domingo, 14 de noviembre de 2010

PÍO MOA Y «LA NUEVA HISTORIA DE ESPAÑA»


Pío Moa, Nueva Historia de España. De la II Guerra Púnica al siglo XXI.

Luis Pío Moa (Vigo, 1948) es escritor, historiador, conferenciante, articulista y ensayista. Pero, por encima de todo, Pío Moa es un auténtico fenómeno social y cultural en España. Ha escrito decenas de textos de historia y de ensayos políticos, muchos de los cuales se han convertido en auténticos best-seller, así como centenares de columnas y artículos periodísticos en distintos medios de comunicación. Algunos de sus textos más conocidos, publicados antes del año 2000, son Los orígenes de la guerra civil, Los personajes de la República vistos por ellos mismos y El derrumbe de la República y la guerra civil, que componen una trilogía dedicada a Segunda República y al Guerra Civil española con la que cambió radicalmente la perspectiva interpretativa dominante (y prácticamente hegemónica) hasta la fecha sobre el primer tercio del siglo XX español.
Esta revisión propuesta de la exégesis canónica de nuestra historia reciente tuvo su confirmación en el libro Los mitos de la guerra civil (2004), volumen que bate todos los récord de ventas en un texto de esta naturaleza (y de más de 600 páginas) con el que alcanza gran popularidad, no exenta de polémica. También de 2004 es su trabajo Una historia chocante: los nacionalismos catalán y vasco en la historia contemporánea de España. Otros libros de gran recepción publicados por el escritor son: Años de hierro: España en la posguerra 1939- 1945 (2008), Franco, un balance histórico (2005) y Franco para antifranquistas (2009) y La democracia ahogada (2009).
Autor de una producción bibliográfica muy considerable, ha logrado convertirse en un personaje casi legendario, tanto por el tremendo éxito de ventas que han tenido sus libros como por la repercusión crítica que tienen (y aun las pasiones que suelen levantar). Dos rasgos estos, autor de éxito y polemista sin concesiones, que en un país como España (cuyo primer pecado capital reconocido es la envidia) resulta difícil de perdonar. Especialmente, por parte de los sectores de la sociedad que son puestos en evidencia a lo largo de su obra.
En primer lugar, el gremio de historiadores, instalados mayoritariamente en las cátedras universitarias, que consideran intolerable que un historiador «no profesional» (es decir, no perteneciente a su gremio) alcance tanta notoriedad entre el público lector, en muchas ocasiones mostrando las insuficiencias e incorrecciones de la «Historia oficial» ofrecida por aquéllos en sus manuales.
Y, en según lugar, porque Pío Moa ha presentado una visión de la historia contemporánea española (y, muy en particular, de la Guerra Civil) en abierta contradicción con la interpretación «de izquierdas» o marxista, prácticamente indiscutible hasta entonces. Que el mismo Pío Moa fuese militante de la izquierda política durante el franquismo, expulsado del PCE (r)- (Grapo) en 1977, así como que conozca de primera mano el material y buena parte de la visión historiográfica que se ha decidido a refutar, le otorga al caso un especial interés. En consecuencia, para la «Historia oficial y ortodoxa», Pío Moa vendría a ser un impostor. Y para la izquierda política militante, un traidor que se pasa al otro «bando». Con todo, Pío Moa, cuando se le acusa de defender una visión «reaccionaria» de la Historia, simplemente responde señalando que su principal fuente de documentación es la «Fundación Pablo Iglesias» del PSOE.
Con su último trabajo, Pío Moa da un paso más allá en la particular tarea divulgadora de la historia que lleva a cabo, y lo convierte en candidato a la lista de eminentes «heterodoxos españoles». Se trata de Nueva Historia de España. De la II Guerra Púnica al siglo XXI. Obra ambiciosa y nada fácil, consistente en resumir en sólo volumen el origen y despliegue  histórico de una de las naciones más antiguas y relevantes del mundo. Una empresa intelectual que tiene un referente difícilmente superable en el ensayo histórico firmado por Salvador de Madariaga y titulado sencillamente España.
Pío Moa no quiere, sin embargo, emular aquí a los grandes intelectuales Españoles (o no sólo). Su expresa intención consiste en acercar al gran público el devenir de un país que acaso no es amado más por sus nativos por el hecho de apenas conocerlo. Libro, en suma, sin aparato crítico ni notas al pie de página, poco académico, como de él esperan sus muchos lectores, y que, como siempre, le reprocharán sus detractores. Con todo, los mapas y el índice onomástico no faltan, por ser imprescindibles en cualquier ejemplar de historia.
Libro, en definitiva, sincero y, como ya se ha dicho, dentro de su sobriedad, ambicioso. Una muestra de este hecho lo advertimos en la voluntad del autor (heterodoxo, al fin y al cabo) de no seguir el patrón usual de la Historia, cuando considera mejor proponer una alternativa. Así, dejando atrás la añeja división de la historia según la clasificación convencional (Edad Antigua, Media, Moderna y Contemporánea), divide el libro en partes coincidentes con sus nociones alternativas: Edad de Formación: la Hispania romana; Edad de Supervivencia: Nación política y primera Reconquista; Edad de Asentamiento de Europa y fin de Al Ándalus; Edad de Expansión: auge y declive de España; Edad de Apogeo de Europa y crisis de España.


