domingo, 20 de marzo de 2011

PARA QUIEN NO TIENE VERGÜENZA, TODA LA CALLE ES SUYA


Lejos de estar situado en la sabiduría contemplativa de los filósofos estoicos de la Antigüedad, e incluso de la Modernidad, no con indiferencia, ni siquiera, ay, con regocijo, sino con estupefacción, observo las desvergonzadas imposturas y capto los clamorosos silencios de aquellos que no hace unos años bramaban contra-la-Guerra-de-Irak. Todavía le queda a uno mucho que aprender en el camino de la sapiencia, la contención de las pasiones y el contento moral.
El cinismo vulgar del político siniestro, la procacidad del «intelectual orgánico» mediopensionado y el impudor del periodista canallesco no me sorprenden, bien es verdad. Ni antes ni ahora. Dominados por el pathos reactivo, saben estar a las dictaduras y a las dictablandas con gran habilidad profesional.
Tras la tardía intervención aliada en Libia, no percibo condenas ni preveo motines contra-la-guerra. No advierto más que requiebros dialécticos del género «donde dije digo, digo Diego», sin rubor alguno por parte de quienes esto profieren. No veo portadas de periódicos con niños destripados en brazos de padres descompuestos, como consecuencia de los desastres de la guerra en el mundo...
Dice el refranero español que quien tiene vergüenza, ni come ni almuerza.


No oigo hablar de guerra-ilegal-e-ilegítima, a propósito de la incursión militar contra el régimen de Gadafi en Libia. Sino todo lo contrario, y con gran descaro, dicho sea de paso. Tampoco de islamofobia tras los bombardeos. Ni llamar «criminales» a los mandatarios de la actual alianza que misiles lanza sobre suelo libio. No me ciegan los carteles fluorescentes del «No a la guerra». No escucho caceroladas «ciudadanas», ni clamar en las calles contra el imperialismo y la hipocresía de Occidente, ávidos de petróleo, ni aquello de «No más sangre por petróleo». 
Nada hay, que yo sepa, de manifestaciones callejeras como las que un 15 de febrero de 2003 se convocaron contra-la-guerra-de-Irak. Por entonces, el infinito-ansia-de-paz sacó a las masas a la fresca, indignadas por la acción aliada comandada por Bush y Blair (¿y Aznar?) contra el régimen terrorista de de Sadam Hussein.  

Entonces, las acciones militares tenían lugar en Irak, a miles de kilómetros de España. Estos días, se producen en Libia, a pocas millas, al otro lado de la costa. Entonces, no habían soldados españoles destacados. Estos días, los hay en primera línea de fuego. En Irak, no había interesa económicos españoles en juego. En Libia, sí. Sin embargo, no percibo indignación contra la guerra ni preocupación por la paz.

Sé que es imposible esperar racionalidad o coherencia de la muchedumbre ni pretender turbación en la turbamulta. Pero, yo hablo de la vergüenza, del pudor y del decoro de aquellos que (de cada uno de quienes) salieron entonces a la calle armados con buenas intenciones y altos ideales... Y ahora, no. O erraban entonces, o yerran ahora. ¿En qué quedamos? ¿No salen ahora a calle por vergüenza o por agorafobia?
Ciertamente, nuestra cultura se sustenta en el mecanismo mental y el sentido moral de la culpa (que es vivencia interior), no de la vergüenza (que es sentimiento con proyección exterior), como en Japón, por ejemplo. Por eso, tal vez, tantos entre nosotros se extrañan, también en estos días, del comportamiento «ejemplar» de un pueblo sacudido por un terremoto de una intensidad desconocida hasta la fecha, zarandeado por un posterior maremoto y expectante, en fin, por los efectos contaminantes de la dañada central nuclear de Fukushima. Tras la calamidad, en las devastadas ciudades japonesas no han asaltado las sedes del partido de la oposición ni sus habitantes han gritado «asesinos» a los miembros del Gobierno de turno, o «Nunca mais» o «No pasarán». Extraño pueblo… Tan vergonzoso...
Dice, asimismo, el refranero español que para quien no tiene vergüenza, toda la calle es suya. Vale. Pero, hoy, el español para la ciudadanía, por no tener, no tiene ni vergüenza torera. El actual Gobierno socialista la ha prohibido. Y tampoco nadie ha salido a la calle a protestar.

