



El Metropole era el hotel de los tenores como Enrico Caruso y de las primas donnas. A Bruselas venían a cantar los profesionales del bel canto, pero sobre todo los hombres de negocios. Monsieur Goffin, que allá por los años sesenta fue el director general, solía decir: "Vienen pocos turistas. ¿Qué pintan los turistas en Bruselas?". En 1957, un distinguido cliente se acercó al des­pacho de Goffin para saludarle. Se había inscrito en el hotel como profesor Walter Hallstein. Era un político alemán, uno de los padres de la Comunidad Económica Europea. Esa visi­ta hizo la fortuna del Metropole. 


"Caí en la cuenta de que iban a hacer de Bruselas", recor­dó monsieur Goffin, "la capital de la CEE [Comunidad Eco­nómica Europea], de cuya comisión el señor Hallstein sería el primer presidente. Empecé a ver el hotel lleno de delegacio­nes que venían y se iban, de secretarias atareadas, de familias de los funcionarios, de diplomáticos ... ". Hallstein les abrió a los representantes de los seis primeros países que formaban el embrión de la CEE -Italia, Francia, Gran Bretaña, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y Alemania- las puertas del Metro­pole de par en par. 
 Después llegaron los hombres de negocios interesados en saber de qué iba la organización paneuropea.

Los primeros en aparecer fueron los cerveceros para fundar, a la sombra del hotel, la Asociación de Cerveceros del Mercado Común. El Metropole fue al principio su centro de operacio­nes. Bruselas se convirtió en ciudad de congresos. El Metro­pole se poblaba de delegados y congresistas y monsieur Gof­fin hubo de poner el cartel de "No hay habitaciones". "House fuil", que dicen en Estados Unidos. La capitalidad del MCE atrajo a congresistas de Estados Unidos, enviados de la indus­tria, de la banca, de los negocios agrícolas, deseosos estos últi­mos de conocer el rumbo de la política agraria europea. A partir de 1962 desembarcaron los nipones. 

Desde entonces no han dejado de viajar a Bruselas. El se­ñor Goffin se vio obligado a 
contratar camareros japoneses.

Continuará...

Albert Eisntein, entre otros colegas, en el Metropole, 1927


jueves, 24 de marzo de 2011

BRUSELAS, SOLA E ISOLA


III

El tren que me traslada de Gante a Bruselas cubre el recorrido a paso muy pausado, deteniéndose en todas las estaciones intermedias. El trayecto es más largo y lento que el de un intercity, pero no tengo prisa. He venido hasta este lugar a observar y a pasearme, no a correr. Dejándome llevar por la lentitud, puedo concentrarme en el paisaje belga que ante mis ojos pasa, no digo que a pleno sol, porque aquí éstas son palabras mayores, exageradas, pero sí con luz suficiente para distinguir los rasgos del país.
Finales del mes de marzo. El calendario acaba de anunciar la llegada de la primavera, y la Bélgica que se ofrece a mi vista presenta un aspecto acuífero, casi diría que chorreante, un horizonte monótono de casas modestas separadas entre sí por charcos, cercados y barrizales.
Llueve con constancia obstinada desde hace días, desde que llegué a estas tierras remojadas. Al otro lado del cristal del vagón del tren, pocos paisanos veo transitar por los caminos y calles de los villorios. Ni siquiera las vacas pacen en los pastos pastosos, los cuales diríase que parecen más dispuestos para plantaciones de arroz que para dar de comer a las reses. Será porque las vacas por estos lares, que se me antojan mares, y no saben nadar. Y estos prados no son los mismos sin el ganado pastando y pasando. Resultado: un escenario de isla anegada, de desolación, un lodazal sobre fondo gris. Por eso, deduzco, los paisanos  pintan las casas de colores vivos y en tonos fuertes. Aunque, ay, el contraste no llega a animar la escena, que simula un paisaje después de la batalla. Y conste que Waterloo queda más al sur.
Tan sólo dos calles separan la estación central de Bruselas del hotel donde había reservado habitación, Le Dixseptième, en la rue de la Madeleine, frente a la iglesia del mismo nombre. Pero, llegar hasta mi posada representa una empresa comparable a bordear el cabo de Hornos en plena tormenta. Finalmente, en tierra firme, el acogedor albergue permite curar las heridas del viajero y secarse ante las chimeneas de los salones decorados en el estilo que anuncia su nombre. Se trata de un coqueto palacete que un día fue residencia del embajador de España en la ciudad. Aunque yo he llegado hasta Bruselas en son de paz y en visita privada, no oficial, debo confesar que entre los muros de este albergue me encontré muy cómodo, más ancho que un enviado plenipotenciario.

