miércoles, 29 de diciembre de 2010

LA SECTA CONTRA HERMANN TERTSCH


Hermann Tertsch, Libelo contra la secta, La Esfera de los Libros, Madrid, 2010, 266 páginas.

De entrada, el título y el subtítulo del último libro de Hermann Tertsch nos dan el tono y el alcance perfectos del propósito que lo concibe. El título es Libelo contra la secta. Dentro de los géneros literarios, el libelo pertenece a la sección del panfleto, el billete, la epístola de denuncia, el pasquín. Se trata, entonces, de un texto breve y apasionado, destinado a la acusación sin contemplaciones y a la crítica sin miramientos. El estilo en el que está compuesto debe ser, necesariamente, agresivo, extemporáneo, «un desahogo airado, una forma de expresar la indignación acumulada», según reza la contraportada del volumen. El libelo, como asimismo revela la raíz latina del término (liber), permite que las invectivas pueden lanzadas libremente por parte el autor, sin morderse la lengua, por así decirlo, condición sin la cual la liberación de la rabia almacenada no encontraría un fluido aliviadero.

De larga tradición en la historia de la literatura, el pensamiento y el periodismo, en la célebre carta «Yo acuso…» J’Accuse…!») escrita por Émile Zola para denunciar el «affaire Dreyfus», encontramos, sin ir más lejos, uno de los precedentes más conocidos e influyentes del libelo. Tanta repercusión tuvo la carta de Zola —publicada en la primera página del diario parisino L’Aurore, el 13 de enero de 1898— que, según reconocimiento general, con ella nació el prototipo del «intelectual» (hombre de letras que destina sus habilidades literarias a una finalidad de intervención social en asuntos de actualidad) y, en su estela, la estirpe de los «dreyfusards» (intelectuales que denuncian públicamente una injusticia social o política). Nada tiene, pues, de malo o negativo un libelo… excepto para aquél —o aquellos— contra el que va dirigido; en esta ocasión, el presidente del Gobierno socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, y su «tropa» cómplice más cercana, protagonistas principales de la «secta».

El subtítulo dice así: «La agitada peripecia personal del autor en los negros años del zapaterismo». El libro está escrito por un periodista, un ciudadano que ha sido — y es— objeto de una implacable persecución por parte de la «secta» aludida, empeñada en su aniquilación civil. Tertsch ha sido despedido del «diario oficial de la secta», El País, tras formar parte del mismo —en la redacción y en puestos directivos— prácticamente desde su fundación. Ha sido acosado sindicalmente en uno de sus nuevos destinos laborales —director y conductor del informativo de la noche en Telemadrid—. Ha sido injuriado y calumniado en programas televisivos de cadenas «sectarias», e incluso en la calle: «¡nazijudío!» Y, como colofón, fue atacado salvajemente durante el invierno de 2009 en un establecimiento público próximo a su domicilio, provocándole la agresión un largo periodo de tratamiento y recuperación en el hospital, y unas secuelas físicas y psíquicas que le condujeron, finalmente, a abandonar la dirección del informativo en la cadena de televisión autonómica.

Civilmente hablando, Hermann Tertsch no tiene ya nada que perder. Como escritor e intelectual, para defenderse y desahogarse, para trabajar y para acusar al infame, se sirve de la palabra. Libelo contra la secta proviene, en consecuencia, de la «indignación acumulada» y de haberle perdido el miedo al miedo. Tertsch habla fuerte y claro, desde la primera página del libro:
«Para que nos entendamos: en seis años de gobierno disparatado, de ocurrencias, de visiones y aventuras, de mentiras y gracias gratuitas, José Luis Rodríguez Zapatero ha logrado transformar un país modesto pero prometedor en un páramo cubierto por las ruinas de las esperanzas de millones de españoles en las que reposan los proyectos y sueños de un par de generaciones de españoles.»
Su delito: tras pertenecer buena parte de su vida a la izquierda liberal, Tertsch ha evolucionado, inclinándose progresivamente hacia el liberalismo en detrimento de las tesis y posiciones del izquierdismo. Ahora bien, el libelo de Tertsch no nace sólo de un sentimiento de venganza personal. El coraje con el que contraataca y critica al poder establecido le viene de unas profundas convicciones, oportunamente detalladas en el texto y resumidas en la «Despedida». Pero también de la urgente necesidad de proclamar a viva voz la causa de la «anomalía» que vive España en estos últimos años. Tertsch relata su «agitada peripecia personal» convencido de que la malandanza no la sufre sólo él, sino el país en su conjunto, a excepción, claro está, de la «secta» y sus aledaños. Ocurre, aquí y ahora, lo mismo que ha ocurrido en otras situaciones de excepción política y de delirio social colectivo: la gente calla por miedo o por connivencia con el poder, mientras sólo unos pocos hablan en voz alta.

Libro, pues, valiente, a contracorriente, que por su naturaleza e intención declarada provocará, sin matices ni medias tintas, la simpatía ilimitada de unos y la irritación incondicional de los otros. Después de todo, sobre esta extrema situación y sus consecuencias escribe el autor de Libelo contra la secta.

lunes, 27 de diciembre de 2010

LA MOSCA Y LA BOTELLA




Nos extrañamos de las cosas cuando no logramos comprenderlas. Pero, no es malo extrañarse, pues constituye un momento necesario en el proceso del saber y el comprender. Quedarse con la boca abierta, expresando pasmo o maravilla ante lo que acontece y nos impacta, no denota nada alarmante en sí mismo. Lo es el permanecer en dicho estado indefinidamente o más tiempo del estrictamente necesario, el preciso para recomponernos, recuperar la compostura y recobrar el juicio. De lo contrario, uno podría ser tomado, como mínimo, por un memo, un papanatas o, dicho todavía más gráficamente, por un papamoscas. Quiero decir: aquel que, boquiabierto, se traga con facilidad una mosca —se traga cualquier cosa—, a menos que ande precavido o reaccione oportunamente.

