martes, 7 de junio de 2011

'GABINETE DE CURIOSIDADES ROMANAS' de JAMES C. MCKEOWN




James C. McKeown, Gabinete de curiosidades romanas. Relatos extraños y hechos sorprendentes, traducción de Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya, Crítica, Barcelona, 2010, 334 páginas.

 Lo refiere el autor de este libro en sus primeras líneas: los romanos nos han dejado un legado informativo sobre sí mismos superior al de cualquier otra sociedad occidental de épocas más recientes. La bibliografía sobre Roma y las conquistas realizadas, sobre sus emperadores y escritores, sus generales y oradores, sus tiempos y costumbres, es, en consecuencia, enorme. No extrañará, pues, que la tarea de sintetizar y hacer comprender semejante legado documental pueda compararse a los trabajos de Hércules o a cualquier otra hazaña heroica de la historia universal.

Edward Gibbon, uno de los más grandes especialistas de la historia de Roma, consumió doce años de investigación y redacción para lograr completar la monumental Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, cuya edición canónica ocupa seis gruesos volúmenes. Y eso que el autor británico comienza la narración a partir de la dinastía de los Antoninos, cuando Roma ya había cubierto un largo trecho.

El propósito del presente trabajo es más modesto. Tal vez por eso, y a la postre, resulte más fecundo y logrado; especialmente, si lo que busca el lector es hacerse una idea general, aunque precisa, de la vida cotidiana en la Antigua Roma.


James C. McKeown, autor de Gabinete de curiosidades romanas no pretende emular anteriores proezas. Profesor de Clásicas en la Universidad de Wisconsin, en Madison, no es historiador de profesión, ni aspira tampoco a oficiar de cronista de la Historia. Especialista en filología y con una probada experiencia en la enseñanza y la didáctica del latín, publicó en 2001 el volumen Classical Latin, una introducción al estudio de esta lengua. Ha preparado, asimismo, una edición comentada del Arte de amar de Ovidio.

El título del libro objeto de esta reseña no puede ser más claro. Sus páginas recogen una colección de observaciones, curiosidades, anécdotas, rarezas y datos factuales extraídos, en su mayor parte, de fuentes griegas y latinas. Habla aquí el autor por boca de Cicerón y Suetonio, de Séneca y Tácito, contando circunstancias extraordinarias, al tiempo que comportamientos ordinarios, en los más diversos aspectos de la cotidianidad romana: la vida familiar e intelectual, el derecho y la medicina, la educación y los esclavos, los espectáculos y la sexualidad, la religión y la superstición, Pompeya y Herculano, la comida y la bebida, los hombres principales y los ciudadanos comunes.

La perspectiva de McKeown a la hora de acercar la realidad de Roma a la curiosidad y al afán de saber contemporáneos tiene precedentes, que hallamos en los mismos periodos narrados. En este género, misceláneo y «costumbrista», se enmarcan, por ejemplo y entre otros, dos célebres clásicos: los Epigramas de Marcial y los Hechos y dichos memorables de Valerio Máximo.

Para quien no lo sepa aún, leyendo el libro, se enterará de por qué los romanos tenían tres nombres —el praenomen, el nomen y el cognomen—; que las palabras Káiser y Zar proceden del término César. Que si un gladiador se alzaba con la victoria en la arena, recibía una gratificación superior a lo que ganaba un maestro de escuela en todo el año. Que la célebre expresión panem et circenses la debemos a las Sátiras de Juvenal y que «victoria pírrica» remite al rey de Epiro, Pirro, y significa: «triunfo obtenido con más daño del vencedor que del vencido» (pág. 52). Que la espada corta de los romanos, tomada de los hispanos, la llamaban gladius. Que más del noventa por ciento de la población romana era pobre de necesidad, vivía en el campo y su esperanza de vida media no superaba los veinticinco años. Que Mitrídates VI de Ponto, uno de los más temibles enemigos de Roma hablaba veintidós lenguas. Que los romanos no usaban jabón para lavarse, sino que, como los griegos, preferían urgirse la piel con aceite de oliva (pág. 145). Que el término moderno «piscina» proviene del latín «piscina», palabra que designaba el estanque en el que criaban peces (pisces), destinados a las mesas de los patricios. Y que, en fin, el nivel de la técnica e implantación de las letrinas romanas no volvió a alcanzarse en Europa hasta el siglo XIX (pág. 252).

