lunes, 13 de diciembre de 2010

LA SEGURIDAD DE SER VIENA (1)




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En el verano de 1999, cuando penetraba en el corazón de Viena, yo ya sabía que Harry Lime era el Tercer Hombre, quien había simulado su propia muerte con el fin de burlar el cerco tendido por la policía internacional de ocupación en la inmediata segunda gran posguerra en la capital austriaca. La estratagema le permitiría, desde el anonimato e impunemente, continuar con sus criminales negocios de estraperlo, de mercado negro, distribuyendo entre la población penicilina adulterada. Harry Lime se quita de en medio, materialmente, se esfuma, adquiriendo una identidad nueva, todavía inocente, algo así como una nueva vida. Archivado el expediente delictivo y procurando no dejarse ver ni actuar al aire libre, Lime se mueve de noche, opera en la sombra. Evitando las calles y la luz del sol, utiliza las alcantarillas de la ciudad para desplazarse y esconderse, igual que las ratas o los vampiros.
Sabía yo todo esto al haber leído la novela de Graham Greene El tercer hombre y haber visionado más de una vez la excelente adaptación cinematográfica que realizó Carol Reed (The Third Man, 1949) a partir de la misma. Peo ahora, recorriendo Viena, comprendía mejor el acierto del recurso dramático ideado en el argumento, haciendo que la desaparición de escena del malvado personaje fuese causada por un atropello fingido. En cualquier caso, y de cara al público, la suplantación pasaba por escenificar un fatal accidente de tráfico frente al palacio Pallavicini, contemplado por algunos trémulos testigos y por las cuatro estáticas cariátides que sostienen el pórtico del noble edificio. Todos guardaban silencio ante lo que allí aconteció. Resulta, ahora lo sé, que el riesgo de ser arrollado en Viena por un vehículo a toda velocidad es altamente probable. Todo, pues, muy verosímil.
No tengo a mano las estadísticas de siniestros de tráfico computados en la ciudad de Viena en las últimas décadas, y tampoco me desazona no tenerlas delante de mi vista, pues no escribo por encargo del Real Automóvil Club ni es éste un informe pericial ni un atestado policial. Pero sí digo —aviso a visitantes— que los pasos de un peatón en Viena deben ser muy vigilantes y precavidos. La circunstancia no deriva de la conducción temeraria por parte de los conductores ni de un descomunal tráfago viario, tampoco a un especial caos circulatorio en Viena, pues, en materia vial, Viena no es, de ninguna manera, comparable a Beijing/Pekín, Ciudad de México, El Cairo o Nápoles.
Sucede más bien en Viena que uno nunca sabe con seguridad por dónde van a venir (o sobrevenir) los tranvías, máquinas en movimiento omnipresentes, invadiendo las isletas que separan las travesías y las calzadas, formando un laberinto de vías con proyección de crucigrama. Tampoco puede prever el viandante por dónde surgirán de pronto resueltas y veloces bicicletas, reinas rodantes de las calles y los bulevares de Viena, actuando con mayor alegría y libertad todavía que las ciudades holandesas. Los dominios y preferencias del ciclista en Viena superan con creces a los de los transeúntes, quienes caminando por una avenida o paseo pueden verse sorprendidos por un decidido invasor amarrado al manillar como al timón de un ligero bergantín. Tal vez deba sentirse el caminante un intruso o culpable por invadir espacios que creía propios: aceras y paseos.
Ser atropellado por un vehículo en Viena representa un peligro altamente probable. La imaginación de Graham Greene recreó el aparente percance sufrido por Harry Lame en un periodo (la inmediata posguerra mundial en 1945) en que la capital austriaca padecía grandes calamidades y desdichas, mucho más penosas que las derivadas del tráfico rodado. Pero acaso sean los apremios menos previstos los que acaban tornándose más perentorios en la existencia humana.
Sea como fuere, mis pensamientos sobre Viena están asociados irrefrenablemente, irreprimiblemente, con los asuntos de la precaución y la seguridad. Y no crea el lector que soy persona especialmente recelosa ni precavida en exceso, víctima de la hipocondría o la paranoia. En realidad, no es de mi protección o integridad personal de la que estoy hablando, sino de la sensación de necesidad de seguridad que irradia esta ciudad. Hablo del recelo y de la prevención de una ciudad que tal vez provenga de un prístino sentimiento de inseguridad que remite a un tiempo pretérito, a una villa remota.