La sorpresa perpetua no representa algo peor que la displicencia, la chanza, la pesadumbre y la más insensata y postiza de las emociones: la indignación. La vía que compendia la justa razón, tal y como la mostró el divino Spinoza, consiste, pues, en no ridiculizar, no lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en comprenderlas. […]
Hoy, en rigor, ya no hay rigor. La teoría, la razón y la verdad han pasado al almacén de antigüedades, por antiguos. Lo que se lleva, el estar al día, lo más cool, es la Interpretación, la apoteosis de los meta-niveles y la hermenéutica infinita de sensibilidades y lecturas. El multilateralismo, también, de la conciencia caída en desgracia. La Historia y los Grandes Relatos ya no tienen sentido, quedando reciclados en forma de «memoria histórica», estudios culturales, «políticas de reconocimiento», corrección política.
A ver si nos enteramos: el prontuario elemental de consignas y declaraciones oficiales que oímos en estos últimos tiempos en España no son sino frases hechas y lugares comunes, manufacturadas en las universidades y medios de comunicación de Francia y EEUU hace prodigiosas décadas. Lo que pasa ahora en España es que ese lenguaje y ese doctrinario han pasado de aquellos espacios a las altas esferas del poder político, dándonos con ellos los jerarcas carcas de la progresía una clase práctica de ciudadanía, y de paso, un repaso general. [..]
Ya nadie habla de verdaderos problemas ontológicos de ser y no ser, ni queda confianza en la racionalidad y el conocimiento. Hoy sólo centellean cuestiones semánticas, polisemia y juegos de lenguaje. No respiran tampoco los problemas éticos y morales, sino las éticas dialógicas, deliberativas y discursivas, sin moral, las muy cochinas. El pragmatismo de cazuela, junto a los rabiosos iconoclastas y los zampatortas ironistas, ya no sólo arrasa en congresos y simposios de profesores de filosofía, sino que inspira los discursos en las Cámaras legislativas, las ruedas de prensas varias y los consejos de ministros.
El significado del lenguaje reside en su uso. La sociedad es una comunidad de hablantes, que hablan y hablan, y así, hablando, se entiende la gente... Todo esto ya está dicho y fundamentado desde el siglo pasado, como mínimo, y ha sido reconocido con muchos créditos como la indiscutible filosofía oficial contemporánea. ¿De qué extrañarse, pues? El que se traga el cuento, o una mosca, tiene que pasar necesariamente un mal trago.
Nada nuevo bajo el sol. Todo está dicho ya, y las respuestas, por dadas, son conocidas y automáticas. ¿Cuál es el problema nacional de España, si es que España y Nación son un problema o poco más que meras palabras? Releyendo al último Wittgenstein, a algunos se les antojaría la respuesta elemental: mostrar a la mosca el camino para salir de la botella.


El presente texto es una versión corregida y abreviada de mi columna de Opinión, «Cuestiones semánticas», publicada en el diario Libertad Digital el 23 de octubre de 2005


lunes, 20 de diciembre de 2010

«LA REINA CRISTINA DE SUECIA» de ÚRSULA DE DE ALLENDESALAZAR


Úrsula de Allendesalazar, La Reina Cristina de Suecia, Marcial Pons Historia, Madrid, 2009.
Pocos personajes históricos coronados han cobrado tanto interés y curiosidad como la reina Cristina de Suecia, tanto por parte del investigador y el académico como por parte del lector y el espectador común. Monarca mujer, heterodoxa e independiente, insumisa e indomable, caprichosa y decidida, Cristina de Suecia abdica de solemnes títulos y reales condiciones, menos la que le marca su más santa voluntad, la propia y personal, interpretada por ella misma como un destino. Personaje moderno y precursor, irreductible y trasgresor, tiene tras de sí una biografía que bien merece una misa en Roma y un ensayo minucioso como el llevado a cabo por Úrsula de Allendesalazar.
Úrsula Bertele von Grenadenberg nace en Berlín, de padres austriacos. Sin pertenecer propiamente a la profesión historiadora, la autora hace gala de un rigor y un conocimiento del oficio cronista que ya quisieran para sí no pocos profesores y académicos. Pues, en la autora que ahora concita nuestra atención, lo que no proporcionan las titulaciones y los trienios acumulados, lo asegura una profunda cultura y un firme pulso narrativo. Encontramos así en esta biografía todo lo que puede esperarse de la cuidada edición de un libro de historia: rigurosa referencia a las fuentes, contextualización, cotejo de los hechos, amén de los siempre útiles mapas, ilustraciones e índices analíticos. Pero también, y esto ya es menos habitual, un conocimiento de primera mano de la exclusiva esfera diplomática en general, y sueca, en particular, circunstancias nada irrelevantes ni superfluas en la trama aquí desarrollada.
Esposa del embajador español José Manuel Allendesalazar, destinado en Estocolmo desde 1985 hasta 1990, Úrsula de Allendesalazar saca buen provecho de su estancia en la capital sueca en orden a conseguir documentación y fuentes autóctonas con las que poder fundamentar, ambientar y recrear la vida de una mujer que pudiendo, por derecho propio, reinar en su país de origen, acaba, por soberana determinación, queriendo poner a Europa a sus pies con la fuerza de un carácter y la obstinación de una personalidad, desde luego, poco convencionales. La reina Cristina no se conforma con heredar un trono ni ser monarca por imposición. Cristina Regina desea un reino a su medida, hecho por ella y para ella. Genio y figura septentrional hasta la sepultura meridional.
«Si hay un rasgo que más que ningún otro define a Cristina de Suecia es que toda su vida sentía una predilección por revestir los hechos y acontecimientos que atañen a su persona con una aura de misterio y de ambigüedad.» Esto afirma la biógrafa ya en los primeros compases del ensayo, dando así la pista —casi diríamos, la clave— de lo que irá conociendo el lector a lo largo de las más de quinientas páginas que tiene por delante. En efecto, la existencia entera de Cristina viene marcada, desde el mismo momento del nacimiento, por tan enigmáticos rasgos: el misterio y la ambigüedad. Según reconoce la protagonista de la historia, nació mujer quien en todo momento, incluso ya alumbrada, era esperada como el heredero de la corte de Suecia. Mas, bien pronto, elevada al trono a tierna edad, Cristina anhela ser Alejandro Magno.
Siempre soñadora, Cristina sueña con conquistar el mundo. Disfruta de la caza y del trotar a lomos de un caballo. Viste según la moda masculina, se disfraza de hombre, prefiere la compañía de los caballeros a la de las damas. Cristina Regina no permite que la gobiernen, tampoco desea contraer matrimonio. Un jesuita de Luxemburgo, el padre Manderscheydt, que la conoce bien, dice acerca de la real persona que «no tiene nada de mujer sino el sexo. Su voz parece de hombre, como también el gesto». Cuando, finalmente, sorprendiendo a propios y a extraños, toma la inapelable decisión de abdicar del trono, abandona Suecia y, para pasar desapercibida, viaja por Europa disfrazada de hombre. Abdica, asimismo, de la fe luterana a la que pertenece por familia y patria, y se convierte al catolicismo, con lo que, podría decirse, justamente podría ser merecedora del título de «reina Virgen» antes que Elizabeth de Inglaterra. Y ello por los muchos sentidos de dicha expresión. En todos los casos, según arguye, tiene sus motivos, que algún día se conocerán, pero que, de momento, sólo con Dios comparte. El misterio y la ambigüedad siempre presentes.
«En su testamento, Cristina ordenó que todos sus papeles, excepto los documentos financieros y sus reclamaciones, fuesen quemados.» (pág. 207). Más misterios. Interpreta su papel de Regina cesante y errante en busca de un nuevo trono, su trono, y para ello no duda en entregarse a la intriga, el doble juego y el requiebro. He aquí el arte de la seducción de la Minerva del Norte, de la Reina-Filósofa. Cristina no es, empero, Marco Aurelio ni Federico de Prusia, para quienes el deber y la lealtad a la tradición están por encima del deseo y la ensoñación. Mas ¿quién puede dejar de plegarse a las demandas de una dama, reina y soberana? Salve Regina. En caso contrario, como el personaje Orlando de Virginia Woolf, Cristina adopta la forma de varón como un cambio de papel y estrategia.
Papas, reyes, nobles, diplomáticos, artistas y filósofos han de rendirse a sus disposiciones, sin negativas; hasta la muerte, si es preciso. René Descartes es prácticamente obligado a desplazarse a Estocolmo en pleno invierno escandinavo para darle clases particulares de filosofía, reservando para tal tarea nada menos que las cinco de la mañana.  El autor del Discurso de método, que había hecho del lecho su espacio filosófico predilecto, no aguanta mucho tiempo prácticas tan intempestivas y muere a los pocos meses de estancia en tierras suecas de una fulminante afección pulmonar. Se hace rodear de inmensas colecciones de libros y obras de arte, organiza tertulias y preside salones, funda la Academia Reale en Roma, y no ceja en su reivindicación de un reino propio. En Roma muere el año 1689: «La reina Cristina de Suecia se llevó sus secretos a la tumba.» (p. 510).
Acaso Cristina Regina, más que esforzarse por pasar a la Historia, dedica su vida a labrar su propia leyenda. Inicia la escritura de un libro de memorias que abandona pronto, pero el título lo dice todo: «Vida de la reina Cristina hecha por ella misma, dedicada a Dios». Prima inter pares. ¿Quién fue realmente nuestra heroína? Como reconoce la autora de la biografía: «Nadie ha podido aún decir la última palabra sobre ella.» Con todo, siempre nos quedará su regio rastro de misterio y ambigüedad.


