miércoles, 15 de febrero de 2023

GEORGE ORWELL: «LA LIBERTAD DE PRENSA» (1945)

  

“Este libro [Rebelión en la granja, 1945) fue pensado hace bastante tiempo. Su idea central data de 1937, pero su redacción no quedó terminada hasta finales de 1943. En la época en que se escribió, era obvio que encontraría grandes dificultades para editarse (a pesar de que la escasez de libros existentes garantizaba que cualquier volumen impreso se vendería) y, efectivamente, el libro fue rechazado por cuatro editores. Tan sólo uno de ellos lo hizo por motivos ideológicos; otros dos habían publicado libros antirrusos durante años y el cuarto carecía de ideas políticas definidas. Uno de ellos estaba decidido a lanzarlo pero, después de un primer momento de acuerdo, prefirió consultar con el Ministerio de Información que, al parecer, le había avisado y hasta advertido severamente sobre su publicación. He aquí un extracto de una carta del editor, en relación con la consulta hecha: «Me refiero a la reacción que he observado en un importante funcionario del Ministerio de Información con respecto a Rebelión en la granja. Tengo que confesar que su opinión me ha dado mucho que pensar...

Ahora me doy cuenta de cuán peligroso puede ser el publicarlo en estos momentos porque, si la fábula estuviera dedicada a todos los dictadores y a todas las dictaduras en general, su publicación no estaría mal vista, pero la trama sigue tan fielmente el curso histórico de la Rusia de los Soviets y de sus dos dictadores que sólo puede aplicarse a aquel país, con exclusión de cualquier otro régimen dictatorial. Y otra cosa: sería menos ofensiva si la casta dominante que aparece en la fábula no fuera la de los cerdos. Creo que la elección de estos animales puede ser ofensiva y de modo especial para quienes sean un poco susceptibles, como es el caso de los rusos.» Asuntos de esta clase son siempre un mal síntoma. Como es obvio, nada es menos deseable que un departamento ministerial tenga facultades para censurar libros (excepción hecha de aquellos que afecten a la seguridad nacional, cosa que, en tiempo de guerra, no puede merecer objeción alguna) que no estén patrocinados oficialmente. Pero el mayor peligro para la libertad de expresión y de pensamiento no proviene de la intromisión directa del Ministerio de Información o de cualquier organismo oficial. Si los editores y los directores de los periódicos se esfuerzan en eludir ciertos temas no es por miedo a una denuncia: es porque le temen a la opinión pública. En este país, la cobardía intelectual es el peor enemigo al que han de hacer frente periodistas y escritores en general. Es éste un hecho grave que, en mi opinión, no ha sido discutido con la amplitud que merece. Cualquier persona cabal y con experiencia periodística tendrá que admitir que, durante esta guerra, la censura oficial no ha sido particularmente enojosa. No hemos estado sometidos a ningún tipo de «orientación» o «coordinación» de carácter totalitario, cosa que hasta hubiera sido razonable admitir, dadas las circunstancias. Tal vez la prensa tenga algunos motivos de queja justificados pero, en conjunto, la actuación del gobierno ha sido correcta y de una clara tolerancia para las opiniones minoritarias. El hecho más lamentable en relación con la censura literaria en nuestro país ha sido principalmente de carácter voluntario. Las ideas impopulares, según se ha visto, pueden ser silenciadas y los hechos desagradables ocultarse sin necesidad de ninguna prohibición oficial.

Cualquiera que haya vivido largo tiempo en un país extranjero podrá contar casos de noticias sensacionalistas que ocupaban titulares y acaparaban espacios incluso excesivos para sus méritos. Pues bien, estas mismas noticias son eludidas por la prensa británica, no porque el gobierno las prohíba, sino porque existe un acuerdo general y tácito sobre ciertos hechos que «no deben» mencionarse. Esto es fácil de entender mientras la prensa británica siga tal como está: muy centralizada y propiedad, en su mayor parte, de unos pocos hombres adinerados que tienen muchos motivos para no ser demasiado honestos al tratar ciertos temas importantes. Pero esta misma clase de censura velada actúa también sobre los libros y las publicaciones en general, así como sobre el cine, el teatro y la radio.

