miércoles, 29 de enero de 2020

EL DOBLE Y EL ESPECTÁCULO: LA ILUSIÓN DE VER AL OTRO


1
He examinado en otros sitios el fenómeno fenoménico del doble y la ilusión (humanoide: demasiado poco humana) de ser otro. Para ello reparé, entre otros referentes, en el célebre Mito de la Caverna, expuesto por Platón en el diálogo República, y en la figura de Narciso. El asunto remite, por una parte, a los orígenes del pensamiento filosófico occidental; las parejas conceptuales apariencia/realidad (en el plano ontológico) y opinión/conocimiento (en el plano epistemológico). Y asimismo apunta a un tremendo malentendido en la opinión pública y en las creencias colectivas asumidas por la sociedad contemporánea, como es el definir ésta según la etiqueta de «sociedad narcisista», queriendo hacer significar con ella un comunidad egoísta y autorreferencial, ensimismada y recogida en sí misma, en la cual los individuos se aman a sí mismos por encima de todo, se quieren en sí y para sí, enamorándose, en fin, de lo que son. Ocurre, sin embargo, lo contrario, consecuencia, aunque no única ni exclusiva, de la desacertada forma de referirse a la leyenda de Narciso. Y es este extravío, esta ilusión, esta atracción dependiente de lo mítico y lo legendario, esta fenomenal confusión entre lo original y la copia lo que pongo en cuestión y llamo al orden (racional y comprensivo).
Y por si esto fuera poco, asistimos en el presente continuo a la apoteosis de la empatía, por no decir “ebriedad” de otredad, y comodín multiusos. Ilusión de ilusiones, todo es ilusión en este submundo creado por un gentío que repite como un loro sin logos, incansablemente, la palabra macabra (Em-pa-tía), sin saber de qué está hablando.
Comoquiera que el asunto da mucho de sí, según puede comprobarse por la bibliografía acumulada, me propongo dedicarle ahora un nuevo capítulo (en rigor, sólo un apunte, que no será el último), poniendo el foco de atención, en esta ocasión, en el impacto del doble en el mundo del espectáculo: la escena, el cine, la televisión, etcétera.

Hoy, programa doble. Los remedos constituyen el refugio de los remisos y los ilusos, así como los falsos remedios para la carencia de creatividad y de producción propia. El espejismo fantasioso ha reemplazado a la imaginación creadora