jueves, 11 de noviembre de 2010

MILENARISMO Y ETERNO RETORNO



Tom Holland, Milenio. El fin del mundo y el origen del cristianismo, Planeta, Barcelona, 2010, 548 páginas
Tom Holland, nacido en una población próxima a Oxford (Reino Unido) en 1968, titulado en latín e inglés por el King’s College de Cambridge, es novelista e historiador, pero, sobre todo, un notable comunicador. Además de haber adaptado a Homero, Herodoto, Tucídides y Virgilio para la BBC Radio, ha demostrado ser un autor que controla hábilmente el momento y la circunstancia en la promoción de sus obras. El lanzamiento comercial de su primer estudio histórico, Rubicón: auge y caída de la república romana (2005), coincidió con la emisión de la celebrada serie televisiva Roma, producida por la BBC. Y, asimismo, Fuego persa. El primer imperio mundial y la batalla por Occidente (2007), su segundo ensayo, tuvo una especial difusión al compartir las situaciones ahí recreadas con el argumento de la película 300, centrado en la sangrienta batalla de las Termópilas.
Escritor preocupado por la épica, histórica y literaria, y, en particular, por el origen y destino de Occidente, no sorprende demasiado que haya sido seducido ahora por el asunto del «El fin del mundo y el origen del cristianismo», subtítulo en la edición española de Milenio (2010), último trabajo de Holland publicado hasta la fecha. Recién iniciado el tercer milenio, y cuando todavía está próximo en el recuerdo el revival Nostradamus, así como la ansiedad asociada al «efecto 2000» en nuestra actual sociedad informatizada, no resulta ocioso tampoco retroceder dos colosales peldaños para examinar cómo concluyó el primer milenio de nuestra civilización, el «Milenio» por antonomasia.
Fin del Milenio: ¿culminación o acabamiento del mundo? Este vencimiento de fechas en el calendario conmovió profundamente a nuestros antepasados. Al calor del fuego de espíritus atemorizados, prendió la llama del milenarismo, la angustia por el fin del mundo y el Juicio Final. El siglo V certificó la caída del Imperio romano en el área occidental, y, según mantiene gran parte de la interpretación histórica, hubo que esperar hasta el Renacimiento, la Reforma y la Ilustración para que Occidente asumiera la primera posición en el dominio global. Aunque tal vez tal acontecimiento ocurriese bastante antes. En el año 1000, el mundo no sólo no perece, sino que, tras el temido y no consumado Apocalipsis, la Cristiandad protagoniza un siglo —el XI— en el que vemos asentarse los cimientos de nuestro modo de vida.
He aquí, en efecto, el criterio que Tom Holland defiende a lo largo de las más de quinientas páginas de Milenio. La cronología de nuestro primer milenio es contabilizada en el libro desde año 33, fecha de la muerte y resurrección de Jesucristo, hasta el año 1099, cuando tiene lugar la toma de Jerusalén por los cruzados. En dicho intervalo de tiempo transcurre el relato de unos hechos cruciales, de invasiones y colapsos sociales, en el que surge la orden de la caballería y son erigidos los primeros castillos, y en el que, en suma, los califas, los vikingos y los abades se disputan el destino de la civilización.
La demarcación de fechas sostenida por Holland contiene un profundo sentido simbólico. Al margen de la disputa sobre cómputos y dataciones, cabría advertir al respecto una circunstancia notable hecha patente en la crónica que firma sobre milenios, presagios y renacimientos. Es esta: la anunciada destrucción del mundo, unida a su posterior y efectivo resurgimiento, conforma un hecho fenomenal que atestigua la reunión en un mismo destino de la mitología y la metafísica del eterno retorno griego con el imaginario religioso cristiano. En el «oráculo milenarista», vale decir, tanto la Antigüedad clásica como la Cristiandad renacen de sus cenizas, se acrisolan y perpetúan en el tiempo, cual Ave Fénix de una civilización milenaria que bastantes cabezas, alucinadas u hostiles, daban por perdida.
En nuestros días, otros milenaristas, cruzados de la paz verde, de la renovada y reactiva religión del ecologismo, sustituyen el culto a la Cruz por una devoción compartida, a medias con la Tierra, a medias con la Luna. Son quienes en el tercer milenio anuncian, con su particular retórica catastrofista, la última hora del planeta azul. Acaso, inflamados por las tesis calamitosas del calentamiento global y el cambio climático, no se den cuenta de que tras su sumarísimo juicio y su pregonado fin final una nueva era de esplendor esté por venir.