Su origen está claro: en un momento dado se crea una ortodoxia, una serie de ideas que son asumidas por las personas biempensantes y aceptadas sin discusión alguna. No es que se prohíba concretamente decir «esto» o «aquello», es que «no está bien» decir ciertas cosas, del mismo modo que en la época victoriana no se aludía a los pantalones en presencia de una señorita. Y cualquiera que ose desafiar aquella ortodoxia se encontrará silenciado con sorprendente eficacia. De ahí que casi nunca se haga caso a una opinión realmente independiente ni en la prensa popular ni en las publicaciones minoritarias e intelectuales. En este instante, la ortodoxia dominante exige una admiración hacia Rusia sin asomo de crítica. Todo el mundo está al cabo de la calle de este hecho y, por consiguiente, todo el mundo actúa en consonancia. Cualquier crítica seria al régimen soviético, cualquier revelación de hechos que el gobierno ruso prefiera mantener ocultos, no saldrá a la luz. Y lo peor es que esta conspiración nacional para adular a nuestro aliado se produce a pesar de unos probados antecedentes de tolerancia intelectual muy arraigados entre nosotros.

Y así vemos, paradójicamente, que no se permite criticar al gobierno soviético, mientras se es libre de hacerlo con el nuestro. Será raro que alguien pueda publicar un ataque contra Stalin, pero es muy socorrido atacar a Churchill desde cualquier clase de libro o periódico. Y en cinco años de guerra —durante dos o tres de los cuales luchamos por nuestra propia supervivencia— se escribieron incontables libros, artículos y panfletos que abogaban, sin cortapisa alguna, por llegar a una paz de compromiso, y todos ellos aparecieron sin provocar ningún tipo de crítica o censura. Mientras no se tratase de comprometer el prestigio de la Unión Soviética, el principio de libertad de expresión ha podido mantenerse vigorosamente. Es cierto que existen otros temas proscritos, pero la actitud hacia la URSS es el síntoma más significativo. Y tiene unas características completamente espontáneas, libres de la influencia de cualquier grupo de presión. El servilismo con el que la mayor parte de la intelligentsia británica se ha tragado y repetido los tópicos de la propaganda rusa desde 1941 sería sorprendente, si no fuera porque el hecho no es nuevo y ha ocurrido ya en otras ocasiones.

Publicación tras publicación, sin controversia alguna, se han ido aceptando y divulgando los puntos de vista soviéticos con un desprecio absoluto hacia la verdad histórica y hacia la seriedad intelectual. Por citar sólo un ejemplo: la BBC celebró el XXV aniversario de la creación del Ejército Rojo sin citar para nada a Trotsky, lo cual fue algo así como conmemorar la batalla de Trafalgar sin hablar de Nelson. Y, sin embargo, el hecho no provocó la más mínima protesta por parte de nuestros intelectuales. En las luchas de la Resistencia de los países ocupados por los alemanes, la prensa inglesa tomó siempre partido al lado de los grupos apoyados por Rusia, en tanto que las otras facciones eran silenciadas (a veces con omisión de hechos probados) con vistas a justificar esta postura. Un caso particularmente demostrativo fue el del coronel Mijáilovich, líder de los chetniks yugoslavos. Los rusos tenían su propio protegido en la persona del mariscal Tito y acusaron a Mijáilovich de colaboración con los alemanes. Esta acusación fue inmediatamente repetida por la prensa británica. A los partidarios de Mijáilovich no se les dio oportunidad alguna para responder a estas acusaciones e incluso fueron silenciados hechos que las rebatían, impidiendo su publicación. En julio de 1943 los alemanes ofrecieron una recompensa de 100.000 coronas de oro por la captura de Tito y otra igual por la de Mijáilovich. La prensa inglesa resaltó mucho lo ofrecido por Tito, mientras sólo un periódico (y en letra menuda) citaba la ofrecida por Mijáilovich. Y, entre tanto, las acusaciones por colaboracionismo eran incesantes...

Hechos muy similares ocurrieron en España durante la Guerra Civil. También entonces los grupos republicanos a quienes los rusos habían decidido eliminar fueron acusados entre la indiferencia de nuestra prensa de izquierdas; y cualquier escrito en su defensa, aunque fuera una simple carta al director, vio rechazada su publicación. En aquellos momentos no sólo se consideraba reprobable cualquier tipo de crítica hacia la URSS, sino que incluso se mantenía secreta. Por ejemplo: Trotsky había escrito poco antes de morir una biografía de Stalin. Es de suponer que, si bien no era una obra totalmente imparcial, debía ser publicable y, en consecuencia, vendible. Un editor americano se había hecho cargo de su publicación y el libro estaba ya en prensa.

