viernes, 11 de marzo de 2011

ESPAÑA BAJO LA SOMBRA DEL 11-M

 
Vivimos en España un tiempo de excepción desde que entre el 11 de marzo y el 14 de marzo de 2004 se nos paró el corazón, y con él, el reloj de nuestra historia como nación. Desde aquellas jornadas funestas, España todavía no ha podido recuperarse, porque ni ha habido justicia ni ha sido restablecido el orden violentamente conculcado.
Todo lo contrario: la facción política en el poder no presenta el menor indicio de rectificación y moderación; tampoco lo esperamos de ella. Los mayores esfuerzos al respecto consisten en tapar las bocas que puedan hablar demasiado; en ocultar las pruebas que puedan incriminarles; en dilatar el proceso de resolución del «caso»; en taponar todo asomo de investigación que les salpique; en intimidar, en fin, a la oposición hasta el punto de que ya no vuelva al Gobierno.


No diré a la oposición lo que debe hacer, pero sí lo que no debe hacer: olvidar el 11-M, o participar en su disolución. Mientras tanto, juzgo insensata la inclinación del Partido Popular de perseverar en un discurso político victimista y de lamentación perpetua. O de hacerse los «buenos», a fin de que les perdonen la vida… Ya me entienden, tras una calamidad o (valga la redundancia) la última iniciativa del actual Ejecutivo, la jeremiada: «¿qué pasaría si en lugar de los socialistas, estuviesen en el Gobierno los populares?». Esta lamentación delata un vergonzoso complejo, amén de un profundo miedo a la responsabilidad. Otra vez. Hay otras monsergas al uso, no menos penosas y estériles: «¿dónde están ahora los que tanto protestaban y tanto se sublevaban cuando el PP estaba en el Gobierno?». Vano lloriqueo.

España vive una situación de excepción porque, si llega el Partido Popular al Gobierno, sencillamente, no se le dejará gobernar. Volverán los tiempos del «no a la guerra», de los prestiges y los yaks-42, las huelgas generales y los asaltos a las sedes del PP, las caceroladas «ciudadanas» y la violencia «piquetera», el «nunca más» y el «hay motivo». O algo peor…
He aquí la profunda anomalía que ensombrece y ahoga la democracia española. Esta es la gran cuestión que mantiene atascada la situación política nacional: el gran atasco nacional. 

No es que le guste a uno volver hacia atrás y recrearse en el estancamiento y la «crispación». Resulta que estamos, necesariamente, fijados a aquellos días de marzo. Petrificados, hasta que los culpables de la felonía rindan cuentas ante la Nación (y la Justicia), hasta que se hayan hecho las correspondientes reparaciones, hasta que se hayan dado plenas garantías democráticas de que lo sucedido no volverá a ocurrir. Simplemente, no es posible seguir adelante (¿hacía dónde?), como si nada hubiese pasado.
No basta proclamar enfáticamente que hay que mirar al futuro y no al pasado, por la dramática circunstancia de que aquí ya nadie se mueve de su sitio. El poder se torna patrimonial, pero sólo desde un lado. Y si hay alguna señal de signo contrario, otra tendencia, eso es involución. Vuelven, entonces, las amenazas y el miedo. 

Con este chantaje y con esta coacción sobre nuestras cabezas, la democracia queda bloqueada sin más, sin poder avanzar. Con esta espada de Damocles sobre los españoles, de poco sirve que el PP prometa crear empleo y reducir el déficit público como primer reclamo para ganar las elecciones. ¿Se dejará robar de nuevo la cartera y con ella los ahorros de los españoles? ¡No es la economía, estúpido!


