jueves, 27 de agosto de 2015

COMUNISMO, PACIFISMO Y GUERRA CIVIL


¿Por qué el comunismo, ese constructo ideológico monstruoso que ha generado más matanzas y destrucción en la historia toda que ninguna otra forma de totalitarismo, se ha declarado en todo momento pacifista, sin reservas ni excepción?

He aquí un antecedente:

«Robespierre era un pacifista, no por hipocresía ni por sensibilidad humanitaria, sino porque era muy consciente de que la guerra entre las naciones sirve por lo general como medio para ofuscar la lucha revolucionaria dentro de cada país.» (Slavoj Zižek presenta a Robespierre. Virtud y terror, Akal, Madrid, 2011, pág. 8).

He aquí una consecuencia:

«No trabaja realmente en beneficio de la paz democrática el que repite los buenos y generales deseos del pacifismo, que nada dicen y a nada obligan, sino el que desenmascara el carácter imperialista tanto de la guerra actual como de la paz imperialista que ella está preparando; el que llama a los pueblos a la revolución contra los gobiernos criminales.» (V. I. Lenin, Pacifismo burgués y pacifismo socialista (1917).


¡Bendita y horrorosa sinceridad! La guerra entre naciones no excluye, necesariamente, el recurso táctico y estratégico (y aun la obsesión) a la «guerra civil» como medio político para llegar o mantenerse en el poder. De hecho, los comunistas han antepuesto históricamente (y anteponen todavía) la guerra civil a la guerra entre naciones. La revolución bolchevique triunfó en gran medida por su oposición a la Gran Guerra, haciendo, nada más llegar al poder, que Rusia se desligara del conflicto mundial. Los enemigos a quien derrotar pasaron a ser los burgueses, los campesinos, todos los rusos, en fin, que representaban alguna clase de obstáculo al plan de los soviets, el nuevo absolutismo totalitario.

Será, asimismo, porque hay guerras y guerras. Desde hace siglos. Hasta hoy…


viernes, 7 de agosto de 2015

HIROSHIMA, NAGASAKI Y EL MAL MENOR EN LA GUERRA


«Ya en febrero de 1942 se le había dicho [desde los mandos militares japoneses] al emperador [Hirohito] que no sería posible ganar la guerra. En 1943, la marina había llegado a la conclusión de que la derrota era inevitable. En 1944, Tojo fue defenestrado por un putsch de la marina.  Ninguno  de  estos  hechos  modificó  la  situación.  El  miedo  al  asesinato  era  excesivo.  En mayo de 1945, se solicitó la mediación de Rusia, pero Stalin dio largas al asunto, pues en enero se le habían prometido en Yalta importantes recompensas territoriales, si en  agosto declaraba la guerra a Japón.  El  6  de  junio,  el  Supremo  Consejo  japonés  aprobó  un  documento  titulado  “Política fundamental  que  se  aplicará  en  adelante  en  la  conducción  de  la  guerra”;  allí  se  afirmaba:

“Continuaremos la guerra [...] hasta el amargo final”. 

» El plan definitivo para la defensa de Japón, la “operación  decisión”,  contemplaba  el  empleo  de  10.000  aviones  suicidas  (la  mayoría  aparatos  de entrenamiento  adaptados),  cincuenta  y  tres  divisiones  de  infantería  y  veinticinco  brigadas; 2.350.000  soldados  entrenados  combatirían  en  las  playas,  con  el  respaldo  de  4  millones  de empleados  civiles  del  ejército  y  la  marina,  y  de  una  milicia  civil  de  28  millones.  Tendrían  armas como  escopetas  cargadas  por  la  boca,  lanzas  de  bambú  y  arcos  y  flechas.  La  Dieta  aprobó  leyes especiales con el fin de formar este ejército. Los comandantes aliados calcularon que sus propias fuerzas  debían  prever  hasta  un  millón  de  bajas  si  la  invasión  de  Japón  llegaba  a  ser  necesaria.