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Viena goza hoy de un altísimo nivel de protección ciudadana, personal y económica. Los asaltos o hurtos en la vía pública son infrecuentes.  La mendicidad y la vagabundez en las calles, imperceptibles. Los puestos de control en los pasos de semáforos son tomados por nada coactivos vendedores de prensa, preferentemente vespertina, y no por acuciantes proveedores de pañuelos de papel, ni por menesterosos varios,  limpiacristales profesionales del estropajo y restregón, o saltimbanquis. La vida política, desde el final de la segunda gran guerra, no ha experimentado tampoco fuertes convulsiones. Los vieneses disfrutan, por lo general, de buena salud, de una existencia confiada, satisfecha y confortable. ¿Qué teme, entonces, Viena?
Viena ha sido desde su fundación un territorio urbano, un reducto anhelado, un enclave estratégico acosado sin descanso, permanentemente pretendido por fuerza invasora, un objeto de deseo ferozmente codiciado por vecinos próximos y distantes. Me pregunto si esta circunstancia no habrá arraigado profundamente en el subconsciente de la ciudad, dejándole en el alma una indeleble huella, una señal, como marcada al fuego, de constante peligro. Soportar una inmemorial existencia precaria, sostenerse en la cuerda floja, persistir en un presente continuo amenazador, en un futuro incierto y abierto en canal, conllevan cargas psíquicas  y zozobras emocionales no siempre fáciles de sobrellevar. Ni por individuos ni por comunidades. Estos pesos pesarosos conforman con el tiempo el fermento de unas particularidades definidoras de un carácter vigilante, tan costoso y doloroso de expulsar como piedras en la vejiga o en el riñón. Citaré, para dar una idea de lo que digo, algunas de esas singularidades vienesas: la propensión al suicidio, el ansia de protección y el narcisismo. No siempre es conciente el vienés de sobrellevarlas. A veces anidan en el subconsciente.
Mencionar el término «subconsciente» en Viena, cuna del psicoanálisis y domicilio profesional del gabinete del Dr. Sigmund Freud, no supone un acto gratuito, metafórico o retórico. Viena, tendida sobre el diván, verbaliza sus obsesiones con gran fluidez, hablando sin remedio de la necesidad de ser y persistir, así como de los impulsos anexionistas y los sueños imperiales, que hicieron de la nación austriaca (esto es, de Austria-Hungría), uno de los Estados más poderosos del mundo. La crónica histórica, así como las propias calles y las casonas de la ciudad, refieren la biografía de una existencia arriesgada, del temor de una ciudad a ser atropellada, dominada o eclipsada por otras potencias. Por oriente, la nación otomana, empeñada en imponerle una cultura y unos príncipes excéntricos, como trampolín sobre el que saltar sobre Europa entera. Por el norte, la patria germánica, con quien comparte el idioma y circunstanciales intereses estratégicos, de esos que se forman con la misma facilidad y prontitud que se deshacen; por ejemplo, la anexión (Anschluss) al III Reich alemán.
Viena y Austria han rumiado durante siglos una idea insistente, una aprensión profundo no siempre confesado: la inseguridad de no ser, junto al miedo a descubrir aquello que en realidad es.

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Desde el primer asentamiento estable de la villa, fundada bajo la denominación de Vindobona («ciudad blanca»), con el objetivo principal de servir de bastión y frontera nororiental del Imperio romano frente a las acometidas de los bárbaros, Viena no sólo ha estado pendiente de su propia seguridad, sino de la integridad de la Europa de la época. Por estos parajes meditó mucho el soberano filósofo Marco Aurelio acerca de la tarea del hombre y el sabio dominio de la vida, mientras le acechaban otras dominaciones y sujeciones más propias de su papel de emperador romano. Y aquí murió, defendiendo un modelo de civilización, como valiente príncipe, y una forma de vivir y morir, como gran pensador. 
En la actualidad, pueden recrearse en la moviola de la mente los límites de la antigua fortificación romana. Al norte, está la linde natural: el Donaukanal, brazo fluvial del Danubio que junto a su otro afluente, el Wien, origen del nombre de la ciudad, componen los márgenes originarios de la urbe. El Tiefergraben y el Graben, los antiguos fosos que servían de protección a la ciudadela, marcan el resto de los frentes protectores.
Posteriormente, ambas trincheras fueron cegadas, y hoy el Graben (el foso) constituye el corazón de la ciudad, zona peatonal y comercial, lugar de encuentro y de acontecimientos festivos. Realzan el entorno algunos monumentos de gran valor —el edificio que alberga la tienda Knize, diseñado  por Adolf Loos—, junto a otros, francamente, prescindibles, por ejemplo, la Pestsäule, o Columna de la Peste, erigida para conmemorar el fin de la plaga ponzoñosa que invadió Viena en el siglo XVII, y que hoy en justa correspondencia no sería una barbaridad suprimir para liberarse de otra calamidad. En el eje central del antiguo emplazamiento romano se encuentra Marc-AurelStrasse, una recoleta y tranquila vía repleta de restaurantes que desemboca en la MorzinPlatz, orillando el Danubio.