El presente artículo fue publicado como columna de Opinión en el diario Libertad Digital, con el título de «El gran atasco», el 30 de agosto de 2005. Ofrezco aquí una versión reducida del mismo.

miércoles, 9 de marzo de 2011

BÉLGICA: DEL IMPERIO A LA (DES)UNIÓN


I
primer tercio

El avión iniciaba el descenso en el aeropuerto de Bruselas cuando ya caía la noche. Aterrizaba con retraso, respecto a la hora prevista. No es esto una noticia, una novedad ni un acontecimiento, lo sé. Tan sólo circunstancia común del viaje, anomalía convertida, a nuestro pesar, en hábito, en fatalidad implacable del viajero que acaba recibiéndola con similar resignación a como acoge la regularidad del cotidiano crepúsculo. Con esta diferencia: el ocaso nuestro de cada día, con menos demoras en cumplir su ciclo que los vuelos regulares del transporte aéreo, sí sale a su hora, aunque, eso sí, una hora cambiante. Eppur si puove… El tiempo llega siempre a tiempo para simplemente acontecer.
Probablemente, estos pensamientos sobre el curso del chronos acudían a mi mente porque, si bien felizmente desembarcado en Bruselas, todavía no había llegado al primer destino de mi viaje a Bélgica, que era Gante. Debía trasladarme ahora a la estación ferroviaria del aeródromo al objeto de tomar un tren que me condujese a la antigua ciudad imperial. La capitanía general de Europa en la actualidad la reservaba para la segunda etapa. Aunque otros incumplan horarios establecidos e ignoran normas vigentes, por mi parte, iba a seguir el protocolo que me había impuesto: el emperador precede al funcionario.
Un itinerario de ida y vuelta. De la cuna del emperador Carlos V al bureau de Europa. De la provincia a la capital. Del pasado al futuro. Del Imperio a la Unión Europea, y… a la desunión belga. Un viaje desvertebrador, el de Bélgica, que tendrá su lógica, pero que, sea como sea, supone una vuelta al pasado. De ese viaje, yo paso.
El trayecto marcado, y que yo sigo adelante en este corto periplo por Bélgica cubría, no obstante, un gran trecho en la vida de Occidente. Distanciados Gante y Bruselas por poco más de cincuenta kilómetros, menos de una hora de trayecto en tren en la actualidad, los liga cinco siglos de historia  común. Los separa la larga sombra de la pasión particularista. La expedición que yo emprendía en son de paz por esta reserva del continente, enlazaba dos ciudades todavía de Bélgica, o en Bélgica, ese ser o no ser, y que acaso albergue el misterio mismo de Europa.
Pero, ¡alto ahí, aduana!, no había llegado a este lugar para resolver enigmas, deshacer entuertos ni aclarar misterios de naturaleza histórica y gran calado político. Yo, viajero, voy de paso. Además, ¿cómo podría asumir semejante compromiso geoestratégico, si no era capaz siquiera de encontrar la salida del aeropuerto de Bruselas ni de saber con exactitud qué tren debía llevarme a Gante ni en qué vía estaba estacionado?

Continuará...

lunes, 7 de marzo de 2011

«TEMPERAMENTOS FILOSÓFICOS» de PETER SLOTERDIJK


«Vieja librería» de Manolo Valdés

Peter Sloterdijk, Temperamentos filosóficos. De Platón a Foucault, traducción al alemán de Jorge Seca, Colección El Ojo del Tiempo, Siruela, Madrid, 2010, 140 páginas

A mediados de los años noventa del pasado siglo, Sloterdijk, con la colaboración de la editorial alemana Diederichs, pone en marcha un meritorio proyecto orientado a contracorriente de las modas y tendencias dominantes en los últimos tiempos. Se trataba de componer una nueva historia de la filosofía, pero recogiendo en esta ocasión, de primera mano, la palabra de los filósofos: «una criptomanía de textos de los autores más significativos.» (Prefacio).

