lunes, 9 de mayo de 2011

«HISTORIA DEL ESPIRITU GRIEGO» de WILHELM NESTLE



Wilhelm Nestle, Historia del espíritu griego. Desde Homero hasta Luciano, traducción de Manuel Sacristán Luzón, Ariel, Barcelona, 2010, 388 páginas

Todo está en Grecia. Esta sentencia, sin duda exagerada e inflamada por efecto de emociones despiertas y vivaces, como son el asombro y la admiración, no es de ninguna manera desquiciada o sobreexcitada. Resume, en pocas palabras, la idea principal de lo que representa la obra de los griegos para la historia de la humanidad. En tan firme dictamen hallamos, sencillamente, tanto sentido y tanta verdad como en la declaración de Tales de Mileto, según la cual «todo es agua».
Wilhelm Nestle (1865- 1959), nacido y fallecido en la ciudad germana de Stuttgart, cursó estudios de Filología clásica, Filosofía e Historia en la Universidad de Tubinga y en la Universidad Humboldt de Berlín. A raíz de la publicación de su primera obra, Euripides, der Dichter der griechischen Aufklärung, se incorpora como profesor en el seminario teológico evangelista de Schöntal. Entre otros cargos académicos, fue director de estudios superiores en el Karlsgymnasium de Stuttgart, rector del Heilbronner Karlsgymnasiums y profesor honorífico de filosofía griega en la Universidad de Turinga.
Autor de numerosos trabajos sobre filología —entre una producción de más de treinta libros y varios cientos de artículos científicos—, los títulos más conocidos de su obra se centran, sin embargo, en la investigación acerca de la filosofía griega. Vom Mythos zum Logos, obtuvo, por ejemplo, el premio Kuno Fischer, otorgado por la Universidad de Heidelberg. Pero su obra más celebrada es, sin duda, Historia del espíritu griego. Texto publicado en primera edición en 1944 (Historia del espíritu griego desde Homero hasta Luciano, expuesta en su desarrollo desde el pensamiento mítico hasta el racional es el título completo en el original; en España no fue publicado hasta 1961), conoce ahora en nuestro país una nueva reimpresión. La monografía, desde su publicación, ha formado parte de la bibliografía básica en múltiples generaciones de estudiantes de filosofía, historia y literatura en las universidades de todo el mundo. Se ha mantenido en la reedición presente la traducción al español, firmada por uno de los autores de cabecera de la tradición marxista en España durante los años sesenta y setenta, Manuel Sacristán.
Todo está en Grecia. Todo es agua. Ambas resoluciones universalizadoras, herederas de similar espíritu explorador y descubridor, remiten al origen y fundamento de una realidad que aspira a erigirse en la realidad. No hay es esta actitud dogmatismo alguno, aunque sí radicalismo —ir a la raíz de las cosas — y búsqueda de objetividad.
A partir de una idea principal nacida de la observación y fecundada por la razón, Tales de Mileto funda el pensamiento racional alrededor de una escueta declaración en la que aspira a reunir intelectivamente lo uno y lo múltiple en lo real: la inmensa diversidad de la naturaleza puede reducirse a un elemento (o núcleo de elementos, se añadirá después), como condición necesaria para la comprensión racional. El caos da paso al cosmos; el azar, a la necesidad.
Desde ese momento, todo va ser distinto en el panorama del conocimiento y la comprensión del hombre, de la vida humana. ¿Por qué consideramos a Tales el primer filósofo? Según sostuvo el filósofo español Gustavo Bueno en el volumen La metafísica presocrática, Tales cuenta para la historia como el primero de la lista no tanto porque antes de él no hubiese habido otros filósofos (un dato imposible de comprobar y probar), sino porque después de Tales hubo más filósofos. Encontramos aquí el acta de nacimiento de la filosofía y la ciencia, porque con Tales se inicia una escuela filosófica (la milesia) y, lo que es más importante, arranca una tradición (el pensamiento racional) que fertilizó la civilización occidental, extendiéndose a continuación por todo el mundo, ofreciendo un modo de enfrentarse al mundo y la realidad completamente nuevos respecto al pasado. Con Tales principia una serie que todavía pervive entre nosotros. La humanidad iniciaba así el tránsito del mito al logos.
He aquí la idea matriz que estimula la indagación de Wilhelm Nestle: cómo y por qué se produjo en Grecia entre los siglos VII y VI antes de Cristo la extraordinaria revolución espiritual que permitió al hombre, desde ese momento, instalarse en un mundo no regido por demonios y fuerzas indomables sino en una naturaleza ordenada y ajustada a leyes. Con este gran paso, la humanidad penetra en el territorio intelectivo del conocimiento y la predicción. Ciertamente, no es ésta una preocupación intelectual exclusiva ni privativa de Nestle, por hallarse en los estudiosos de la Antigüedad sin excepción. Ocurre, sin embargo, que el estudioso alemán capitanea una corriente heurística y hermenéutica que no entiende el paso del mito al logos en términos de ruptura con lo anterior. Explica el acontecimiento como un conflicto agonal que sólo «se resolverá», casi mil años después, con otro cambio de paradigma espiritual: el advenimiento del cristianismo que sustituye, a su vez, al paganismo.
