domingo, 20 de octubre de 2019

CINEXIN EN LA CAVERNA


Una de superhéroes

La calle está ruidosa. Aires de tormenta. Atmósfera pesada. Canta, oh diosa, la cólera de aquí… 

Malos tiempos para la épica, la lírica y la poesía. Versos inacabados. Tiempo airado y poco aquilatado. Ira aireada es decir “indignación”. La diosa responde hoy al nombre de Twitter, Whatsapp o YouTube. El bardo es un barbudo cantor de los cantares con la cara pintada o una Barbie petarda, por lo general, seres bajo seudónimo (¿robots?, ¿trols?, ¿tapados?) que llaman a la acción/reacción, mientras teclean frases sin freno y maldicen a otros desconocidos en la soledad de un cuarto oscuro. El rango de héroe se lo reparten youtubers enmascarados o con cara anchoa y tipos encapuchados reacios al desodorante: unos incendiando las redes; los otros, quemando michelines, levantando aceras y cerrando el paso a los patinetes. Cojomantecas y sacamantecas son agora en la plaza quienes asan la manteca y dan leña al madero.

¿Es esto real? ¿Has visto? ¿Me has visto? ¿Sabes lo que ha dicho…? ¿Has leído/oído lo mío? ¿Conoces lo último?


Los aspirantes al estrellato ya no anhelan salir en la moviola, sino en la movida, vía Instagram.

- Pero, ¿qué quieren ahora?
- Salir en la foto

En esta era (pretérito imperfecto) prevalece el fenómeno fenoménico, es decir, aquello, según la RAE, «perteneciente o relativo al fenómeno como apariencia o manifestación de algo». Un fenómeno, en realidad, que acontece como doble de la realidad, un mero artificio, un revuelto de imágenes y sonidos, el imperio de los sentidos, fondo y forma simulados, reforzada la ilusión por el componente emocional, aliado del sentimiento, no de la inteligencia, que es ahora móvil.

La evolución ha dado un brinco y se ha tornado revolución. “Todo fluye, somos y no somos.” (Heráclito de Éfeso). La vuelta a la tortilla, manda huevos, ha significado, a la postre, la vuelta a la caverna. Tampoco se lee a Platón. Y ya ven ustedes el resultado. ¡Qué cosas! Lo que ha quedado de la filosofía es la página reservada al mito, aquella creencia tribal que debía haberse rendido a la autoridad del logos, la palabra. Lo real ha quedado reducido a una secuencia de imágenes reflejadas en un ojo dorado, y así va a ser difícil entenderse. No es que la imagen valga más que mil palabras. Sucede que la imagen ha sustituido a la palabra.

La representación termina al apagarse las luces de la escena y abandonar la sala. Continúa la función en la salita del apartamento, donde no cesa de relampaguear un rayo de luminosidad azulada

«El medio es el mensaje, y con la luz encendida aparece un mundo sensorial que desaparece al apagarla», afirma Marshall McLuhan, nada menos que en los años sesenta del siglo pasado. Hacía alusión al medio audiovisual (en rigor, al sensorial), antes del auge de Internet y las redes sociales. Antes de que los teléfonos inteligentes invadieran la Tierra, con sus poderosas aplicaciones, y dominaran el mundo. Entre los componentes más efectivos, véanse la cámara de fotos y de vídeo, integrados en la máquina, y no una cámara, sino tres, cuatro, que sé yo. Damas y caballeros, les presento las nuevas armas de destrucción masiva. “Pásalo”.

No es noticia aquello que se publica (que se sube a la Red). Esta es impresión de antañón. No se fotografía ni graba lo que llama la atención, sino al revés: el objetivo es llamar la atención por medio de cámara subjetiva. El compromiso histórico ya no es movilizarse para salir en la foto, sino retratarse, porque el que no se mueve no sale en la foto. El selfie constituye hoy el máximo acto de autoafirmación, esforzándose en ejercicios de estilo, el más difícil todavía. “Mamá, mírame”. El último grito es la maniselfie.


El desfile de sombras en el fondo de la caverna platónica que ven los encadenados de la posmodernidad son las imágenes que pasan en el Internet: pajaritos por aquí, gatitos por allá, fotomatón chuleando, sirenitas con mirada de serpiente de mar ante el espejo del cuarto de baño, imitadores de “videos de primera”, y en este plan. Mirando a la cámara. Una sonrisita… La sonrisa del joker.


