miércoles, 31 de agosto de 2016

LA FILOSOFÍA EN EL AULA ACABA EN FILOSOFÍA ÁULICA


Desde mediados del siglo XIX, la filosofía se ha visto reducida y limitada al ámbito de la Escuela, de la Academia, de la Universidad, de modo que en el momento presente –en especial, en la cultura española– es prácticamente imposible encontrar filósofos que no oficien de profesores y percibir actividad filosófica que no provenga de –o se dirija a– tales destinos, casi con exclusividad. Mientras tanto, gran parte de la sociedad, el gran público, es decir, la esfera pública, se mantiene al margen de estos dominios y de sus particulares jergas y disputas, hasta el punto de que ni siquiera observa con inapetencia dicho escenario, ya que, en verdad, ni se fija en él: no lo entiende y por ello se desentiende.

Hablamos de un escenario –de una circunstancia: el aula– que a muchos se les antojará obvio, como lo más natural del mundo. Según esto, la filosofía se situaría allí en su lugar natural, y, como diría Aristóteles, una vez en él se alcanza la quietud, cesando a continuación el movimiento y el cambio. Puede que no pocos hasta se sientan muy satisfechos de encontrarse en tal situación y estado, y tiemblen o se subleven o se ofendan ante la mínima revisión del caso, su cuestionamiento o simple constatación.

Habría que advertir, empero, que esta circunstancia no siempre ha ofrecido el mismo fondo y la misma forma. La filosofía nació en Occidente en el marco de la ciudad griega y maduró bajo el sol del ágora y del jardín, de los paseos y las alamedas. Es, como ya he dicho, desde el siglo XIX hasta hoy, cuando su actividad ha quedado circunscrita a lugares de encierro y lección aprendida, al aula, en fin, bajo el dictado de la lectio.

Pero también ha sabido la filosofía acomodarse, con resultados muy distintos, a otros espacios. Por ejemplo, a determinadas demarcaciones de la vivienda, como la torre-biblioteca, la habitación, el gabinete, la cama o la buhardilla, desde donde ha tejido primorosos ensayos, profundos pensamientos, razonadas críticas, discursos del método o silogismos de la amargura con un ánimo unas veces sereno, otras, exaltado, pero casi siempre excelso. O bien se ha dedicado a componer una sugestiva filosofía en el tocador..., registros e indicadores todos ellos de un gran refuerzo de subjetividad y de intimidad.


Y todo ello sin menospreciar los ámbitos de la civilidad. De esta manera, se ha paseado por academias renacentistas y salones barrocos, ha frecuentado tertulias, clubes, redacciones de periódico y cafés, recintos todos ellos que derraman gentilidad y promueven la publicidad. Igualmente, se ha vestido de calle –el porte de flâneur– y ha conocido así las delicias de la ciudad y sus rincones, desde las avenidas a los pasajes. En ocasiones, se ha calzado las botas para caminar, abandonándose a la ensoñación de un paseante solitario o escalando montañas en busca de aire puro. Pues resulta que no siempre el ámbito filosófico ha quedado delimitado por una circunscripción definida y estricta, sino que en ocasiones se ha extendido y desplegado a través de un itinerario expedito, animado por una cabeza despierta y unos pies inquietos, que nos habla de una estirpe de sabios erráticos y vagamundos, pensadores sin oficio fijo ni patria patrona, a la intemperie, filósofos de un ámbito expandido bajo la sola protección del cielo abierto. […]

El pensamiento se ve así presionado por un dilema dramático que expresaré en términos inconfundiblemente orteguianos: persistir en el estado de ensimismamiento, consagrarse con dedicación exclusiva a la filosofía para filósofos, a la lección, a la cátedra, al manual, a la dependencia de la programación escolar y a la vigilancia angustiosa sobre el número de matrícula y los planes de estudio, lo cual conduce irremisiblemente a la parálisis y a la auto-referencia, o entregarse sin más a la alteración, al territorio de los medios, allí donde la reflexión se muda fácilmente en ruido y en furia, donde el conversar se traduce en chatear, la divulgación se vuelve vulgarización, allí donde el discurso filosófico se tritura y, hecho papilla, se convierte en cuentos con mensaje, «novela filosófica», manual de auto-ayuda o en productos fácilmente digeribles para espíritus juveniles y corazones solitarios. Ensimismamiento o alteración: ¿no cabe otra alternativa?

El filósofo ha pasado a lo largo de la Historia por las fases de sabio, maestro, doctor, intelectual y profesor. ¿Cuál es su estatuto hoy? 