lunes, 8 de noviembre de 2010

EL ORGULLO DE ESTOCOLMO (1)


Cuando en el verano de 1998 el avión que me trasladaba a Estocolmo tomó tierra, llovía a mares sobre la ciudad. El aterrizaje en el aeropuerto de Arlanda adquiría de esta manera la apariencia de un amerizaje, augurio del espacio de extraordinaria naturaleza acuática que me aguardaba. Empecé a concebir mi anclaje en Estocolmo como un fenómeno acuático, un efecto de inmersión en una ciudad sumergida. Mas, de repente, surgió de la espuma azulada la ciudad, sólo un momento, el justo para permitir así el descenso desde las nubes de algodón gris turbio, siempre con ganas de descargar un aguacero, y poder tomar tierra. «Tomar tierra»: una expresión común que en este caso se me antoja harto singular, por no decir, sencillamente, retórica o exagerada.
En un lugar de Escandinavia en maceración recalaba ese marinero de agua dulce que soy yo mismo. Allí justamente iniciaba una travesía por Estocolmo y alrededores, bastante breve para mi desdicha, aunque bien dispuesta a desentrañar algunas interioridades de la complexión de la urbe del norte, superior en latitud geográfica y, al tiempo, abisal en profundidad de amarre.
En el autobús que me trasladaba del aeródromo a la ciudad, de la que dista más de 45 km., me esforzaba por fijar yo mismo la mirada en el horizonte urbano, del que, de momento, sólo obtenía los tenues perfiles de una periferia sólo intuida, los márgenes de una autopista flotante, una línea brumosa de bosques sin fin. La visión resultante estaba tan nublada como mi mirador, la ventanilla del autocar, calada y velada por oblongos goterones que imprimían en ella una textura de visillo. ¿Es esto Estocolmo?
Comencé a meditar en torno al ser, el estar y el viajar, y sobre la manera de sentirse humano atrapado bajo un cielo de plomo y una lluvia impenitente. Había leído en algún lugar que la angustia escandinava suele aliviarse con fiero aguardiente, y cuando la desesperación llega ser insufrible, por sumergimiento bajo las aguas, también. Dos maneras de ahogar las penas, si bien se mira, aunque de distinto calado y corolario.
La zozobra existencial y la vida anegada hacen germinar en esta altiplanicie de la conciencia unas categorías de teodicea que derivan casi inevitablemente en un sentimiento afondado. Un desánimo que no logra aliviar del todo la prosperidad económica ni una recia ración de luteranismo. El nivel de renta de las personas físicas y la firmeza en la fe cristiana son en estas latitudes directamente proporcionales a la disposición al suicidio. Quizá a las gentes que aquí sobreviven (que viven con un permanente sobretodo como segunda piel) no les quede otro remedio que desarrollar pacientemente el orgullo de ser y el saber mantenerse en su lugar. En esto pensaba y esto creía, yo, al otro lado del cristal empañado por la humedad, ante Suecia, sin verla. Aunque, tal vez, estaba adelantando conclusiones.
Probablemente, y de manera muy temprana —una hora sobre superficie, es un decir, escandinava—, estaba siendo penetrado por la esencia nativa, y si no la melancolía, sí cierta cogitación sombría me sobrevino. Librarse de ella resultaba tan ilusorio como escapar del atasco de entrada a la ciudad en el que me encontraba atrapado. Aquella lentitud originada por un tráfico que no rodaba me concedía tiempo de sobra para ligar una cogitación con una abstracción, sin ninguna prisa para sacar conclusiones definitivas. Estas semillas del pensar, junto a la lluvia, proporcionan el humus adecuado para producir, más tarde o más temprano, un fruto metafísico.