miércoles, 16 de marzo de 2011

GANTE Y EL GUANTE


II

En la primera etapa del viaje en tren a través de la noche de Flandes, apenas tuve tiempo de abandonarme a las reflexiones o al sueño. Toda mi atención estaba concentrada en reconocer el nombre de la estación en la que debía apearme. Pues, nada más abandonar el área metropolitana bruselense, el anuncio de las sucesivas paradas viene sólo en neerlandés, lengua que lamentablemente —e imperdonablemente, lo admito— desconozco. El idioma francés, la otra lengua oficial del país (¿qué lengua?, ¿qué país?), quedó atrás, y con él mi manual básico de supervivencia idiomática en el norte de Bélgica. Bueno, siempre nos quedará el inglés…
Que no cunda el pánico. Gante en Flandes no se dice Gand sino Gent. No era, pues, difícil confundirse. Mis acompañantes en el vagón no dejaban un segundo la animada y ruidosa conversación, confundiéndose sus voces y risas flamencas con la voz metálica que informaba de las próximas paradas. Dentro, el ruido sin furia. Fuera, tras los cristales de la ventana, reinaba la oscuridad, un silencio sin noticia. Parada y honda duda. ¿Habremos llegado ya a la estación de Gante? Un pasajero cercano a mí, de rasgos magrebíes, pareció leerme en la cara la interrogación y me dice en el momento oportuno: Ici Gand.
El taxi me conduce ahora desde la estación de St. Pieters de Gante, en el sur de la ciudad, al hotel Gravensteen, al norte, junto al Het Gravensteen o gran castillo condal. Atraviesa las calles medio vacías a gran velocidad. Aun así, pude ya entrever el milagro urbano que me aguarda. Comprendí, en una primera y rauda impresión de la ciudad, a la carrera, que llegaba en el momento idóneo, a la hora ideal; que yo sí llegaba a tiempo, vamos, no como otros...
Gante es más real, y mucho más bella, de noche que de día. Bajo la mágica combinación de luces de farolas y focos, los edificios regios y las calzadas reales se funden con los vapores neblinosos emergiendo de los canales. Gante guarda su encanto conservándose en la bruma, en la reserva evocadora de estar a media luz. El adoquinado brilla con acharolada luminiscencia y las aguas que fluyen en los canales reflejan el mismo color ascético del cielo, permanentemente plateado: de estos fulgores velados deviene su esplendor ceniciento. Medianoche es, en Gante, la hora de la revelación.
Esta es la primera visión que guardo de Gante y ya no podrá borrarse, como no queda eclipsado nunca lo que una vez cegó los rayos del sol. En estas tierras altas, sin embargo, el astro rey, comparece raramente, no importa que estemos en plaza imperial, donde todo vasallo rinde pleitesía a lo que un día fue centro del mundo. El pasado perdura bajo el manto de una nubosidad constante, de un cielo protector que casi baja al nivel de la tierra y del mar para así tomar dominio de las cosas.
No podría demostrarlo, pero tengo la fundada convicción de que no fue en estas tierras flamencas donde algún iluminado acuñó la famosa divisa que afirma que en el imperio de España nunca se pone el sol. No estaban sus habitantes para bromas ni indirectas, que bastante tenían con la presencia conquistadora de los tercios españoles, que por aquí se han enseñoreado durante siglos, y en otras villas flamencas tres cuartos de lo mismo. El rencor histórico antiespañol, empero, no ha arraigado en los corazones alegres y vitalistas de los ganteses. ¡Bravo, amigo!
Carlos V de Alemania y I de España, alabando cierto día las delicias y el esplendor de la ciudad imperial emitió una soberana sentencia que nos viene muy a cuento, y por eso traigo la cita: «Je mettrais Paris dans mon Gand» O sea, que podría meter París en su Gante (Gand), que es como decir su «guante» (gant). Hoy, entre los flamencos, la frase feliz ya no provoca orgullo, miedo ni nostalgia. En la actualidad, creo que recelan más de París (o de la misma Bruselas) que de Madrid.
El año 2000 después de Cristo, Gante conmemoró el quinto centenario del nacimiento de Carlos V, y lo hicieron por todo lo alto. Sólo unos pocos aguafiestas quisieron ensombrecer los fastos con alegaciones históricas y recuerdos de sangre y fuego. En estos parajes, donde la lluvia es tan familiar como la cortina del salón de casa y donde el cielo gris crea un paisaje acostumbrado, poco impacto pueden producir oscuras proposiciones de desagravio. La verdad es que los habitantes de Gante tienen mucho estómago, o sea, aguante,  y así les salen de sabrosos los embutidos de bodegón, que nutren con esmero su animosidad gozosa. Los actuales descendientes del regio señor no desean matar al padre, ni a la gallina de los huevos de oro. Prefieren vivir su propia vida y dejar las cosas como están. Siglos de pragmática de la existencia les contemplan, una visión de la vida que hace buenas migas con el alma de comerciante, contemporizadora y negociadora, que no ha abandonado jamás los cuerpos gentiles de sus habitantes ni les ha quitado el apetito.
Cuerpos flamencos esbeltos veo, con todo, a mi alrededor, a pesar de la presión de la mantequilla, la cerveza y la manduca soberbia que por aquí animan los hogares, los mesones y los figones. Firmes y sólidos huesos mantienen tersas las carnes. Dicen que fueron los excesos de la mesa lo que llevó a la tumba a Carlos grande el de Gante. Los ganteses actuales, amantes del generoso yantar y de crear marcas de cerveza (más de quinientas), no parecen dejarse llevar por el desafuero en la mesa, que siempre ha traído disgustos y opresiones. Menos germanizados que el emperador, han sabido moderar el instinto por el afrancesado sentido del refinamiento y la politesse. Francia está allá bajo, al sur, ay, bien lo saben. A algunos les incomoda reconocerlo, pero, después de todo, noblesse obligue...