sábado, 18 de diciembre de 2010

RAJOY SIGUE HECHO UN LÍO

Resulta a menudo tan ocioso como fútil insistir en la gravedad de lo que está pasando en estos momentos en la Nación española, llegados a un punto en que nuestro país puede llegar a dejar de ser muy pronto lo uno y lo otro. Mientras se celebra en el escenario la fenomenal tragicomedia nacional, gran parte del respetable público no entiende ni pilla la trama. A pesar de todo, unas veces aplaude por automatismo, y otras, bosteza de puro aburrimiento. Aunque lo que se escenifica es una gran farsa, el argumento que sirve de base es una cosa muy seria, al ser compuesto gran parte del mismo en secreto.
Mas ¿cómo convencer a quien no desea saber la verdad, porque la teme o le disgusta? ¿Cómo competir con la doctrina oficial implantada en esta sociedad nuestra, tan limitadita, según la cual lo que queda bien es poner buena cara al mal tiempo y cara de póquer ante un tripartito de ases con pinta de farol?
No me dirán ustedes si no es ridículo y lamentable intentar explicar las claves del asalto a la España democrática y del cambio de régimen sin garantías, que hoy tienen lugar entre nosotros, a un interlocutor que aparentemente nos escucha, mientras sonríe con condescendencia y se admira de la superioridad que supone no darle importancia a las cosas. Puede que hasta pretenda pasar por sabio estoico, sin saber con precisión de qué va eso. Lo estupendo en la España de última hora es pedir, como Siniestro Total, ante todo, mucha calma. Y con esto ya está dicho casi todo.
Aquí, ni la oposición política parece haberle tomado la medida a la operación de desahucio nacional que se está oficiando ante nuestras narices. Como en el hundimiento de una nave que por lo visto ya no va, algunos se toman la cosa en plan filosofía zen y con una copa de cava, para que no digan de uno que es  un radical, un crispado y políticamente incorrecto. Tal vez por ello, el mesurado Mariano Rajoy repite incansablemente, solo ante el peligro, que lo que el actual Ejecutivo socialista está cocinando con sus pinches y compinches es nada más y nada menos que un «desaguisado», un «disparate». Cuando se pone firme, añade: y además, un «lío». […]
¿Es esto un lío? Tal y como están las cosas, será mejor no consultar a un experto de Derecho constitucional o a un catedrático de la Universidad para interpretar la amenaza. Pero este columnista inexperto se atreve a señalar que el asunto está más que claro; obscenamente claro, añadiría. Las apuestas están ahora en el Parlamento español quince a uno. Y a ese uno se le pretende borrar del mapa, como a Israel. Así las cosas, ¿quién apuesta a caballo perdedor, si además está hecho un lío y duda entre salir a ganar o salir corriendo?

El presente artículo fue publicado en primera edición, bajo el título de «El lío», como columna de Opinión en Libertad Digital, 8 de noviembre de 2005. Ofrezco ahora una versión reducida del mismo con algunas pequeñas variaciones. No me dirán ustedes que no resulta hoy penosamente actual.


jueves, 16 de diciembre de 2010

'BARBARIE Y CIVILIZACIÓN' de B. WASSERSTEIN: UNA MONOGRAFÍA (DE) MÁS


Bernard Wasserstein, Barbarie y civilización. Una historia de la Europa de nuestro tiempo, traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla, Ariel, Barcelona, 2010, 828 páginas

