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martes, 16 de agosto de 2011

VIAJES DESDE OCCIDENTE (y 4). MAS Y MAYOR CIVILIZACIÓN





Escena puerto italiano con Monumento de Fernando I de Medici en Leghorn


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Pero, ¿quiénes son hoy los bárbaros, los «incivilizados»? Respuesta: aquellos que excitan creencias y conductas improductivas, destructivas y violentas; aquellos que promueven culturas hostiles a las sociedades abiertas. La civilización, por el contrario, se reconoce ―hoy, como siempre― por la defensa de la vida, la libertad y la propiedad privada.
Según hemos aprendido de los trabajos del sociólogo Norbert Elias sobre el proceso de la civilización, ésta crece superando los estadios de barbarie, merced a un ideal principal: la eliminación de la regla de la violencia como guía de conducta dominante en la vida de los hombres y el mantenimiento de las comunidades. El proceso de la civilización tiene lugar por medio de la sustitución, sublimación y transformación de los mecanismos e instrumentos violentos de comportamiento por otros menos violentos, o no violentos en absoluto. Mas ¿bajo qué circunstancias concretas avanza la vía civilizadora?



Benjamin Constant
Benjamin Constant enunció estas circunstancias con gran fuerza de convicción en la célebre contraposición que establece entre la libertad de los antiguos y la libertad de los modernos (Del espíritu de la conquista). Pueden resumirse en tres condiciones:
1) Cuando la guerra cede su puesto al comercio: «porque uno y otro no son sino medios diferentes de conseguir el mismo objeto, que es el de poseer aquello que se desea.»
2) Cuando los éforos y el asambleísmo dan paso a los gobiernos representativos: porque aquéllos se apoyan en «la sujeción completa del individuo a la autoridad de la multitud reunida.»
3) Cuando el sistema colectivo, autoritario y coactivo de gobierno es reemplazado por sistemas políticos libres y democráticos que protegen la individualidad y la privacidad: «por grande que sea el interés que tomen por nosotros, supliquémosles que se contengan en sus límites, y que éstos sean los de ser justos: nosotros nos encargaremos de hacernos dichosos a nosotros mismos».
Siendo esto que acabamos de referir cosa muy razonable, yo pregunto: cuando desde tribunas de medios de comunicación, desde aulas universitarias, desde determinados grupos políticos y sociales, desde las calles de Occidente se vocifera contra el comercio mundial, contra las democracias representativas, contra el «Sistema», contra las libertades individuales, contra el sistema capitalista, ¿se sabe verdaderamente lo que está cuestionándose y lo que, al mismo tiempo, se está conjurando?
Cuando en Oriente, autoridades, mandamases, mandarines, jefes tribales, dictadorzuelos, mulás, demagogos, estudiantes de Teología (talibán) islámica, intelectuales formados en Occidente y vueltos al origen para difamar Occidente, anatemizan y demonizan aquellos valores, ¿saben sus pueblos a quiénes perjudica y a quiénes beneficia el alegato?,  ¿a quiénes les sale caro los efectos del discurso y a quiénes, barato?




Ludolph-Backhuys, The-Merchant-Shipping-Anchorage-Southwest-of-Texel


Una primera versión de la presente serie de artículos fue publicado, con el título de «La civilización occidental y sus valores», en la revista El Catoblepas, nº 10, diciembre 2002, página 7.