Hogaño, dulce antaño, el encadenado es el enredado en su propia tela de araña. Actúa cuando la luz está encendida, cuando lo filman y graban: «¡Luces, cámara, acción!». Con la tecnología digital, el revelado es inmediato, ¡y tan revelado! La obscenidad salta a la vista. La representación termina al apagarse las luces de la escena y abandonar la sala. Continúa la función en la salita del apartamento, donde no cesa de relampaguear un rayo de luminosidad azulada.

domingo, 29 de septiembre de 2019

LA GENERALA


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Mujeres de armas tomar. Dícese de especies del género femenino que son guerreras, batalladoras y luchadoras, que atacan y contraatacan, no se rinden nunca y agotan a cualquiera. Haberlas, haylas, y no pocas juntas, sino revueltas, casi siempre. 

Es cosa curiosa que su incorporación a filas, a la carrera militar, llegase tan tarde (si observamos el fenómeno con mirada histórica), cuando la puntualidad, la puntería y la observancia de las ordenanzas han sido pilares de los ejércitos.

Los tiempos están cambiando, ya lo cantó Bob Dylan. En realidad ontológica, todo es cambio. Ya lo sentenció el filósofo Heráclito de Éfeso, que aun sin tener el Premio Nobel de Literatura merece leerse sus cogitaciones. En el campo de Marte y en cualquier parte, las cosas cambian a su manera, no siempre de cualquier manera. Normalmente, a la moda moderna, que es la que se lleva, no moderada, que suena a modosa. Todo ello sin perder de vista la diversidad de nubosidad variable, la tolerante elasticidad y la interpretación sin fronteras. Ya veremos cómo encaja todo esto con la disciplina castrense, la uniformidad uniformada y la fiel infantería.

El progreso va de modernizar las instituciones, incluso algunas tan trajinadas como la militar. Pero para eso es progreso. O, al menos, de cambiar las apariencias, renovar la fachada, para así cuadrar (¡cuádrese, recluta!) con el desfile de lo cívico y la pasarela (que no parada) de lo social. A casa vieja, puerta nueva. El edificio de la comandancia y la capitanía general ascienden de abajo arriba, desde el mandato de cabo furriel al generalato.

 Generala, pues. Nada de qué asombrarse. En los viejos tiempos, o sea, en la época del Generalísimo, decíase “generala” para nombrar a la mujer de general, sin excepción, un varón, noble o plebeyo

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Ha sido tal la llamada general a formar la tropa, que, según el parte de novedades, ya tenemos nombramientos de generala. Una señora al mando superior, prietas las filas, ¡a formar! Y mucho ojo con el lenguaje cuartelero. No significa esto una conmoción en la profesión armada; todo es cuestión de acostumbrarse. No se trata, pues, de llevarse a las manos a la cabeza y gritar “¡A mí, la Legión”!

Mirado atentamente el proceso, la verdad es que el ascenso por consenso ha tardado en llegar, bastante más que otras promociones de protección oficial. Era patente desde hacía siglos que los acantonamientos y los campamentos estaban hechos un desastre, unos reductos desorganizados como piso de soltero, poco pulidos y aseados, por no hablar de los aseos, que en la jerga castrense suelen denominarse “letrinas”. No se les conoce por ese nombre por amor a las letras ni por aquello de vivir a campo abierto e ir de maniobras, aunque el término no sea ajeno a la etimología. “Letrina” viene de la voz latina “latrina” que significa “retrete”; no sé lo que suena (ni huele) peor.

Ya saben, me refiero a ese espacio retraído, no por acoger a los tipos tímidos, sino por lugar reservado, el “escusado” o el “lavabo”, que dirían los cursis y los finolis, como si la cosa no fuese con ellos. Menos mal que en guarnición se denomina a ello “letrina”, no “retrete”, y no le afecta el síndrome del nombramiento, como le pasó al general. En caso contrario, ahora que manda la generala —corrección política, inclusive—, para cambiar la imagen de la guerra y el talle de la guerrera, “retrete” pasaría a titularse “retreta”, lo cual provocaría un lío fenomenal. Lo digo por los toques de corneta y el lenguaje trompetero, tan afectado como las modificaciones y modas del habla. Hasta nueva orden de la superioridad, “retreta” es la melodía que informa del fin de la jornada militar, función que cumplía la sirena en las fábricas. Pero, no deseo ponerme nostálgico.