*
 Bruselas es una ciudad hermosa y noble, con todos los servicios modernos que uno pueda desear, capital de la Unión Europa, con dos lenguas oficiales que duplican todos los anuncios y letreros, en francés y en neerlandés, si bien todos en la villa, residentes y visitantes, hablan el francés y entienden el inglés. Pero, desventuradamente, Bruselas no tiene río. Y una ciudad sin río es como un cuerpo sin sangre, igual que un cuerpo sin alma. Lo tuvo sí, en tiempos remotos, el pequeño río Senne, pero fue cubierto, como si se avergonzasen de las reminiscencias de su denominación. Hoy su vestigio divide la urbe simbólicamente entre la «orilla izquierda» —el centro histórico— y «orilla derecha»—, donde crecen los barrios de la periferia bruselense, remontando las colinas del sur.
Aunque sin río, no se piense que Bruselas es terreno de secano. Todo lo contrario. La lluvia en Bruselas, formando parte del paisaje urbano, más que una maravilla, llega a constituir una pesadilla. En la actualidad, Bruselas, ciudad, capital, región, metrópolis, tiene censados poco más de un millón de habitantes. La mayoría de la población va y viene, está de paso, hace breves escalas, reside temporalmente, ficha en la oficina, firma contratos o documentos oficiales, y vuelve a casa. Conforma, entonces, una población flotante, una expresión que en esta capital sin río, no debe entenderse en sentido figurado o metafórico.
Bruselas es villa antigua, remontándose sus orígenes al año 1000. Mucho ha llovido desde entonces, en efecto. La denominación originaria, Broucsella, significa Casas en los pantanos. Nadie negará a los bruselenses la capacidad de precisión que han demostrado desde el primer momento para llamar a las cosas por su nombre. 