lunes, 8 de agosto de 2011

VIAJES DESDE OCCIDENTE (3). LA JUSTICIA MUNDIAL



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¿De qué manera articular e impulsar una idea de justicia mundial? Esta cuestión preocupa mucho en Occidente. No tanto en el resto del mundo. De Occidente brotan la mayoría de las invitaciones, de los ofrecimientos en esta dirección, no siempre agradecidos ni correspondidos. Es, por ejemplo, estímulo de gran categoría  intelectual el formulado por el filósofo norteamericano John Rawls en su trabajo Law of people (El derecho de gentes), una sólida propuesta de encuentro entre el modelo liberal y los patrones no liberales de sociedad política, al objeto de asegurar un proyecto de convivencia y estabilidad mundiales desde el presupuesto de la constitución y sostenimiento de «sociedades bien ordenadas» (sociedades pacíficas y no expansionistas).
Según Rawls, para lograr un paisaje mundial de justicia, y unas relaciones mundiales de justicia, no es lícito imponer ningún modelo único por la fuerza, a la sombra de una sola ideología dominadora. Aunque ello no suponga sucumbir a las tesis suicidas del multiculturalismo y el relativismo. Pues una condición elemental de entendimiento internacional es que sea exigido a todos los países el cumplimiento de unos principios básicos, sin los cuales el acuerdo no sería posible,  por no ajustarse sus actuaciones a las condiciones que garanticen el ejercicio de la libertad y los derechos humanos fundamentales.
He aquí dos postulados, centrales y factuales de las sociedades liberales —Estado de derecho y respeto a los derechos humanos— que buscan la convergencia con el resto del mundo, desde luego, con una actitud de diálogo efectivo, no retórico. Contra la moda «dialógica» de los últimos tiempos, el valor formal del diálogo no puede imponerse sobre los bienes materiales de la democracia efectiva ni las conquistas en libertades individuales.
Comoquiera que lo cortés no quita lo valiente, es posible combinar el trato con los países del resto del mundo con la declaración de orgullo por ser lo que somos (lo que hemos llegado a ser) y defender lo que defendemos (lo que queremos seguir siendo):

«La afirmación de la superioridad de una particular doctrina comprehensiva —declara Rawls— es enteramente compatible con la afirmación de una concepción política de la justicia que no impone aquella doctrina y, por tanto, con el liberalismo mismo.» (El derecho de gentes)

La bruta negación o la enmienda  avispada de esta declaración no serían en estos momentos de crisis en que vivimos una muestra de prudencia política sino de cinismo bárbaro. Y recuérdese que ya nos advirtió José Ortega y Gasset de la concurrencia de epidemias morales en tiempos difíciles: «Es curioso que toda crisis se inicia con una etapa de cinismo.» (En torno a Galileo).




lunes, 1 de agosto de 2011

VIAJES DESDE OCCIDENTE (2). VALORES Y CIVILIZACIÓN



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El encuentro de culturas, el intercambio, la cooperación, la negociación, el pacto, el contrato, los tratados y el compromiso son todas ellas pautas de conducta muy comunes y familiares en Occidente, en absoluto regaladas o inscritas en un fantasioso código genético-cultural, sino que ha habido que construir con mucho tiempo y gran esfuerzo. La historia misma de Occidente ha constituido una transición desde la barbarie a la civilización (Cfr. Norbert Elias, El proceso de civilización). La preocupación ahora consiste en no retroceder a la barbarie, por influencia interna o externa.
Precisamente porque ha conocido lo peor de la humanidad —el fanatismo, las guerras de religión y civiles, el despotismo, la intolerancia, la explotación, el holocausto—, y porque es consciente de ello, la cultura occidental está capacitada para reconocer el horror y la servidumbre, y enfrentarse a ellos con autoridad y legitimidad. Porque teme su regreso, su amenaza, sus consecuencias prácticas, porque ha aprendido la lección y ha interiorizado el nunca más, por todos estos motivos, Occidente necesita protegerse de la insidia y la regresión, del odio y la reacción, el resentimiento y la involución.
Los valores occidentales han probado a lo largo del tiempo su superioridad económica, ética y política frente a las demás culturas. Este hecho los hace ser exportables y cabalmente universalizables. A este propósito, Samuel P. Huntington hace esta interesante matización: «la civilización occidental es valiosa, no porque sea universal, sino porque es única.» Las culturas del resto del mundo no pueden decir lo mismo, y es el caso fenomenal que en realidad no lo dicen, ni lo piensan siquiera. Todo lo más se ha registrado de ellas expansionismo y conquista, pero no genuino universalismo, que es rasgo propiamente occidental. 