¿Cuántas  vidas  japonesas  se  perderían?  Si  suponemos  índices  comparables  con  los  anteriores,  la cifra estaría dentro de los 10 a 20 millones. […]

» Los datos disponibles no sugieren que habría podido obtenerse la rendición sin el empleo de las bombas atómicas. Si no se las hubiese empleado, se habrían librado encarnizados combates en Manchuria y  habría  sobrevenido  una  intensificación  todavía  mayor  del  bombardeo  convencional  (que  ya  se aproximaba  al  umbral  nuclear  de  alrededor  de  10.000  toneladas  de  TNT  diarias),  incluso  si  no hubiese sido necesario apelar a la invasión. 

Por lo tanto, el empleo de armas nucleares salvó vidas japonesas tanto como aliadas. Los que murieron en Hiroshima y Nagasaki fueron víctimas, no tanto de la tecnología anglonorteamericana como de un sistema paralizado de gobierno [el nipón], posibilitado por una  ideología  perversa  que  se  había  distanciado  no  sólo  de  los  valores  morales  sino  de  la  razón misma.»


El general norteamericano MacArthur y el emperador japonés Hirohito

Paul Johnson, Tiempos modernos (1983)

domingo, 26 de julio de 2015

HOMENAJE A ELIAS CANETTI: LA MASA Y LA CASA


Para Elias Canetti, existe un impulso originario e incontenible de la masa, en verdad una de las primeras características que más impresionan, su instinto de destrucción: «Preferiblemente, la masa destruye casas y cosas.» (Masa y poder) Como animal pesado y sobrecargado que es, la masa avasalla y somete todo lo que encuentra a su paso, todo lo engulle y metaboliza, hasta el punto de formar en su interior una pasta compacta, concentrada y reducida a su mínima expresión: un conjunto de objetos empequeñecidos. La masa se agranda en proporción directa a la mengua de sus componentes; la masa, vale decir, se hace masilla, con la que tapa agujeros y aberturas que impidan fugas. Y es que como apuntó Ortega y Gasset: «Hay una delicia epidémica en sentirse masa, en no tener destino exclusivo. El hombre se socializa.»

Pues bien, los individuos que se resisten a ser integrados en la masa –lo que no significa que lo logren– buscan su propio espacio donde resistir y sobrevivir, quedando así en el límite de la masa: uno de esos espacios protectores es la casa, refugio de la intimidad y símbolo superior de la propiedad y de la privacidad. Los límites y las demarcaciones de la casa son las ventanas y las puertas, desde ellas guardan el espacio interior y lo separan de lo exterior. No extraña, pues, que la masa se esfuerce en destruir este bastión, porque destruyendo estas imágenes, quebrantan los fortines de la individualidad, la jerarquía y las distancias.

Ventanas y puertas pertenecen a casas, son la parte más delicada de su delimitación hacia el exterior. Destrozadas las puertas y las ventanas, la casa ha perdido su individualidad. Entonces, cualquiera puede entrar a su gusto, nada ni nadie está protegido dentro de ellas. Por lo común, en las casas están metidos los hombres para excluirse de la masa, sus enemigos; lo que no significa, necesariamente, «recluirse». El derribo, el asalto, la intromisión o el allanamiento de morada destruyen aquello lo que los separa. Entre ellos y la masa no hay ahora nada. Pueden salir y sumarse a ella. O viceversa. ¿Se puede…? Se puede pasar a buscarles.

A la masa le irritan las puertas y las ventanas, cuando no están rotas. Le disgusta todo signo indicador que marque distancias. Sobre ellas ejerce la masa su presión más enfurecida. Soplaré, soplaré y la casa derribaré... «A la masa desnuda todo le parece la Bastilla.»


La capacidad del hombre para ensimismarse y desprenderse de la carga y del eco fragoroso de la plaza pública y la tremenda necesidad de residir en uno mismo aun viviendo en la ciudad, no representan un don natural ni una gracia que nos sobreviene. Se trata de un aprendizaje, de un ejercitarse en salir de la casa, de atravesar el puente, de entrar en sociedad, de participar en la vida activa, de encontrarse con la masa, pero también de encontrar el camino y el destino de vuelta al continente de la ética.


Fragmento de mi artículo «La ética, a las puertas de la ciudad», en El Catoblepas, número 15, mayo 2003, pág. 7.