Creo que habían sido ya corregidas las pruebas, cuando la URSS entró en la guerra mundial. El libro fue inmediatamente retirado. Del asunto no se dijo ni una sola palabra en la prensa británica, aunque la misma existencia del libro y su supresión eran hechos dignos de ser noticia. Creo que es importante distinguir entre el tipo de censura que se imponen voluntariamente los intelectuales ingleses y la que proviene de los grupos de presión. Como es obvio, existen ciertos temas que no deben ponerse en tela de juicio a causa de los intereses creados que los rodean. Un caso bien conocido es el tocante a los médicos sin escrúpulos. También la Iglesia Católica tiene considerable influencia en la prensa, una influencia capaz de silenciar muchas críticas. Un escándalo en el que se vea mezclado un sacerdote católico es algo a lo que nunca se dará publicidad, mientras que si el mismo caso ocurre con uno anglicano, es muy probable que se publique en primera página, como ocurrió con el caso del rector de Stiffkey. Asimismo, es muy raro que un espectáculo de tendencia anticatólica aparezca en nuestros escenarios o en nuestras pantallas. Cualquier actor puede atestiguar que una obra de teatro o una película que se burle de la Iglesia Católica se exponen a ser boicoteados desde los periódicos y condenados al fracaso. Pero esta clase de hechos son comprensibles y además inofensivos. Toda gran organización cuida de sus intereses lo mejor que puede y, si ello se hace a través de una propaganda descubierta, nada hay que objetar. Uno no debe esperar que el Daily Worker publique algo desfavorable para la URSS, ni que el Catholic Herald hable mal del Papa. Esto no puede extrañar a nadie, pero lo que sí es inquietante es que, dondequiera que influya la URSS con sus especiales maneras de actuar, sea imposible esperar cualquier forma de crítica inteligente ni honesta por parte de escritores de signo liberal inmunes a todo tipo de presión directa que pudiera hacerles falsear sus opiniones.

Stalin es sacrosanto y muchos aspectos de su política están por encima de toda discusión. Es una norma que ha sido mantenida casi universalmente desde 1941 pero que estaba orquestada hasta tal punto, que su origen parecía remontarse a diez años antes. En todo aquel tiempo las críticas hacia el régimen soviético ejercidas desde la izquierda tenían muy escasa audiencia. Había, sí, una gran cantidad de literatura antisoviética, pero casi toda procedía de zonas conservadoras y era claramente tendenciosa, fuera de lugar e inspirada por sórdidos motivos. Por el lado contrario hubo una producción igualmente abundante, y casi igualmente tendenciosa, en sentido pro ruso, que comportaba un boicot a todo el que tratara de discutir en profundidad cualquier cuestión importante. Desde luego que era posible publicar libros antirrusos, pero hacerlo equivalía a condenarse a ser ignorado por la mayoría de los periódicos importantes. Tanto pública como privadamente se vivía consciente de que aquello «no debía» hacerse y, aunque se arguyera que lo que se decía era cierto, la respuesta era tildarlo de «inoportuno» y «al servicio de» intereses reaccionarios. Esta actitud fue mantenida apoyándose en la situación internacional y en la urgente necesidad de sostener la alianza anglorrusa; pero estaba claro que se trataba de una pura racionalización. La gran mayoría de los intelectuales británicos había estimulado una lealtad de tipo nacionalista hacia la Unión Soviética y, llevados por su devoción hacia ella, sentían que sembrar la duda sobre la sabiduría de Stalin era casi una blasfemia.

Acontecimientos similares ocurridos en Rusia y en otros países se juzgaban según distintos criterios. Las interminables ejecuciones llevadas a cabo durante las purgas de 1936 a 1938 eran aprobadas por hombres que se habían pasado su vida oponiéndose a la pena capital, del mismo modo que, si bien no había reparo alguno en hablar del hambre en la India, se silenciaba la que padecía Ucrania. Y si todo esto era evidente antes de la guerra, esta atmósfera intelectual no es, ahora, ciertamente mejor.