 Cercano a la perspectiva de Nestle, E. R. Dodds (Los griegos y lo irracional), interpreta que en el período clásico los «dioses se retiran, pero sus ritos siguen viviendo». Francis Cornford y Giorgio Colli, por su parte, entienden la aportación de los primeros pensadores griegos como una racionalización del mito y no tanto una nítida sustitución. Los demonios retroceden, en suma, pero el daimon continúa. En ese contexto se mueve el célebre estudio del autor germano, Historia del espíritu griego, bastante original en su momento (recuérdese que reseñamos un texto de 1944), fundamentalmente por dos motivos. Primero: Nestle no compendia la historia de la filosofía griega sino del espíritu griego. Segundo: propone una panorámica sintética del devenir espiritual de los griegos desde Homero a Luciano, con quien, a criterio del autor, culmina dicho proceso en el siglo II de nuestra Era, y no antes ni después: «Aquí se encuentra el mérito capital de Luciano: haber puesto despiadadamente de manifiesto el triste compromiso de la filosofía con la religión, compromiso del que el hombre helénico vivía desde hacía ya setecientos años, desde los tiempos de Jenófanes y Heráclito, Teáganes y los demás intérpretes alegóricos; Luciano ha expuesto y puesto en la picota ese turbio compromiso, y ha demostrado que es una solución imposible del problema religioso.» (pág. 404). Estos presupuestos de Nestle son decisivos en el contenido del libro.
Los griegos instituyen la filosofía y la ciencia (esto es, el pensamiento racional), si bien integrando en el cuerpo doctrinal resultante el saber de los mitos, los poemas homéricos, las tragedias de Eurípides y la oratoria de Isócrates, por citar sólo unas muestras del saber total griego. Para Nestle, la sophia representa una categoría teórica y práctica al mismo tiempo, incluso una técnica (techne), concepto que en Grecia adopta una significación más amplia que en el presente. Sabios son los filósofos, pero no menos los poetas y los dramaturgos, puesto que su producción nace de un mismo sentimiento: la angustia, la zozobra y el asombro derivados de la contemplación de los fenómenos naturales, así como de los mismos actos de los hombres, que en principio parecen no tener explicación. A esta afección del espíritu los griegos la denominaron thauma.
Con el advenimiento del logos, los hombres comienzan a dominar los fenómenos (ya no ser dominados por ellos), acudiendo para ello al conocimiento de las causas que los producen. Con todo, la angustia no desaparece, ni de pronto ni en su completud. Y acaso jamás consiga domarse plenamente. Según E. R. Dodds, si el cristianismo creció vertiginosamente durante los siglos III y IV de nuestra Era, hasta el punto de desplazar del horizonte espiritual occidental al espíritu griego, ello fue debido a que en aquellos tiempos, el Imperio empezó a vivir lo que denomina (en un expresión que hizo fortuna) «una época de angustia» (Pagan and Christian in an Age of Anxiety).
Nestle compendia sabiamente el propósito y enfoque de su investigación partiendo de una profunda reflexión de Goethe: «La mayor felicidad del hombre de pensamiento es haber estudiado lo estudiable y venerar serenamente lo que no puede someterse a investigación.» Ser consciente de esta distinción aproxima al hombre a la sabiduría; lograr armonizarla, garantiza su consecución. Pues bien, los griegos han sido el pueblo que protagonizó la consumación de este esfuerzo como ningún otro en la historia.
«Los griegos son, como queda dicho, un caso típico de ese desarrollo espiritual, pues ningún otro pueblo manifiesta tal equilibrio de la fantasía y el entendimiento, de la capacidad de formación plástica con la capacidad de abstracción más elevada; gracias a la feliz proporción en que poseyó esas cualidades, el pueblo helénico podía dominar todas las exageraciones y someterlas a mesura [la negrita es nuestra], librándose tanto de un intelectualismo seco y estéril cuanto de una degeneración de la fantasía en monstruosidad o de un desencadenamiento de la confusa vida sensitiva a costa de la clara percepción. Tampoco ningún otro pueblo se ha situado con tal libertad de prejuicios como el griego —a pesar de su gran conciencia de sí mismo— ante su propia tradición, sus propias creaciones e instituciones religiosas, artísticas, políticas — en una palabra, ante sus costumbres en general.» (pág. 20).
Todavía hoy seguimos asombrándonos del «milagro griego», viviendo del legado y la transmisión que nos ha dejado. Porque, en verdad, todo está en Grecia. ¿Exageración? Es muy conocida la sentencia del matemático y filósofo inglés A. N. Whitehead: «toda la historia de la filosofía no es más que un conjunto de notas a pie de página de la obra de Platón». ¿Exageración o simplemente mesura?