Bernard Wasserstein (Londres, 1948) es, en el momento presente, profesor de historia en la Universidad de Chicago, y autor de varios trabajos de su especialidad, en especial de la historia referida al pueblo y la cultura judíos. De entre ellos podemos destacar los siguientes textos: Britain and the Jews of Europe 1939-45 (1988), Divided Jerusalem: The Struggle for the Holy City (2002) y Israelis and Palestinians: Why Do They Fight? Can They Stop? (2003). Se publica ahora en España por vez primera, de la mano de la editorial Ariel, uno de sus libros, en este caso el último de ellos: Barbarie y civilización. Una historia de la Europa de nuestro tiempo, editado en origen en 2007. Un volumen de más de ochocientas páginas del que es preciso señalar, como primer comentario, que su edición en tapas blandas y con una letra de pequeños caracteres ofrece un aspecto aparatoso, de difícil manejo y de lectura esforzada.
Del continente pasemos ahora al contenido. En Barbarie y civilización, Wasserstein aborda un empeño tan arduo como bastante trillado: compendiar en una monografía la descripción y el balance de una época, en este caso, el siglo XX. O según puntualiza el autor: «Como “Europa de nuestro tiempo” entendemos poco más o menos una vida contemporánea.» (p. 11). Una puntualización que no promete, ya desde el Prólogo, mucha mayor precisión. Entre otras razones debido a problemas de traducción: hubiera resultado al menos comprensible escribir «Por “Europa de nuestro tiempo”, entendemos…». Aunque no sólo por la traducción. Tal impresión queda confirmada a medida en que el lector se adentra en la lectura del manual. Porque, en efecto, debe saber que le aguarda un compendio de grueso calibre académico, destinado, diríamos, a un público escolar y poco exigente, ese que lee más por obligación que por devoción.
La delimitación del tiempo en este repaso a Europa se ajusta a las convenciones del género: el siglo comienza con la Primera Guerra Mundial (la Guerra del 14) y se da por concluido entre 1989 y 1991 con la caída del Muro de Berlín y, tras él, el derrumbe de los regímenes comunistas en el Viejo Continente. Ello, sin embargo, no es óbice para que —presumiblemente, por motivos de actualidad, de justificación más periodística que académica— los dos últimos capítulos del libro superen estos límites definidos para acercarse hasta nuestros días; sus títulos: «Después de la caída 1991-2007» y «Europa en el nuevo milenio». Hasta en estos detalles se patentiza el convencionalismo, la carencia de estilo y la falta de imaginación creadora. El recorrido general por los tremendos episodios que tachonan siglo tan intenso y convulso, se limita, entonces, a dar noticia (por lo general, como decimos, según un modelo de crónica periodística) de los hechos seleccionados, sin entrar en muchas explicaciones ni en análisis de calado.
Por ejemplo, en referencia al impacto del crack del 29 en la política británica, califica el autor las medidas en política económica impulsadas por el primer ministro inglés Lloyd George, y aconsejadas en gran medida por el economista J. M. Keynes, de «gran empujón liberal» (pág. 178). Semejante designación aplicada sobre las espaldas de personajes de ese fuste produce en el lector avisado una sacudida de asombro, es toe es, el lector al tanto del distinto uso de la voz «liberal» en el nuevo y en el viejo continente: en aquél, sinónimo de «izquierdista» (o sea, partidario del intervencionismo del Gobierno en la economía) y en éste, defensor del libre mercado y la libre competencia económica. Cierto que este es un conocimiento no obligado para todo lector. Para eso están las notas aclaratorias del editor o del traductor. Notas de las que carece la presente edición.
El libro, como decimos, lleva por título Barbarie y civilización. Una cita de Walter Benjamin, mencionada al principio y al final del texto, sirve aquí de justificación: «No existe un solo documento sobre la civilización que no sea al mismo tiempo un documento sobre la barbarie.» El que ambas categorías converjan en el espacio y en el tiempo no significa que deban solaparse, intercambiarse o ponerse en el mismo nivel. El tema es lo suficientemente serio como para exigir un examen de los hechos y unos matices conceptuales y filosóficos que tampoco encontramos allí.
Leemos, a modo de conclusión, en el libro Wasserstein: «La civilización y la barbarie avanzaron codo con codo en Europa a lo largo del pasado siglo. […] El mal ha acosado la tierra [sic] en esta era, conmoviendo la mente de los hombres, dirigiendo sus acciones y engendrando las mentiras, las avaricias, el engaño y la crueldad que son la materia de la historia de Europa en nuestros tiempos.» (pág. 724).
Una declaración de este género nos recuerda las vívidas y concluyentes palabras de John Stuart Mill incluidas en su célebre Sobre la libertad, en referencia a materia tan inquietante y grave:
«Si la civilización ha prevalecido sobre la barbarie cuando la barbarie dominaba el mundo, es excesivo abrigar el temor de que la barbarie, una vez vencida, pueda revivir y conquistar la civilización. Para que una civilización pueda sucumbir así ante su enemigo vencido necesita haber llegado a tal grado de degeneración que ni sus propios sacerdotes y maestros, ni nadie, tengan capacidad ni quieran tomarse el trabajo de defenderla. Si esto es así, cuanto antes desaparezca esa civilización, mejor. No podría sino ir de mal en peor, hasta ser destruida y regenerada (como el imperio de Occidente) por bárbaros vigorosos.»
Sopesando ambos discursos es fácil encontrar las diferencias y los niveles de profundidad (o de altura) entre los autores.
Porque, ciertamente, leemos en Mill una declaración de un tenor no menos melancólico ni más optimista que la de Wasserstein. Pero la fuerza, consistencia y elegancia del autor inglés del siglo XIX obligan a cotejar, a las claras y sin remedio, la estirpe de un clásico con los modos de un texto académico y básicamente divulgador. Las comparaciones no son siempre odiosas. Son necesarias. Ponen las cosas en su sitio y a algunos en evidencia.



domingo, 12 de diciembre de 2010

DERECHOS A TODO RITMO

Una doctrina que viene destilándose en los últimos tiempos desde los cerros del poder, las cumbres del funcionariado y los altos comisionados de la cosa pública es la relativa a los derechos y su imparable expansión. Sostenida la cosa con gran ligereza y proclamada en público con voz engolada y mucha amplificación, da la impresión de contener algo muy serio, cuando en realidad supera en abstracción a la metafísica del ser y la nada.
Se diría que ya no caben sorpresas en este mundo maravilloso, en este país de las maravillas, pero de pronto hasta al más templado sufre palpitaciones. Está comprobado: allí donde pasa la intelectualidad progresista ya no vuelve a crecer la hierba del sano juicio. Sus comisarios y subcomisarios son fácilmente reconocibles porque ocupan mucho espacio y hacen gran ruido. De manera bastante maleducada no responden cuando se les llama por su verdadero nombre, y lanzan sobre los demás aquello que les molesta.
Componen la gran comedia del pensamiento único, reconocida sin esfuerzo porque, incansablemente, repiten en escena la misma pieza: se consideran a sí mismos la plasmación del único pensamiento con derecho a expresarse. No se conforman con tener toda la representación y quieren más, sin importarles en absoluto representarse en el fondo sólo a sí mismos. Declaran en favor de los derechos y su extensión ilimitada, pero los quieren todos para sí, o al menos gestionarlos.
Queda muy bien el manifestar de cara al patio de butacas eso de que cuantos más derechos se contemplen, mejor. También que la inflación de prerrogativas no perjudica a nadie porque nada cuesta y, al fin y a la postre, las disfrutan todos por igual. […] Con la nueva doctrina de los derechos sin límite ni control nadie se siente obligado a nada; todos toman lo que les parece y aquí paz y después gloria.


No suena mal la milonga. Lo que pasa es que es más falsa que un político en campaña electoral. Las lecciones de ética pública y de políticas públicas que expelen las universidades públicas (y privadas), los medios de comunicación mediopensionistas y los más diversos centros de estudios culturales avanzados (y progresistas) sobre la teoría sobre generaciones de derechos son pura propaganda, pero alimentan el discurso del poder, y de paso, aseguran su propio poder.
Ya he perdido la cuenta y no sé con seguridad a qué nivel de generación de derechos hemos llegado a día de hoy. Yo, que en estas cosas soy muy tradicional, me he quedado en los derechos liberales de primera generación, los derechos individuales de la persona, los de toda la vida, los que protegen las libertades individuales, las únicas que hay, el derecho de expresión, el derecho a la propiedad y esas cosas tan antiguas.
Y es que no es lo mismo defender derechos para todos (igualdad de oportunidades entre los humanos) que derechos para todo (igualitarismo y barra libre como vía de introducción de privilegios y discriminación particularista que acaben desnaturalizando y pervirtiendo el sentido noble de «derecho»).