 En la puerta misma del hotel Gravensteen, arranca, en dirección oeste, la Burgstraat, distinguida arteria engalanada por imponentes edificios de los siglos XVI y XVII, cuyos bajos acogen hoy tiendas elegantes. Recorramos, pues, la arteria de punta a rabo. La calle desemboca en la Elizabeth Plein, donde subimos hasta la Rabotstraat justamente hasta el Rabot, resto fortificado de la antigua muralla y límite de la ciudad antigua. En este punto permanecen enhiestas las torres cónicas de «la puerta cerrada» («rabot» en flamenco). Al fondo, estropean la vista las modernas torres de cemento y cristal del gran Gante. Grande sólo en espacio, porque lo verdaderamente «grande», lo abierto a la majestad, está en la dirección opuesta.
Recuperamos el sentido de la vía y de la orientación (junto a la cordura) enfilando Prinsenhof, calle que anuncia nuestro destino: el palacio donde nació Carlos V. Hoy sólo queda en pie la entrada, en forma de bóveda, la Donkere Poort (Puerta Oscura), en una tranquila plaza donde una estatua del emperador y una maqueta de la construcción palacial originaria nos refrescan la memoria. Estamos en una de las zonas más antiguas de Gante, donde la historia pervive en calmosa paz, después de siglos de batalla.
Volvamos ahora al punto de partida. En el lado opuesto del río Leie, se alza el castillo Gravensteen, mole de piedra construida el año 867 por el conde de Flandes, Balduino Brazo de Hierro, apelativo que no le viene grande a este noble señor, pues dejó en herencia una memoria muy acerada de la fortaleza. Las almenas y torreones, los majestuosos salones, cumplen su función con orgullo. El destino principal de estas pétreas instalaciones fue albergar calabozos y salas de tortura, y hospedar a no pocos infortunados, como lo atestiguan las muchas salas que reproducen los atroces escenarios. Desde lo alto de la terraza almenada puede admirarse el bello cuerpo de la villa, punteado por las esbeltas torres de las iglesias de Sint Niklaas y Sint Michiels, del Belfort y de la catedral Sint Baasf, del StadHuis (o Ayuntamiento).
A tiro de piedra, a las puertas del castillo, está la atractiva Sint Veerle Plein, plazuelita esquinada animada por restaurantes y edificios ilustres, como la Vlees Huis (o Casa de Neptuno), que destaca especialmente por su rica fachada custodiada por formidables estatuas de mármol. El lugar conoció, sin embargo, tiempos peores, cuando era base de ejecuciones sumarias a la sombra del imponente castillo. Una columna levantada en el centro del área, justo donde pedía sangre el infame cadalso, da cuenta del punto en el que estamos. Sigamos, pues, adelante.
Las calles que parten del lado este de la plaza, ensanchándose a medida que avanzar, conducen al centro monumental de la villa y cuna imperial. Tenemos a mano varios itinerarios para llegar al destino. El más aconsejable pasa por el muelle de Korenlei hasta llegar al puente de San Miguel, sobre el Leie. En este punto, el paseante se asegura una perspectiva mágica de Gante: sus principales monumentos forman un bosque animado de piedra y encaje. Vista, o mejor aún, vestida de noche, da la impresión de que los edificios levitan en la neblina.
Destaca lo amplio y despejado del panorama. El centro de Gante no es un centro nuclear, sino una sucesión de espaciosas avenidas y plazas en donde los edificios civiles, como el de Correos y el Lakenhalle, o mercado de tejidos con la espectacular Torre Cívica (Belfort), compiten en esplendor y altura con las iglesias floridas, como San Nicolás o la misma catedral, la Sint Baafskathedraal. La convivencia arquitectónica resulta de lo más amable y amistosa. Es cosa sabida que al corazón flamenco se le gana por el estómago tanto como por el espíritu, que el fervor religioso no apaga el hervor de las ollas y que, en fin, la prédica ascética y luterana no logró nunca arraigar en el sentimiento de estas gentes alegres y materialistas, para quienes la verdadera salvación no está reñida con un buen arenque y la gloria máxima suena a paraíso libre de impuestos.
Frente al Ayuntamiento, en la Botermarkt, encontramos el restaurante St. Jorishof, perteneciente al hotel Cour St. Georges, publicitado como el hostal más antiguo de Europa. Deseando paladear el genuino sabor de Gante, encargo la especialidad de la casa, el waterzooí, guiso de pescado sólido y exquisito, una receta que perdura triunfante desde la Edad Media. Mientras en la marmita que bulle frente a mí se celebra un rito con mucha historia, milagro de patatas y peces en un mar de mantequilla, en las mesas vecinas los comensales conversaban y reían con exaltación dionisiaca. Marco digno de una estampa de Brueghel el Viejo, con antiguos platos de cerámica y vetustos tapices colgados de las paredes, mesas de madera y salvamanteles de metal, copas en alto y brindis bajo vigas de madera centenarias, aprendí aquí mucho de esta ciudad, la cual abría me abría la despensa y su alma de bodegón.
Con permanente vocación de comerciante, en Gante no hay lugar para el sobrio, el belicoso o el idealista. La tentación por el sacrificio, la trifulca o la ensoñación cede, en última instancia, ante la perspectiva de una sustanciosa transacción. Por eso, la flameante Flandes, anhela la independencia, pero no morirá por ella. Hoy, las plazas públicas y púdicas no celebran ejecuciones, sino el vibrante ceremonial de los mercados, y no es casualidad que las principales plazas de la ciudad reciban justamente el nombre de «mercado».