Me vi, pues, inducido, con precisión matemática de teorema, a evocar la fatídica experiencia que René Descartes padeció en estas tierras marinadas, y cuyo rastro en Estocolmo constituía, bien es verdad que de manera no apremiante ni prioritaria, uno de los objetos de mi viaje a Estocolmo. No eran necesariamente razones de complicidad racionalista las que me arrimaban en aquel momento al filósofo, sino consideraciones adventicias, de simpatía hacia su persona. Sentí recrear en mí el estado de ánimo que le embargaba cuando en el verano de 1649 llegó a Estocolmo requerido por la inquieta, estudiosa, católica y muy madrugadora reina Cristina. De cinco a seis de la mañana, la gentil monarca mandaba ser aleccionada en los más sublimes conocimientos del cosmos y el alma humana, cuando sus ocupaciones de soberana le dejaban un rato libre para el trato con las letras y las ciencias. A lo lejos, en Holanda, Descartes había dejado, además de viejos amigos, hábitos muy queridos. El mayor de todos ellos consistía en dedicar las mañanas a la meditación filosófica, a una meditación larga y tendida sobre la cama. En tan confortable lugar, Descartes (Casanova de la ciencia y la filosofía) había descubierto el ámbito idóneo en sacar provecho de  su talento, y lograr, de paso, éxito y fama. Todo ello sin urgencias, sin estar sujeto a incorporaciones ni levantamientos tempraneros, que ningún móvil civil o militar debía osar turbar.
Al gran matemático (y filósofo del método), para su desgracia, no le salieron bien las cuentas esta vez. Debido al brusco trastorno de costumbres y clima, y acaso también al cambio de aguas, el caso es que Descartes no pudo soportar los villanos madrugones en los suecos amaneceres de témpano, por muy reales motivos que los impulsaran. Una fatal pulmonía le asaltó cuando no había transcurrido medio año de su estancia en estos parajes, a consecuencia de la cual murió el 11 de febrero de 1650, en la cama. Cruel e irónico desenlace, o quizá todo fuese cosa del destino. En el lecho había incubado, después de todo, en circunstancias y coordenadas espaciales muy acogedoras y cálidas, potentes pensamientos. Durante mi permanencia en Estocolmo, visité la iglesia de Adolfo Federico, situada en la amplia avenida Sveavägen, donde fue inicialmente enterrado el infortunado pensador. Hoy queda en ella el recuerdo de este efímero tránsito por la ciudad en forma de negro epitafio esculpido por el escultor sueco Sergel. Sus restos fueron posteriormente trasladados a Francia y hoy guardan reposo en la iglesia parisina de St-Germain-des-Prés.
En cuanto a mí, partía del litoral mediterráneo en un habitual estío incandescente. No era reclamado por ninguna reina ni por la justicia siquiera. No era atraído por el canto cautivador de las sirenas —esto no es Copenhague—, sino que estaba fondeando en la ciudad de Estocolmo, chapoteando (no es broma) en pleno Festival del Agua. Pausadamente, empecé a distinguir la silueta de la estación término, bajo una tormenta de mil demonios que no cesaba. No había nada que temer, sin embargo. Todo estaba en orden. Simplemente, la ciudad me estaba dando la bienvenida y yo me encontraba en su elemento. Esto es Estocolmo.


