domingo, 22 de marzo de 2020

CUADERNO DE UNA TORMENTA SECA (2). PALOMA MENSAJERA



Con más frecuencia que el sol —éste sí, astro necesario y lúcido—, el de las pizarras y curvas, ese tipo a destiempo, ese empleado temporal que busca consolidar su puesto en la Administración (Ministerio de Ventiscas), ese charlatán que vende crecepelo en botellas de litro, hace una demostración de los resultados del mejunje que lleva entre manos ante las cámaras de televisión. Apenas entiendo lo que dice, quiere decir o le dicen que diga. Una línea del guión sí la he captado: lo peor, asegura, está por llegar. Hay que salir a la calle con el carnet en la boca, a modo de mascarilla. Rectifica: no, mejor no salir a la calle. Quedarse en casa. Porque hay estado de alarma, declara el pobre hombre; “mendigo”, decíamos ayer. Pero no hay que alarmarse... 

La tormenta anunciada, añade para acabar, puede revestir carácter de huracán, aunque este Gobierno está comprometido a limpiar el espacio de rachas de viento. No ha cambiado de jersey, sólo el color, de rojo a morado. Tampoco se ha afeitado y tiene pinta de recién levantado de la cama.

Así pues, el hombre de todas las estaciones se me antoja un hombre para la eternidad, y yo no tengo tanto tiempo que perder. Decido dejar de seguirle el rastro, porque la cosa huele mal. Tampoco conecto el televisor ni la radio ni leo los periódicos, que hablan igual que ese que da consejos sobre cómo evitar la contaminación. Aunque no se duche, se lava las manos sobre este asunto. 

Todos a coro, el del pelo alborotado y los media de color, hacen propuestas de entretenimiento socializador, maniobras de distracción, a la población reclusa, ahora que ya no hay que ir a trabajar ni al colegio: ¡estar en casa todo el día, todos los días, disfrutando del tiempo “libre”! ¿Será esto el fin de la historia o el final de la utopía?  Hay que ser muy desalmado y miserable para denominar tiempo “libre” al tiempo de confinamiento y encierro forzoso.

Quedo recluido en casa, por la fuerza, como un preso en su celda. Pues el delito mayor del hombre es haber nacido... libre.

Corre una ligera brisa de levante, pero no llueve. Camiones cisterna riegan las calles, dando la razón al hombre de hace tiempo. No se trata de salvar vidas, sino las apariencias. Aunque, qué raro, observo goteras en el techo de la habitación. ¿Cómo explicarse esto? ¿Cómo se filtra el agua por las paredes? Brigadistas con la cara tapada, escoba en mano y chubasquero por si llueve, barren las calles. Otros, van blindados con chalecos amarillos. Serán brigadas internacionales que vienen a ayudar al Gobierno a sanear el país.

Tendré que buscar alguna forma de comunicarme con el exterior que no altere la realidad ni mi estado de ánimo. La calle. Lugar cada día más tenebroso y extraño. La calle y la habitación terminarán por confundirse. ¿Oyen? La calle, por lo común, callada, a veces comienza a rugir, y no son rayos y truenos de tormenta seca. Algunos vecinos, mientras tanto, no paran de molestar: ponen el volumen de la música muy alto, dan palmas como animando bulerías y el cotarro y, a la hora de la cena, preparan el festín de sopa de ajo como si fuese un festival, haciendo sonar sartenes y cacerolas. Para amortiguar el ruido escucho cantatas de Bach.

Espero una señal. Y, justamente, esta mañana acaba de llegar. El cielo protector ha atendido  mi plegaria. Escucho el arrullo de una paloma blanca que ha aterrizado en el alfeizar de mi ventana. Bienvenida. Decido adoptarla. Vuelco copos de maíz en tazón. Desayuno para dos. Me hará compañía. 

Puede ser también mi Mercurio, llevar y traerme mensajes de acá y de allá, mas no del más allá. Para eso está la médium y las adivinadoras farsantes de bola de cristal. Yo necesito un medio de comunicación fiable. La paloma vuela a su aire y sí conoce el destino, la dirección del remitente, la ventana amiga, allí donde llevar y traer notas y noticias.

Escribo el primer mensaje:

Enrollo el papiro liberador y lo introduzco en un canutillo. Vuela, paloma mensajera, vuela.

viernes, 20 de marzo de 2020

CUADERNO DE UNA TORMENTA SECA



De repente, el cielo se nubló. Una gran masa gris cubrió ciudades y campos, una concentración brumosa de nubes densas y oscuras, de mal agüero. Pero, no llovía. Desde la ventana de mi habitación, no discernía la línea del horizonte. La perspectiva era de lejanía, de distancia. Sin embargo, la sentía encima de mí, como un segundo techo.

De momento, había calma. Después de la calma vendrá la tormenta, pensé, alterando el sentido de las palabras que componen la letra de conocida expresión común. No sería lo único en verse modificado. Seguía sin llover.

“El hombre del tiempo” afirma que se avecinaban fuertes tempestades y que había que estar preparados, quedarse en casa, no hacer "desplazamientos innecesarios". Por la seguridad ciudadana. Los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado vigilarían para que las normas fuesen cumplidas; custodiarían nuestros días, velarían nuestras noches. Todo ciudadano frente al televisor para recibir instrucciones. 