El recurso dramático y cómico a la dualidad de y en los personajes constituye una constante en las artes y en la literatura desde tiempo inmemorial; prácticamente, desde sus inicios: repare el lector, por ejemplo, en La Odisea de Homero. En el cine, la filmografía de Gregory La Cava, de Alfred Hitchcock y de Billy Wilder, por citar sólo tres nombres, vuelve una y otra vez en buena parte de sus títulos al hilo argumental del doble y de la dualidad, fuente inagotable de enredos, misterios, tribulaciones y otros cuentos, que dan mucho juego en el desarrollo de la acción y la narración.
Tratándose el doble de un elemento veterano en el espectáculo, percibo, no obstante, una recurrencia y un impacto muy perceptible en los últimos tiempos, derivados, si no ando errado, de dos bloques de motivos principales: 1) la falta de originalidad y creatividad, esto es, el ostensible déficit de ideas y de imaginación, que evidencia el oficio del espectáculo en la  era contemporánea; y 2) la huida del individuo de sí mismo (a través del espejo), el pánico a la responsabilidad (conducta por negación y reactiva) y el refugio en instancias ajenas (utopismo turístico y apego a la masificación). Todo lo cual patentiza ausencia de amor propio y deseo de ser otro. Veamos varias muestras de doblajes espectaculares.
2
Algunos de los espectáculos musicales con mayor audiencia y recepción entre el público (especialmente, de edad madura… en adelante) son aquellos que recrean, imitan o rinden tributo a celebres artistas del pasado reciente, cuando no del mismo presente. Dobles e imitadores de Los Beatles, Queen (o sea, Freddie Mercury), ABBA, Led Zeppelin, Michael Jackson, Elton John, Elvis Presley, Bob Marley, U2, Rolling Stones, Mecano, Héroes del Silencio, El Último de la Fila, Lina Morgan, Camilo Sesto, Lola Flores; la imitación de humoristas daría para un listado propio. Lo que tuvo su precedente en el karaoke, las películas coloreadas, las fiestas infantiles, juveniles y de la tercera edad (fin de curso, Halloween, fiestas de disfraces, festivales, verbenas y festejos veraniegos, excursiones del Imserso) y los programas al uso en radio y televisión tienen hoy continuación ampliada en canales específicos en YouTube y en los mal llamados “conciertos” de Tributo a… (resérvese el término “concierto”, lo ruego, para música clásica y ópera), muy populares, coreados hasta por los más tímidos entre el público y con el aforo lleno hasta la bandera.
Casos hay de artistas que, dado el éxito de semejantes ejercicios de mimo plagiario,  han sustituido su habitual programa de gira, con temas propios, para pasar a interpretar canciones de otros colegas de profesión con más nombradía y relumbrón. El efecto ha sido inmediato: "No hay entradas".
Un considerable número de películas y series de televisión que se pasan y emiten en la pantalla grande y la pequeña (con el florecimiento de los minicines y la existencia de televisores de muchísimas pulgadas la diferencia práctica es cada vez menor entre tipología de pantallas) la conforma una ristra de productos con elementos comunes: remakes y retocadas versiones de títulos clásicos o, simplemente, ya estrenados (declarados como tales o disfrazados de “homenajes” y camuflajes diversos), biopics o films biográficos y largometrajes y series de televisión «basados en hechos reales».
Un detalle más y termina por hoy la función. En la última película estrenada hasta la fecha, dirigida por Quentin Tarantino, Once Upon a Time… in Hollywood (Érase una vez en Hollywood, 2019), el verdadero protagonista no es, al cabo, el que hace de actor principal (Leonardo DiCaprio), sino su doble (Brad Britt): representación de representación.
Hoy, programa doble. Los remedos constituyen el refugio de los remisos y los ilusos, así como los falsos remedios para la carencia de creatividad y de producción propia. El espejismo fantasioso ha reemplazado a la imaginación creadora.
 

sábado, 21 de diciembre de 2019

HUMORADAS

I
Quienes hacen gala de francofilia, de defender la independencia de Quebec, de ser seguidores y segadores de Monsieur Guillotin —que como la empresa Gillette actúa cual cuchilla justiciera— y de seguir la tradición republicana de la toma de la Bastilla como modelo de alternancia política, toman como una gran afrenta —o un mal afeitado— que hagan bromas sobre ellos y, claro, se enfadan.
En Francia, con franqueza, no cabe hacer registro de una notable tradición humorística. Algo en literatura y pintura, muy poco en cine. En la patria de Rabelais y en los siglos recientes, cuentan con pocos cómicos de primera en el mundo del espectáculo y las varietés: el más popular, Louis de Funès. Ya ven. Si bien francés de nacimiento, es de descendencia españolísima; sevillana, para más señas: hijo de Carlos Luis de Funes de Galarza, abogado, y de Leonor Soto Reguera, ama de casa, lo cual no tiene nada de vergonzoso, y menos de gracioso. Sea como fuere, el linaje deja huella. Porque España sí es país rico en humorismo, de modo que algún gen bromista debía heredar el citado patoso histrión, con menos gracia y más mala pata que Long John Silver. Todo sea dicho sin ánimo de lucro ni de ofender.
También es España tierra de afrancesados, y con esos sí que hay que andarse con cuidado, sin hacer chanzas ni romanzas. Cautela, pues, con los devotos de Marat y con los sesentayochistas canosos de este lado de los Pirineos, que a la menor ocasión organizan una revolución y forman filas, declaran una nueva República y arman la marimorena, sea a nivel nacional o regional. Para demostrar que conocen la lengua francesa, entonan con embeleso La Marsellesa, su himno preferido, junto al de Riego:

“Aux armes citoyens!/ Formez vos batallons!/Marchons! Marchons!/ Qu'un sang impur abreuve nos sillons!”