Hay en el planeta una enormidad de ciudades marítimas. En algunas, el mar o la laguna se erigen en personajes principales del entorno, como es el caso de Amsterdam y Venecia, ciudades con las que, en muchos sentidos, Estocolmo guarda una afinidad visual muy estrecha. Mas, para mi criterio, la capital sueca merece el galardón de ser reconocida como la ciudad del agua, por antonomasia. Como tal fue concebida y de esta manera surgió de sus líquidos y ancestrales cimientos, emergiendo materialmente de los lagos. Fenómeno muy natural y muy físico, el área donde crecía la villa brotó al iniciarse el deshielo del casquete polar, y la zona entera inició su elevación y alumbramiento entre las brumas del mar Báltico (cuarenta centímetros cada siglo, según cálculos, supongo, que cuidadosamente medidos). Semejante demostración geológica de poderío todavía continúa, lo cual sugiere un acontecimiento materialmente ultraterreno, sazonado con una pizca de magia al baño maría. Esta conjunción milagrosa otorga a la ciudad un halo de espiritualidad y de desvelo ontológico fuera de lo corriente, no sé si fuera de lo normal.
 La emergencia de Estocolmo y su incorporación, sin prisas ni gravedades, a la vida terrestre evocan un despertar acuático, a modo de nacimiento de una Venus nórdica que con su concha forma urbe y bahía, la perla y la pulpa. Rodeada de agua por todas partes, Estocolmo revela una naturaleza anfibia, mitad elemento sólido y mitad líquido. Más que un islote, compone un soberbio archipiélago (el skärgård), resultado del capricho de la naturaleza (o de un incógnito sacrificio ritual) que seccionó su cuerpo naciente en más de veinticuatro mil fragmentos, islas lanzadas al mar como piezas de un mosaico donde domina el color verde de la vegetación sobre un fondo azul marino.
Es costumbre corriente designar a Estocolmo como ciudad-rompecabezas, intentando con ello realzar lo portentoso y abigarrado de su estructura, la diversidad de las piezas que la forman. Por lo que a mí respecta, la expresión, muy acertada, debe tomarse en un sentido literal. El hecho de que el espacio urbano de Estocolmo se concentre, a fin de cuentas, en catorce islas —notable reducción con respecto a las veinticuatro mil consignadas — no facilitó mis movimientos ni orientar mis recorridos de visitante permanentemente extraviado. Los mapas de la ciudad que me agencié se me caían de las manos, no por pesados sino por indiscernibles y prolijos para un desnortado como yo. Su visión me sugería, sin remedio, el juego de la oca o las estampas de Dónde está Wally.
Todavía ahora, mientras escribo esta crónica de viaje, me siento desorientado y un tanto perdido intentando abrirme paso en el recuerdo, ese ente hermano de la imaginación; en mi caso, hermano gemelo monocigótico. Heme aquí, en Estocolmo, en un laberinto de calles, puentes, ínsulas y lagos, sin saber con exactitud dónde estoy. Esta ciudad tan ecléctica y heterogénea, cuya estructura no facilita la tarea del viandante, se conoce perdiéndose en ella. Y digo esto en su sentido menos retórico y más literal, con conocimiento de causa, por propia experiencia.
Si no he perdido el rumbo por completo, y la memoria no me falla más de lo normal, en el verano de 1998, Estocolmo ostentaba la capitalidad cultural de Europa, celebraba el Festival del Agua (festejo creado en 1990 con el fin de celebrar la llegada del verano) y se hallaba tan fresca, bajo un auténtico diluvio.