Aunque, ¿cómo creer, en estos tiempos turbios, a un individuo que predice el tiempo con aspecto de mendigo que vive a la intemperie y no se ducha habitualmente? ¿Cabe fiarse de un representante del Gobierno que informa y da consejos, digamos, sobre higiene y “salud pública”, en ruedas de prensa televisadas, ataviado (no digo "vestido") con un suéter, sin afeitar y el pelo alborotado, indicios de no haber ido a la barbería ni a la peluquería en meses, cual maestro de escuela rural aleccionando a sus pupilos en posguerra, cuando no había jabón ni aceite, y era común hacer cola para comprar, con suerte, pan negro y boniatos?

acaso no sea esto más que una tormenta seca, con gran aparato eléctrico, mucho ruido y las nueces sin recoger

Pasan los días y no llueve, a pesar de las previsiones y alarmas de fuertes aguaceros, anunciando incluso el diluvio universal. Algunos chubascos ha habido en estos días, bien es verdad, motivo como para no salir al exterior sin chubasquero.

La bóveda celestial está sacudida por rayos, truenos y relámpagos, y por el rumor, lejano aunque permanente, de helicópteros. El ambiente, eso también, está muy cargado, sofocante, seco, de bochorno. Estamos en el inicio de la primavera, estación propicia para catarros, gripes y alergias. Estación de chaparrones y otras inclemencias, aunque lo que avisto desde mi ventana sea una llovizna intermitente, que no llega a chirimiri.

Después de todo, acaso no sea esto más que una tormenta seca, con gran aparato eléctrico, mucho ruido y las nueces sin recoger. Pocas bromas sobre brumas: estas tormentas son de las peores, de las más peligrosas. Alimentan descargas electroestáticas que provocan incendios con facilidad, y engañan mucho, porque uno busca refugio creyendo que así se mantendrá seco y a salvo, que todo pasará pronto, dejando paso a espacios rasos y ventilados, sin contaminación atmosférica, donde poder respirar aire puro y limpio por avenidas y senderos, por un camino de baldosas amarillas. Y luego resulta que no es así.

Me asomo de nuevo a la ventana. Brillan luces que no son soles, tal vez sean producto del movimiento giratorio de sirenas de coches patrulla. Fuera, entre sombras y dudas, ya no hay cielo, sólo infinito con aire de agujero negro, porque el cielo de verdad es azul y abierto. Espero verlo pronto, señal de que ha aclarado.

miércoles, 18 de marzo de 2020

ÉRASE UNA VEZ... LA LIBERTAD


Últimas palabras y conclusión de mi nuevo ensayo Dinero S.L. De la sociedad de propietarios a la comunidad de gestores (2020), de próxima publicación.

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No sólo los gobernantes arruinan una nación en un visto y no visto mediante «políticas públicas». En los últimos tiempos, asistimos a sublevaciones pandilleras, alianzas y connivencias sospechosas, traiciones institucionales, conatos revolucionarios, acciones terroristas, desordenes sociales, golpes de Estado encubiertos, un imparable totum revolutum que pone a cualquier sociedad libre y próspera al borde del precipicio.
Vivimos en un mundo asentado sobre arenas movedizas. No está en peligro de guerra sino en plena guerra civil mundial. Hans Magnus Enzensberger tuvo buen cuidado de no atemorizar, al exponer sus perspectivas de guerra civil en el imprescindible ensayo del mismo título, publicado en el año 1993. Tampoco es mi intención avivar el pánico en estas páginas fechadas en 2020. Para generar alarmas y emergencias, para crear miedo y (falsa) esperanza en personas y empresas, que las dejen desarmadas y vulnerables, desvalijadas y descapitalizadas, capituladas y entregadas a un (farsante) «salvador» que promete un mundo más «seguro», más «justo» y más «sostenible», para eso ya están las «élites», los Gobiernos, los aparatos de Estado y sus ramificaciones «cívicas y sociales». Con todo, sí constato lo siguiente.
La propiedad privada está al albur del gobernante de turno, de un fallo judicial bizcochado, de los grupos de presión y la presión de los grupos, de la caprichosa elección de un desaliñado «okupa». El dinero  está más inseguro en un banco que bajo el colchón de la cama y es tan difícil mantenerlo fuera del control de insaciables poderes públicos y privados como en los momentos menos estelares de la humanidad. Confiar en un operario, comercial, gestor, asesor o intermediario, que atienda o intervenga en el patrimonio del propietario y el consumidor, bajo el lema «Usted no se preocupe de nada. Nosotros nos ocupados de todo», representa mera y desfasada publicidad que desangra el bolsillo del cliente y pulveriza la base de la relación comercial. Ni encerrado en su propia casa está uno a salvo de ser visto y escuchado, vigilado, controlado, custodiado. La propaganda liberticida y la manipulación de la información ponen la letra a la marcha fúnebre que ha enterrado el «capitalismo» y la «sociedad abierta» (K. R. Popper) y bien ordenada, aquella que contempla y protege la propiedad, así como el libre movimiento de personas, bienes y servicios.
Una vez que «un rey se ha declarado tirano, todos los malvados, toda la hez del reino —y no hablo de un conjunto de ladronzuelos ni de desorejados que apenas pueden hacer mal ni bien en la sociedad, sino de aquellos que son tachados de una ambición ardiente y una mezquindad notable—, se agrupan alrededor de él, le sostienen para tener parte del botín y ser, bajo el tirano, tiranuelos ellos mismos.» (Etienne De La Boétie, Discurso de la servidumbre voluntaria, 1576).

Que tenga usted buena suerte y la fortuna le acompañe.