Los que piensan que son los únicos con derecho a expresarse y ya lo tienen todo, esto no les parece bastante. Y en nombre de minorías que hasta el momento no se sentían tales, extienden los derechos en progresivas generaciones: derechos sociales, de la mujer, para el niño y la niña, de los minoristas, derechos históricos, regionales y locales, de colectivos surtidos, derechos territoriales, de los animales, de las plantas, y ya no sé que más. En la Comunidad de Madrid, por iniciativa socialista, se trajo a debate hace tiempo la causa de los árboles, que los pobres también tienen derechos, y alguien exigió sumar a la figura del Defensor del Menor, del Mayor, del Inmigrante y del Transeúnte, el figurón del Defensor del Árbol.
Que nadie se llame a error y que los árboles no nos impidan ver el bosque. La construcción magnífica y pomposa de un entramado de derechos sin límite es tan peligrosa como un ejercicio del poder sin límites.
Digámoslo de otra manera: la mano que muchas cosas intenta sostener, pocas asegura. Así, los denominados «derechos nacionales» de los territorios se imponen a costa de los derechos individuales, de la persona. Los llamados «derechos sociales» no significan sino una mayor política recaudatoria que todos pagamos y que sólo a unos cuantos beneficia. Si las lenguas tienen derechos, los hablantes se quedan sin ellos. Los igualitarismos rampantes y particularizantes crecen comenzando por aplastar el principio de igualdad de todos los individuos ante la ley. Y en este plan quinquenal estamos. Derechos de quinta generación…
Eleanor Roosevelt aguantando los Derechos del Hombre
¿Por qué en la Declaración Universal de Derechos del Hombre no pueden verse representadas algunas mujeres? ¿Por qué en la Constitución Española no se sienten reconocidos algunos catalanes, vascos o gallegos? ¿Por qué a determinados colectivos muy específicos no les basta con que brillen en el horizonte social los derechos fundamentales? Ah, muy sencillo, porque han hecho suya la «virtud cívica» que les permite instituirse solemnemente en minoría, y cobrar la correspondiente subvención. Minoría que vienes al mundo: si aún no te ha tocado en suerte alguna de las presentes generaciones de derechos, no tienes más que exigir la tuya y presionar hasta conseguirla. Y así vamos, derechitos al delirio sin fin, a todo ritmo.


El presente artículo fue publicado inicialmente como columna de Opinión en el diario Libertad Digital, con el título de «Derechos sin límite», el 10 de noviembre de 2005. Ofrezco aquí una versión nueva y más reducida del mismo.

viernes, 10 de diciembre de 2010

MATTHEW ARNOLD, «SCHOLAR» EMINENTE Y «ABOGADO» DEL ESTADO



Matthew Arnold, Cultura y anarquía, edición y traducción de Javier Alcoriza y Antonio Lastra, Cátedra. Letras Universales, Cátedra, Madrid, 2010, págs. 241.

Matthew Arnold (1822-1888), nacido en Middelsex (Reino Unido), poeta y crítico de la cultura, representa junto a otros autores ejemplares británicos —Thomas Carlyle, Robert Browning o John Ruskin, por poner sólo tres ejemplos— una de las mejores expresiones del espíritu victoriano aplicado al terreno de las Letras. Más que al género de los intelectuales, un concepto que no arraigará hasta el siglo XX, Arnold y los personajes de su «raza», como a él le gustaba decir, pertenecen al gremio o club de los Scholars.
Se trata de escritores y profesores severamente formados en los mejores colegios de Inglaterra, más inclinados al conocimiento que a la acción, realidades humanas, con todo, que Arnold procurará armonizar. Y hablamos, en referencia particular a Matthew Arnold, de un estricto «victoriano eminente» de segunda generación. Hijo del Dr. Thomas Arnold (1795-1842), seleccionado por Lytton Stracey en el célebre ensayo «Victorianos eminentes» (1918), comienza sus estudios en el colegio del que su padre ejerció de director, «Escuela de Rugby», para desarrollarlos posteriormente a la Universidad de Oxford. En esta Universidad imparte clases de Poesía, al tiempo que dedica parte de su carrera profesional a ejercer de inspector de Educación.
Hermano, asimismo, de dos notables de la cultura —el erudito Tom Arnold y el escritor William Delafield Arnold— Matthew dedica prácticamente su existencia a mostrar y demostrar que la cultura es, por encima de todo, la meta superior en la vida de los hombres, en el horizonte de la perfección. A diferencia de los «practicantes liberales», contemporáneos suyos, empeñados en una perspectiva de intervención política propensa a emprender reformas sociales de calado, Matthew Arnold confía, principalmente, en la cultura, entendida como cultivo interior y desarrollo de la personalidad, a la hora de realizar un diagnóstico de los problemas del ser humano y de proponer, en consecuencia, vías de solución.
Este es el propósito principal del ensayo «Cultura y anarquía», publicado en 1869. El primero de sus capítulos recoge la última clase que imparte el autor al despedirse de la cátedra de Poesía, texto que llevaba por título «La cultura y sus enemigos». La falta de autoridad institucional y de inteligencia personal representan para Arnold los principales enemigos de la cultura, junto a su inevitable corolario: la anarquía.
Romántico a la vez que victoriano, sostiene que la búsqueda de la «dulzura y la luz» debe anteponerse al «fuego y la fuerza». No obstante, sus convicciones tampoco están fijadas exactamente en el puritanismo ni aun en el teologismo. Arnold es un leal heredero del humanismo, legado que resume en los conceptos centrales que, a su juicio, condensan el sentido de la conducta humana, esto es, el hebraísmo y el helenismo: «Así, las dos fuerzas naturales del hombre, hebraísmo y helenismo, no estarán separadas ni serán rivales, sino que conformarán una fuerza unida de recto pensar y fuerte obrar orientada hacia la perfección». (pág. 235)
Cree Arnold, ante todo, en el espíritu del hombre, o mejor, y al modo de Carlyle, de los grandes hombres. Pero, a la manera de Hegel en el continente europeo, piensa que sin Estado las ideas sublimes no pueden canalizarse ni materializarse: «al ser la acción del Estado la acción de la nación colectiva» (pág. 158). La conclusión, en fin, no puede ser menos coherente en un autor del siglo XIX —victoriano, romántico y humanista— en el que convergen y se sintetizan la condición de poeta, ensayista, profesor e inspector educativo.

lunes, 6 de diciembre de 2010

¿ESTADO DE ALARMA SOCIAL EN ESPAÑA?