Ahora soy consciente de mi desfachatez, de mi insolencia y osadía, cuando en una  anterior visita a la ciudad, en el verano de 1996, me lamentaba públicamente del sol reinante y de la temperatura ambiental, que elevaba los termómetros hasta los 38 grados a media tarde, dejando anclada esta balsa urbana bajo un anticiclón y en dique seco más de una semana. Huyendo de la canícula levantina, yo desesperaba en este reino ardiente, suspirando por encontrar un salón con aire acondicionado, o un sencillo ventilador. Propósito no poco complejo, todo sea dicho. Cuando, finalmente, localizaba un restaurante refrigerado, y me situaba en una mesa del interior, los nativos, ocupando, las mesas del exterior, desde su razón en descongelación tras el invierno, pensaban que era un excéntrico o un loco. Yo, tan fresco, contemplando por mi parte a esos comensales bajo el sol de mediodía, frente a ensaladas y lonchas de salmón más ahumadas de lo debido, también ponía en cuestión su cordura, a la vista de semejante barbacoa humana.
En esta ocasión, sin embargo, mientras me esforzaba inútilmente en mantenerme a cubierto del aguacero en dirección al café del hotel Metropole, en la Place de Brouckère, veía las cosas con otra perspectiva. Me hice cargo de la situación y comprendí mejor a estas gentes hambrientas de sol, ese astro desconocido en Bélgica, ese efímero visitante. Francamente, en el estado en que me encontraba, necesitado de un anticongelante y un secado y planchado, cualquier cosa hubiese concedido. Andando a ciegas en medio del diluvio, lograr llegar a mi destino significó, con todo, más un acto de instinto que de conocimiento.
Hay muchos y muy gratos cafés en Bruselas. Por ejemplo, la bodega Cirio, detrás de la Bolsa, o el cercano Falstaff, de exquisito gusto modernista. Y, más allá, el aromático y surrealista La fleur en papier doré, en la rue des Alexiens. Con todo, el café Metropol, tan recargado, barroco y exuberante, es uno de mis preferidos. Durante muchos años, en los viejos tiempos de comienzos del siglo XX, científicos, artistas y espías, tal que Einstein, Rubenstein o Mata-Hari, frecuentaban el salón, alternando las conferencias con las confidencias. Hoy, estos personajes han cedido los asientos a ejecutivos y políticos, en su mayor parte clientes del hotel, y también a fulanas de etiqueta negra que guardan pocos secretos y ocupan sus puestos el tiempo mínimo necesario hasta fijar el objetivo y no irse con lo puesto. Todo lo contrario hacían antaño los jóvenes poetas de la bohemia, quienes eternizan la estancia en las mesas del rincón frente a un café y una galleta interminables, hasta lograr completar, si las musas eran propicias, tres gloriosos versos, o  tal vez cuatro.
Aunque Bruselas posee un centro urbano hermoso y gentil, no es una ciudad hecha para caminar ni para pasear; no es la patria del flâneur, quiero decir. En Bruselas, hay que mantenerse permanentemente a cubierto, desplazarse por los pasajes y las galerías, las más famosas y elegantes, las galerías reales Saint-Hubert, conectadas en uno de sus costados con L´Illot Sacré, la cocina de la villa, el paraíso del gourmet
En esta área mágica de color y sabor, los restaurantes se alinean uno tras otro con los toldos desplegados, las mesas dispuestas en el exterior y los empleados voceando a las puertas las delicias de la carta, siguiendo en esto el estilo de París, o, más exactamente, del parisiense Barrio Latino. A modo de suculentos fragmentos de bodegón, las callejuelas de la zona lucen unos nombres que, por sí mismos, abren el apetito. Creyendo moverme entre una menestra o un salteado, recorro la rue aux Herbes, des Harengs, de la Verdure, Marché aux Poulets, du Marché aux Fromages, des Bouchers... En cualquiera de estos mesones sirven, entre otros manjares, generosas raciones de mejillones, un molusco que los bruselenses adoran, y que preparan de múltiples formas. El mejillón: tesoro de la ciudad guardado en la concha.
Pero, sin duda, la gran perla de la villa, expuesta al mundo, al aire libre y a la pertinaz lluvia, es la Gran Place, arte y monumento por los cuatro costados. El Ayuntamiento y la Maison du Roi frente a frente, elevan el gótico civil hasta rozar lo divino, y en los otros lados, al este y al oeste, ricas casas señoriales. Contempladas una a una, se me antojan piedras preciosas. En conjunto, semejan un inabarcable festón, o, más bien, un festival para los sentidos. Dicen que hacer comparaciones es cosa odiosa. Quizás. Mas, yo sin odio afirmo que hay plazas y plazas en el mundo, pero sólo una Gran Plaza.