II


Bien es verdad que no todos, ni de los unos ni de los otros, son de la misma condición ni de todos los tiempos. Voltaire, por ejemplo, era escritor entregado al ingenio jocoso, que cuando menos grueso más hermoso, aunque tenía, a veces, una inclinación hacia la crítica socarrona. Lema filosófico de su puño y letra es este: “Marchad siempre bromeando por el camino de la verdad”. Compruébese que en la historia de Francia —también en la de España— existen distintos estilos de ir de marcha.

He oído, asimismo, la leyenda en el antiguo Principado y actual aspirante a República singularizada según la cual el nombre de Santa Claus proviene, en realidad, del catalán

Una cosa es el mal humor y otra el buen humor. Lo mismo que ocurre con el talante, según te lo den por detrás o por delante. Los humores son flujos y serosidades que destila el cuerpo animal, y evolucionan dependiendo del temperamento o del carácter de cada cual, que sobre este asunto tampoco se ponen de acuerdo los comités de expertos. En consecuencia, no fiarse del humor tramposo, de la risa fácil ni de la risa tonta, por riesgo de contagio.
Decía juiciosamente el filósofo francés Alain que la definitiva demostración de la trampa del humor es ponernos muy feos y mirarnos al espejo. Convertimos el humor en malhumor cuando, además, nos quejamos del resultado.
Notable propósito es pretender adiestrar al sujeto en el arte de la humorada. Mas, tengo para mí que en el ser o no ser del humorista manda más la naturaleza de uno que la instrucción general o particular, por no hablar del imitador de concurso ni del chistoso de manual. Muchos hay quienes no saben distinguir entre risa y sonrisa, comicidad y bufonada, vis cómica y hacer muecas, o sea, poner caras feas.

III
Y el caso es que, entre galanuras y francachelas, el francés ha demostrado ser maestro, si no del humor de ley, sí del arte del mimo y la imitación; o mejor dicho, del ser imitados por el resto del mundo, del marcar la pauta y la moda por doquier. Ha conseguido así exportar miles de marcas y firmas a lo prêt-a-porter.
Una muestra de escaparate: a Santa Claus se le conoce por estos lares con el nombre de Papá Noel, versión al español de Le Père Noël, sin diéresis y más familiar, pues en toda copia algo se pierde respecto al original, a parte del respeto. En España, es costumbre arraigada, aunque no en toda ella. Para variar, la denominación de origen no ha cuajado en Cataluña, donde prefieren al Tió de Nadal (Tronco de Navidad), así como sus versiones escatológicas del “cagatió” y la figurita del “caganer” para perfumar el Belén, y cuyos significados no será necesario traducir.
He oído, asimismo, la leyenda en el antiguo Principado y actual aspirante a República singularizada según la cual el nombre de Santa Claus proviene, en realidad, del catalán, como su propio nombre indica: el plural de “clau”, es decir, la llave de la Navidad. La demanda de esta particularidad no ha enfrentado a los delfines de Robespierre y a los infantes de Delapierre. Tampoco ha acabado en los tribunales ni ha terminado en otro Waterloo, sino que ha quedado en familia, como exigen el espíritu del pueblo (Volksgeist) y el navideño. Sobre el origen de los Reyes Magos de Oriente no hay reivindicación, porque a los catalanes hambrones les preocupan los Borbones. De momento, la prioridad es cortar el asado en la cena de Nochebuena, poder tragar los polvorones y hacer hueco para los bombones.

Y aquí acaba el cuento sobre el numerito del gordo de Navidad, que si Papá Noel, que si Santa Claus, que si Melchor, Gaspar y Baltasar, que si Doña Manolita, que si iguales para hoy: la niña bonita (terminación en 15) o la pajarita (terminación en 27). Los medios dirán que ha quedado muy repartido y los afortunados con los primeros premios, que es para tapar agujeros y brechas. Todo sea por la felicidad y la concordia general. Aquí paz y después gloria. 