Hoy, 6 de diciembre, conmemoramos en España el Día de la Constitución. No estoy seguro, sin embargo, de que tengamos motivos para la celebración. España se encuentra desde el pasado fin de semana en Estado de Alarma, declarado por el Gobierno socialista, en un súbito golpe de efecto, cuando gran parte de la población iniciaba un largo puente hacia… ninguna parte.
Las carreteras están colapsadas, las carteras esquilmadas, los bolsillos depauperados, el país arruinado. Millones de personas miran al cielo: unos, rogando para que no llueva y no se les agüe la escapada a la sierra o la playa; otros, atrapados en las terminales aeroportuarias, por ver si lo que se aproxima es un pájaro de mal agüero o, finalmente, el avión que les sacará del aprieto para embarcar hacia otras apreturas. Algunos, en el más acá, desafían al Todopoderoso, plantándole cara: ¡a ver quién manda aquí! Otros, en el más allá, confían en que, después de todo, Dios proveerá.
España: al final de la escapada. Perfecta metáfora, me temo, de lo que está sucediendo en nuestro país.
La crisis en los aeropuertos españoles, en principio, se ha resuelto por medio de la militarización del personal laboral —civil, ni siquiera con rango de funcionario, aún—, responsable de la navegación aérea, y amotinado en la noche del pasado viernes. La mayoría de medios de comunicación habla ya de vuelta a la normalidad. Gran parte de la población respira aliviada, impresionada por el coraje del Ejecutivo socialista. ¿Será respeto o será miedo? Desde las altas esferas ejecutivas, hablan ahora de alargar el Estado de Alarma varios meses más. ¿Por qué no indefinidamente? Al menos, sabríamos a qué atenernos.
En España, vivimos en estado de excepción de facto desde hace más de seis años. En una nación en quiebra institucional, económica, política, social y moral, ha tenido que ocurrir un episodio de conflicto laboral (AENA/Ministerio de Fomento/Gobierno con los controladores aéreos y su entramado sindical) para declarar un Estado de Alarma, de dudosa constitucionalidad, por vez primera en nuesta extraña democracia. Hoy, Día de la Constitución, ¿qué hay, entonces, que celebrar?
Huelgas salvajes han habido en España recientemente. Y no pocas. En el Metro de Madrid, sin ir más lejos. También una Huelga General. Pero tales hechos no fueron «conflictos», sino «movilizaciones», acciones convocadas por sindicatos de clase que tratan con «cariño» al Presidente del Gobierno socialista. Los controladores aéreos son otra cosa… Unos privilegiados y unos ricos. Un sector con gran poder en sus manos, como acaba de comprobarse una vez más. Un colectivo, en un lugar estratégico, que no obedece al Gobierno ni le guarda «cariño». He aquí el problema: clan sindical contra secta política. ¡A ver uno con quién se queda!
El pasado viernes de dolores de gobierno, el Consejo de Ministros da a luz, entre otras medidas excepcionales, una normativa en aras a privatizar parcialmente la gestión de los aeropuertos españoles. Había, pues, que elegir el momento idóneo y dejar la vía libre, las pistas de despegue y aterrizaje despejadas para quien tenga que llegar, sin personal conflictivo a los mandos: personal no controlado en la torre de control. Sin un gremio que se ha ganado con razón la animadversión de la gente. 
Enemigo, por vocación intervencionista, de cualquier tipo de liberalización, al Gobierno socialista se le notan las malas maneras en su proceder. Aquí no hay excepción: cuando la libertad gana terreno en la sociedad, al socialista se le hincha la vena totalitaria. También cuando teme perder las elecciones, y quedar fuera del poder.
Entre dolores, el Gobierno socialista ha conocido asimismo el resultado caliente de una encuesta demoscópica (¡por medio del diario El País!), según la cual el Partido Popular le lleva una ventaja de casi 19 puntos en intención de voto. ¡Alarma general, en Moncloa y en Ferraz! Motivos para actuar. El todopoderoso superministro Rubalcaba —presidente in pectore, sombrío más que a la sombra— y el PSOE, han demostrado saber gestionar con suma habilidad otras crisis, como éstas y todavía más graves, saliendo, habitualmente, airosos. Rubalcaba amenaza: «Quien echa un pulso al Estado, pierde». ¿Quiere decir al Estado, realmente, o ya habla como el Rey Sol?
Tras la tormenta, el poder proclama la plena normalidad porque ha salido el sol. En España, «normalidad» significa que los socialistas están en el Gobierno. Pero, para algunos españoles sigue la duda de si sólo gestionan y rentabilizan las crisis o si también, de alguna manera, las estimulan.
¡Que no cunda el pánico! En España, bajo el Estado de Alarma, no parece haber alarma social.

jueves, 2 de diciembre de 2010

PRIMO LEVI, «VIVIR PARA CONTAR. ESCRIBIR TRAS AUSCHWITZ»



Primo Levi, Vivir para contar. Escribir tras Auschwitz, edición de Arnold I. Davidson, traducción Albert Fuentes, revisión y nota final de Piero dal Bon, Alpha Decay, Barcelona, 2010, 167 páginas

Primo Levi (Turín, 1919-1987) es escritor y superviviente. Autor de relatos, memorias, ensayos, artículos y novelas, escribe, preferentemente, en su condición de superviviente de Auschwitz, donde vivió esclavizado desde el mes de febrero de 1944 hasta la liberación del campo en enero de 1945. Perteneciente a una familia judía turinesa, Levi se gradúa en Química en 1941. A principios de año de 1944 se une a un grupo de la resistencia antifascista italiana, con tan mala suerte que es detenido por la milicia de Mussolini al poco tiempo. 