*
 Todavía es posible dar otro paso importante en la riqueza arquitectónica de la capital belga, desplazándonos hacia los barrios del sur, hacia el Bruselas de la modernidad y del modernismo. Hoy, los grandes bulevares forman el círculo que rodea el centro de la ciudad, donde antiguamente se alzaba una muralla, de la que sólo queda el torreón macizo de la Puerta de Hal. Elijo, sin embargo, la Puerta de Louise para descubrir el Bruselas de los temps moderns. En ese punto arranca la avenida Louise, lugar excepcional desde donde iniciar el itinerario por el Bruselas del Art Nouveau, y admirar los edificios más representativos del Bruselas del 1900, unas construcciones inspiradas en el estilo denominado en Viena Jugendstil o Sezession, y que aquí llaman Liberty.
En el triángulo formado por las avenidas Louise, Charleroi y, su continuación, Brugmann, edificios soberbios intentan pasar inadvertidos en calles recoletas y en apacibles plazas. La burguesía industrial buscaba por entonces, ante todo, discreción. Y también miramiento, mas nunca exhibición y ostentación. La burguesía comercial se quedó atrás, en los barrios del centro, ansiosa por poseer pletóricas, florecientes y opulentas mansiones. En los barrios templados del ensanche bruselense, la burguesía de los temps moderns tomó asiento sin hacer mucho ruido, imponiendo un estilo arquitectónico frío y sobrio, concebido por la razón geométrica del art déco. Las personalidades más atrevidas y voluptuosas optaron por el «arte nuevo», en el que las líneas adoptan unas formas más sugerentes: las rectas ceden el paso a las curvas y las florituras. En la rue Américaine está domiciliada la Casa Museo Horta, que fue residencia privada del máximo representante del movimiento, Victor Horta, un palacete convertido en toda una declaración de principios: el manifiesto modernista.

 *
El modernismo no hubiera sido posible sin la modernidad, ni la modernidad sin el humanismo. Este argumento, junto a un profundo deseo personal —la razón y la pasión convocadas, pues, a la vez—, me condujeron a la casa museo de Erasmo de Rótterdam.
A vista de pájaro, el Bruselas histórico se asemeja un gran pentágono, cuyos lados fueron un día murallas y hoy, anchos bulevares, con el vértice central apuntando al sudeste. Hacia ese punto me dirigí, hacia Anderlecht, distrito periférico de la metrópoli, donde Erasmo fijó su residencia en 1521. El norte y el oeste de Bruselas ofrecen la cara posmoderna de la ciudad: barriadas con anodinas torres de acero y cristal, el complejo Heysel, el Atomium y el edificio de la OTAN, barras, esferas y estrellas unidas componiendo un espacio más parecido al orbe que a una urbe. En los alrededores del Parque del Cincuentenario está el denominado «barrio europeo», repleto de edificios de oficinas y sede de organismos oficiales diversos construidos sobre los restos del antiguo barrio Leopold. Dejé este universo de bureau y me dirigí al microcosmos de Anderlecht, donde se enclavan el Museo de la Resistencia y el museo de Erasmo, dos símbolos incontestables de la lucha por la libertad en una pequeña ciudad, conocida mundialmente por su club de fútbol.
La estancia de Erasmo en Anderlecht fue muy breve, pero la municipalidad local ha llevado a cabo un gran esfuerzo por dejar una buena constancia de de estancia de sabio por estos parajes. El Museo es de los más cuidados y completos de Europa que se han dedicado a la memoria del autor de Elogio de la locura. En el exterior, rodea la casa el jardín filosófico, huerto donde se cultivan plantas medicinales que curan el cuerpo y área peripatética, bajo la sombra de álamos y olmos, que templa el espíritu. Herbario y alameda beneficiaron mucho a Erasmo. Cuando su frágil anatomía volvía de dar un paseo para refugiarse en los salones del interior de la mansión, al calor de las chimeneas y envuelto en abrigos de cuello armiño, estaba bien dispuesto para enhebrar un adagio o un principio pedagógico. El museo acoge un buen número de bustos, grabados y pinturas del personaje y sus coetáneos, así como muy valiosas primeras ediciones y textos manuscritos del autor.
En este oasis de paz, en esta isla de tesoros intelectuales, encontró Erasmo soledad. También, el calor de la amistad y la hospitalidad del canónigo Pierre Wichman, quien lo alojó en la casa, hoy museo, de la rue de la Chapitre, a pocos metros de la iglesia de los Sts. Pierre et Guidon. En el presente, esa hospitalidad no ha declinado. A pesar de ser lunes, día de limpieza y descanso del personal, fui recibido con gran amabilidad al presentarme sin avisar, una vez informé a los empleados de dónde venía y a adónde iba. Pude pasearme libremente por las instalaciones, permitiéndoseme una visita detenida, sosegada y sin apresuramientos. En el templo del sabio de Rótterdam, quien no escribió en neerlandés sino en latín, emplear una lingua franca de comunicación no supuso inconveniente alguno.
Al abandonar aquel espacio de sabiduría y de gentilidad, el cielo había vuelto a cubrirse, y una tormenta de aguanieve me aguardaba en el exterior. De camino a la estación, de vuelta a Bruselas, donde con toda seguridad reinaría el chaparrón, yo seguía pensando en Erasmo, visitante  en Bélgica, príncipe de Europa, ilustre patrocinador de la transición del Imperio a la Unión Europea en el viejo continente. Que el artefacto multinacional (capital, Bruselas), finalmente, haya acabado en práctica desunión, es acaso una consecuencia de que los europeos han prestado poca atención a las enseñanzas del gran humanista.