En riqueza, bienestar material, igualdad y justicia, en el pleno desarrollo de la individualidad, en el respeto a los derechos humanos, en  los valores de libertad y dignidad de las personas, en máxima perfección de ordenamiento político, como es la democracia, no hay ningún otro modo de vida que ofrezca mejores alternativas ni mejor balance que el occidental. No hablo de superioridad total, sino de superioridad económica, moral y política.
No dudaré en ver en los saris, con los  que se cubren las mujeres hindúes, una de las muestras de elegancia y belleza en el vestir más exquisitas del mundo; en reconocer que servirse de palillos para comer, como es costumbre pueblos asiáticos, en lugar de cubiertos o de los simples dedos (de las manos) es muestra de más alta civilización; en apreciar en la religiosidad oriental las formas de suma elevación en la espiritualidad; en descubrir en África los mejores sonidos que puedan escucharse en la Tierra; en encontrar en las grabados y estampas japonesas sensaciones incomparables en la experiencia estética; en recibir de los versos y cuentos árabes intensas expresiones de sensualidad, como jamás haya encontrado en otro lugar de la literatura universal.


 De hecho, en las grandes ciudades de América y Europa no es una quimera el ver cómo se obra el milagro del sincretismo cultural y de la civilización universal realizando un simple recorrido por restaurantes, tiendas, puestos callejeros, museos, librerías y espectáculos que contienen y expresan lo mejor y lo más variado del mundo. Y todo ello sin tener que sentirse culpabilizados por vivir en una forma de vida que permite eso y más. Por ejemplo, viajar por el mundo para ver las cosas de cerca. 



lunes, 25 de julio de 2011

VIAJES DESDE OCCIDENTE (1). INTERÉS POR LOS OTROS


Ordinariamente, no solemos apreciar lo próximo, aquello que está cerca y es muy real. Por el contrario, nos perdemos por aquello que nos falta, nos hechiza lo que está lejos, lo que pertenece a la esfera de lo posible… Frente a las huidas ofrecidas por el utopismo, el orientalismo, el exotismo o el nihilismo, proponemos en Los viajes de Genovés una excursión abierta y desinhibida a través algunas conquistas de la civilización occidental. Frente al complejo de culpa, la tentación de la fuga y el ánimo de claudicación de no pocos occidentales, he aquí una propuesta: ¡Ten el valor de servirte de tu propia civilización!

«El hijo de la moderna civilización occidental que trata de problemas histórico-universales, lo hace de modo inevitable y lógico desde el siguiente planteamiento: ¿qué encadenamiento de circunstancias ha conducido a que aparecieran en Occidente, y sólo en Occidente, fenómenos culturales que (al menos y como tendemos a representárnoslos) se insertan en una dirección evolutiva de alcance y validez universales?
»Sólo en Occidente hay “ciencia” en aquella fase de su evolución que reconocemos actualmente como “válida”.»

Con estas palabras, célebres y memorables, comienza la Introducción del clásico de Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Como heredero que soy de la vieja civilización occidental me siento implicado en esta declaración y en las interrogantes que formula, las cuales si bien no prometo resolver, sí al menos procuraré ponderar en esta meditación viajera.


Son los antiguos griegos quienes descubren la ciencia y la filosofía al mundo y para el mundo. Al mismo tiempo, van descubriendo lugares y extendiendo el mapa del universo conocido. Es el veneciano Marco Polo quien se siente atraído por China y Oriente, quien se desplaza hasta sus confines, quien volvió a casa fascinado por lo que allí encontró, tanto que contó maravillas del viaje realizado. Es el genovés Cristóbal Colón quien busca las Indias, y no las Indias quienes buscan a Europa. Son occidentales quienes conciben y desarrollan las ciencias, como la etnología y la antropología cultural, cuyo propósito es conocer a los otros, así como darse a conocer a todo el orbe. Son europeos quienes penetran en el corazón de África con espíritu explorador, quienes descubren para la humanidad el nacimiento del río Nilo y quienes unen simbólicamente a la Tierra las islas del Pacífico. Asimismo, son del Viejo Continente los audaces navegantes que dan la primera vuelta al mundo en más de ochenta de días, consumando así una gesta que, si bien no supuso la cuadratura del círculo, sí resultó trascendental para la posteridad. Son norteamericanos los primeros en poner el pie en la Luna. 


