domingo, 2 de junio de 2019

PUBLICAR EN EBOOK, A PESAR DE TODO



Por San Fernando, que aquí no es calle sino santo, vuelve a abrir, como todos los años, la Feria del Libro en Madrid. ¡Celebración del Libro! ¡Fiesta del Libro! Los titulares de los media no cambian. Ni los lugares comunes. Tampoco, los hábitos de la población respecto al libro. Repare el lector en que no digo “hábitos de lectura”. Porque en saraos y conciertos de este tenor, lo que mueve el tinglado no es tanto el afán y el gusto por leer como la pasión por dejarse ver, hacerse la foto, tener el ejemplar y la firma del Autor, por estar éste en la caseta.
Apoteosis del glamour. Llevar un periódico doblado en el sobaco y un libro con un dedo (de la mano) entre las páginas, a modo de señal. Pasearse por el Retiro de Madrid en Feria. Ser de papel: un sueño. “Devorar libros”: una pasión. Todo en papel, para comerte mejor... No parece importarles a quienes aman por igual la naturaleza y el libro vegetal que este festín suponga la tala masiva de árboles (¡árbol va!), toneladas de masa forestal y pulpa de celulosa, porque eso, afirman, es otra cosa: excepción cultural. Tampoco parece afectar a los fundamentos de la gente de papel que los libros vegetales cuesten una pasta, más que los digitales (“esos no son libros de verdad”). Y luego dicen que es el pescado está caro. Advierta, lector, que entramos en materia.
Este año tampoco estaré firmando en el escaparate de la Feria del Libro en Madrid. Tengo novedades librescas; uno, de este mismo año. Pero, ay, no en papel. Publico los libros ya firmados, por anticipado. Pero, oh, no en papel. "Ah, no. —dicen— Firma electrónica, no vale". La mayor parte de gestiones (incluso de carácter oficial) la aceptan. Hacienda ya no permite la presentación de Declaraciones de Renta y Patrimonio en papel. Los Bancos Centrales tienen proyectado ir retirando el dinero en efectivo (en papel) y obligar al ciudadano a operar sólo por medios electrónicos. Etcétera. Vale, no deseo entrar en polémicas al respecto. Allá cada cual.



Todo esto empezó a definirse en el año 2012…
2012 fue el año de la transición, cuando crucé el Rubicón en mi oficio de escribir. En esa fecha fueron publicados cuatro de mis libros. Dos en papel (por medio de editoriales) y dos en formato electrónico (autoedición digital). No se mojaron ni me dio la corriente, en ningún caso. En 2013, salió un libro colectivo en papel, en el que colaboré, y, además, publiqué dos títulos en eBook. Desde entonces, autoedito mis libros en Amazon. Al lector interesado en conocer el detalle de mis razones para adoptar tal decisión le remito a esta declaración. Fue mi decisión.
Me gustan los libros. Me gusta leer y, sobre todo, escribir. Libro en papel y eBook, volumen ("físico") y numen ("inmaterial"), no se pelean en mi presencia. Cada cual con sus ventajas e inconvenientes. Me encanta la papiroflexia, adquiero ejemplares selectos en calidad de coleccionista y, en particular, prefiero los libros sobre cine en papel que en eBook. Pero, respecto a este último punto, no estoy dispuesto a tener otra experiencia como fue la edición (con editorial de por medio) del volumen primero de Hollywood revelado (2012), obra inacabada, programada en tres fases. El primero dejó en mí un sabor amargo. El primero en la frente. No más. The End. Tal vez algún día cuente (o sea, revele) casi toda la verdad y nada más que la verdad sobre este asunto oscuro. Irónicamente el subtítulo de la proyectada colección rezaba de esta guisa: Directores brillando en la penumbra.  
Cada cual elija a voluntad y por su propio interés la forma preferida de acercarse a los libros. Esto no obsta para señalar un hecho objetivo: el nacimiento del eBook y la autoedición digital constituyen dos grandes avances de la tecnología que han cambiado de raíz la acción de publicar (autor) y el acto de leer (lector). Pocos se han percatado de esta "revolución" y se aferran a los viejos hábitos glamurosos: se atan al palo mayor. Todo ello en el marco incomparable en que navegan la galaxia informática y el universo Internet, con sus alegrías y penas.
Mi decisión de sólo publicar en autoedición digital sigo manteniéndola, a pesar de todo. No por afán de ir contracorriente, sino porque vale la pena.
He recibido, es verdad, alguna propuesta de editar mis libros por parte de editoriales, con condiciones muy especiales. Por ejemplo, no recibir un adelanto por entregar mi manuscrito para su publicación, sino ¡tener que pagar yo por ello! El mundo al revés. Y con la testa inclinada yo me mareo.   
Las editoriales, grandes, medianas y pequeñas, no se creen la edición digital de los libros. Unas, simplemente, no contemplan dicho formato. Otras, los ponen a la venta a precios tan elevados (a veces, con pocos euros de diferencia respecto al libro en papel) que se me antojan medidas de disuasión y/o castigo a esta forma de compra, además de significar un atropello al cliente; por no decir “estafa”: los costes de edición y distribución del eBook son mínimos. La misma plataforma Amazon anima insistentemente a sus autores a que editen los archivos en papel; la publicidad de Amazon Publishing muestra más ejemplares de libros encuadernados que en la pantalla de un Kindle Paperwhite