Volviendo a mi libro, estoy seguro de que la reacción que provocará en la mayoría de los intelectuales ingleses será muy simple: «No debió ser publicado». Naturalmente, estos críticos, muy expertos en el arte de difamar, no lo atacarán en —el terreno político, sino en el intelectual. Dirán que es un libro estúpido y tonto y que su edición no ha sido más que un despilfarro de papel. Y yo digo que esto puede ser verdad, pero no «toda la verdad» del asunto. No se puede afirmar que un libro no debe ser editado tan sólo porque sea malo. Después de todo, cada día se imprimen cientos de páginas de basura y nadie le da importancia. La intelligentsia británica, al menos en su mayor parte, criticará este libro porque en él se calumnia a su líder y con ello se perjudica la causa del progreso. Si se tratara del caso inverso, nada tendrían que decir aunque sus defectos literarios fueran diez veces más patentes. Por ejemplo, el éxito de las ediciones del Left Book Club durante cinco años demuestra cuán tolerante se puede llegar a ser en cuanto a la chabacanería y a la mala literatura que se edita, siempre y cuando diga lo que ellos quieren oír.

El tema que se debate aquí es muy sencillo: ¿Merece ser escuchado todo tipo de opinión, por impopular que sea? Plantead esta pregunta en estos términos y casi todos los ingleses sentirán que su deber es responder: «Sí». Pero dadle una forma concreta y preguntad: ¿Qué os parece si atacamos a Stalin? ¿Tenemos derecho a ser oídos? Y la respuesta más natural será: «No». En este caso, la pregunta representa un desafío a la opinión ortodoxa reinante y, en consecuencia, el principio de libertad de expresión entra en crisis. De todo ello resulta que, cuando en estos momentos se pide libertad de expresión, de hecho no se pide auténtica libertad. Estoy de acuerdo en que siempre habrá o deberá haber un cierto grado de censura mientras perduren las sociedades organizadas. Pero «libertad», como dice Rosa Luxemburg, es «libertad para los demás». Idéntico principio contienen las palabras de Voltaire: «Detesto lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo». Si la libertad intelectual ha sido sin duda alguna uno de los principios básicos de la civilización occidental, o no significa nada o significa que cada uno debe tener pleno derecho a decir y a imprimir lo que él cree que es la verdad, siempre que ello no impida que el resto de la comunidad tenga la posibilidad de expresarse por los mismos inequívocos caminos. Tanto la democracia capitalista como las versiones occidentales del socialismo han garantizado hasta hace poco aquellos principios. Nuestro gobierno hace grandes demostraciones de ello. La gente de la calle —en parte quizá porque no está suficientemente imbuida de estas ideas hasta el punto de hacerse intolerante en su defensa— sigue pensando vagamente en aquello de: «Supongo que cada cual tiene derecho a exponer su propia opinión». Por ello incumbe principalmente a la intelectualidad científica y literaria el papel de guardián de esa libertad que está empezando a ser menospreciada en la teoría y en la práctica.

Uno de los fenómenos más peculiares de nuestro tiempo es el que ofrece el liberal renegado. Los marxistas claman a los cuatro vientos que la «libertad burguesa» es una ilusión, mientras una creencia muy extendida actualmente argumenta diciendo que la única manera de defender la libertad es por medio de métodos totalitarios. Si uno ama la democracia, prosigue esta argumentación, hay que aplastar a los enemigos sin que importen los medios utilizados. ¿Y quiénes son estos enemigos? Parece que no sólo son quienes la atacan abierta y concienzudamente, sino también aquellos que «objetivamente» la perjudican propalando doctrinas erróneas. En otras palabras: defendiendo la democracia acarrean la destrucción de todo pensamiento independiente. Éste fue el caso de los que pretendieron justificar las purgas rusas. Hasta el más ardiente rusófilo tuvo dificultades para creer que todas las víctimas fueran culpables de los cargos que se les imputaban. Pero el hecho de haber sostenido opiniones heterodoxas representaba un perjuicio para el régimen y, por consiguiente, la masacre fue un hecho tan normal como las falsas acusaciones de que fueron víctimas.

