viernes, 10 de diciembre de 2010

MATTHEW ARNOLD, «SCHOLAR» EMINENTE Y «ABOGADO» DEL ESTADO



Matthew Arnold, Cultura y anarquía, edición y traducción de Javier Alcoriza y Antonio Lastra, Cátedra. Letras Universales, Cátedra, Madrid, 2010, págs. 241.

Matthew Arnold (1822-1888), nacido en Middelsex (Reino Unido), poeta y crítico de la cultura, representa junto a otros autores ejemplares británicos —Thomas Carlyle, Robert Browning o John Ruskin, por poner sólo tres ejemplos— una de las mejores expresiones del espíritu victoriano aplicado al terreno de las Letras. Más que al género de los intelectuales, un concepto que no arraigará hasta el siglo XX, Arnold y los personajes de su «raza», como a él le gustaba decir, pertenecen al gremio o club de los Scholars.
Se trata de escritores y profesores severamente formados en los mejores colegios de Inglaterra, más inclinados al conocimiento que a la acción, realidades humanas, con todo, que Arnold procurará armonizar. Y hablamos, en referencia particular a Matthew Arnold, de un estricto «victoriano eminente» de segunda generación. Hijo del Dr. Thomas Arnold (1795-1842), seleccionado por Lytton Stracey en el célebre ensayo «Victorianos eminentes» (1918), comienza sus estudios en el colegio del que su padre ejerció de director, «Escuela de Rugby», para desarrollarlos posteriormente a la Universidad de Oxford. En esta Universidad imparte clases de Poesía, al tiempo que dedica parte de su carrera profesional a ejercer de inspector de Educación.
Hermano, asimismo, de dos notables de la cultura —el erudito Tom Arnold y el escritor William Delafield Arnold— Matthew dedica prácticamente su existencia a mostrar y demostrar que la cultura es, por encima de todo, la meta superior en la vida de los hombres, en el horizonte de la perfección. A diferencia de los «practicantes liberales», contemporáneos suyos, empeñados en una perspectiva de intervención política propensa a emprender reformas sociales de calado, Matthew Arnold confía, principalmente, en la cultura, entendida como cultivo interior y desarrollo de la personalidad, a la hora de realizar un diagnóstico de los problemas del ser humano y de proponer, en consecuencia, vías de solución.
Este es el propósito principal del ensayo «Cultura y anarquía», publicado en 1869. El primero de sus capítulos recoge la última clase que imparte el autor al despedirse de la cátedra de Poesía, texto que llevaba por título «La cultura y sus enemigos». La falta de autoridad institucional y de inteligencia personal representan para Arnold los principales enemigos de la cultura, junto a su inevitable corolario: la anarquía.
Romántico a la vez que victoriano, sostiene que la búsqueda de la «dulzura y la luz» debe anteponerse al «fuego y la fuerza». No obstante, sus convicciones tampoco están fijadas exactamente en el puritanismo ni aun en el teologismo. Arnold es un leal heredero del humanismo, legado que resume en los conceptos centrales que, a su juicio, condensan el sentido de la conducta humana, esto es, el hebraísmo y el helenismo: «Así, las dos fuerzas naturales del hombre, hebraísmo y helenismo, no estarán separadas ni serán rivales, sino que conformarán una fuerza unida de recto pensar y fuerte obrar orientada hacia la perfección». (pág. 235)
Cree Arnold, ante todo, en el espíritu del hombre, o mejor, y al modo de Carlyle, de los grandes hombres. Pero, a la manera de Hegel en el continente europeo, piensa que sin Estado las ideas sublimes no pueden canalizarse ni materializarse: «al ser la acción del Estado la acción de la nación colectiva» (pág. 158). La conclusión, en fin, no puede ser menos coherente en un autor del siglo XIX —victoriano, romántico y humanista— en el que convergen y se sintetizan la condición de poeta, ensayista, profesor e inspector educativo.

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