Ocurre, en efecto, que el Kindle Paperwhite (el nombre tiene guasa), como el resto de dispositivos de lectura de archivos electrónicos (Lector o Reader), no ha sido recibido con entusiasmo en el mercado. Conozco a bastantes personas muy leídas y cultas que me miran con extrañeza y una pizca de recelo cuando les pregunto si disponen de tales aparatos, capaces de almacenar cientos de títulos y llevarse en el bolsillo de la americana o el bolso de mano.
No hay duda al respecto. El público que compra libros, algunos de los cuales lee, opta mayoritariamente por el libro vegetal frente al digital, el cual es ignorado o ninguneado. Nada que alegar al respecto. Sólo un comentario sobre un efecto añadido y, a mi parecer, prescindible: amar el libro en papel no tiene por qué llevar incluido odiar el eBook. Entiendo que ese plus está de más.
Se trata de poder elegir libremente, aunque la opción (y usted perdone) resulte una elección poco racional. He leído y/o escuchado a personas jactarse de haber esperado meses y pagar considerables gastos de envío postal para tener en sus manos ejemplares (en ocasiones, han cruzado océanos de mar y de tiempo para encontrarse), cuando por menos dinero y en pocos segundos podrían descargarlos en los dispositivos que uno desee desde una página web. Anteponen un libro mediocre (si es en papel) a otro valioso (si es eBook) por su apariencia. Tampoco faltan quieren tasan el valor de asistir a una exposición o concierto por las horas que han tenido que esperar haciendo cola para entrar. Me tapo la boca cuando oigo que un autor intenta demostrar el interés y el mérito de su nueva obra confesando los muchos años que ha tardado en completarla, como si fuesen elementos directamente proporcionales; personas hay que la adquieren por ese simple motivo. Sé tú mismo.
Lo dicho y escrito: elija cada cual libremente, sin engaños ni presiones. Por lo que a mí respecta, la opción es la autoedición digital de los libros que escribo. Al no ser productos de Feria, este año tampoco estaré firmando en la Feria del Libro en Madrid. Mis libros van firmados por anticipado.


sábado, 25 de mayo de 2019

LO PC, PUBLICIDAD Y PROPAGANDA



 Lo PC: Política correctiva

El impacto que está produciendo lo PC (corrección política - Politically Correct: PC) en las sociedades occidentales contemporáneas ha adquirido tal dimensión que constituye el problema más grave en materia de ley y orden que deben afrontar. Sin exageración, puede decirse que, en este embate, están en juego civilización y convivencia, con el serio peligro de retornar a estados primitivos, a la barbarie y a la barbaridad

Como indicio de tal tendencia, han vuelto a ponerse de moda facial las barbas, de momento, sólo en los hombres: con largueza, entre babilónica, saudí y valle-inclanesca; con poquedad, en estilo chino mandarín. Atención a los rótulos de los establecimientos del ramo: retrocede el término «peluquería», avanzan los letreros de “salón de belleza” y “barbería”. No, no se busque precisión a la corrección ni lógica a la política.
La  extensión de lo PC ha roto límites y fronteras. Sin autocontrol ni freno, sin encontrar obstáculos ni barreras ni señales de STOP, con fuerza inercial, con piloto automático,  cual bola de nieve, avanza en volumen y velocidad con riesgo de dejar tras su paso una tierra quemada donde resultará difícil que vuelva a crecer la hierba (no la barba), el índice de población ascendente y el sentido de la decencia.
La causa de su propagación descansa, en parte, en el contenido de los mensajes que alberga y difunde, al apuntar, principalmente, a aspectos muy sensibles y vulnerables de los individuos, a emociones y bajas pasiones, a componentes de la persona manipulables sin mucho esfuerzo. Pero no sólo interviene aquí el sentido de las proclamas, por ser éstas cambiantes y hasta caprichosas, además de mutantes, como sucede con los virus. Tal propagación ha adoptado el mecanismo funcional de la publicidad comercial, el apostolado religioso y la propaganda política, hasta el punto de que la suma de todos ellos va formando un cuerpo único que resulta peliagudo diferenciarlas. Una especie de hidra policéfala, venida del mundo mitológico y el “pensamiento mágico”, ha invadido el ámbito de la realidad, asfixiándolo con aliento venenoso. Algo así como una asociación global y centrípeta de propagandistas de la corrección política, a lo PC.
En sentido estricto, la progresión social de lo políticamente correcto se explica en términos de repercusión. Su objetivo consiste en influir en la conducta humana y producir un efecto eco o de rebote en el lenguaje y las costumbres de las personas. La corrección, dicho con brevedad, actúa por repercusión y crece mediante la repetición.