Estos mismos argumentos se esgrimieron para justificar las falsedades lanzadas por la prensa de izquierdas acerca de los trotskistas y otros grupos republicanos durante la Guerra Civil española. Y la misma historia se repitió para criticar abiertamente el hábeas corpus concedido a Mosley cuando fue puesto en libertad en 1943. Todos los que sostienen esta postura no se dan cuenta de que, al apoyar los métodos totalitarios, llegará un momento en que estos métodos serán usados «contra» ellos y río «por» ellos. Haced una costumbre del encarcelamiento de fascistas sin juicio previo y tal vez este proceso no se limite sólo a los fascistas. Poco después de que al Daily Worker le fuera levantada la suspensión, hablé en un College del sur de Londres. El auditorio estaba formado por trabajadores y profesionales de la baja clase media, poco más o menos el mismo tipo de público que frecuentaba las reuniones del Left Book Club. Mi conferencia trataba de la libertad de prensa y, al término de la misma y ante mi asombro, se levantaron varios espectadores para preguntarme «si en mi opinión había sido un error levantar la prohibición que impedía la publicación del Daily Worker». Hube de preguntarles el porqué y todos dijeron que «era un periódico de dudosa lealtad y por tanto no debía tolerarse su publicación en tiempo de guerra». El caso es que me encontré defendiendo al periódico que más de una vez se había salido de sus casillas para atacarme. ¿Dónde habían aprendido aquellas gentes puntos de vista tan totalitarios? Con toda seguridad debieron aprenderlos de los mismos comunistas.

La tolerancia y la honradez intelectual están muy arraigadas en Inglaterra, pero no son indestructibles y si siguen manteniéndose es, en buena parte, con gran esfuerzo. El resultado de predicar doctrinas totalitarias es que lleva a los pueblos libres a confundir lo que es peligroso y lo que no lo es. El caso de Mosley es, a este efecto, muy ilustrativo. En 1940 era totalmente lógico internarlo, tanto si era culpable como si no lo era. Estábamos entonces luchando por nuestra propia existencia y no podíamos tolerar que un posible colaboracionista anduviera suelto. En cambio, mantenerlo encarcelado en 1943, sin que mediara proceso alguno, era un verdadero ultraje. La aquiescencia general al aceptar este hecho fue un mal síntoma, aunque es cierto que la agitación contra la liberación de Mosley fue en gran parte ficticia y, en menor parte, manifestación de otros motivos de descontento. ¡Sin embargo, cuán evidente resulta, en el actual deslizamiento hacia los sistemas fascistas, la huella de los antifascismos de los últimos diez años y la falta de escrúpulos por ellos acuñada! Es importante constatar que la corriente rusófila es sólo un síntoma del debilitamiento general de la tradición liberal. Si el Ministerio de Información hubiera vetado definitivamente la publicación de este libro, la mayoría de los intelectuales no hubiera visto nada inquietante en todo ello. 

La lealtad exenta de toda crítica hacia la URSS pasa a convertirse en ortodoxia, y, dondequiera que estén en juego los intereses soviéticos, están dispuestos no sólo a tolerar la censura sino a falsificar deliberadamente la Historia. Por citar sólo un caso. A la muerte de John Reed, el autor de Diez días que conmovieron al mundo —un relato de primera mano de las jornadas claves de la Revolución rusa —, los derechos del libro pasaron a poder del Partido Comunista británico, a quien el autor, según creo, los había legado. Algunos años más tarde, los comunistas ingleses destruyeron en gran parte la edición original, lanzando después una versión amañada en la que omitieron las menciones a Trotsky así como la introducción escrita por el propio Lenin. Si hubiera existido una auténtica intelectualidad liberal en Gran Bretaña, este acto de piratería hubiera sido expuesto y denunciado en todos los periódicos del país. La realidad es que las protestas fueron escasas o nulas. A muchos, aquello les pareció la cosa más natural. Esta tolerancia que llega a lo indecoroso es más significativa aún que la corriente de admiración hacia Rusia que se ha impuesto en estos días. Pero probablemente esta moda no durará.

Preveo que, cuando este libro se publique, mi visión del régimen soviético será la más comúnmente aceptada. ¿Qué puede esto significar? Cambiar una ortodoxia por otra no supone necesariamente un progreso, porque el verdadero enemigo está en la creación de una mentalidad «gramofónica» repetitiva, tanto si se está como si no de acuerdo con el disco que suena en aquel momento. Conozco todos los argumentos que se esgrimen contra la libertad de expresión y de pensamiento, argumentos que sostienen que no «debe» o que no «puede» existir. Yo, sencillamente, respondo a todos ellos diciéndoles que no me convencen y que nuestra civilización está basada en la coexistencia de criterios opuestos desde hace más de 400 años. Durante una década he creído que el régimen existente en Rusia era una cosa perversa y he reivindicado mi derecho a decirlo, a pesar de que seamos aliados de los rusos en una guerra que deseo ver ganada.