3
Cuenta la tradición que el núcleo que dio origen a Estocolmo fue fundado por Birger Jarl sobre la isla de Standen, en realidad tres islotes, el mayor, actualmente denominado Gamla Stan, y otros dos pequeños agregados, Helgeansholmen al norte y Diddarholmen al oeste. Un espacio estratégico y una fortificación natural, formada, como una fiel infantería, por miles de isletas, con una patente función de protección, tanto climatológica como militar. En este punto converge el lago Malaren (Mälar) con el mar Báltico a través de la ensenada de Saltsjön, la cual sirvió tradicionalmente de pórtico de comunicación con la Suecia central. Quedaba así defendida la zona ante potenciales penetraciones hostiles en dirección a Uppsala y Sigtuna, centros urbanos de gran importancia política y religiosa. Nos hallamos en Stadsholmen (la ciudad sobre la isla), en el presente, el corazón de Estocolmo, la ciudad vieja y desmembrada que se asemeja a accidente geográfico.
Sobre este material y este destino marcados en las escamas ha crecido la urbe, la cual prácticamente no acaba de constituirse hasta finales del siglo XIX y principios del siglo XX, cuando se amplían los distritos que conforman lo que hoy conocemos como los puntos cardinales de Estocolmo. En el centro del cuerpo marino, el ombligo de la ciudad, Gamla Stan, lo rodean sus restantes miembros, unidos por un galimatías de puentes que semejan tentáculos. Hacia occidente, Kungsholmen, es el foco administrativo de la ciudad, vigilado por el magnífico ayuntamiento de ladrillo rojo, rematado por la majestuosa torre coronada por tres áureas coronas. En el lado septentrional, Norrmalm, barrio comercial y de negocios que se extiende hasta las zonas universitarias de la villa. Al este, Östermalm, zona residencial y recoleta formada por calles y avenidas geométricamente dispuestas que confluyen como agujas de una estrella en la glorieta circular de Karlaplan. Y, finalmente, al sur, Södermalm, distrito elevado sobre un conjunto de colinas, es el barrio más poblado de la ciudad, habitado en su mayor parte por emigrantes, mayoritariamente de origen finlandés, turco y pakistaní, y donde las líneas del metropolitano de Estocolmo se multiplican significativamente en un complejo tejido radial.


Pero es en la isla de Djurgården, al este de Gamla Stan (entre ellas el islote de Skeppsholmen), donde que hay que hallar el alma de Estocolmo: su «naturaleza» en plena naturaleza. Allí encontramos, a mi juicio, los símbolos de Estocolmo, por excelencia. Para empezar, el Museo Vasa, buque insignia de la ciudad, templo donde se celebra el culto a la navegación de un pueblo ebrio de mar, impresionante dique seco en el que yacen los restos del naufragio más famoso de la historia (en dura competencia con el Titanic), el barco real, Vasa. Orgullo de la corona y del pueblo sueco, el navío se hundió en las aguas de la bahía el año 1628 a pocos minutos de su botadura. Rescatado en aceptable estado de conservación (estaba como nuevo) hace cerca de cincuenta años, ha sido reconstruido con gran aplicación y esmero de proa a popa. Todo sea por recuperar, con la osamenta de la nave como pretexto, la autoestima nacional que se fue a pique aquel aciago día de su estreno.
El otro sumo símbolo de Estocolmo se reparte en otros dos museos, uno cerrado: el Museo Nórdico, en realidad, una galería etnológica de los linajes que han poblado Suecia a lo largo de los tiempos; el otro, a la intemperie, el parque de Skansen, el parque zoológico y museo al aire libre más grande del mundo, reproducción de norte a sur de la historia y de la idiosincrasia sueca, de sus bosque y floresta, de sus viviendas, granjas, y sus especies animales. En el apego por las tradiciones más remotas y entrañables, la ciudad de Estocolmo se siente plenamente colmada.
Continuará...
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