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En este cruce de senderos de la mente quedó definido el destino de Viena. De una parte, vivir pendiente del peligro, vigilar y asegurarse la protección y la supervivencia a cualquier precio. De otra parte, mostrar la firme voluntad de no renunciar al deseo de ser una sociedad refinada, distinguida y elegante, que en ningún momento y bajo ninguna situación puede permitir ver alterado el apacible ritmo de vida ni el programa de actos culturales establecido, las buenas costumbres y la gentilidad. 

Durante el célebre Congreso de Viena, que reunió a las grandes potencias centroeuropeas al objeto de componer el nuevo orden continental, trastornado por el vendaval napoleónico, las autoridades allí concentradas se tomaron su tiempo (de octubre de 1814 a junio de 1815) para cumplimentar los trabajos de alta política y superior estrategia. Tamaña duración puede encontrar la causa en la prolijidad diplomática del cometido expuesto sobre la mesa de deliberación. Pero, había algo más: estaba el sagrado afán de no interrumpir los suntuosos bailes y los animados festines que alegraban la vidorra de sus señorías.
La sala de palacio donde celebraban los bailes era conocida como Salón de las Tertulias, lo que da buena muestra del alcance de la ironía y la desenvoltura austriacas. Tan merecida fama tuvo el formato cónclave/ágape/soirée que ha hecho fortuna la fórmula con la ha pasado a la historia: «El Congreso se divierte, pero no adelanta un paso; baila, pero no anda.» Quien quiera saber qué es Viena, no debería olvidar este chascarrillo, porque dice mucho más de su singular naturaleza que miles de libros, informes y declaraciones oficiales.
Con el advenimiento de los Habsburgo, Viena alcanza la capitalidad del Estado austriaco, comenzando de ese modo un largo periodo de esplendor. Por dos veces, sin embargo, vio seriamente amenazado el orden establecido de la ciudad y del Estrado por la presión turca: primero, como consecuencia de las avanzadas belicosas de la nación otomana, en 1529; y, posteriormente, en 1683, nueva fase de la incursión militar que lleva al turco hasta las mismas puertas de Viena. Repelidos, felizmente, los asaltos venidos de oriente, alcanzó la plaza la categoría de bastión y baluarte de Europa, para mayor gloria de un imperio que cada día daba mayores muestras de ser capaz de serlo y de querer hacerlo patente.
El auge y la vigencia de la casa Habsburgo perduran hasta 1918, cuando, tras la Gran Guerra, los vieneses contemplan incrédulos cómo se derrumba no sólo el Imperio sino, por extensión, el mundo entero. Tal era el envaramiento y el sentimiento concéntrico que alimentaban la conciencia austriaca de la realidad. En Austria, el Weltanschauung remite (o acaso inspira) el movimiento rotatorio, geométrico y triunfal de los majestuosos bailes vieneses de gala, en los que damas y caballeros cogidos de las manos alzadas y enguantadas, pasean el palmito, con paso firme de marcha militar.
Tampoco es ajena a la concepción del mundo vienesa la cadencia y la regularidad, rítmicas y acompasadas, del vals, el baile vienés por excelencia. Los giros (el término walzen significa «girar») y las vueltas sobre sí mismos, característicos de esta viva danza, elevan a símbolo nacional/imperial la imagen de los elegantes danzantes, ensimismados en las rotaciones alrededor del eje vertical, los cuerpos erguidos y bien encarados, pero no por ello menos inseparables.