Si yo tuviera que escoger un texto para justificarme a mí mismo elegiría una frase de Milton que dice así: «Por las conocidas normas de la vieja libertad». La palabra vieja subraya el hecho de que la libertad intelectual es una tradición profundamente arraigada sin la cual nuestra cultura occidental dudosamente podría existir. Muchos intelectuales han dado la espalda a esta tradición, aceptando el principio de que una obra deberá ser publicada o prohibida, loada o condenada, no por sus méritos sino según su oportunidad ideológica o política. Y otros, que no comparten este punto de vista, lo aceptan, sin embargo, por cobardía. Un buen ejemplo de esto lo constituye el fracaso de muchos pacifistas incapaces de elevar sus voces contra el militarismo ruso. De acuerdo con estos pacifistas, toda violencia debe ser condenada, y ellos mismos no han vacilado en pedir una paz negociada en los más duros momentos de la guerra. Pero, ¿cuándo han declarado que la guerra también es censurable aunque la haga el Ejército Rojo? Aparentemente, los rusos tienen todo su derecho a defenderse, mientras nosotros, si lo hacemos, caemos en pecado mortal. Esta contradicción sólo puede explicarse por la cobardía de una gran parte de los intelectuales ingleses cuyo patriotismo, al parecer, está más orientado hacia la URSS que hacia la Gran Bretaña.



Conozco muy bien las razones por las que los intelectuales de nuestro país demuestran su pusilanimidad y su deshonestidad; conozco por experiencia los argumentos con los que pretenden justificarse a sí mismos. Pero, por eso mismo, sería mejor que cesaran en sus desatinos intentando defender la libertad contra el fascismo. Si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír. La gente sigue vagamente adscrita a esta doctrina y actúa según ella le dicta. En la actualidad, en nuestro país —y no ha sido así en otros, como en la republicana Francia o en los Estados Unidos de hoy— los liberales le tienen miedo a la libertad y los intelectuales no vacilan en mancillar la inteligencia: es para llamar la atención sobre estos hechos por lo que he escrito este prólogo.”


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Sobre las vicisitudes de redacción e inclusión del Prólogo de George Orwell en la novela Rebelión en la granja, puede consultarse el estudio «Cómo fue escrito el prólogo», por Bernard Crick, en la edición que se indica abajo, disponible para la descarga en PDF.




domingo, 29 de enero de 2023

MARTILLO LLAMA AL CLAVO

  Suele contarse entre el tropel de chistes sobre abogados —y si no lo está, sugiero su inclusión— aquel que dice: tras dar la mano a un abogado, cuenta los dedos de tu mano al terminar el saludo y comprueba que no falte ninguno… En la ceremonia de la salutación, además de «dar la mano», también se utiliza la expresión «estrechar la mano», acaso más fiel y ajustada a derecho, al menos en esta ocasión, que la anterior, porque el apretón de manos con el letrado le deja a uno como más reducido, más disminuido; sobre todo, en lo que repercutirá en la billetera del estrechado.

Siguiendo esta línea de chanza —aunque muy seria y basada en hechos reales—, sugiero una versión de la misma referida a otra profesión, tan riesgosa para el cliente como la citada, o más aún: la de médico. La versión facultativa de la misma diría así: tras acudir a una consulta médica, verifica el número de los miembros y órganos de tu cuerpo, no sea que te hayas dejado allí alguno, quedando tú tan estrechado como estresado.