Libro instructivo y riguroso, a la vez que entretenido y conciso, permite ser leído a gusto del lector, eligiendo el orden de los capítulos según la preferencia y el ansia de la curiosidad de cada cual. El volumen incluye al final del mismo un práctico y extenso Glosario. Un texto, en suma, para exclamar una vez completada la lectura: Roma, o tempora, o mores! (Marco Tullio Cicerón, Catilinam orationes).



domingo, 5 de junio de 2011

UN PASEO POR DUBLÍN


1
Cuenta la tradición que desde el interior del alma de la nación irlandesa, recreada en mil mitos y ritos, desde su recóndita entraña, claman unas voces atávicas, llamando a todos los hijos de la patria, diseminados y perdidos por el mundo, para que vuelvan al hogar nativo, a la tierra de los ancestros, a la verde Erín (Eire, Irlanda). Esos cantos de Leyenda componen una liturgia y un arcano transmitidos por múltiples medios: la literatura, el cine, las historias, los cuentos…
Mas para volver, es preciso haberse marchado. Y no todos los irlandeses se han ido navegando o volando de Irlanda. Sea como fuere, unos y otros, los presentes y los ausentes…, todos los irlandeses del orbe, escuchan en sus corazones las suaves baladas brotadas del arpa melancólica, así como los aullidos agudos surgidos de las gargantas profundas de las hadas: el balar de la banshee.
Según escriben Michael Page y Robert Ingpen en la Enciclopedia de las cosas que nunca existieron, la palabra «banshea» (o «banshee») proviene de la voz celta «bean seidh», que significa «mujer de las hadas». Remite a los espíritus femeninos que habitan en el hipotálamo de los pueblos gaélicos y celtas. Los gritos y lamentos pregonan una muerte próxima. La anunciación de estas vírgenes de mal agüero va destinada los familiares tocados por la aciaga fortuna, desperdigados por la ancha Tierra. Las hadas, si bien tienen el poder de la trasmigración y la traslación, prefieren perforar los aires (y los oídos) con sus gritos, sin moverse de casa.
  ¿Para qué, entonces, dar voces? Aunque las leyendas no derrochen racionalidad, sí suelen tener una lógica interna. Las hadas irlandesas emiten el llamado a voz en cuello, sencillamente, para despertar las conciencias: «Este terrible y semihumano lamento despertará al más dormido y se oirá por encima del viento más fuerte. Es especialmente estremecedor cuando resuena sobre los páramos y lagos, en el crepúsculo de un día nublado de verano». Esto dicen los estudiosos de asunto tan fantástico.
Cuenta, asimismo, la fábula que la banshea tiene los cabellos negros, aunque yo las imagino pelirrojas.


2
No tuve reclamos embrujados, procedentes de la verde isla del norte, ni escuché voces de leyenda alguna, aquel verano de 2004. Ni soy, que yo sepa, irlandés errante o extraviado. El caso es que, en agosto de ese año, Dublín me atrajo a su seno. Juraría no haber estado nunca antes en tierra irlandesa. Mas, quién sabe… El caso es que pude salir del embrujo.
Salvador de Madariaga estaba firmemente convencido de que entre españoles e irlandeses existe una acentuada hermandad de origen. Tanto es así que el erudito hispanista opinaba que los irlandeses son españoles que se equivocaron de tranvía y fueron a parar al norte: «Por eso son los únicos católicos del Norte de Europa y los más disgustados de los norteños.» (Carácter y destino en Europa).
Allí, en el norte, tuvieron que acostumbrarse a un nuevo clima, crear nuevas costumbres e inventar una propia historia. Y para su desgracia, tratarse con los nuevos vecinos. Pues, sucede la trágica circunstancia de que al lado de la verde Erín residen los anglos. Junto a ellos han crecido, lo que han podido y lo que les han dejado. Con ellos se han mezclado. A resultas de tanto cruzamiento, idas y venidas, el irlandés ha terminado por ser britanizado: «No le gusta nada que se lo digan», añade Madariaga, «pero es así, la prueba es que no le gusta nada que se lo digan».
De semejante unión y convivencia, poco espíritu risueño podía salir. Así andan los irlandeses desde entonces, melancólicos, huraños como un hurón y dados a la bebida. De la siguiente manera retrató el sabio cosmopolita español, quien me acompaña amablemente en mi paseo por Dublín, al irlandés: «rubicundo, saturado de solomillo y de cerveza, corpulento, gran jinete y gran bebedor». Y así lo percibí yo mismo aquel verano de 2004. De todo ello puedo dar fe. Mejor dicho, de todo menos en lo referente a «gran jinete».