viernes, 6 de mayo de 2011

MUNICH, ¡QUÉ BÁVARO! (1)


1
El centro de Múnich está definido por un anillo, que es el señor de las rondas, el Ring. Una circunvalación custodiada por sendas puertas que uno acomete con la esperanza de que lleguen a convertirse en bocas de la verdad, hablándonos de lo que acoge en su interior: sea el portón de Isartor, al sudeste, o el de Karlstor, en el lado opuesto. ¿Por dónde comenzar la andada muniquesa? Tal vez lo mejor sea comenzar por el principio.
El origen de la ciudad de Múnich se encuentra próximo a la Isartorplatz, como ésta lo está del río Isar. A través de la Zweibrückenstrasse accedemos al Ludwigsbrücke, el puente de una antigua discordia que dio lugar a Múnich. En 1158, Enrique el León decide sustituir el puente, entonces propiedad del obispo de Friburgo, por uno de su entera propiedad. La pasarela de la Iglesia pasó, entonces, a ser Salztrasse, o ruta de la sal, un cambio que le reportó fama, fortuna y futuro. Estos sucesos extraordinarios sucedieron bajo la mirada atenta de los monjes (münchen) benedictinos que allí residían desde antaño. Ellos dieron el beneplácito, el nombre y el bautismo urbano a Múnich, lo que supuso, a la vez, una fáctica confirmación. Los buenos frailes bautizaron la villa con cerveza bendita.
Los monjes bávaros ya sabían por entonces amoldarse bastante bien a las circunstancias. Demostraron similar maestría al producir la brava cerveza local, sabroso brebaje que con el transcurrir de los años constituirá una de las enseñas de la villa y jarra. Un siglo antes, en la actual Freising, los monjes benedictinos del monasterio de Weihenstephan habían recibido la autorización arzobispal para hacer cerveza. Poco después, entraba en funcionamiento la primera fábrica del mundo de este líquido espumoso que alimenta el alma bávara e inflama las cabezas categóricas y los estómagos rotundos de sus habitantes.
Esta región cuenta con el mayor número de cervecerías del mundo, y los muniqueses, los muy bávaros, presumen de ser los mayores consumidores de cerveza que existen y han existido jamás. Todo esto se lo toman como algo natural, con un saludable orgullo que no se les sube a la cabeza. Es más, toman como un halago recibir semejante cumplimiento. Y no es que sean modestos. Son, simplemente, buenos bebedores.
Los benefactores monjes no sólo dieron nombre a la ciudad. Además le proporcionaron alegría líquida por los siglos de los siglos, así como sus propias denominaciones que han otorgado desde entonces categoría de origen a gran número de marcas de cerveza: Paulaner, Franziskaner, Augustiner, etcétera.
Las cervecerías de Múnich proporcionan diversión y dan chispa a sus hombres y mujeres, pues aquí, unos y otras, beben y viven con igual holgura. A la menor ocasión, los muniqueses montan centros de reunión, sea en terrazas al aire libre, sea en antros y salones de grandes proporciones, y algunos hasta de varios pisos (como la Hofbraühaus), donde ofician el festival de la cerveza. Allí celebran, en efecto, fiestas diarias y festividades extraordinarias, como la Octoberfest, la gran fiesta bávara que santifican cada año en septiembre, no en octubre, como el rótulo podría dar a entender la leyenda. No deberíamos denominar banquetes a estas celebraciones, ya que de coloquio o de simposio, al estilo griego clásico, tienen poco. Los festejos cerveceros bávaros constituyen francas francachelas, bulliciosas congregaciones de oficiantes postrados ante largas mesas comunitarias de madera, los rostros encendidos, levantando al cielo con gran devoción tremendos cálices de líquido milagroso, entonando sin descanso épicos himnos a la alegría.