Digo esto no por  maledicencia, pues hay mucho malpensado por ahí. Lo digo en referencia a la irrefrenable inclinación de los matasanos a la práctica de cortar y coser el cuerpo del «paciente», reconocibles, entre otros signos, en quienes se cubren con bata blanca y mascarilla (será para no ser identificados). Muchos de ellos se cuelgan un estetoscopio alrededor del cuello, vayan a utilizarlo o no, casi diría que a modo de adorno u ornato; algo que recuerda al militar o funcionario civil laureado que luce medallas en el pecho, venga o no a cuento la guarnición, un aparejo que juzgo una horterada, una impostura en lugar de una compostura. Pero lo peor de este relumbrón en el personal sanitario, por concretar la cosa, no reside tanto en un asunto de estética o de capricho indumentario como de la salud personal de quienes caen en sus manos enguantadas. Como es sabido, el médico, que ha conseguido con el tiempo tanto poder e impunidad, no tiene las manos muy limpias, acaso será por eso que se lave las manos con frecuencia, o tal vez sea por higiene o quizás por aquello de Pilatos o quién sabe si por lo que escribió William Shakespeare a propósito de Macbeth en este célebre soliloquio del rey de espadas: «¿Podrá lavar la sangre todo el gran océano de Neptuno? ¿Limpiarla de mi mano? No, nunca; antes mi mano teñiría de rojo todos los mares infinitos cubriendo el verde de escarlata.»

El médico se siente muy importante prescribiendo al denominado «paciente» intervenciones quirúrgicas y facturándolo al quirófano, casi tanto como a un abogado aconsejar al cliente embarcarse en litigios sin fin y llevarlo a los tribunales, acompañándole allí en el sentimiento, al menos mientras éste pueda pagar las facturas. Que tales operaciones, de uno u otro signo, sean o no opciones necesarias para resolver el problema del paciente cliente no hace falta ni cuestionárselo, pues para algo los profesionales son quienes entienden del caso y no los resignados paganos que ni entienden sobre dolencias del cuerpo ni de habeas corpus.

¿Qué me pasa, «doctor»? Usted pague y calle, sea por medio de la tarjeta del Seguro, transferencia bancaria o en efectivo, o también en especie, es decir, dejándose literalmente la piel y parte de los órganos corporales, antaño tan vitales para quien es tomado por cobaya. Para que no haya dudas al respecto, el cliente paciente, una vez ha sido persuadido por la iniciativa del especialista, se ve conminado a eximir, por escrito y a priori, al facultativo que se hace llamar doctor (a menudo, sin poseer el título académico que lo acredite; abogado, ¿no constituye esto un delito de intrusismo profesional?) de cualquier responsabilidad acerca del resultado de la estricta exposición a la que se ve urgido. Las cosas unas veces salen bien y otras… no tan bien, sostiene el mecánico de bata blanca. O como dice el letrado: unas veces se gana y otras, se pierde, si bien él nunca renuncia a la minuta. Sea como fuere: de hospitales y bufetes no sales sin que te la claven... Ya se sabe: martillo llama al clavo.

Se ha conservado como una vieja costumbre que el padre, junto a otros familiares, que espera la llegada de un hijo en el hospital, una vez venido al mundo, lo primero que pregunte es si la madre se encuentra bien y… si el bebé está completo, entero, es decir, que no le falta ningún miembro, que cuenta, por ejemplo, cinco dedos en cada mano y en cada pie. Sea, si así lo asegura la enfermera jefe, mas no queda uno tranquilo del todo hasta que, con la criatura en los brazos, haga personalmente el recuento de sus extremidades y apéndices.

Así es la vida, y no le quepa ninguna duda al tumbado («tumbarse»: verbo de mal presagio) en la camilla del hospital o sentado en el banco del juzgado: los colegiados con bata blanca o toga negra (lo mismo podría ser al revés) también son humanos, y, como tales, pueden equivocarse, aunque te dejen hecho un Cristo. Así pues, sea usted comprensivo, buen cristiano y no martillo de herejes. Perdone, pues, a estos pecadores porque no saben lo que hacen (Lucas, 23, 34). Amén.

viernes, 6 de enero de 2023

CÓMO SALIR DEL LABERINTO EN RED


El hombre contemporáneo recorre su existencia dentro de un laberinto de avenidas, figuras y personajes, pero sobre todo de signos. Acaso también ha vivido bajo esa condición el hombre de cualquier tiempo y lugar a lo largo y ancho de la Historia. Pero, hay diferencias a la hora de darse y percibirse tales circunstancias, que en lugar de hacer oponer los signos, haciendo de ellos entes inconmensurables, irreconocibles y extraños entre sí, los sitúa en un mismo prisma significativo y comprensivo: el de sus respectivas contextualizaciones.