Desde ese momento comienza la mala fortuna; o su «buena suerte», al fin y al cabo. Para no confesarse partisano (lo que conllevaba la ejecución sumaria), Levi declara ser judío, siendo así entregado a las SS nazi y trasladado a Auschwitz. Es de los pocos judíos internados en el Lager alemán que pudo cruzar vivo la puerta del campo (esta vez de salida), presidida por el rótulo (¿irónico?, ¿cínico?, ¿blasfemo?) «Arbeit macht frei» (El trabajo os hace libres). Mala suerte o buena fortuna, al fin.
La existencia de Primo Levi es trágicamente real —soportando sobre sus espaldas los mayores horrores consumados en la humanidad— pero, asimismo, legendaria por el valor simbólico que representan su vida y su testimonio. Una leyenda que impregna la misma vida, pero sin escaparse tampoco a la propia muerte del escritor. Sobre su presunto suicido sigue habiendo hoy discusión. No dejó nota del mismo y ha sido negado por sus amigos íntimos. Con todo, el hombre que salió vivo del tenebroso destino de Auschwitz no pudo escapar a la larga sombra de la leyenda sobre su muerte. Sería, desde luego, un macabro asunto enfrentarse a otro capítulo del «negacionismo», aplicado, en este caso, a la verdad y a la mentira, no sólo de su cautiverio y al exterminio de millones de judíos como él, sino al de su propia y definitiva desaparición.
Sobre estas graves cuestiones ha reflexionado y escrito Levi, entre muchos otros temas relacionados con la Shoá. Su libro más conocido lleva por título Si esto es un hombre (1947), donde narra con detalle su terrible estancia en Auschwitz. Otros textos igualmente célebres del escritor italiano son La tregua (1963) y Los hundidos y los salvados (1986). En 1997 la editorial italiana Einaudi publicó sus obras completas.
El breve volumen que ahora reseñamos es una compilación de textos poco conocidos de Levi, editados por Arnold I. Davidson, profesor de Literatura en la Universidad de Chicago y de Historia de la Filosofía Política en la Universidad de Pisa. Los escritos aquí incluidos (artículos de prensa, reseñas de libros, pequeños ensayos, cartas, intervención en una mesa redonda, etcétera) vienen agrupados en tres secciones «La masacre como fin en sí misma», «Verdad y mentira» y «La huelga moral del fascismo». El libro lleva, por lo demás, un inspirado Prefacio a cargo del editor («Los ejercicios espirituales de Primo Levi») y una nota final firmada por Piero dal Bon. Una edición, pues, como puede comprobarse en este sucinto resumen, muy competente y muy meritoria en todos los aspectos.
Declara el editor del volumen, Arnold I. Davidson que escogió el título para la presente edición española —Vivir para contar— releyendo un fragmento de un ensayo del propio Levi que refiere su firme decisión de relatar la dura realidad y profundo significado de Auschwitz: «no vivir y contar, sino vivir para contar». Primo Levi no se dedica a escribir por ser superviviente, sino que es superviviente porque escribe. La energía que le da fuerzas para sobrevivir en las condiciones del Lager nazi proviene, principalmente, del hecho de hacerse cargo de la circunstancia que le ha llevado hasta el límite. A él, y a millones de personas como él: por ser judío, por pertenecer a un pueblo condenado al exterminio. La mayoría de personas internadas en los campos de trabajo —aquellos que no han sido seleccionados, nada más llegar al Lager, para pasar directamente a la cámara de gas: ancianos, enfermos, mujeres, niños— mueren a las pocas semanas de estancia: el trabajo agotador, las palizas y las humillaciones, la ansiedad y el terror, la alimentación que no merece tal nombre, las enfermedades, les consumen rápidamente.
Primo Levi siente que no tiene derecho a desfallecer, a abandonarse a la muerte en esas condiciones. Debe sobrevivir para contar al mundo el Holocausto y lanzar al rostro de lo que queda de la humanidad graves preguntas: «Estos son los hechos; funestos, inmundos y sustancialmente incomprensibles. ¿Por qué, cómo llegaron a producirse? ¿Se repetirán?» (pág. 35). Esta misión le da fuerzas para salir con vida del infierno nazi y dedicar el resto de su existencia quebrada y quebrantada a dar testimonio de Auschwitz.
«No es lícito olvidar, no es lícito callar. Si nosotros callamos, ¿quién hablará?» (pág. 30). Levi sabe muy bien que tan descomunal horror de Auschwitz no sería fácil de mostrar —y demostrar— ante el mundo. El régimen nazi actuaba con ese presupuesto, los mandos militares alardeaban de ello en el mismo Lager, borraron huellas y, secuela clásica de toda barbarie y toda atrocidad, dan por descontada la colaboración presente y futura de quienes rebajen —o nieguen, sin más— la veracidad y dimensión de la catástrofe.
Y es que las víctimas del Holocausto (de cualquier crimen, pero sobre todo de este crimen) no sólo deben soportar el cartel acusador e infame de «victimistas» (y vengativos) por el simple hecho de denunciarlo y clamar justicia. También cae sobre ellas la lacra siniestra y repugnante del «negacionismo». A este atroz asunto dedica el libro la segunda sección «Verdad o mentira». Un oscuro profesor francés, un tal Faurisson, o el «Institute for Historical Review» de Los Ángeles, dedicado a revisar la historia oficial de la Segunda Guerra Mundial («sólo se preocupa de negar o minimizar los delitos del nazismo» (pág. 105), representan algunas ignominiosas muestras de esta labor que aspira a no dejar descansar a los muertos o, mancillando su memoria, volver a asesinarlos. Para semejante tarea monstruosa, como la llevada a cabo por los carceleros del campo, siempre habrá sujetos dispuestos llevarla a cabo. Levi, en este punto, protesta y exige un mínimo de sensatez en este océano de perversidad: «Un poco de cordura, ¡diantre!: si la masacre os complace, ¿por qué negar que ha ocurrido? Y si no os gusta, ¿por qué la imitáis y os convertís en sus apologetas?» (pág. 106).
La tercera parte del libro, «La huelga moral del fascismo», reproduce una mesa redonda sobre «La cuestión judía». Hace bien el editor en recoger, junto a la intervención de Levi, las demás intervenciones en el acto. De esta manera, por contraste, puede comprobarse mejor el vibrante estilo del escritor turinés. Su mente, lucida y fría, analiza los hechos con gravedad y sin concesiones, utilizando para expresar sus ideas y sentimientos frases breves, impactantes, esenciales, radicales, porque van al núcleo del asunto. 

He aquí un asunto que no sólo ha sentado ante el tribunal de la Historia al régimen nazi, a sus colaboradores y cómplices, sino a la humanidad en su conjunto. Porque no fueron demonios los culpables de la bestialidad, fueron hombres, después de todo. Una bestialidad, en fin, que puede volver a repetirse mientras la traza del totalitarismo siga nublando el horizonte. ¿Qué ha pasado? ¿Qué puede volver a pasar?: «Es la realización de un sueño demencial, en el que uno manda, nadie piensa, todos caminan siempre en fila, todos obedecen hasta la muerte, todos dicen siempre sí.» (pág. 37).


domingo, 28 de noviembre de 2010

EL CEBO DE «LO SOCIAL» (y 3). SOCIALISMO EMPIEZA POR «SOCIAL»

A pesar de que la reconstrucción posmoderna de la izquierda comporta, más que nada, una recomposición interna del prontuario y léxico básico de combate, hay términos principales que se mantienen en la cumbre, intocables, acaso porque remiten a la raíz de su misma nomenclatura. Me refiero a «lo social». Mas, si para la nueva/vieja izquierda, todo es social (y « ¿qué hay de lo mío?»), ¿qué queda, en rigor, de lo individual? ¿Qué hay de la propiedad privada?
En el momento presente, ni la izquierda más rancia y apergaminada cae en la tentación de resucitar los añejos vocablos del vademécum marxista-leninista, ofreciendo al electorado de las sociedades modernas especies con olor a naftalina, del tipo «dictadura del proletariado», «revolución», «lucha de clases». Tal vez sí siga fijado, y petrificado, en semejante doctrinario de supervivencia algún canoso veterano de cuando el Mayo del 68, referente histórico que a un joven de hoy le sonará como a los de mi generación el Desastre de Anual, narrado por nuestros abuelos.
A pesar de las apariencias, las nuevas/viejas tribus rurales y urbanas del Progreso no vienen de los fríos Urales, ni de Stalingrado, aunque, como si vinieran. Aspiran a cambiarlo todo y a liquidar todas las tradiciones, menos las suyas. Por donde pasan ya no vuelve a crecer la hierba. Todas las construcciones nacionales y deconstrucciones postnacionales las hacen en nombre de lo patriótico (pero nunca hablan de la «Patria»), del Progreso, todo ello desde una sensibilísima conciencia social.
¿Qué tendrá de mágico y encantador eso de «lo social» que encandila a casi todos por igual? Para mí, que eso de «social» no viene a significar en la práctica otra cosa que «caro», «oneroso» y «tributario», un «valor añadido» que acabamos pagando todos los ciudadanos.
El palabro «social» fascina a muchos, a los socialistas de todos los bandos y doctrinas. Vergonzantes liberales hay que maquillan el propio concepto «liberal», con intención de presentarse ante el público con rostro (humano): “Liberal, pero con preocupaciones sociales”.
Leo en el diario ABC un documento que informa acerca del pensamiento y la sensibilidad del Papa Benedicto XVI, cuyo titular reza: «El socialismo democrático resulta cercano a la doctrina católica». El informe, según confiesan sus autores, entresaca algunos fragmentos de textos y declaraciones de Joseph Ratzinger a fin de salir al paso de las críticas lanzadas por aquellos que denuncian su «uniformismo» y «cerrazón». Por lo visto y leído, la acción de rescatar manifestaciones del nuevo Papa que revelan su «conciencia social», lo exoneraría y libraría de toda sospecha. Más aún, si, completando la mención del titular citado, recuerdan lo que a propósito del socialismo dijo un día la primera autoridad católica: «En todo caso, ha contribuido notablemente a la formación de una conciencia social».