Si bien no tuve la oportunidad de ver cabalgar y saltar vallas a irlandés alguno, sí pude admirar a más de uno trotando a toda velocidad sobre sus propias piernas, cruzando el puente de O´Connell, llevándose por delante a todo aquel que se les cruzaba —creyendo que se les interponía—, saltando por encima de las jardineras y papeleras. Saltándose semáforos en rojo al volante de un automóvil. Sí, sí, también lo vi.
Los irlandeses han acabado por britanizarse a costa de mucho esforzarse por distinguirse del Reino Unido, dando como resultado una raza que conserva lo menos virtuoso del carácter británico, pero la mayor parte de sus vicios. A simple vista, a la siempre incierta luz de las apariencias, diríase que los irlandeses se han igualado por lo bajo: todos son dominados, humillados y ofendidos, parias de la tierra, sin escrúpulos a la hora de vestirse, de cuidar el lenguaje y los gestos, de moverse, de comer, de beber.
Este pueblo de bebedores, descuida la alimentación. Todavía más que el inglés. Ingieren cualquier cosa que le depositen en el plato, sin más contemplaciones. Así les va y así se le ve. Pase que se empapen de cerveza negra hasta desafiar la holgura y las costuras de los pantalones y que beban té negro en vasos de plástico: «el té negro que beben es una especie de desesperación líquida de esas que con azúcar están peor» (Salvador de Madariaga). Pero, lo que no tiene pase ni perdón, ni siquiera para el Dios dispensador e indulgente de los católicos irlandeses, es que descuiden la dieta de esa manera.
Nunca en otro país, como en Irlanda, he visto gente tan oronda, rolliza y descomunal. Si esto es así, aplicado a los britanizados y urbanizados irlandeses de Dublín, qué será de la población rural, de los herederos de esta nación rústica de agricultores y pastores que todavía no han emigrado a Estados Unidos o a Australia, o han trasladado su residencia, sin más, a la Gran Bretaña.
Si los irlandeses no reconocen su pasado español ni quieren ser británicos, entonces ¿qué son, de dónde vienen y adónde van?
Lo conseguí. Llegar hasta el final de esta crónica dublinesa sin hablar de insurrecciones, ni de Oscar Wilde ni de James Joyce. Bueno, aquí están sólo citados, al final. Y sólo de paso, en este corto paseo por Dublín.
Verano 2004

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miércoles, 1 de junio de 2011

SISTEMA Y ANTISISTEMA


 En lengua inglesa, dícese de alguien o algo que está in o está out cuando quiere indicarse que está «en la onda» o está «que no se entera». Respectivamente. Tales voces monosilábicas no apuntan sólo hacia lo que está dentro y fuera en sentido físico, en cuanto a localización o emplazamiento, sino también a una situación social y aun sociológica. En una aplicación política, estar in o out sitúa a uno, respectivamente, dentro o fuera del Sistema, según siga el modelo y el eco de los integrados o el de los apocalípticos.

Durante los años 60 y 70 del siglo XX, estuvo muy de moda la contracultura y lo alternativo, junto a otras modalidades enamoradas de la conducta y la moda juvenil. Por ejemplo, abandonar el hogar paterno y maternal al llegar a la adolescencia; irse al campo y organizar una comuna; viajar al Nepal o a Katmandú; llamar la atención para ser diferentes; dejarse crecer las patillas, los chicos, y acortar las faldas, las chicas; y cosas así.

Fotograma de la teleserie The Wire
Sea como fuere, lo out conducía hacia fuera, hacia la marginalidad, la carretera y la motocicleta, a poner tierra de por medio, allí donde convergen la cruda Realidad y la verde Utopía. Mientras tanto, el triste in, remetía al centro y al adentro, a hacer oposiciones del Estado, a in-tegrarse en el Sistema.

Las cosas hoy han cambiado enormemente en la sociedad española, aunque parezca mentira. En los presentes tiempos posmodernos, ha triunfado la tendencia de lo híbrido y la mixtura, la mezcla y el mestizaje, la moda unisex y la ambigüedad. Más que el salir, se impone el estar de vuelta, y más que entrar, quedarse en la puerta; es decir, el estar dentro y fuera al mismo tiempo. En el ámbito del hogar, los jóvenes permanecen en casa de los padres hasta bien entrada la madurez o hasta heredar la vivienda, porque allí se encuentran tan a gusto como en su propia casa.

Los viajes, plenamente turísticos, tienen billete de ida y vuelta, y las compañías aéreas cierran vuelos antes de arrancar los motores del avión. Los antiguos partidarios de las comunas se han pasado al comunitarismo. El comer de restaurante ya significa raramente ir a un local del centro de la ciudad o salir a cenar fuera, pues, las más de las veces, significa telefonear a una empresa de reparto de comidas a domicilio y echar un bocado frente a la tele. 