La próxima semana, o la otra, hablaremos del Gobierno.



sábado, 14 de diciembre de 2019

VER PARA CREER




¿Es lícito valorar un producto o algo sin haberlo percibido antes? Por supuesto que sí. La mayor parte de juicios y opiniones están basados en testimonios y fuentes de segunda mano. Nuestra experiencia y nuestro conocimiento son limitados, y, sobre todo, selectivos. Saber es saber elegir.
El viejo recurso de reclamar al crítico (no necesariamente, "profesional") una prueba empírica sobre la que asiente su estimación todavía cuela y se cuela entre dimes y diretes, que en eso ha quedado la comunicación humana. Señalo una burda añagaza con la que Previsores Reunidos S. A. se curan en salud y se blindan ante críticas, en particular, si no son de su agrado, o sea, “negativas”.
Así actúan los que nunca han tenido en sus manos un tratado de Tomás de Aquino, pero exigen a los demás que hayan tocado el género antes de tasarlo. Según esta Summa Dedológica, que intenta refutar nada menos que el sentido común, la lógica formal y el pensamiento abstracto, nadie estaría capacitado, por ejemplo, para opinar sobre una película, si previamente no la ha visto. Comunica uno su impresión con sabor a difamación y, tomando la expresión al pie de la letra, es interpelado de inmediato: “Pero, ¿tú la has visto?”. Tratándose de un libro, la cosa variaría, aunque no mucho: “Pero, ¿tú la has leído?" 

"Entonces, ¿de qué hablas?"
Esta ingenua treta podría servir, si acaso, para promocionar productos presumiblemente “provocativos” y fachosos, aquellos cuya razón de ser consiste, más que nada, en dar de qué hablar. Y poco más. Así funcionaría el denominado “boca a boca”, allí donde muerde el anzuelo y muere el pez.

La vida es breve. Conocer supone ante todo aprender lo legado y verificado, así como saber discernir y seleccionar entre el piélago de cosas que hay y nos rodean. Sin perder el tiempo en lo baladí y en el “si no lo veo, no lo creo”

Según Expertos Reunidos en petit comité, es vano el creer lo que no ha sido visto, muestra del no saber. Porque, tomistas o no, consideran de tomo y lomo que saber y percibir vienen a ser lo mismo. Quien mucho ha tocado se siente capacitado para sanar con las manos (♫ las manos mágicas♫). Herederos del pensamiento mágico, ignoran que una crítica competente, lo mismo que un primer diagnóstico médico, no se reconoce por el ojo que todo lo ve sino por el ojo clínico. A éste, con una mirada que mucho y bien ha observado, le basta, normalmente, unos minutos para hacerse una idea ajustada de lo que tiene delante. “¿Y tú qué sabes?”.
No, no visto la gala galana de los Premios Goya ni la última producción de Pedro Almodóvar. Tampoco he leído la nueva novela de Lucía Etxebarría y etcétera. Lo confieso. ¿No tengo, en consecuencia, información ni criterio suficiente para ponderar su sentido y significación? 

Me considero más espectador, en sentido orteguiano, que televidente estilo arguiñano, fiel a “Cocina abierta”, “El programa de Ana Rosa” o “Gran Hermano”, si es que los echan aún por la tele, que no los veo...

“Entonces, ¿por qué opinas?”

Tampoco podría citar de memoria las Obras Completas de Sabino Arana ni de Prat de la Riba: ¿estoy negado por ello para poder evaluar el alcance último del nacionalismo vasco o catalán? Sí he leído, en cambio, a John Locke, y a otros que me han proporcionado claves, fundamentos y perspectivas de buen entendimiento. Del filósofo inglés he aprendido, por ejemplo, que el conocimiento brota de dos raíces: la procedente de la percepción directa y presente de las cosas y la proveniente del testimonio de los demás. La mayor parte de nuestro saber bebe de la segunda fuente (aconsejable, que sea fiable y sólida). Claro está como el agua que la deducción y el saber sumar dos y dos también ayudan mucho.
La vida es breve. Conocer supone ante todo aprender lo legado y verificado, así como saber discernir y seleccionar entre el piélago de cosas que hay y nos rodean. Sin perder el tiempo en lo baladí y en el “si no lo veo, no lo creo”.