Hay cervezas de todas las clases, fuertes y menos fuertes, amargas y menos amargas, recias y menos recias. Algunas llegan a hacerse muy corpóreas y nutritivas, merced al prodigio del sacramento de la pagana cena, renovada a diario. Se las conoce como pan líquido. Esta clase de cerveza fuerte (starkbier) empezaron a producirla en el siglo XVII los monjes de Paulaner con el fin de hacer más llevadera la Cuaresma. Bendecido el fruto del paraíso por las autoridades eclesiásticas, todavía celebran hoy sus descendientes el Festival de la Cerveza Fuerte, durante las tres semanas que preceden a la Pascua. El resultado, con todo, no debe llamar a error. A la divina poción la llaman pan líquido, pero no se bebe sola, a secas, diríamos: el pan tierno, sólido, de trigo, de horno, el de verdad, las rosquillas saladas (pretsels), las salchichas de todos los colores y sabores, las coles, los codillos de cerdo y tantos otros frutos de la tierra regada con el sudor del trabajo, surten y decoran primorosamente, y por muy poco tiempo, las mesas colmadas de sabrosos relieves como elevadas mesetas donde reina el dios Baco.
Generan tanto ardor (estomacal y anímico) las cervecerías de Múnich que en algunas ocasiones enervan tanto los espíritus, que los clientes dan un puñetazo sobre la mesa, y hasta un putsch. En 1923, Adolf Hitler, hastiado de tanta República de Weimar y de tanta debilidad impropia de un ario, como demostraban los alemanes de entonces, al mando de sus huestes, toma posesión de la taberna Bürgerbraükeller. En tan singular parlamento, quita la palabra a los diletantes políticos que allí platicaban a gusto y proclama un nuevo gobierno nacional, con sede en Munich. Su discurso inflamado incendió pronto toda Alemania y, poco después, el orbe entero.
Con anterioridad, el guía del nazismo ya había ensayado sus dotes de orador frenético y espumajoso al fundar un partido regeneracionista en la «catedral de la cerveza», la Hofbraühaus, en 1920. Espacio también ideal para organizar broncos mítines, sobre las cabezas de los concurrentes volaban más las sillas y las jarras de cerveza que las ideas. La asonada no llegó a triunfar, finalmente. Al menos, todavía. Hitler, Ludendorff, Göering, Streicher y otros dirigentes nazis fueron detenidos y alojados en la prisión de Landsberg. Allí, el Führer,  elevado sobre la colina de la patria, sintiendo fuerte inspiración, dicta las palabras del Mein Kampf a su secretario. Y las palabras de odio se hicieron hechos odiosos…
Desde ese instante, en Alemania y Baviera, las cosas han cambiado una barbaridad. Pero, todavía hoy, al pasar ante una cervecería muniquesa, es difícil reprimir un leve espasmo en el estómago. Y no, precisamente, por tener hambre o sed de cochinillo y cerveza.
Continuará...

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jueves, 5 de mayo de 2011

TERRORISMO, SIN EXCUSA NI EXCEPCIÓN


Coincidiendo en el tiempo, la amenaza —tolerada por el Tribunal Constitucional español— de un nuevo ascenso a las instituciones españolas de ETA/Batasuna/Bildu y la muerte (justa y legítima) del jefe supremo de Al-Qaeda, Osama Ben Laden en Pakistán, rescato un artículo que publiqué, con el título de «Los terrorismos favoritos», en el diario Libertad Digital, el 19 de septiembre de 2003. Mientras unos países —gobiernos, partidos políticos, con el implícito o explícito favor popular— pactan con el terrorismo, otros lo combaten. A la vista de lo cual, algunos se enfadan. Mientras otros se alegran. Aunque no por lo mismo.