Si de las otras culturas y de los otros pueblos del mundo hubiese dependido, el conocimiento que hoy tenemos del planeta Tierra, me aventuro a suponer que hoy viviríamos muy lejos de una historia universal. Aunque, eso sí, más independientes y soberanos que las mónadas de Leibniz.

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Confieso no sentirme especialmente preocupado ni fascinado por el enigma de la existencia de vida inteligente en el espacio exterior, en Marte u otros sitios remotos. La inquietud sí me embarga, en cambio, tocante al espacio interior, es decir, a los habitantes de la Tierra. En el fondo, siempre he tenido la convicción de que si hubiese seres inteligentes en nuestro horizonte estelar, lo más probable es que ya hubiesen venido a visitarnos, y no precisamente para felicitarnos la Navidad, pues ellos tendrán, si tienen y existen, sus propias celebraciones y festividades. La guerra de los mundos, fantaseada por H. G. Wells, confieso que sí me cautivó y estremeció, aunque no tanto como a los radioyentes norteamericanos que escucharon en vivo y en directo la traviesa recreación que urdió Orson Welles. La película E.T. de Steven Spielberg nunca llegó a impresionarme ni a emocionarme, entre otros motivos porque no podía creérmela. Hay, empero, otra clase de visitantes terrícolas tan inquietantes, o más.

Si Occidente ha ido hasta las montañas de la Luna fue porque ellas no venían a Occidente. Cuando en el presente algunos grupos y caravanas bajan de nuevo en caravanas desde las montañas de la Media Luna hacia Occidente, no se crea uno que es por cortesía, por devolvernos la visita, sino con intención de quedarse en casa (o de quedarse con la casa). Algunos visitantes, disfrutan de lo occidental, mientras lo maldicen. No pocos nativos hacen lo mismo.
¿Qué se entiende por «valores occidentales»?El politólogo norteamericano S. P. Huntington los resumió francamente bien en el siguiente listado: individualismo, liberalismo, constitucionalismo, derechos humanos, igualdad, libertad, imperio de la ley, democracia, libre mercado, separación Iglesia y Estado (El choque de civilizaciones: y la reconfiguración del orden mundial). Unos valores universales concebidos a la medida humana, no sólo a la medida occidental, que por desgracia, como precisa el profesor de Harvard, no siempre tienen la oportuna resonancia e influencia. O lo hacen en escasa medida, en las culturas confucionista, islámica, japonesa, hindú, budista u ortodoxa (de ahí su pesimismo al hecho de que pueda acontecer un acercamiento de culturas, o como él las llama, «civilizaciones»).
Dentro de las culturas no occidentales, los contactos quedan circunscritos, tradicionalmente y por lo común, al interior de sus propios territorios, al comercio doméstico, a las guerras tribales combinadas paradójicamente con la solidaridad tribal (Liga Árabe), a los dominios de casta y caudillaje, acaso con la excepción de Japón, India y algunos países del sudeste asiático (a este tren se ha subido, en los últimos tiempos, China) que procuran moverse en otra dirección, en buscar una salida al mundo, en explorar otros itinerarios, económicos y culturales, más allá de los internos, por los que transitar y progresar.
Cuando Occidente se ha hecho presente y patente en otras culturas, unos lo han recibido con recelo o prevención (amenazados sus poderes locales), otros, con indiferencia o displicencia (extrañados por la atención y el honor concedidos). Según el primer tipo, la menor crítica o reprobación que pudiesen recibir de los occidentales, será tomada, por lo común, como un signo de agresión. Mientras que la más tímida propuesta de contrastación, en el otro, será interpretada como un rasgo de arrogancia, un miramiento que simplemente no creen merecer, ni entienden por qué se molestan tanto en realizar tan largo viaje.



Reproduzco aquí la primera parte del artículo La civilización occidental y sus valores que publiqué en la revista El Catoblepas, nº 10, diciembre 2002, página 7