Hace mucho tiempo, probablemente el socialismo fuese cercano al ideario cristiano, antes incluso de principios del siglo pasado, cuando Winston S. Churchill declaró lo siguiente: «Los socialistas, el partido extremo y revolucionario de los socialistas, son muy aficionados a decirnos que están reviviendo en la actualidad los mejores principios de la era cristiana«. Esto decía el gran estratega inglés en un discurso pronunciado en Cheetham (Manchester), año 1908. Mas no se pierda el lector el sutil y refinado «pero» que puntualiza el anterior aserto, como poniendo las cosas en su sitio: 

“Pero hay una gran diferencia entre los socialistas de la era cristiana y aquéllos cuyo apóstol es Victor Grayson [célebre orador del laborismo inglés convertido en polémico parlamentario]. El socialismo de la era cristiana se basaba en la idea de que «todo lo mío es tuyo»; en cambio, el socialismo del señor Grayson parte de la idea de que «todo lo tuyo es mío» (Vítores). Incluso me atrevo a afirmar que jamás conseguirá una verdadera ventaja para la masa del pueblo un movimiento que se basa en tanto resentimiento y tanta envidia como el actual movimiento socialista en manos de extremistas.”
(“¡No nos rendiremos jamás!”. Los mejores discursos de Winston S. Churchill).
A José Ortega y Gasset se le antoja, asimismo, pasable ese propósito tan igualitario y solidario de dar uno lo que tiene al otro, y complacerse de los bienes que favorecen la distribución comunitaria de lo bueno, sobre todo, de procedencia espiritual: no otra cosa significan la cultura y la comunicación humana trasmitidas de generación en generación por medio del trato humano y la educación entre semejantes. Ahora bien, lo que no tiene pase, lo que se le antoja intolerable a nuestro primer filósofo, es verse coaccionado sin remisión a asumir y compartir lo que los demás tienen y degustan.
He aquí, según Ortega, la amenaza última y más severa que acarrea la socialización:
«La socialización del hombre es una tarea pavorosa. Porque no se contenta con exigirme que lo mío sea para los demás —propósito excelente que no me causa enojo alguno—, sino que me obliga a que lo de los demás sea mío. Por ejemplo: a que adopte las ideas y los gustos de los demás, de todos.»
El «interés nacional», el «bien público», el patriotismo, la solidaridad, el «fin social», sólo pueden ser admitidos, si no son utilizados para arremeter (demasiado) contra la real soberanía del individuo, su constitución y libertad de acción, hasta llegar a anularlas. Frente a lo que sostiene cierta escuela absolutista de la alteridad diríase que el Otro no tiene por qué ser necesariamente mejor que uno mismo, aunque sí sea incuestionable que los otros son siempre más que uno.
Esta verdad aritmética, esta certeza estadística, cuando crece, se espesa en la masa y aterriza cómodamente, por ejemplo, en la máxima «Hacienda somos todos», revela sólo preponderancia y prepotencia, pero jamás un valor.
La exaltación de «lo social» nos sale, en suma y a fin de cuentas, muy cara, no sólo para nuestros bolsillos. Teje («tejido social») una profunda animadversión y un agresivo resentimiento contra el individuo y la libertad que acaban por arrollarlos. Tales sentimientos derivan, sin duda, de un estadio anterior al político:

«El odio al liberalismo no procede de otra fuente. Porque el liberalismo antes que una cuestión de más o menos en política, es una idea radical sobre la vida: es creer que cada ser humano debe quedar franco para henchir su individual e intransferible destino.»
(J. Ortega y Gasset, «Socialización del hombre»).
Cuando el actual movimiento socialista en manos de extremistas apela a «lo social» con el fin de inmiscuirse en la vida privada de las personas, sus ideas y creencias, sus bienes y propiedades, su ámbito de intimidad, sus silencios, retiros y reservas, hace lo que siempre hacen los enemigos de la libertad: que el todo se entienda como un ente superior a las partes que lo constituyen.
¿Y qué decir del Estado, máxima expresión de «lo social» revestido de política? Responde J. S. Mill: «El valor de un Estado, a la larga, es el valor de los individuos que lo componen» (Sobre la libertad).

¿Socialismo? ¿Social? Por ahí se empieza.
Y es que si todo lo mío es tuyo y lo de los demás ha de ser necesariamente mío, en verdad, me pregunto: ay, ¿qué será de mí?




El presente artículo fue publicado inicialmente en el Suplemento Ideas de Libertad Digital, bajo el título de «Socialismo viene de social» (26 de abril de 2005). Ofrezco ahora una versión resumida del mismo. Para consultar el ensayo en su integridad:



viernes, 26 de noviembre de 2010

LAS CHICAS DE LA TARJETA ROJA

   
Antes, las chicas de la Cruz Roja mandaban, al menos, una vez al año en España. En el Día de la Banderita, se convertían en las reinas de la ciudad, solicitando amablemente al viandante un donativo, por poco que fuera, para una buena causa.
Ahora, quienes mandan en España son las chicas de la tarjeta roja, porque eso de la cruz y la banderita lo consideran pasado de moda, además de franquista. Mandan tanto que han llegado incluso al Gobierno. Y no para gobernar, sino para mandar fuera del campo a todo aquel que no juega en su equipo ni el partido que a ellas les gusta. En tal caso, le sacan al sospechoso la tarjeta roja y lo envían al banquillo, que es como han dejado al Banco de España, para que allí le pongan no una banderita, sino una banderilla.
Ayer, las chicas de la bandera roja promovían la lucha de clases. Hoy, las chicas de la tarjeta roja promueven la lucha contra el macho, porque es muy malo. Muy feministas y progresistas, incitan a la rebelión dentro de las familias, siembran la cizaña y la discordia entre los «conyugues», entre maridos y mujeres, entre padres e hijos, entre abuelos y nietos.
Desde que han llegado al poder, han aumentado los casos de violencia doméstica, sin contar los abortos. ¡Qué más da! Ellas están en otra guerra. Las chicas de la tarjeta roja luchan contra la «violencia de género» y contra la «violencia machista».

miércoles, 24 de noviembre de 2010

LO PROMETIDO ES... DEUDA



LO PROMETIDO ES DEUDA, más deuda pública, mayor déficit público y cinco millones de parados. Lo prometido es quiebra política, económica, social y nacional en España.
ZP pedía en las pasadas elecciones «motivos para creer», porque el Presidente cree mucho en el Progreso. Y once millones de españoles creyeron en él. Y en ésas estamos.
Laico, más que laico, ZP es like a rolling stone. Duro de roer, rodante como una avalancha. Acaba de afirmar que cree en lo que hace y que nada lo va a parar. O sea, que todos los españoles lo vamos a pagar.
Reza cada día, no mirando hacia la Meca, su perspectiva habitual, sino esta vez a la Comisión Europea y al Fondo Monetario Internacional. Implora: «perdónanos nuestras deudas». Amén.