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Generala, pues. Nada de qué asombrarse. En los viejos tiempos, o sea, en la época del Generalísimo, decíase “generala” para nombrar a la mujer de general, sin excepción, un varón, noble o plebeyo. Porque, penetrando en el túnel del tiempo, el rango de alta oficialidad estaba reservado a personas con linaje aristocrático, por ejemplo, al barón, raramente, a la baronesa.

No hay soldado sin soldada, todo sea dicho sin ánimo de lucro, pues quien más, quien menos, recibe la paga. Y los efectos que reportará a la ciudadanía serán inmensos; a medio y largo plazo, eso sí. Se dará paso ligero a la revolución lingüística, pero suprimido el pase pernocta. La cantina ganará al bar. Dejar de llamar “novia” al fusil. La juventud ya no irá al frente, que es una afrenta. La Brigada y la División, la misión de paz y la retirada, tendrán más mando en plaza que el ataque y el contraataque. Para identificarse, entre sombras, seguirá usándose la contraseña.

En caso de reposición del servicio militar obligatorio, la cartilla militar volverá, probablemente, a recibir el nombramiento de “la Blanca”, aunque la superioridad ha elevado este asunto, para su detallado estudio, a departamentos universitarios de Estudios Culturales y de Género, no vayan a ofenderse las razas humanas de diferente color y los sexos variados.

Y ahora rompan filas. Que lo manda la generala.  



jueves, 26 de septiembre de 2019

VAGOS Y MALEANTES EN LA CIUDAD SIN LEY (y 4)


De familias, bandas y comunas

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El gran canon que estableció la épica de la maldad y la lírica de la ambigüedad quedó ejemplarizado y consolidado en la novela A sangre fría (In Cold Blood, 1965) de Truman Capote, título de culto venerado todavía en nuestros días como obra comprometida y precursora del “periodismo de investigación”, del “nuevo periodismo”. Dícese que Capote, con la ayuda de Harper Lee, autora de Matar a un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1960), realizaron un minucioso trabajo de documentación sobre el terreno antes de redactar el manuscrito del relato llevado a la imprenta; una labor, por cierto, en la que Capote puso la fama y Lee, la lana. En todo momento, quedaba claro que la intención de Capote no era firmar un obra de ficción, sino un documento social, un manifiesto victimista: empatizar con el criminal e ignorar a la víctima. Porque, en sentido estricto, la víctima de verité sería el criminal, no como antes, ustedes ya me entienden.
El propósito consistía en llevar a cabo un profundo estudio sobre la personalidad de dos ex presidiarios que en 1959 irrumpieron durante la noche en una casa rural en Kansas, propiedad de los Clutter, y asesinaron a sangre fría a toda la familia: Herbert Clutter, el padre, Bonnie, la madre, y sus hijos Nancy, de 16 años y Kenyon, de 15. En la narración (lo mismo que en la película realizada por Richard Brooks sobre la misma: A sangre fría [In Cold Blood, 1967]), los protagonistas son los criminales Richard "Dick" Hickock y Perry Edward Smith "Perry", especialmente, el segundo, individuo que a Capote interesó conocer a fondo, llegando a entrevistarle varias veces en prisión. Intercedió por su causa, aunque sin llegar hasta el final en la mediación: abandonó el caso cuando advirtió que la condena a muerte, por ahorcamiento, favorecía el final de su relato. Hay que ser compasivo, solidario y empático, pero todo tiene un límite.
El resto es silencio de las víctimas y éxito del subgénero Todo lo que desea saber sobre el criminal de turno desde una perspectiva social. Se cuentan por millares las producciones literarias, cinematográficas y televisivas centradas en el estudio (avalado por expertos psiquiatras, psicólogos y periodistas de investigación) de las mentes criminales, psycho y serial killers, psicópatas, maleantes y gente de malvivir. Sus protagonistas llenan las portadas de libros, periódicos y revistas, la entradilla en los programas de televisión, su vida y obra interesan sobremanera al gran público, no tanto las víctimas, que constituyen un tema muy triste y deprimente, menos fascinante e interesante, sin duda, que las hazañas de los malhechores.  