Nuestra época no presenta, en rigor, unos síntomas completamente novedosos con respecto a los acaecidos en tiempos pasados, si bien muchos de ellos se han visto acentuados a partir de una pujanza factual que urge identificar, determinar y comprender; aunque ya disponemos de algunas señales notorias: la digitalización de la información y la comunicación, Internet, las nuevas tecnologías. La humanidad ha asistido desde sus primeros días a un desfile imparable de mixturas, cruces y traslaciones, que incita a la perplejidad y el asombro. Mas, ¿acaso el saber racional no surgió en la Antigua Grecia como respuesta a la thauma, o sea, a la combinación de sorpresa y angustia que acompañan a la irrupción de lo ignoto?

Ciertamente, el hombre contemporáneo transita por una era de desfragmentaciones, deconstrucciones y «cubismos conceptuales» sin tregua, generando en él no sólo la natural desorientación, sino a veces también algo más inquietante: la autocomplacencia. Se topa uno así con misceláneas desconcertantes que exhalan oxímoron, a saber: «abstracción sensible», «música atonal», «arquitectura flotante»,  «realismo mágico», «ciencia ficción», «inteligencia emocional», «corrección política», «distanciamiento social», «nueva normalidad» y otros juegos de oposiciones concebidos como misterios de la mente oscura, cuando no como hallazgos ingeniosos o excentricidades chispeantes con mala sombra. Bajo esta persuasión, afloran la exaltación de la complejidad y la diferencia, el emocionalismo y la doblez, la empatía y la otredad, el «todo vale», el empuje del localismo frente a la globalización, la «lógica de apocalipsis» contra la «lógica de la analogía». En fin, la neta provocación y la pura/impura transgresión que llegan incluso a servir de argumento suficiente con el que acreditar saberes sabrosos que se comen con los ojos, nombramientos y decretos gubernamentales mordaces o pomposos discursos vacíos.

Urge comprender —o mejor, descifrar desde el humano lenguaje simbólico y el pensamiento abstracto— los signos y las señales que caracterizan nuestro tiempo, asumiendo para ello la doble tarea de «descomposición y recomposición», lógica e histórica, a fin de percibir las complejas composiciones del mundo contemporáneo, cotejándolas, por ejemplo, con modelos pretéritos. Las posibilidades simbólicas albergadas en los mitos intemporales de las dos heroínas clásicas que dan título a un ensayo ejemplar publicado en el año 2004[1] son allí felizmente aprovechables, mixturizando rigor analítico y brillantez expositiva, a la vez que mostrando cómo en nuestra vigente cohabitación en red la super-vivencia no pasa ya por la táctica de salir del laberinto desenvolviendo (des-en-red-ando) longitudinalmente el ovillo de Ariadna, sino convirtiendo en ciencia y arte la labor de Penélope, tejiendo y destejiendo las redes y mixturas cotidianas que envuelven al hombre de hoy.

Mientras variados foros discuten —un tanto ociosamente, la verdad— si otro mundo es posible, a muchos no les queda tiempo para cuestionar si este mundo es sencillamente comprensible. Y, para sorpresa de muchos, diríase que lo es. Por medio de una labor de «montaje» (edición) y de «pegamientos» es factible introducir elementos de orden y jerarquización, de síntesis y precisión, en un escenario saturado, con sobredosis de información, carente de filtros, tamices y matices, pero repleto de pistas falsas, propaganda encubierta y callejones sin salida.

El laberinto en red en que el hombre contemporáneo está encerrado precisa de un destilador diferencial e integral, un haz relacional de referencias y entradas con salida, con los que asegurar una visión de la realidad que no quede pulverizada en miles de golpes de luz (y de efecto) o en millones de átomos y de bits que se pierden en el infinito de la simple retórica. Es, pues, preciso sustituir el caos sígnico por el universo simbólico que permita iluminar la complicada trama de la comunicación humana, y no quedar así atrapados en la red. Misión complicada, mas no imposible, pues recuérdese que la red también nos salva de peligrosas caídas.



[1] Fernando Zalamea Traba, Ariadna y Penélope. Redes y mixturas en el mundo contemporáneo, Premio Internacional de Ensayo Jovellanos 2004, Nobel, Oviedo, 2004. El presente texto es una versión actualizada y reducida de la reseña del libro publicada en Revista de Occidente, Madrid, nº 296, enero 2006, pp. 149-151.