Fragmento de mi intervención en la presentación del libro Saber del ámbito. Sobre dominios y esferas en el orbe de la filosofía (Síntesis, Madrid) en la ciudad de Valencia, el día 21 de febrero de 2002. La versión completa de la transcripción puede leerse en este página: «Filosofía y ámbito», revista El Catoblepas, número 11, enero 2003, pág. 7 


sábado, 27 de agosto de 2016

EUROPA, UN CONTINENTE ALICAÍDO


¿Qué es un ser libre? Llegar a ser plenamente lo que uno es. Así habló Friedrich Nietzsche, heredero espiritual, eco contemporáneo (ojo, no «moderno»), de la Antigüedad clásica en Europa. Consiste esta disposición en cuidarse y conservarse, en no perder la propia condición de cada cual, aun (o sobre todo) viviendo peligrosamente. Semejante destino de alta cultura no ha sido asumido, como sería menester, por muchos occidentales con inclinación occidua.

Lo que queda es no-ser, negación y nihilismo. Restos del naufragio. Gentes desnortadas nadando hacia la Nada .

¿Qué es Europa? Un continente donde lo antiguo se tornó viejo. Alicaído y decadente, ya sólo aspira a subsistir, a que le perdonen la vida, alabando al Otro y lo extraño. 

Mirándose al espejo cada mañana, no se reconoce ni se estima, ni siquiera se adecenta.


viernes, 15 de julio de 2016

‘CUBRIR’ LA INFORMACIÓN: CATÁSTROFES Y TERRORISMO



El asunto es todo un clásico en teoría de la comunicación, ética del periodismo y teoría política, entre otras especialidades, a saber: el debate sobre la conveniencia o no de dar completa y puntual cobertura informativa de los atentados terroristas y de catástrofes naturales.
La disputa sobre si cubrir determinada información, especialmente sensible, envolviéndola con un velo de recato y miramiento (que no de ignorancia), o, por el contrario, develándola íntegramente a través de imágenes, informes y reportajes que pongan «al desnudo» la verdad del asunto, vuelve con regularidad una y otra vez, cual nube negra de los estorninos que cubre las alamedas urbanas cada final de verano. A la complejidad, y aun al dramatismo, de la cuestión se suma la ambigüedad del lenguaje. En el idioma español llamamos «cubrir» a la acción de poner un objeto encima de otro a fin de ocultarlo o resguardarlo, pero también de satisfacerlo (o violentarlo). En este segundo caso, se dice de un sujeto que «cubre» a otro (u otra) en el sentido de que lo (o la) monta o acaballa. En el lenguaje de la información, el acto de «cubrir» alude, por lo general —aunque no exclusivamente—, a la tarea del reportero destacado en el frente bélico, que mimetizando su labor a la estrictamente militar, marca un objetivo como primer paso para tomarlo. […]
Mucho ojo, pues, con quienes tienen el gusto de cubrir la información sin freno ni contención. No me refiero ahora sólo a los denominados «reporteros sin fronteras» y sin remilgos, esos profesionales de los medios de comunicación que simbolizan en su oficio, sine ira et studio, la nueva era de la globalización. Llamo la atención sobre el proceder de aquellas cadenas de televisión y radio, agencias de prensa y periódicos, rotativas y tiovivos, que no ponen coto a la persecución de noticias y titulares de impacto. Señalo a aquellos medios que pretendiendo investigar y revelar al público lo que pasa fuera para convertirlo así en noticia y dominio público, remueven, destapan y hasta profanan lo que debiera mantenerse dentro de la integridad, honorabilidad y reserva de los verdaderos propietarios del suceso. Apunto también, en fin, a los inmoderados exhibicionistas en las redes sociales, obsesos con poco seso en el quehacer de mostrar y mostrarse, dar la nota y llamar la atención.

Ocurre que no todo lo que es dado descubrir o destapar puede ni debe ser poseído por el primero que pase. Que no todo lo que puede saberse debe ser sabido por todos. Que no toda pieza en disposición de conquista debe ser ganada en todo momento o a cualquier precio.
En las sociedades abiertas, la libertad de información constituye un bien que hay que proteger, pero también resguardar de quien aspira a someterlas. Una sociedad libre y abierta, pero demasiado expedita, pasa a transformarse fácilmente en un artefacto de descaro y una máquina de producir impudicia. A fin de mantener las formas, conservar las buenas costumbres y asegurar la eficiencia, debe aprenderse a guardar las distancias y salvar las apariencias, de modo que la hospitalidad y la accesibilidad no sean interpretadas como insensata dilapidación y gratuita penetrabilidad. No confundir liberalismo y liberatorio con liberalidad y libelo. No es cuestión de contentarse con lo que hay, pero sí de aprender a contenerse, para que lo que en verdad tenemos no se malogre.

Imagen promocional del film Nightcrawler (2014. Dan Gilroy)


Fragmento del capítulo 6.1. «Vanidades en la hoguera» (6. Espectáculo y devastación) del libro Cine,espectáculo y 11-S (2012).