Peter Sloterdijk (Karlsruhe, 1947) es uno de los filósofos más activos, originales e inclasificables del panorama filosófico actual en Europa. Es rector de la Escuela Superior de Información y Creación de Karlsruhe y catedrático de Filosofía de la Cultura y Teoría de Medios de Comunicación en la Academia Vienesa de Artes Pláticas. Autor de una profusa producción ensayística, buena parte de la misma ha conocido versión española. Entre los títulos más célebres podemos citar los siguientes: El Desprecio de las Masas. Ensayo sobre las Luchas Culturales de la Sociedad Moderna (2002), Crítica de la Razón Cínica (2003), Normas para el Parque Humano. Una Respuesta a la 'Carta sobre el Humanismo' de Heidegger (2003), Sobre la Mejora de la Buena Nueva. El «Quinto Evangelio» según Nietzsche. Discurso pronunciado el 25 de agosto de 2000 en Weimar en conmemoración del centenario de la muerte de Friedrich Nietzsche (2005), así como su trabajo más ambicioso: Esferas, serie editada en tres volúmenes (Burbujas, Globos y Espumas, 2003, 2004 y 2006).

De una sólida formación académica, y sin desatender en ningún momento las tareas docentes, Sloterdijk no se deja, por ello, encasillar en ninguna escuela o movimiento corporativo. Tampoco gusta de ver limitada su actividad intelectual al rutinario régimen de las aulas y los congresos de especialistas. El libro recientemente publicado en España, Temperamentos filosóficos, confirma esta vocación personal y esta vertiente pública del autor, por otra parte, ya plenamente consolidas.

El objetivo —que aspira a recuperar, en definitiva, la tradición primigenia del saber— puede resumirse en los siguientes puntos concretos:

1) Frente al dominio de la «Interpretación» de textos y los «Estudios Introductorios», extendido en la mayor parte de las Universidades del mundo, Sloterdijk y el equipo bajo su dirección proponen, sencillamente, un acercamiento directo a la filosofía —a la palabra filosófica—, limitando su intervención a tareas de presentación y selección de los autores convocados: Platón, Aristóteles, Agustín, Bruno, Descartes, Pascal, Leibniz, Kant, Fichte, Hegel, Schelling. Schopenhauer, Kierkegaard, Marx, Nietzsche, Husserl, Wittgenstein, Sartre, Foucault.

2) En palabras del propio filósofo alemán: «Mi convicción era —y lo sigue siendo— que en filosofía no puede haber ninguna introducción, sino que más bien la misma disciplina filosófica tiene que presentarse ella misma desde el inicio, primero como un modo de pensar, para continuar acto seguido como un modo de vivir.» (pág. 10). Nueva muestra de respeto a la más pura tradición de la filosofía clásica.

3) A diferencia de los movimientos —todavía— en boga que preconizan y estimulan el relativismo, el multiculturalismo y los pensamientos cruzados o mixtos, Sloterdijk sugiere una «biblioteca filosófica esencial», un selecto compendio de sabiduría del primer nivel, un canon filosófico. Ocurre, a menudo, que un bosque de hojarasca no deja ver las páginas de pensamiento más relevantes, las cuales, justamente, son las que deben ser destacadas.


La obra resultante quedó ajustada al plan previsto, con la excepción de los tomos dedicados a Heidegger y Adorno, ausentes por problemas con los derechos de edición. El volumen que ahora reseñamos contiene los prólogos escritos por Sloterdijk como presentación a la obra de los autores anteriormente citados. En estas «viñetas de pensadores reunidas», Sloterdijk, ofrece unos concisos estudios de carácter y unos retratos intelectuales verdaderamente personales. No hay aquí mera repetición de datos archiconocidos ni lugares comunes. El lector encontrará, en cambio, unos perfiles psico-filosóficos con rasgos precisos, unas pinceladas con relieve, de los maestros, trazados por la mano firme y experimentada de Sloterdijk.

He aquí el motivo de hablar de «temperamentos filosóficos». Sloterdijk, siguiendo en este punto a Fichte, es de la opinión de que la filosofía escogida por cada individuo depende, en última instancia, del tipo de persona que uno es. Y es que, según dijimos unas líneas más arriba, para Sloterdijk la filosofía y la vida son entidades imposibles de separar.