Primavera de 2001

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miércoles, 16 de marzo de 2011

GANTE Y EL GUANTE


II

En la primera etapa del viaje en tren a través de la noche de Flandes, apenas tuve tiempo de abandonarme a las reflexiones o al sueño. Toda mi atención estaba concentrada en reconocer el nombre de la estación en la que debía apearme. Pues, nada más abandonar el área metropolitana bruselense, el anuncio de las sucesivas paradas viene sólo en neerlandés, lengua que lamentablemente —e imperdonablemente, lo admito— desconozco. El idioma francés, la otra lengua oficial del país (¿qué lengua?, ¿qué país?), quedó atrás, y con él mi manual básico de supervivencia idiomática en el norte de Bélgica. Bueno, siempre nos quedará el inglés…
Que no cunda el pánico. Gante en Flandes no se dice Gand sino Gent. No era, pues, difícil confundirse. Mis acompañantes en el vagón no dejaban un segundo la animada y ruidosa conversación, confundiéndose sus voces y risas flamencas con la voz metálica que informaba de las próximas paradas. Dentro, el ruido sin furia. Fuera, tras los cristales de la ventana, reinaba la oscuridad, un silencio sin noticia. Parada y honda duda. ¿Habremos llegado ya a la estación de Gante? Un pasajero cercano a mí, de rasgos magrebíes, pareció leerme en la cara la interrogación y me dice en el momento oportuno: Ici Gand.
El taxi me conduce ahora desde la estación de St. Pieters de Gante, en el sur de la ciudad, al hotel Gravensteen, al norte, junto al Het Gravensteen o gran castillo condal. Atraviesa las calles medio vacías a gran velocidad. Aun así, pude ya entrever el milagro urbano que me aguarda. Comprendí, en una primera y rauda impresión de la ciudad, a la carrera, que llegaba en el momento idóneo, a la hora ideal; que yo sí llegaba a tiempo, vamos, no como otros...
Gante es más real, y mucho más bella, de noche que de día. Bajo la mágica combinación de luces de farolas y focos, los edificios regios y las calzadas reales se funden con los vapores neblinosos emergiendo de los canales. Gante guarda su encanto conservándose en la bruma, en la reserva evocadora de estar a media luz. El adoquinado brilla con acharolada luminiscencia y las aguas que fluyen en los canales reflejan el mismo color ascético del cielo, permanentemente plateado: de estos fulgores velados deviene su esplendor ceniciento. Medianoche es, en Gante, la hora de la revelación.
Esta es la primera visión que guardo de Gante y ya no podrá borrarse, como no queda eclipsado nunca lo que una vez cegó los rayos del sol. En estas tierras altas, sin embargo, el astro rey, comparece raramente, no importa que estemos en plaza imperial, donde todo vasallo rinde pleitesía a lo que un día fue centro del mundo. El pasado perdura bajo el manto de una nubosidad constante, de un cielo protector que casi baja al nivel de la tierra y del mar para así tomar dominio de las cosas.