Hay una actitud política aún más engañosa que la de negar el terrorismo globalizado y sus interdependencias internas. Se trata de aquella que basa la caracterización del terrorismo en función de favoritismos: terrorismo bueno/terrorismo malo, según convenga.
Sea sostenido por personas individuales o por colectivos, henos aquí ante el peculiar modo de percibir un fenómeno objetivo desde la perspectiva de las necesidades psicológicas, políticas e ideológicas de cada cual. Sí hay gente que todavía vacila a la hora de condenar el terrorismo como un todo —y como lo que es: la amenaza más grave, apremiante y letal que se cierne hoy sobre la paz y la estabilidad del orden mundial y la libertad en las sociedades libres—, ello se debe en gran medida a que mantiene la convicción según la cual, entre el magma de los grupos ejecutores, al menos uno, merece ser salvado.
Tal grupo favorecido —¡el muy… condonado!— siempre representaría un caso distinto, más complejo, necesitado de extraordinarias matizaciones y atenciones, antes de ser pasado por la crítica y la descalificación estricta. Sucede así que unos arremeten con indignación contra las acciones criminales de la ETA, tenidas por «absolutamente» inadmisibles para una conciencia democrática, a la vez que no ven nada malo en los ataques de la guerrilla de las FARC o de Sendero Luminoso. Y viceversa.
Otros, condenan sin paliativos las acciones de las Brigadas Rojas o del IRA, pero tratan con benevolencia los atentados cometidos por Al-Qaeda, Hamas, Yihad Islámica o Hezbolá, porque éstos sí los comprenden. Y viceversa.
Tampoco falta, en fin, quien reprueba el hiperterrorismo, haciéndolo además responsable inequívoco de la «guerra universal» que recorre el planeta, mientras no sólo no censura la violencia de las organizaciones terroristas chechenas, sino que incluso hace de delegado occidental de «su causa».


Podrían traerse aquí a citación y examen muchos más ejemplos del síndrome favoritista que glosamos, porque testimonios no faltan y las combinaciones y cruzamientos que podrían efectuarse entre ellos nos conducirían a operar con unos guarismos muy considerables.  Mas con lo citado ya tenemos más que suficiente.
Por lo general, las justificaciones contextualistas del terror son también de lo más variado. Se trata de variaciones sobre los mismos temas que se ven confirmadas a la hora de ponderar las «causas» del terrorismo favorito, a saber: injusticia social; desesperación del pueblo; ocupación militar; ¡hay que ponerse en su lugar!; resistencia valerosa; miseria económica; etcétera.
Los subterfugios y coartadas de la conciencia favoritista no vienen menos surtidos: solidaridad con el supuesto débil (David y Goliat); «orgullo del pobre»; altos ideales del combatiente; romanticismo reverdecido; espíritu de rebeldía reconstituido; rencor e ira auténticos; Resentimiento-VII Asamblea; sympathy for the devil; etcétera. […]
El terrorismo sin fronteras odia a muerte todo vestigio de democracia y de libertad en las sociedades. Y hoy EEUU e Israel simbolizan esos valores. Son naciones fuertes, arrogantes e… imperiosas. Hacen la guerra contra el Mal y defienden la ley y el orden. Y eso no resulta simpático para algunos. En el imaginario izquierdista, Yaser Arafat y Osama Bin Laden encarnan hoy [muerto el perro, no se acabó la rabia] la épica de resistencia y justicia, como ayer El Zorro y El Coyote. Héroes y personajes favoritos, entre otros, del público infantilizado y de los mayores sin reparos. Y sin vergüenza.

PS. Ofrezco aquí una versión, corregida y reducida, puesta al día, del texto de referencia. Puede consultarse el texto original en el siguiente enlace: «Los terrorismos favoritos». Son otros tiempos, pero los problemas parecen ser los mismos. Yaser Arafat y Osama Ben Laden ya no sirven de viva y vívida guía favorita a los fieros justicieros terroristas. Tendrán que buscarse otros zorros y otros coyotes.