El último emperador, Francisco José I de Habsburgo-Lorena, durante más de sesenta años, dirigió los destinos del Estado bicéfalo, Austria-Hungría, Kaiserlich (imperio) y Königreich (reino), a la vez. Una potestad y un dominio por partida doble: K+K, Kakania, según la distante y apesadumbrada acepción de Robert Musil. La coincidencia en el tiempo y la longevidad del mandato del soberano austriaco, así como las maneras de gobernar, circunscritas, por encima de todo, a la tradición y a la etiqueta,  asemeja a Austria al imperio británico bajo la tutela victoriana. A ambos poderosos mandatarios se les trata habitualmente, familiarmente, en las crónicas por el nombre de pila: Francisco José, Victoria. Pero, hay más. El espíritu pusilánime y flemático de sus respectivos habitantes y la afición extremada por las buenas maneras y las tradiciones, así como el deseo irreprimible por fijarse en el pasado, acusa y hermana a ambos países. En el plano estético, simbólico y costumbrista, quiero decir. No en el político o geoestratégico, claro está.
La afectación de los vieneses es, no obstante, de naturaleza muy distinta a la de los británicos, justificada en ambos casos, principalmente, por la razón geográfica. Es decir, por descansar los austriacos sus reales en el centro del continente, que al tiempo que les hace sentirse tan centrales les recuerda irremisiblemente sus obligaciones de baluarte europeo. Y por navegar los británicos sobre la nave de la insularidad. Las dos señeras potencias (Austria y Gran Bretaña) han hecho ostentación, por lo demás, de unas cortes majestuosas, que les han procurado brillo y esplendor, aunque también quebraderos de cabeza.
Si Viena y Austria tienen su Sissi Emperatriz, Gran Bretaña tiene su Diana de Gales Dos princesas anoréxicas y psíquicamente vulnerables, o sencillamente neurasténicas, pero no por ello menos atrayentes para las masas, ni poco provechosas para el negocio del souvenir. Las dos hermosas mujeres vivieron en la elegancia y el glamour. También en el riesgo: bajo el fuego y los fogonazos de armas asesinas y fotográficas cámaras, respectivamente. Tampoco a estas distinguidas damas el fasto, la fama y el favor les dieron seguridad ni garantizaron su integridad, física y mental.
En Viena, la imagen y el emblema de la Emperatriz Elisabeth están literalmente hasta en la sopa. Los hallamos reproducidos en platos y bandejas, de plata y porcelana, en caja de bombones y en el servicio de café, ofrecidos, por doquier, a la vista y a la Visa de los turistas. Coincidiendo con mi estancia en Viena, el museo Kaiserliches Hofmobiliendepot organizaba una exposición muy atractiva sobre la figura de la actriz Romy Schneider, personaje vienés de pura cepa. Aprovechando que la melancolía pasa por Viena, en el folleto publicitario de la muestra compartían cartel ambas princesas vienesas.
En primer plano, aparece el rostro ya contrito de una madura, aunque siempre espléndida Romy, lejos de la faz grácil y pizpireta de los tiempos en que recreó la trágica y fascinante vida de la Emperatriz austriaca. Muy cerca, pero en segundo plano, en un escorzo, como su sombra, vemos un fragmento del célebre retrato de Sissi, mostrándose asimismo taciturna, mirando de soslayo, la larga cabellera cayendo sobre los hombros, hasta donde termina la espalda. Si fue Romy quien encarnó a Sissi en el cine, ahora le toca a Sissi sostener el recuerdo de Romy. Aquellos que hemos amado a la Schneider en la pantalla sabemos que no precisa de patrocinadora ni protectora. ¡Bastante tuvo la dulce Romy cargando con el estigma del personaje imperial durante gran parte de su vida! Sin embargo, y por lo que se ve, la imaginación del publicista y el imaginario popular todavía operan con tal asociación.
Otra vez, como en una maldición, encontramos nuevamente rastros del sombrío influjo de Viena sobre algunos de sus más amados personajes. Sissi y Romy: dos existencias desventuradas, desequilibradas, maltratadas, en medio de la magnificencia y el oropel, en medio de Europa. Dos mujeres notables, muertas en plena juventud, en incipiente madurez, en trágicas circunstancias.
Continuará...

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