Pocos están que se salen del sistema, de facto. Y quien «sale del armario», es ex ministro, sacerdote o militar, por lo menos. Las ONG y los sindicatos  no viven sin subvenciones ni sin vivir de mí; yo, contribuyente. Los novelistas escriben novelas que emulan ensayos y los ensayistas, envidiando las ventas del novelista, se pasan a la novela. Los artistas de vanguardia no mojan un pincel ni ensucian sus manos de materia putrefacta sin conocer antes las condiciones del contrato con la Administración que les llevará, con todos los gastos pagados, a una Bienal o Feria de arte nacional o internacional.

Hoy, en resumen, lo que prima es estar fuera y dentro a la vez: in & out. Todo ello experimentado sin complejos, de la manera más espontánea y hasta desvergonzada que uno pueda imaginarse.

Los grupos antiglobalización estrechan lazos entre sí vía Internet y recorren medio mundo a fin de reivindicar el localismo y el particularismo. Gran número de maestros y profesores de izquierda y militantes de sindicatos de clase ensalzan los parabienes de la escuela pública, pero llevan a sus hijos a la privada. […]

Pedro Almodóvar maldice en Europa el cine americano, pero ni abomina del glamour ni rechaza el Oscar de Hollywood, como hizo Marlon Brando, ni decide dejar de recogerlo personalmente, como Woody Allen. José Saramago declara ser comunista de toda la vida y contrario a las desigualdades sociales y económicas, pero no renuncia al significante de Premio Nobel que lo inmortaliza y eleva por encima de los demás mortales, cosa que sí hizo su camarada Jean-Paul Sartre. 



Los nacionalistas del País Vasco, de Cataluña y demás odian España, pero adoran el Estado Español. Su patria chica es Plural, Pequeña e Independiente —o sea, la Terreta Lliure—, no aquella Una, Grande y Libre de la que hablan los franquistas y post-franquistas. Dicen sentirse vascos o catalanes antes que españoles, pero disfrutan sin vergüenza de los privilegios, beneficios y prebendas que les proporciona el Estado. En las Comunidades Autónomas, hay consejeros de Justicia que llaman a la población a la desobediencia civil y consejeros de Interior que exigen ley y orden encabezando manifestaciones callejeras. Y así el mensaje que trasladan al electorado, y pueblo nativo en general, viene a decir que un futuro de independencia es como estar en España (con todo lo bueno), pero sin ser España (sin todo lo malo). ¡Eso sí es estar in y estar out!


Con todo y con ello, la estrategia de la izquierda política española de los últimos tiempos supone el más difícil todavía y el equilibrismo más osado que se haya visto en mucho tiempo. Juega al malabarismo y camina por la cuerda floja, pero con red; sobre el filo de la navaja, pero sin quitarle la funda de cuero. En la «sociedad de riesgo», ellos no arriesgan nada; amagan y amenazan, tan sólo. […]

Mas, ¿qué ocurriría si el PSOE no ganase las elecciones, sean las próximas o las futuras? Al haber unido su destino con el ideal de la paz de Izquierda Unida, igual que Felipe González asoció su destino al de Alfonso Guerra, es decir, al ser como el Yo y la Circunstancia de Ortega y Gasset, si no se salva uno, no se salva el otro, ni la otra. Sea como fuere, guerra tenemos y tendremos, pues ya han dejado claro quienes son de izquierdas que ni un Gobierno del Partido Popular ni una mayoría en el Parlamento, que no sea la suya, tiene legitimidad para gobernar. ¿Cree alguien que van a conformarse si pierden nuevamente las elecciones?


El progresismo juega con dos barajas, y si no sale lo que quiere (en la ruleta, rojo e impar), rompe la baraja. Si no gobierna, no deja gobernar a los demás (para ellos, «los otros»). O siguen en la Moncloa y los Ministerios, en la Presidencia y Consejerías de las Comunidades Autónomas, en las Diputaciones y Cabildos, en los Ayuntamientos, etcétera, y se les deja mandar en los Rectorados de las Universidades, en los Consejos de Administración de las empresas públicas y en los Consejos de Redacción de los media; en suma, o lo tienen todo, o… Huelga General y sublevación, acción directa e insurrección, piquetes y amenazas, acoso y derribo.

La izquierda no vive hoy en España una melancolía de opereta o revista de variedades, de esa que entonase un ♪ ni contigo ni sin ti tienen las penas remedio ♪, sino una recaída en el totalitarismo más propio de la crudeza y la vetustez del «realismo socialista». Simplemente, lo quieren todo: estar en las instituciones y en la calle, en el Poder y contra el Poder. ¡Eso sí que estar in y ser out!



El presente artículo fue publicado en la Revista semanal del diario Libertad Digital, con el título de «In & Out», el día 4 de abril de 2003. Ofrezco aquí una versión corregida y reducida del mismo.