No podría demostrarlo, pero tengo la fundada convicción de que no fue en estas tierras flamencas donde algún iluminado acuñó la famosa divisa que afirma que en el imperio de España nunca se pone el sol. No estaban sus habitantes para bromas ni indirectas, que bastante tenían con la presencia conquistadora de los tercios españoles, que por aquí se han enseñoreado durante siglos, y en otras villas flamencas tres cuartos de lo mismo. El rencor histórico antiespañol, empero, no ha arraigado en los corazones alegres y vitalistas de los ganteses. ¡Bravo, amigo!
Carlos V de Alemania y I de España, alabando cierto día las delicias y el esplendor de la ciudad imperial emitió una soberana sentencia que nos viene muy a cuento, y por eso traigo la cita: «Je mettrais Paris dans mon Gand» O sea, que podría meter París en su Gante (Gand), que es como decir su «guante» (gant). Hoy, entre los flamencos, la frase feliz ya no provoca orgullo, miedo ni nostalgia. En la actualidad, creo que recelan más de París (o de la misma Bruselas) que de Madrid.
El año 2000 después de Cristo, Gante conmemoró el quinto centenario del nacimiento de Carlos V, y lo hicieron por todo lo alto. Sólo unos pocos aguafiestas quisieron ensombrecer los fastos con alegaciones históricas y recuerdos de sangre y fuego. En estos parajes, donde la lluvia es tan familiar como la cortina del salón de casa y donde el cielo gris crea un paisaje acostumbrado, poco impacto pueden producir oscuras proposiciones de desagravio. La verdad es que los habitantes de Gante tienen mucho estómago, o sea, aguante,  y así les salen de sabrosos los embutidos de bodegón, que nutren con esmero su animosidad gozosa. Los actuales descendientes del regio señor no desean matar al padre, ni a la gallina de los huevos de oro. Prefieren vivir su propia vida y dejar las cosas como están. Siglos de pragmática de la existencia les contemplan, una visión de la vida que hace buenas migas con el alma de comerciante, contemporizadora y negociadora, que no ha abandonado jamás los cuerpos gentiles de sus habitantes ni les ha quitado el apetito.
Cuerpos flamencos esbeltos veo, con todo, a mi alrededor, a pesar de la presión de la mantequilla, la cerveza y la manduca soberbia que por aquí animan los hogares, los mesones y los figones. Firmes y sólidos huesos mantienen tersas las carnes. Dicen que fueron los excesos de la mesa lo que llevó a la tumba a Carlos grande el de Gante. Los ganteses actuales, amantes del generoso yantar y de crear marcas de cerveza (más de quinientas), no parecen dejarse llevar por el desafuero en la mesa, que siempre ha traído disgustos y opresiones. Menos germanizados que el emperador, han sabido moderar el instinto por el afrancesado sentido del refinamiento y la politesse. Francia está allá bajo, al sur, ay, bien lo saben. A algunos les incomoda reconocerlo, pero, después de todo, noblesse obligue...