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Bonnie Parker y Clyde Barrow lideraron una banda de criminales que durante los años 30 cometieron graves delitos y asesinatos en el sur de los Estados Unidos. Sus correrías, que se prolongaron casi dos años, terminaron en una carretera de Luisiana, año 1934, en que ambos fueron abatidos a tiros, dentro del coche que conducían, por una patrulla policial que les pisaba los talones, comandada por el legendario y veterano Texas Ranger, capitán Frank HammerSin embargo, lo que ha pasado a la historia es la leyenda de Bonnie y Clyde. He aquí la cuestión.
Ya en sus tiempos de bandidaje se convirtieron en un icono, una pareja popular de atracadores de bancos que, según corría la voz en las calles y las emisoras de radio, robaban a los ricos por la cosa de los pobres. Provocaron la curiosidad —en ocasiones, con una pizca de picante admiración— entre los vecinos y la prensa les reservaba las portadas, informando al minuto sobre sus atracos y diabluras, callando a menudo los asesinatos de agentes de policía, a sangre fría. Eran los años de la Gran Depresión.

 Decenas de miles de paisanos acudieron al entierro de los dos bandidos, se escribieron poemas, baladas y canciones en recuerdo suyo. Pocos años después de su muerte, el cine tomó la historia de Bonnie y Clyde como tema o inspiración de múltiples films, en las que los forajidos hacían el papel de héroes de película. En 1967, producida por Warner Bros, dirigida por Arthur Penn y protagonizada por dos estrellas de Hollywood, Warren Beatty (quien, asimismo, participó en la producción) y Faye Dunaway, se estrena la cinta  Bonnie and Clyde. Hoy, sigue calificada de clásico del cine, con ribetes de mito y glamour.


¿Será verdad que algo está cambiando, en la realidad y en la ficción, acerca del sentido y la sensibilidad, a propósito de vagos, maleantes y gente de malvivir? ¿O una golondrina no hace verano?

Curiosidad de curiosidades. La última película rodada, hasta la fecha, sobre la célebre pareja se sale de la tendencia dominante de épica criminal y adopta la perspectiva de los agentes del orden que consiguieron dar caza a Bonnie Parker y Clyde Barrow. Se trata de  The Highwaymen (Emboscada final, 2019), una cinta distribuida por Netflix y protagonizada por Kevin Costner (Mark Hammer) y Woody Harrelson (Maney Gault, miembro del grupo policial capitaneado por Hammer). La trayectoria y fin de los dos delincuentes no adquiere aquí un tinte hagiográfico y con filtros favorecedores, tampoco el trabajo de los Texas Rangers en acción: dos agentes próximos a la ancianidad empeñados en cumplir con su deber. Quizás algo esté cambiando, después de todo, en Hollywood, es decir, que esté volviendo a sus orígenes. Tal vez.
Precisamente, para la generación iniciada en el cine durante los años sesenta, he ahí la fecha del principio del cine, su partida de nacimiento, su punto de arranque. El cine silente y el cine clásico (el cine de verdad) ni saben de su existencia. ¿Cómo era Hollywood? Este 2019, mismo año del film mencionado en el párrafo anterior, se conmemora el cincuenta aniversario del suplicio y asesinato de Sharon Tate y cuatro invitados que la acompañaban en su casa de Los Ángeles, un aciago 8 de agosto de 1969, a manos de la banda liderada por Charles Manson, un tipejo también con mucha sangre fría. Para nombrar a la cuadrilla fachosa suele mantenerse la estúpida costumbre de emplear el sobrenombre que su cabecilla invento a propósito: “la familia”. Era aquella una época de comuna, concebida y entendida por sus patrocinadores como sustituto de la familia tradicional, en la teoría y en la práctica.
Personaje mundialmente conocido, sobre quien se han escrito y filmado hasta la saciedad/suciedad, Manson es pieza clave (material y simbólica) en Érase una vez… en Hollywood (2019), film dirigido por Quentin Tarantino. La crítica oficial cinematográficamente correcta lo ha recibido con tibieza, cuando no con franca desafección o poco disimulada decepción. No contiene, dice, tanta violencia, como es habitual en la filmografía del director norteamericano, y, además, dedica poco espacio y tiempo a Charles Manson…, y no le reserva el papel protagonista. No es, en fin, el Tarantino de antes...
¿Será verdad que algo está cambiando, en la realidad y en la ficción, acerca del sentido y la sensibilidad, a propósito de vagos, maleantes y gente de malvivir? ¿O una golondrina no hace verano?





↪ VAGOS Y MALEANTES EN LA CIUDAD SIN LEY (1) 

↪ VAGOS Y MALEANTES EN LA CIUDAD SIN LEY (2)

↪ VAGOS Y MALEANTES EN LA CIUDAD SIN LEY (3)