De entre todas ellas, destaca la Vrijdagmarkt, la plaza/mercado de los viernes, aunque abierta todos los días de la semana, incluidos los domingos. En este punto del norte de la ciudad, en la parte antigua, los puestos de venta de pájaros, peces de acuario y otros animales dan especial color y candor a un entorno urbano hermosísimo. En el centro de la explanada, una estatua de bronce de Jacob Van Artevelde observa impertérrito el vivo ajetreo que bulle a su alrededor. No se trata de un guerrero sanguinario ni de un político insigne, sino de un brillante promotor del desarrollo comercial en el siglo XIV. En Gante, vemos más mercaderes sobre los sitiales de los monumentos públicos que reyes, generales o santos. En un lado de la glorieta, que da gloria verla y pasearla, da nombre nada menos que a la iglesia de Sint Jacobs, en honor del prohombre protector de la buena vida.
Este rincón de Gante es uno de mis preferidos de Gante. Por el día mandan la mercancía y el negocio; por la noche, la diversión y el ocio. Alrededor del centro mercantil, cuando cae el crepúsculo y cierran los puestos de venta, las estrechas callejuelas que la circundan hierven de vitalidad, decenas de restaurantes abren sus puertas, encienden las velas sobre las mesas del comedor, creando un acogedor ambiente de kermés. En la Plotersgracht, la taberna Amadeus resulta especialmente atractiva, por sus costillas de cerdo a la parrilla y a discreción, pero también por el ambiente de biblioteca creado, con las paredes repletas de libros ordenados en añejos anaqueles. Carne y literatura reunidas componen un decorado muy nutritivo e instructivo. Encuentro aquí aquello que busco en todos mis viajes: la profunda sustancia de la ciudad. En este caso, como en la mayoría de los restantes, la materia y el espíritu cogidos de la mano compartiendo un mismo festín.
Gante, ciudad universitaria, corazón joven en un entorno de glorioso pasado, culta y dinámica, no queda muy lejos de Ámsterdam, tanto en el sentido geográfico como en el artístico o ciudadano, y mantiene con la ciudad holandesa fuertes parentescos. Casi tantos que podríamos considerarla su hermana menor. Igual de experimentada en la vida, Gante es, no obstante, más discreta, menos bulliciosa y golfa que la hermana mayor.
Ámsterdam, bella de día, vive la noche con una pulsión muy experimentada. Gante, por su parte, tierna e inocente, cuando el crepúsculo la envuelve, cambia de plano, se viste de largo, ilumina calles y plazas, brilla como una luciérnaga. La noche no la encanalla, la hace más bella y evocadora. Siempre elegante, Gante, dama de la noche, madre y novia de emperador.