 En la puerta misma del hotel Gravensteen, arranca, en dirección oeste, la Burgstraat, distinguida arteria engalanada por imponentes edificios de los siglos XVI y XVII, cuyos bajos acogen hoy tiendas elegantes. Recorramos, pues, la arteria de punta a rabo. La calle desemboca en la Elizabeth Plein, donde subimos hasta la Rabotstraat justamente hasta el Rabot, resto fortificado de la antigua muralla y límite de la ciudad antigua. En este punto permanecen enhiestas las torres cónicas de «la puerta cerrada» («rabot» en flamenco). Al fondo, estropean la vista las modernas torres de cemento y cristal del gran Gante. Grande sólo en espacio, porque lo verdaderamente «grande», lo abierto a la majestad, está en la dirección opuesta.
Recuperamos el sentido de la vía y de la orientación (junto a la cordura) enfilando Prinsenhof, calle que anuncia nuestro destino: el palacio donde nació Carlos V. Hoy sólo queda en pie la entrada, en forma de bóveda, la Donkere Poort (Puerta Oscura), en una tranquila plaza donde una estatua del emperador y una maqueta de la construcción palacial originaria nos refrescan la memoria. Estamos en una de las zonas más antiguas de Gante, donde la historia pervive en calmosa paz, después de siglos de batalla.
Volvamos ahora al punto de partida. En el lado opuesto del río Leie, se alza el castillo Gravensteen, mole de piedra construida el año 867 por el conde de Flandes, Balduino Brazo de Hierro, apelativo que no le viene grande a este noble señor, pues dejó en herencia una memoria muy acerada de la fortaleza. Las almenas y torreones, los majestuosos salones, cumplen su función con orgullo. El destino principal de estas pétreas instalaciones fue albergar calabozos y salas de tortura, y hospedar a no pocos infortunados, como lo atestiguan las muchas salas que reproducen los atroces escenarios. Desde lo alto de la terraza almenada puede admirarse el bello cuerpo de la villa, punteado por las esbeltas torres de las iglesias de Sint Niklaas y Sint Michiels, del Belfort y de la catedral Sint Baasf, del StadHuis (o Ayuntamiento).
A tiro de piedra, a las puertas del castillo, está la atractiva Sint Veerle Plein, plazuelita esquinada animada por restaurantes y edificios ilustres, como la Vlees Huis (o Casa de Neptuno), que destaca especialmente por su rica fachada custodiada por formidables estatuas de mármol. El lugar conoció, sin embargo, tiempos peores, cuando era base de ejecuciones sumarias a la sombra del imponente castillo. Una columna levantada en el centro del área, justo donde pedía sangre el infame cadalso, da cuenta del punto en el que estamos. Sigamos, pues, adelante.
Las calles que parten del lado este de la plaza, ensanchándose a medida que avanzar, conducen al centro monumental de la villa y cuna imperial. Tenemos a mano varios itinerarios para llegar al destino. El más aconsejable pasa por el muelle de Korenlei hasta llegar al puente de San Miguel, sobre el Leie. En este punto, el paseante se asegura una perspectiva mágica de Gante: sus principales monumentos forman un bosque animado de piedra y encaje. Vista, o mejor aún, vestida de noche, da la impresión de que los edificios levitan en la neblina.
Destaca lo amplio y despejado del panorama. El centro de Gante no es un centro nuclear, sino una sucesión de espaciosas avenidas y plazas en donde los edificios civiles, como el de Correos y el Lakenhalle, o mercado de tejidos con la espectacular Torre Cívica (Belfort), compiten en esplendor y altura con las iglesias floridas, como San Nicolás o la misma catedral, la Sint Baafskathedraal. La convivencia arquitectónica resulta de lo más amable y amistosa. Es cosa sabida que al corazón flamenco se le gana por el estómago tanto como por el espíritu, que el fervor religioso no apaga el hervor de las ollas y que, en fin, la prédica ascética y luterana no logró nunca arraigar en el sentimiento de estas gentes alegres y materialistas, para quienes la verdadera salvación no está reñida con un buen arenque y la gloria máxima suena a paraíso libre de impuestos.
Frente al Ayuntamiento, en la Botermarkt, encontramos el restaurante St. Jorishof, perteneciente al hotel Cour St. Georges, publicitado como el hostal más antiguo de Europa. Deseando paladear el genuino sabor de Gante, encargo la especialidad de la casa, el waterzooí, guiso de pescado sólido y exquisito, una receta que perdura triunfante desde la Edad Media. Mientras en la marmita que bulle frente a mí se celebra un rito con mucha historia, milagro de patatas y peces en un mar de mantequilla, en las mesas vecinas los comensales conversaban y reían con exaltación dionisiaca. Marco digno de una estampa de Brueghel el Viejo, con antiguos platos de cerámica y vetustos tapices colgados de las paredes, mesas de madera y salvamanteles de metal, copas en alto y brindis bajo vigas de madera centenarias, aprendí aquí mucho de esta ciudad, la cual abría me abría la despensa y su alma de bodegón.
Con permanente vocación de comerciante, en Gante no hay lugar para el sobrio, el belicoso o el idealista. La tentación por el sacrificio, la trifulca o la ensoñación cede, en última instancia, ante la perspectiva de una sustanciosa transacción. Por eso, la flameante Flandes, anhela la independencia, pero no morirá por ella. Hoy, las plazas públicas y púdicas no celebran ejecuciones, sino el vibrante ceremonial de los mercados, y no es casualidad que las principales plazas de la ciudad reciban justamente el nombre de «mercado».