Publicidad y publirreportajes
En el momento presente, una perceptible cantidad de publicidad comercial ha hecho suyo el discurso de la doctrina oficial. Este progreso va en aumento. Estamos en un punto (¿de no retorno?) en el que a menudo resulta difícil distinguirla de los publirreportajes y la propaganda con contenidos ideológicos; más que correctos, correctivos: industrias lácteas fomentan el animalismo; organismos dependientes de entidades bancarias invierten en proclamas sobre la revolución, el «compromiso social» y la pedagogía socializante e inclusiva; productores de bebidas alcohólicas, dando clase de moral pública; compañías energéticas siguen la corriente dominante con arengas sobre ecologismo y feminismo; empresas dedicadas al afeitado de los varones (ya lo advertí al principio) insultan a los hombres, echándoles a la cara lemas como «masculinidad tóxica» (como para dejarse crecer bigote, perilla y patillas).











Todo ello venga o no a cuento. La publicidad transmite públicamente aquello que la empresa pretende vender: antaño, productos y servicios; hogaño, también consignas y eslóganes añadidos de signo ideológico.


Apostolado y postulados por los cuatro costados
Organizaciones cristianas (católicas, muy en particular) han dejado atrás la prioridad de enseñar a pescar a los pecadores o de ofrecer rosquillas y tazas de café en sus sedes para lanzarse con pasión a campañas propagandísticas en nombre del «pobrismo» y el anticapitalismo. El Vaticano está desde hace años empapado de peronismo, populismo y teología de la liberación. Amén.
A esto súmese el hecho de que cursar una carrera universitaria, asistir a una función teatral, una ópera, una sesión cinematográfica, una reunión de vecinos o de antiguos alumnos, ver un programa o serie de televisión (sección entretenimiento), proporciona al cliente, usuario, ciudadano, con muchísima probabilidad, una sobredosis de lo PC explícito. Y luego pasa lo que pasa. Y eso es lo que nos pasa.

viernes, 17 de mayo de 2019

LA HORA MORAL (2019)


Hoy, la ética está en todas partes y en boca de todos: en la política, en el derecho, en la medicina, en los Consejos de Administración de las empresas, en asociaciones de actividades diversas, en las redes sociales. Es decir, en ningún sitio, de veras… Porque de genuina reflexión y deliberación, de debate sin prejuicios, y, ante todo, de experiencia ética, hay gran carencia. Como contraste con las etapas anteriores, y tal vez a modo de compensación, percibo en el advenimiento del pensamiento moderno una notoria ansia de fundamentación moral, a costa precisamente de la sustanciación y vivencia de la ética.

Los propios filósofos y profesionales del ramo no son del todo ajenos, y por tanto inocentes, a la desnaturalización y deriva de los vagos (y en ocasiones también vanos) discursos sobre la moralidad afirmante que dominan nuestros días. La obsesión contemporánea por el mal, en detrimento de la meditación sobre el bien moral y la excelencia; el interés por la ética/épica del fracaso sobre la moral de éxito y de triunfo y, en fin, la conversión de la víctima, el débil y el fracasado en protagonistas éticos, en lugar del hombre virtuoso, valeroso y feliz, son rasgos característicos de la ética contemporánea, los cuales han conducido, por citar un ejemplo, al establecimiento de un programa acaparador de la ética: los derechos humanos, cumpliendo, por lo general, más un papel de reparación y praxis constructivista que de reconocimiento de lo real.



Fragmento de la Introducción del ensayo La hora moral (2019)