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martes, 15 de marzo de 2011

'USOS DEL PESIMISMO' de ROGER SCRUTON




Roger Scruton, Usos del pesimismo. El peligro de la falsa esperanza, traducción Gonzalo Torné de la Guardia, Ariel, Barcelona, 2010, 217 páginas

 Usos del pesimismo de Roger Scruton es un brillante libro acerca de las virtudes del pesimismo, actitud vital, antropológica y moral, del ser humano que debe enfrentarse a sus principales adversarios: el optimismo sin escrúpulos y la falsa esperanza. Estamos, por tanto, ante un clásico ensayo filosófico. Aunque en sus páginas encontramos mucho más. El trabajo de Scruton ofrece una disección —casi podríamos decir, una autopsia— de la civilización occidental, infectada en todos los órdenes por los nefastos efectos que las fuerzas emocionales están teniendo sobre la libertad en la sociedad civil.
Profundos  errores del entendimiento y de la moral de los hombres, y aparentando lo que no son, optimismo y esperanza gozan entre la población de gran consideración y estimación. Siendo tenidos además como hábitos de conducta muy inocentes y saludables, de los que cabe hasta presumir en público. Sucede, con todo, como señala el autor, que «los errores más obvios son los más difíciles de rectificar.»
Roger Scruton (1944) es escritor y filósofo británico. Graduado por la Universidad  de Cambridge (1965), ha sido profesor de Estética en el Birkbeck Collage de Londres hasta principios de los años 90. Desde ese momento, se ocupa de tareas en régimen de free-lance, alternando actividades en calidad de profesor visitante en la Universidad de Oxford, en la Universidad de St. Andrews  y en el American Enterprise Institute en Washington DC. Reside con su familia en una granja en Binkworth, Wilsthire (Reino Unido).
Autor de una obra muy considerable, ha escrito más de una docena de ensayos y textos académicos, varias novelas y dos óperas, además de incontables artículos en revistas y periódicos. Podemos destacar en esa vasta producción los siguientes títulos: Art and Imagination (1974); The Meaning of Conservatism (1980); Animal Rights and Wrongs (1996), England: An Elegy (2000) y A Political Philosophy: Arguments For Conservatism (2006). El lector en español tiene a su disposición un número muy reducido de sus libros: Historia de la filosofía moderna: de Descartes a Wittgenstein (1998) y Filosofía moderna: una introducción sinóptica (2003). A éstos ha venido a unirse este último título: Usos del pesimismo (2010).

Nos las tenemos que ver con dos lobos conceptuales con piel de cordero. A juicio de Scruton, he aquí una de las causas que explica el auge y el prestigio social de las mencionadas ilusiones: el optimismo sin escrúpulo y la esperanza vana son asumidos y preconizados como virtudes porque se revisten de una falsa condición. La otra causa reside en la facilidad y la comodidad de su empleo, reproducción y publicidad. 