De entre todas ellas, destaca la Vrijdagmarkt, la plaza/mercado de los viernes, aunque abierta todos los días de la semana, incluidos los domingos. En este punto del norte de la ciudad, en la parte antigua, los puestos de venta de pájaros, peces de acuario y otros animales dan especial color y candor a un entorno urbano hermosísimo. En el centro de la explanada, una estatua de bronce de Jacob Van Artevelde observa impertérrito el vivo ajetreo que bulle a su alrededor. No se trata de un guerrero sanguinario ni de un político insigne, sino de un brillante promotor del desarrollo comercial en el siglo XIV. En Gante, vemos más mercaderes sobre los sitiales de los monumentos públicos que reyes, generales o santos. En un lado de la glorieta, que da gloria verla y pasearla, da nombre nada menos que a la iglesia de Sint Jacobs, en honor del prohombre protector de la buena vida.
Este rincón de Gante es uno de mis preferidos de Gante. Por el día mandan la mercancía y el negocio; por la noche, la diversión y el ocio. Alrededor del centro mercantil, cuando cae el crepúsculo y cierran los puestos de venta, las estrechas callejuelas que la circundan hierven de vitalidad, decenas de restaurantes abren sus puertas, encienden las velas sobre las mesas del comedor, creando un acogedor ambiente de kermés. En la Plotersgracht, la taberna Amadeus resulta especialmente atractiva, por sus costillas de cerdo a la parrilla y a discreción, pero también por el ambiente de biblioteca creado, con las paredes repletas de libros ordenados en añejos anaqueles. Carne y literatura reunidas componen un decorado muy nutritivo e instructivo. Encuentro aquí aquello que busco en todos mis viajes: la profunda sustancia de la ciudad. En este caso, como en la mayoría de los restantes, la materia y el espíritu cogidos de la mano compartiendo un mismo festín.
Gante, ciudad universitaria, corazón joven en un entorno de glorioso pasado, culta y dinámica, no queda muy lejos de Ámsterdam, tanto en el sentido geográfico como en el artístico o ciudadano, y mantiene con la ciudad holandesa fuertes parentescos. Casi tantos que podríamos considerarla su hermana menor. Igual de experimentada en la vida, Gante es, no obstante, más discreta, menos bulliciosa y golfa que la hermana mayor.
Ámsterdam, bella de día, vive la noche con una pulsión muy experimentada. Gante, por su parte, tierna e inocente, cuando el crepúsculo la envuelve, cambia de plano, se viste de largo, ilumina calles y plazas, brilla como una luciérnaga. La noche no la encanalla, la hace más bella y evocadora. Siempre elegante, Gante, dama de la noche, madre y novia de emperador.

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