¿Qué cuesta ser optimista? Nada. ¿Quién duda de que «la esperanza es lo último que se pierde»? Nadie. Excepto los pesimistas y los escépticos, los agoreros y los desesperanzados (los desesperados), incorregibles individuos, repudiados por doquier y desde, prácticamente, todos los prismas morales e ideológicos.
Los gobiernos, la escuela y los medios de comunicación animan a la gente a que sea «positiva», a que «mire hacia adelante», a que tenga confianza… No importa en qué ni en quién. Lo que vale y cuenta en el observatorio regulador del bienestar de la muchedumbre es no ser negativos, ni amargados, ni crispados, ni aguafiestas. Bastantes cornadas nos da la vida para, encima, verlo todo de color negro…
El gran problema del optimismo sin escrúpulos y de la falsa esperanza es, en primer lugar, de orden teórico, por lo que comportan de espejismo y ofuscación frente a la realidad: «Hay un tipo de adicción a lo irreal que alimenta las formas más destructivas del optimismo: un deseo de suprimir la realidad como premisa de la que debe partir la práctica racional, para reemplazarla con un sistema de ilusiones complacientes.» (págs. 29 y 30)
El otro gran déficit, el segundo gran peligro que conllevan estas tramposas creencias, es de naturaleza práctica y moral. Sencillamente, los militantes del optimismo no aceptan la responsabilidad. Sus acciones y sus afirmaciones desconocen el sentido del recato y la cautela: «Las personas con escrúpulos que atemperan la esperanza con una dosis de pesimismo, son aquellos que reconocen los límites, y no sólo los obstáculos.» (pág. 43). Como se trata de dogmas que nada cuestan —son «gratis total»—, quienes los lanzan, ocultan la mano, si el efecto de su proyección ocasiona alguna grave consecuencia. Porque los optimistas siempre obran con buena intención.
No admiten las lecciones de la historia, ni la refutación teórica o científica. No aceptan ser discutidos y menos recriminados. Optimismo y esperanza funcionan, por tanto, como «puras» ideologías: son evidentes por sí mismas y no consienten la crítica ni la enmienda. Su soporte de transmisión es la propaganda y el aparente «sentido común», cuando, en el fondo, contienen letales falacias. Scruton las enumera y analiza concienzudamente, pasando, a continuación, a denunciar el peligro que entrañan: la falacia del mejor caso posible, del «nacidos en libertad», de la utopía, de la suma cero, de la planificación, del movimiento del espíritu, de la agregación…

No habla Scruton de abstracciones. Un discurso gubernamental centrado en que «algún día» saldremos de la crisis económica y que, entre todos, los problemas se arreglarán. Estimular la expansión crediticia y animar el endeudamiento público y privado, bajo el argumento de que los Estados no quiebran y las deudas siempre acaban pagándose. Minimizar la preocupación por el futuro aduciendo que a largo plazo, todos estaremos muertos (J. M. Keynes). Sostener en público que hablando se entiende la gente. Escuchar por boca de un empleado de banca que el producto de inversión, cuyo cliente le señala las pérdidas, algún día ganará. Proclamar que el sacrificio material y espiritual de una sociedad está justificado en función de la grandeza liberadora de una Idea definida por una vanguardia política. Dejar, en fin, a los niños que se eduquen por sí solos, y no bajo la tutela de un padre, un profesor y un maestro, apelando a una hipotética «libertad natural» del ser humano. He aquí unos pocos ejemplos de cómo grandes palabras y conceptos vacíos pueden acabar arruinando el legado de una civilización labrado a lo largo de milenios.
Roger Scruton, lógicamente, no promete —ni puede prometer— remedios a semejantes imposturas y errores. Tampoco podría esperar el lector atento lo contrario. Sí propone, no obstante, sustituir las rutinas optimistas por los usos del pesimismo. Por ejemplo, aprender a ser más críticos, menos confiados y un poco más escépticos al afrontar nuestros propósitos vitales. Sustituir la neta confianza en los demás por la fe en uno mismo y en la propia acción. No ver obstáculos y estorbos donde, necesariamente, debe haber límites y reglas. No exigir derechos a cambio de nada, y olvidarse de los deberes.
A los optimistas sin escrúpulos y a los fanáticos de la esperanza sin fronteras Scruton los denomina «transhumanistas». ¿A quiénes señala? Sin ir más lejos, a aquellos que están de vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte. Y para viajes de ese género no hacen faltan alforjas.